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Religiones del Mundo · Lectura 5 · Traducción de CTS

La corona del hinduismo

J. N. Farquhar · 1913

Nota de CTS. Esta es una traducción íntegra y fiel de un texto histórico, publicada por CTS para que pueda hacer en español las lecturas requeridas de Religiones del Mundo. Conserva los juicios y la terminología del autor y de su época, que CTS no necesariamente comparte; léala críticamente, distinguiendo lo que el autor describe de lo que opina, y compare sus descripciones con lo que las comunidades religiosas dicen hoy de sí mismas. Los números de página (p. 24) son los de la edición inglesa, para que pueda localizar cada pasaje.

La corona del hinduismo — Selecciones de la Introducción y de los capítulos V, X y XI

Fuente: J. N. Farquhar, The Crown of Hinduism (Oxford University Press, 1913), Introducción, §§ III–IV (pp. 26–65); capítulo V, §§ I–III (pp. 211–218); capítulo X, §§ III–IV (pp. 421–444); capítulo XI, § V (pp. 457–458). Texto inglés tomado del escaneo de Internet Archive "thecrownofhindui00farquoft" (reconocimiento óptico de caracteres corregido a mano). Traducción de CTS, 2026. Las marcas {n} indican la página impresa del libro. Las notas al pie de Farquhar van al final de la página donde aparecen y conservan su numeración por página.

Introducción

p. 26

III. La postura que el cristiano moderno y reflexivo adopta ante las demás religiones puede expresarse en los cuatro apartados siguientes.

A. Hay cierta unidad subyacente en todas las religiones, como la hay en las manifestaciones de cualquier otra función humana. El corazón y la mente del hombre son los mismos en todas partes. Por eso hay algo que une la religión más baja con la más alta. Hay destellos de luz, indicios de verdad, en la fe más degradada. Hay una identidad que persiste a través de las innumerables formas que adopta la religión.

Además, cada religión ha tenido valor para los hombres que la han profesado. Toda religión ha dado a sus seguidores al menos la idea del deber y de la comunidad, y por lo general también la idea de Dios y del culto. Nunca ha habido una religión que no elevara a los hombres, que no los acercara a Dios.

Pero ni siquiera eso expresa toda la verdad. La religión de un salvaje es lo más alto que él conoce, por burda que sea. En sus actividades su alma alcanza su ejercicio más elevado. Por eso debemos reconocer que, por medio de su burda religión, el salvaje puede llegar a Dios:

Que las manos salvajes e impotentes,
tanteando a ciegas en la oscuridad,
tocan en esa oscuridad la diestra de Dios
y son levantadas y fortalecidas.

Como oyó decir una vez el autor a un buen hombre en una reunión pública: «¡La religión debe de ser algo muy sencillo a los ojos de Dios; de otro modo la gente sencilla del mundo no tendría ninguna oportunidad!». Debemos creer que todo ser humano, cualesquiera que sean sus circunstancias, puede encontrar el camino hacia Dios, si de verdad usa toda la luz que tiene.

p. 27

De otro modo, la relación de Padre e hijo no existe en su caso. Así que el fundamento mismo del cristianismo exige este reconocimiento. Nuestra fe en Cristo lleva a la misma verdad, pues lo tenemos por

la luz [...] que alumbra a todo hombre; [1]

y creemos que aun en las mentes salvajes Dios

no se dejó a sí mismo sin testimonio; [2]

y que los hombres más bajos

muestran la obra de la ley escrita en sus corazones. [3]

Así, a través de la religión más burda hay un camino hacia Dios.

El cristianismo reconoce francamente que un hombre puede ser acepto a Dios en cualquier religión. Pedro lo afirma en el lenguaje más claro posible:

En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia. [4]

La escalera de la tierra al cielo está allí tanto para el salvaje más bajo como para Jacob y para el hombre moderno.

B. La condición bajo la cual un hombre llega a Dios es la sinceridad total: volver toda su alma hacia la luz, aceptar francamente la verdad en su corazón, obedecer sin rodeos lo más alto que conoce. Es esta actitud del alma la que la abre a las influencias celestiales, la que hace posible que nuestro Padre entre en comunión personal con su hijo. Sin esta actitud no puede haber verdadera religión en ninguna parte. Más allá de esto ningún hombre puede ir, por estrechos o amplios que sean su conocimiento, su experiencia y sus oportunidades. Esta ley se aplica, pues, a los hombres de todas las religiones.

Tomemos el caso de un salvaje que ha llevado una vida fiel, conforme a su luz, en una burda religión caníbal. Oye predicar el mahometismo, siente la

[1] Juan 1, 9. [2] Hechos 14, 17. [3] Romanos 2, 15.

[4] Hechos 10, 34, 35. Cf. también las palabras de Pablo, Rom. 10, 12.

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racionalidad del monoteísmo, la presión de la doctrina del juicio sobre su conciencia, el alto valor moral de la ética del islam. Pero, por diversas razones, continúa con su vida antigua y con la práctica del canibalismo. ¿Cuál es el resultado inevitable? La religión por la que antes recibía ayuda ya no le sirve de nada. Ha visto la verdad y se ha negado a obedecerla. Ya no es un hombre religioso.

Así, cuando un politeísta, al entrar en contacto con el cristianismo, comprende la necedad de la idolatría, y siente que la cruz y el amor de Cristo son justamente lo que necesita para la transformación de su alma y de su vida manchadas por el pecado; si no confiesa a Cristo públicamente; si retrocede ante la idea de obrar conforme a esta revelación de la verdad religiosa en su vida interior; si sigue inclinándose ante los ídolos, su antigua fe, por valiosa que haya sido para él antes, nunca podrá volver a ser para él una puerta a la comunión con Dios; porque ha dado la espalda a lo más alto, y ha hecho la gran negativa.

C. Los cristianos reconocen plenamente la grande y buena obra que ha realizado cada una de las grandes religiones. Reconocemos con gusto que en ellas se han formado muchos santos, miles de hogares han sido purificados y elevados, y multitudes de hombres y mujeres han hallado a Dios. Nos alegramos de la experiencia religiosa verdadera y fructífera de estos hombres buenos. Reconocemos también que en cada una de estas religiones se sigue formando a hombres y mujeres en la bondad y acercándolos a Dios. Estos son los hechos en que insisten la gente de Europa y de América y los no cristianos instruidos cuando exigen que los misioneros dejen de hacer conversos al cristianismo. Los reconocemos y damos gracias a Dios por ellos.

Vamos todavía más lejos: confesamos con gusto que estos grandes y buenos resultados demuestran la presencia de verdad en cada uno de estos sistemas:

Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? [1]

[1] Mat. 7, 16.

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Pero cuando algunos de nuestros amigos dan un paso más y dicen: «Así pues, todas estas religiones son verdaderas», nos detenemos y les pedimos que expliquen con más precisión lo que quieren decir. ¿Quieren decir que cada una es verdadera en parte, o que cada una es enteramente verdadera? ¿Que cada una contiene una cantidad considerable de verdad, o que cada una es la verdad misma de Dios? Es evidente que solo puede ser lo primero, porque estas grandes religiones se contradicen entre sí muy seriamente en muchos puntos. Así pues, estamos completamente de acuerdo con nuestros amigos cuando dicen: «Todas estas religiones son buenas y útiles porque cada una contiene mucha verdad».

D. Es necesario ahora echar una mirada a los puntos en que las grandes religiones se contradicen entre sí; y, para que nuestra exposición sea lo más clara posible, nos limitaremos al gran cuarteto: hinduismo, budismo, cristianismo, mahometismo. Estos nos darán material e ilustración más que suficientes. El hinduismo enseña que toda alma nace y muere muchas veces; el cristianismo dice:

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. [1]

El budismo coincide con el hinduismo en este punto, pero condena la literatura, los sacerdotes y el sacrificio hindúes, y presenta al Buda como el maestro omnisciente e infalible de todos los hombres. El cristianismo enseña que Dios es el Padre de los hombres, que su Hijo se encarnó para revelar al Padre y morir por los pecados del mundo, que él es el ideal de todos los hombres, y que su enseñanza moral y espiritual es necesaria para todos los hombres. El mahometismo, de acuerdo con el cristianismo en que los hombres nacen y mueren una sola vez, niega todas las afirmaciones del cristianismo, y proclama a Mahoma como el último y el más grande de los profetas y al Corán como la palabra eterna de Dios. Estas oposiciones y contradicciones son tan tajantes y definidas como pueden serlo, y hay muchas más, igual de claras e irreconciliables. Las diferencias entre las grandes religiones no son en modo alguno pequeñas.

[1] Heb. 9, 27.

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Pongamos ahora junto a estos hechos la tesis de que las grandes religiones son todas tan nobles y tan grandes que no deberíamos hacer distinciones odiosas entre ellas, sino reconocerlas como una hermandad. Es evidente que esta tesis solo puede sostenerse sobre la base de que las diferencias entre las religiones son insignificantes. Pueden considerarse insignificantes desde distintos puntos de vista. El ateo y el agnóstico, que reconocen el valor de la enseñanza moral de los diversos sistemas, descartan las diferencias entre ellos como pura mitología. Más de un hombre humilde dice: «Creo que mi propia religión es verdadera; pero reconozco que un hindú o un mahometano siente lo mismo; así que creo que lo mejor es no meterme en cuestiones que no puedo resolver, cuando hay tanto bien en cada sistema»; unos pocos piden la paz alegando que el espíritu interior de todas las grandes religiones es el mismo; mientras que más de un estudioso moderno se inclina a decir: «No puedo ver el otro mundo; no conozco la verdad sobre los grandes temas de la naturaleza y el carácter de Dios, la venida de los hombres al nacimiento y su destino después de la muerte. ¿Por qué hemos de dogmatizar? Que cada religión haga todo el bien que pueda. Estudiaremos todas y simpatizaremos con todas». El punto de vista varía; pero, sea cual sea, la exigencia de que reconozcamos a estas religiones como iguales y no busquemos hacer conversos descansa en la idea de que las diferencias son insignificantes.

Ahora bien, aquí hay un solo punto que el cristiano impugna. Reconoce plenamente, como ya hemos visto, que las grandes religiones tienen un valor extremo en comparación con las creencias inferiores, que cada una contiene muchísima verdad y que cada una produce resultados preciosos: hasta aquí todos estamos de acuerdo. El cristiano simplemente va un paso más allá que los demás. Dice que estas diferencias, que tantas personas consideran insignificantes, son de gran importancia.

Las cosas no son como hace cincuenta años. Las naciones del mundo están mucho más cerca unas de otras que antes;

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se han reunido inmensas masas de información sobre todos los pueblos y todas las religiones; y la ciencia de la religión ha salido del periodo de experimentos vacilantes y ha entrado en un reino seguro. Entretanto, la Iglesia cristiana ha estado en relaciones más estrechas que nunca con cada una de las grandes religiones, ha estudiado sus literaturas y su práctica, y por el trato diario con sus hombres instruidos ha penetrado en su pensamiento y en su experiencia espiritual. En esto los cristianos ocupan una posición de suprema ventaja. Ningún otro grupo de hombres y mujeres ha tenido las oportunidades inapreciables que les ha dado la obra misionera entre budistas, confucianos, hindúes, jainistas, mahometanos y zoroastrianos instruidos. Es sobre la base de estos caudales acumulados de conocimiento y de todo este trato religioso práctico con naciones e individuos no cristianos que el cristiano se atreve a decir que las diferencias que separan a las grandes religiones no son en modo alguno insignificantes, sino de extrema importancia. Cree, como resultado de su estudio y de sus experiencias, que las cuestiones en que el cristianismo difiere de las demás creencias tienen un valor y un significado prácticos supremos para la vida del hombre. Todo hombre que piensa ve con claridad la superioridad de las grandes religiones sobre las creencias más bajas. El cristiano ve con la misma nitidez la superioridad del cristianismo sobre el resto de las grandes religiones; y cree que las pruebas pueden exponerse con fuerza abrumadora.

El salvaje se las arregla, de una manera u otra, con su religión salvaje; y, como hemos visto, esta de verdad le ayuda, le hace bien. Pero supongamos ahora que la civilización mahometana llega a su aldea. Él y los suyos van adquiriendo poco a poco los elementos de una cultura más alta; y, con el paso de los años, sus pensamientos se ensanchan. ¿Le bastará todavía su antigua fe salvaje? ¿Podrá ahora hacerle bien, estimularlo a lo mejor de lo que es capaz? Es evidente que no, porque pertenece a la etapa inferior de conocimiento y pensamiento que él ha dejado atrás. Tiene que adoptar una fe más alta o vivir una vida religiosa atrofiada. Este principio vale universalmente. Una religión tiene valor

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para un pueblo solo mientras es lo más alto que ese pueblo conoce. Y la razón no es difícil de ver. La religión es el poder creador, organizador, estimulante y encendedor de la vida humana: ¿cómo puede guiar a los hombres si no va delante de ellos? Cuando la mayoría de las ideas principales de una religión se han vuelto increíbles para su pueblo, este puede seguir observando sus antiguas prácticas, pero es evidente que ella no puede ejercer la antigua influencia sobre su mente y su corazón. La cosecha que se recogía de la fe cuando estaba viva no brotará de ella ahora que está muerta. [1]

El mundo entero ha entrado en una nueva etapa de su existencia, la etapa del universalismo. Ahora nos vemos obligados a pensar en términos de la raza humana. Naciones cuyo horizonte hasta hace poco terminaba en sus fronteras se encuentran ahora hablando de todos los continentes. No es solo que nos interese la política mundial. Las cuestiones morales se han vuelto interraciales e internacionales: el trato a los indios en Sudáfrica es un ejemplo. Todas las civilizaciones chocan ahora entre sí; todas las religiones se han encontrado cara a cara. Los aldeanos de Bengala, de Shantung, del Tokaido se han convertido en ciudadanos del mundo. Por eso han cambiado las proporciones y las relaciones de las cosas. Nuevas ideas se apoderan a la fuerza de poblaciones enteras y cambian el aspecto de las cosas en un día.

Estas cosas tienen el más alto significado para el cristiano. Cree que, a la luz de las nuevas circunstancias de las naciones, las diferencias prácticas entre el cristianismo y las demás grandes religiones resaltan ahora con una viveza asombrosa. La nueva época, con sus relaciones y su pensamiento de alcance mundial, somete todo método comercial, toda regla moral y toda creencia religiosa a una tensión y una prueba terribles. Costumbres y leyes que durante siglos han estado a la altura de las exigencias ordinarias de la vida de un pueblo ahora crujen, se desploman y se hacen

[1] Un jainista instruido le dijo el otro día a un amigo del autor: «Mi religión es solo una religión de adorno».

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pedazos como los mástiles de un viejo barco atrapado en un ciclón. Las necesidades de la nueva época, hasta donde podemos ver, solo pueden ser satisfechas por el cristianismo. No lo decimos con arrogancia ni con espíritu partidista, sino con los ojos bien abiertos y con plena conciencia del carácter enorme de lo que afirmamos.

En este volumen se intenta fundamentar en alguna medida esta tremenda afirmación en el caso del hinduismo. Los fenómenos de la religión son tan variados, y requieren exponerse con tanta precisión y cuidado, que un solo estudio tiene muchas más probabilidades de ser útil que una carrera apresurada por todo el vasto campo. El resto de esta Introducción expondrá cómo se le presentan al autor las relaciones entre el cristianismo y el hinduismo, y el método que se seguirá para comparar las dos religiones en los capítulos del libro.

IV. Nos mantendremos en el más estrecho contacto con los hechos, y además hallaremos un excelente punto de partida para desarrollar nuestra postura, si comenzamos con una objeción que con frecuencia se hace hoy contra las misiones cristianas en la India. Los hindúes instruidos consideran la propaganda misionera como un ataque injustificable contra el genio y el espíritu nacionales. Al cristianismo no se le objeta que sea falso, sino que es destructivo y desnacionalizador. La siguiente cita de un escritor hindú expresa la acusación con bastante fuerza:

El misionero es el representante de una sociedad, una forma de gobierno, un sistema social, una religión y un código moral totalmente distintos de los nuestros. Viene como beligerante y ataca nuestras costumbres e instituciones consagradas por el tiempo, nuestra literatura y tradiciones sagradas, nuestros recuerdos y vínculos históricos. [...] Quiere destruir nuestra sociedad, nuestra historia y nuestra civilización. [...]
Es el archienemigo que aparece bajo muchos disfraces, el gran adversario de todo lo que lleva el nombre de hindú, el siempre vigilante, siempre activo, irreconciliable Destructor de la obra de los rishis y los maharishis, de esa maravilla de logro moral, intelectual y cívico que se conoce como la civilización hindú. No nos hagamos ilusiones en este punto. Pueden olvidar su propio nombre; pueden olvidar a su madre. Pero no olviden ni por un momento el gran hecho, de suma importancia, de que el misionero

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es el adversario más terrible que tienen que enfrentar [...] el mayor enemigo del dharma y de la vida nacional hindú en la época presente. [1]

No hay manera de equivocarse sobre el sentido de estas frases. Son claras y van al grano. Creemos además que estas palabras despertarán simpatía en todo corazón. La mente moderna responde profundamente al espíritu nacional.

Es muy cierto que la destrucción a que se refiere el escritor está ocurriendo. Se están causando graves estragos en la antigua estructura del hinduismo. También es cierto que el cristianismo es una de las fuerzas que están desintegrando esa religión; pero es solo una entre varias; y la destrucción seguiría casi tan rápida como siempre aunque mañana deportaran de la India a todos los misioneros.

El poder destructivo del misionero está sujeto a un freno automático muy eficaz, y su voluntad de destruir está limitada por la naturaleza misma del fin que persigue. Mucha gente imagina que los discursos del misionero son una sarta de denuncias y condenas. Nada podría estar más lejos de la verdad. La destrucción no le sirve de nada a la causa cristiana. La pérdida total de la fe no hace de un hindú un cristiano. Un cristiano solo se hace por la sumisión personal a Cristo y la unión espiritual con él. Por eso los discursos cristianos deben estar llenos de sabiduría y poder espirituales si han de hacer algún bien. He escuchado cientos de discursos dirigidos a hindúes, mahometanos y budistas instruidos por hombres de distintas nacionalidades e iglesias; y creo que por lo menos el ochenta y cinco por ciento de todo el contenido ha sido pura enseñanza cristiana, pronunciada sin referencia a ninguna otra religión. Diría que alrededor del diez por ciento de los discursos han sido estudios comparativos, que trataban algún aspecto del cristianismo y el hinduismo, o de alguna otra fe. Ni siquiera este pequeño número de discursos mixtos se habría dado si no fuera porque los públicos no cristianos están muy deseosos de oír tales comparaciones. Los misioneros tendrían públicos más

[1] Prof. Har Dayal. El pasaje lo cita Coomaraswamy, Essays in National Idealism, p. 56.

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numerosos si estuvieran dispuestos a ocuparse más de las religiones, pero prefieren dar enseñanza cristiana a grupos más pequeños. En los cientos de reuniones a que he asistido, casi nunca he oído una frase irrespetuosa sobre ninguna fe no cristiana. Aunque un misionero fuera tan imprudente como para querer atacar el hinduismo con palabras duras, no se atrevería a hacerlo, porque ningún público instruido lo toleraría. En las escuelas y colegios misioneros la enseñanza es casi puramente cristiana. Solo se oye de vez en cuando alguna referencia al hinduismo.

El caso es algo distinto con la literatura misionera. Una proporción mucho mayor de libros trata del hinduismo y de las demás religiones. Y aquí el autor confiesa de buena gana que el historial misionero no está limpio. Hasta hace unos diez o doce años, un número considerable de libros cristianos publicados en la India contenía juicios duros, lenguaje de denuncia y, aquí y allá, afirmaciones gravemente inexactas. Pero eso es ya casi por completo cosa del pasado. Los hombres que escriben hoy tienen un conocimiento mucho más competente de las religiones que tratan, y las sociedades editoriales no quieren saber nada del lenguaje duro y la denuncia. Pero lo principal que hay que notar es esto: que tal mal proceder trae consigo su propio castigo y su propio correctivo. Los hindúes sencillamente no leen ese material, y señalan al hombre culpable y no quieren tener nada que ver con él.

Así, el poder destructivo directo del misionero está muy estrictamente limitado. Pero la enseñanza cristiana por sí misma introduce ideas nuevas en la mente hindú; y, en la medida en que estas son más amplias, más profundas, más éticas y más espirituales que las ideas del hinduismo, sin duda debilitan la fe hindú. Pero aquí de nuevo hay una doble salvaguarda: el hindú no tiene que escuchar si no quiere; y la nueva enseñanza solo puede entrar si es muy claramente superior a la antigua.

Las fuerzas que principalmente destruyen el hinduismo resaltan con toda claridad. Todo lo occidental trae consigo una

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atmósfera sumamente hostil a la antigua fe. La educación moderna actúa con fuerza incalculable sobre la mente de cada estudiante. La literatura inglesa, la ciencia moderna, los inventos modernos, los métodos comerciales europeos y los principios de la acción del gobierno en la India son todos agentes de desintegración de gran eficacia. Pero hay otra fuerza que no debe olvidarse: nadie lanza ataques tan directos ni tan mortales contra el hinduismo como el hindú instruido. Lo que sigue son extractos de un artículo del mismo escritor cuya condena del misionero como archienemigo de la India acabamos de leer: [1]

La metafísica ha sido la maldición de la India. Ha arruinado su historia y causado su ruina. Ha convertido a sus grandes hombres en miserables sofistas, y los ha llevado por cauces inútiles de investigación y esfuerzo. Ha sido el peligroso fuego fatuo del intelecto indio durante muchos siglos. Ha elevado la sofistería al rango de arte, y ha sustituido el conocimiento por vanas fantasías. Ha condenado al intelecto de la India a correr por el mismo viejo surco durante cientos de años. Ha cegado a sus videntes y los ha llevado a confundir fantasmas con realidades. [...] Arrogante, pretenciosa, verbosa y corta de vista, ha tomado su cacareo por un oráculo y sus fantásticas torres de palabras por sólidos muros de mampostería del pensamiento. [...]
Mientras se perpetran tantos disparates trascendentales, las hambrunas asolan la tierra, la peste y la malaria cuelgan como un paño mortuorio sobre la ciudad y el campo, y no hay en todo el país una sola institución representativa decente, un instituto técnico, un laboratorio o una biblioteca. La ciencia, la economía y la política son anatema para los hombres ilustrados de la India. ¡Solo aman las verdades eternas y los profundos secretos de la teosofía o brahmavidya! Amigos míos, mientras ustedes se extasían ante la palabrería intolerable de muchos de sus Shastras y citan a Schopenhauer y a Max Müller en su alabanza, el mundo les está tomando la delantera con la investigación científica, las reformas económicas y el progreso político. Mientras explican a su pueblo los goces inefables del trance o «samadhi», ya ha caído sobre él otro trance: el trance del hambre y de la peste mortal. Los Upanishads pretenden exponer «aquello cuyo conocimiento hace conocer todas las cosas». Esta búsqueda medieval de «lo absoluto» es la base de toda la metafísica espuria de la India. Los tratados están llenos de ocurrencias absurdas, fantasías extravagantes y especulaciones

[1] Prof. Har Dayal en la Modern Review, julio de 1912. Otro artículo del mismo escritor, con afirmaciones semejantes respecto a otros aspectos de la religión, apareció en la misma revista en noviembre de 1912.

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caóticas. Y no hemos aprendido que no valen nada. Seguimos moviéndonos en el viejo surco; editamos y reeditamos los viejos libros en vez de traducir los clásicos del pensamiento social europeo. ¿Qué sería de Europa si Frederic Harrison, Brieux, Bebel, Anatole France, Hervé, Haeckel, Giddings y Marshall emplearan su tiempo en componer tratados sobre Duns Escoto y Tomás de Aquino, y en discutir los méritos de las leyes del Pentateuco y la poesía de Beowulf? Los pandits y licenciados indios parecen padecer una especie de manía por lo caduco y anticuado. Así, una institución fundada por hombres progresistas se propone conducir a nuestros jóvenes, por la gramática sánscrita, hasta los Vedas, ¡pasando por los seis Darshanas! ¡Qué paso en falso en la búsqueda de la sabiduría! ¡Es como si una caravana atravesara el desierto hasta las orillas del mar Muerto en busca de agua dulce! Jóvenes de la India, no busquen la sabiduría en los pergaminos mohosos de sus tratados metafísicos. No hay allí más que un interminable giro de malabarismos verbales. Lean a Rousseau y a Voltaire, a Platón y a Aristóteles, a Haeckel y a Spencer, a Marx y a Tolstói, a Ruskin y a Comte, y a otros pensadores europeos, si quieren entender la vida y sus problemas. [...]
La India tiene cientos de jóvenes, hombres y mujeres, verdaderamente sinceros y llenos de aspiraciones, libres de toda mancha de codicia y mundanidad, pero que no sirven para nada que uno pueda apreciar. Han fundado monasterios en rincones remotos de las montañas para realizar el Brahman. En vez de soportar el calor y la carga del día junto con sus semejantes, aspiran a alcanzar un estado superior de iluminación practicando toda clase de posturas misteriosas y otros recursos curiosos de un misticismo burdo. [...]
¡El «samadhi» o trance se considera la cumbre del progreso espiritual! ¡Qué extraño es que la capacidad de desmayarse se considere la señal de la sabiduría! Es muy fácil perder el conocimiento si uno tiene emociones fuertes y un intelecto débil. Por eso las damas se desmayan tan a menudo a la menor provocación. Pero en la India el samadhi es la octava etapa del yoga, a la que solo pueden llegar los «paramahansas». ¡Israel, estos son tus dioses! Considerar un estado psicológico anormal producido por medios artificiales como señal de iluminación fue una necedad reservada a los filósofos indios.

Este tipo de escritos no es nada raro hoy en el periodismo indio. Lo siguiente apareció como editorial en las columnas del Bengalee, el principal periódico hindú de Calcuta, cuyo director es el señor Surendranath Bannerjea, el conocido nacionalista: [1]

[1] Reproducido en el Statesman del 28 de septiembre de 1911.

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Nos hemos referido en números anteriores al hecho de que la India hindú está actualmente dividida en campos: el campo de los ortodoxos, que sostienen que la salvación está en que todo hindú se conforme rígida y escrupulosamente a las reglas y observancias de la vida social heredadas del pasado, y el de los no ortodoxos, hombres que, inspirados por la cultura y los ideales occidentales, han soñado con edificar una nueva India trasplantando a su país el espíritu de las instituciones sociales, industriales y políticas de Europa. Se necesita poco razonamiento para convencerse de que el conservadurismo extremo del sector ortodoxo de la comunidad hindú, que halla su cumplimiento en una adhesión inquebrantable a las instituciones existentes y considera la menor modificación o innovación de ellas como una profanación y un sacrilegio, es necesariamente la negación del progreso. Nace de la convicción de que toda práctica y toda costumbre que hoy rigen en la sociedad hindú han tenido un origen divino, y de que, por consiguiente, apartarse de ellas no es menos sacrilegio que negar la inspiración de los Vedas.
Pero es claro que la comunidad comprometida con semejante credo está condenada a estancarse, y tarde o temprano tiene que sucumbir en la moderna lucha por la existencia a la que se han visto forzadas todas las naciones del mundo por la aniquilación del tiempo y del espacio mediante el vapor y la electricidad. No hay un pueblo en el mundo que no esté revisando y reajustando sus instituciones, sus ideas e ideales tradicionales a las nuevas condiciones, a la dura circunstancia de que la nación que aspira a ocupar un lugar en el escenario del progreso tiene ahora por competidores no solo a sus vecinos, sino a todos los pueblos del mundo. ¿Qué posibilidad tiene la India de mantenerse a la par, o siquiera a una distancia medible, de las naciones hermanas en el avance progresivo, con su lealtad jurada a un modelo de sociedad que convenía a las condiciones de hace mil años?
Tomemos algunos ejemplos. Hemos adorado a la diosa «Shakti» (es decir, la energía) durante siglos; ¿cómo es que a lo largo de esos mismos siglos hemos permanecido tan débiles e impotentes como nación? Somos devotos adoradores de «Sarasvati» (la diosa del saber); y al mismo tiempo hemos recibido una parte escasa de sus bendiciones. Los sacerdotes que monopolizan los ritos y ministerios religiosos son hoy, en su mayoría, tan ajenos al conocimiento védico como lo era el «shudra» en los días en que las férreas reglas de las castas le cerraban las puertas del saber. Ofrecemos nuestra devoción a «Lakshmi» (la diosa de la riqueza) cada año que vuelve, y no por eso dejamos de ser una nación de indigentes.
El hindú ortodoxo hace un fetiche de ciertas reglas de higiene formuladas por sus antepasados en el oscuro pasado; considera pecado, por

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ejemplo, comer sin haberse bañado, o seguir con la ropa sin lavar más de un día; pero, con toda su devoción religiosa a las reglas tradicionales de limpieza, muestra una extraña indiferencia hacia los principios de salubridad desarrollados por la ciencia moderna, aunque la peste, el cólera y todas las demás enfermedades que se generan en la suciedad diezman año tras año a miles de sus semejantes. Basta pasar un día en casa de un hindú para descubrir su ignorancia de los principios sanitarios elementales, en contraste con su cumplimiento minucioso de las pocas reglas de salubridad que le impone la tradición. Se equivocaría gravemente quien se convenciera de que el hindú es apático ante las reglas de salubridad y los demás preceptos salvadores de vidas de la ciencia moderna porque, en virtud de una ardua disciplina espiritual, haya trascendido el anhelo humano de vivir. Ama la vida no menos que los apasionados mundanos del Occidente materialista, como él llama a los europeos.
El padre hindú bendice a la esposa de su hijo con la invocación «Que sea como Savitri». Pero ¿había lugar en la antigua vida hindú para el filisteísmo que mueve al padre hindú moderno a regatear y mercadear el precio de su hijo con el desdichado que busca un novio para su hija? Es evidente aun para el observador casual que la ortodoxia extrema no tiene un alma que la salve de las influencias destructivas que la amenazan por todos lados.
El hindú ortodoxo se aferra, en nombre de la religión y la moral, a formas muertas e instituciones momificadas de las que hace mucho se fue el espíritu que les daba forma. ¿No es la práctica de adorar a Dios a intervalos prescritos del día y del año, en una lengua que en muchos casos el adorador no entiende, tan mecánica como el funcionamiento automático de una máquina? ¿Hay el menor rastro de vida en un sistema de ritos que exige la ejecución puntillosa de una serie de ceremonias por la sola razón de que se han ejecutado durante los siglos anteriores? Pregúntenle al hindú por qué derrocha sus bienes y se endeuda en la celebración de la boda de su hija; su respuesta honesta será siempre: «Porque sus antepasados lo han hecho». Pregúntenle al novio qué ha entendido del sacramento por el que ha pasado, qué ha entendido de los mantras (textos védicos) que ha pronunciado al dictado, muchas veces, de un sacerdote ignorante que pronuncia mal; les dirá que no ha entendido mucho, o quizá nada en absoluto. Pero para él eso no tiene importancia, pues ¿no ha cumplido su deber al conformarse a las instrucciones establecidas en los Shastras (leyes hindúes)? Pero sin duda, en los días en que el hinduismo estaba vivo, el hindú que rezaba a su Dios lo hacía con plena conciencia de lo que decía; el joven novio pronunciaba los mantras sagrados con pleno conocimiento de su propósito y su sentido.

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No multiplicaremos los ejemplos. Pero esto es claro: que cuando la religión y los ritos de un pueblo se han hundido en fórmulas sin alma sobre las que no pueden ejercer ninguna influencia correctora o reguladora, dejan necesariamente de estar en relación íntima con su pensamiento y su vida diarios. Y así ocurre en nuestro país. El campeón de la ortodoxia, que se conforma a las formas fosilizadas de un código religioso y moral que hace mucho dejaron de encarnar el espíritu vivo, es de lo menos hindú en los asuntos familiares de su vida.

Podemos citar también algunos párrafos de un artículo aparecido en el Madras Christian College Magazine en abril de 1912, de la pluma de un hindú, el señor V. Kunhikannan:

Probablemente pocas naciones del mundo, antiguas o modernas, han sido más supersticiosas, más crédulas, más fáciles de engañar que los hindúes. Es un hecho muy significativo y digno de nota que aun a esta distancia de tiempo, aun en este incipiente siglo XX, en una época de avance intelectual y científico triunfante sin paralelo en la historia de la raza humana, muchas cosas que han quedado reducidas a cenizas bajo el fuego universal de la ciencia y el pensamiento modernos son todavía piadosamente conservadas por la gran mayoría de los hindúes.
Quien tiene ojos para ver y los usa no puede negar que en los últimos años se ha iniciado efectivamente entre los hindúes un maravilloso renacimiento religioso. [...]
Pero, por agradable que sea contemplar este aspecto del renacimiento, nadie puede cerrar los ojos al rebrote, demasiado visible, de antiguas supersticiones que ha acompañado al renacimiento más verdaderamente religioso. Es muy lamentable que, con el crecimiento exuberante del trigo, haya brotado también mucha cizaña que impide que madure el verdadero grano.
Es muy doloroso, pero no por ello menos cierto, que la Sociedad Teosófica es en gran parte, si no principalmente, responsable de este estado de cosas en la actualidad. No deja de ser divertido ver a teósofos eruditos defender y popularizar aun las peores supersticiones de los hindúes, y tratar de encontrar un sentido oculto a toda tradición, rito y ceremonia que hemos dejado atrás gracias a la evolución del intelecto y al creciente conocimiento de la Naturaleza y sus leyes. Sin duda la teosofía ha contribuido no poco al actual renacimiento religioso de los hindúes. Pero si ha hecho mucho bueno y noble, también ha hecho daño al intentar, en estos tiempos modernos, hacernos creer que todas las historias de los Puranas son hechos históricos; que detrás de todo fenómeno físico obra un dios; que la idolatría y el culto a los muchos dioses son correctos; que cuando un hombre muere los cuerpos de sus parientes más cercanos

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quedan literalmente contaminados; que hay un uso y un propósito ocultos en los rituales y ceremonias sin sentido de los hindúes, y así sucesivamente. Es absolutamente inútil y vano enseñar tales cosas en esta época en que predominan la razón y el intelecto. [...] Todo observador crítico ve que el pensamiento moderno ha socavado casi por completo las ideas y costumbres peculiares de los hindúes. El armazón de ese poderoso sistema de organización religiosa y social casi se ha derrumbado, y no hace falta ser profeta para decir que en un futuro no lejano el resultado será una completa reorganización de las cosas. [...]
Es muy sorprendente encontrar todavía hoy hindúes que aborrecen la idea de viajar al extranjero basándose en las supuestas prohibiciones de los Shastras. La práctica de excomulgar a quienes transgreden esta regla aún prevalece entre las castas superiores. Ante una superstición tan flagrante, sobran los comentarios.
Además, he observado a menudo, con interés compasivo, cómo aun hindúes instruidos se ponen de pie con temor reverente y se inclinan con las manos juntas ante la lámpara que se enciende al anochecer y se muestra en la galería de todo hogar hindú. ¡Se inclinan ante el dios del fuego, al parecer! Es comprensible que en tiempos de ignorancia primitiva los hombres personificaran las fuerzas de la naturaleza y las adoraran como dioses, asombrados ante los misterios de la Naturaleza. Veían el sol glorioso y pensaban que era un dios, y comenzaban a adorarlo. Pero ¿qué pensar del hindú moderno que hace lo mismo, a pesar del avance del conocimiento de la Naturaleza y sus secretos?
Además, es un triste espectáculo ver a los hindúes adorando todavía a los dioses y diosas de las aldeas de la manera más horrenda y supersticiosa. En mi propio pueblo hay un «kavu» (templo) donde cada año se sacrifican miles de aves y ovejas para aplacar al supuesto dios y a la supuesta diosa. El templo sagrado se transforma literalmente en un matadero. ¿Puede alguien concebir una manera más horrible y degradante de adorar al Padre Supremo del universo?
Otra superstición es la creencia de que nuestros pecados serán lavados al bañarnos en el agua del Ganges y de otros ríos sagrados y al visitar ciudades sagradas (?) como Benarés. Con este fin, millones de hindúes gastan todo el dinero que les ha costado tanto ganar en visitar esos lugares y bañarse en las aguas de esos ríos, pensando que así se les perdonarán sus pecados. ¿Puede haber una idea más primitiva? Si podemos cometer pecados y lavarlos bañándonos en las aguas de ciertos ríos, ¡qué fáciles se han vuelto las cosas! Tales ideas son sumamente peligrosas para la evolución moral del hombre. Fomentan la comisión del pecado al ofrecer la esperanza de la purificación por el agua santa del Ganges.
Una vez más, los hindúes derrochan mucho dinero en celebrar las sheshakriyas (ceremonias por los muertos después de la muerte, como el pinnam,

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el shraddha, etc.). No tenemos absolutamente ninguna prueba de que los muertos obtengan beneficio alguno de tales ceremonias, y, si la doctrina del karma es verdadera, es claro que el sufrimiento de un hombre después de la muerte corresponderá exactamente a las malas obras que él mismo hizo en su existencia terrenal, y tendrá que pagar la deuda hasta el último cuarto. ¿Cómo puede entonces beneficiarlo el shraddha? Todavía no se ha explicado cómo ciertos ritos realizados aquí, en el mundo físico, pueden afectar a quienes se supone que están en otras esferas que son cualquier cosa menos físicas. Mientras no se presente una explicación clara, ningún hombre racional tiene derecho a realizar actos cuya utilidad le es enteramente desconocida.
Otra superstición asombrosa es que la viruela y el cólera se deben a la visita de ciertas diosas. La diosa está enojada, por una razón u otra, y de ahí el estallido de la epidemia. Aunque la ciencia occidental nos ha abierto los ojos a la causa real y a la prevención de estas crueles enfermedades, la gran mayoría de los hindúes conserva piadosamente la antigua creencia, para su eterna vergüenza y degradación. Además, si en una casa aparece alguna enfermedad, se consulta a un astrólogo antes de llamar al médico.

Todos comprenderán qué potente influencia destructiva deben ejercer sobre la mente del joven hindú escritos como estos, hechos por hindúes. ¿Qué misionero se atrevería jamás, o querría, escribir en semejante tono?

Quizá la mayoría de los lectores estarán ahora de acuerdo en que, se condene o no a los misioneros como archienemigos de la India, ha aparecido a la vista un asunto mucho más importante, a saber: que, sea quien sea el culpable, el hinduismo se está desintegrando. Este es el gran hecho que hay que comprender. La antigua religión de la India se está desmoronando. Los capítulos siguientes darán abundantes pruebas de este hecho. Cada una de sus grandes ideas religiosas antiguas se está borrando de la mente de sus hombres instruidos. Están decayendo constantemente, y hay muy pocas señales de una nueva integración.

Es claro también que la causa del desmoronamiento de la antigua fe es la llegada de la nueva era. El pensamiento de Occidente crea un clima nuevo que es fatal para el hinduismo. El aire está demasiado enrarecido. Sus principios fundamentales se marchitan en la nueva atmósfera. Quienes han entrado en el mundo del

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cultura occidental sencillamente no pueden sostenerlos. Muchas pruebas de esto aparecerán a medida que avancemos. El tercer artículo citado arriba expresa el hecho con mucha claridad en dos frases: [1]

Todo observador crítico ve que el pensamiento moderno ha socavado casi por completo las ideas y costumbres peculiares de los hindúes. El armazón de ese poderoso sistema de organización religiosa y social casi se ha derrumbado.

Así, el cristianismo, lejos de ser un intruso en este tiempo, es sumamente necesario para sembrar las semillas de la religión espiritual y de una vida moral sana. Los dirigentes indios reflexivos reconocen francamente que la influencia ética y religiosa de las misiones es de extremo valor en este tiempo de prueba; y todo el que ha estado en contacto estrecho con las clases instruidas se da cuenta de que necesitan muy seriamente ayuda moral. Pero podemos ir más lejos. Si «el armazón de ese poderoso sistema de organización religiosa y social casi se ha derrumbado», ¿no es ya hora de llevar a la mente y al corazón de la India un sistema nuevo, capaz de resistir la tensión y la presión de la época, y a la altura de la tarea de estimular al pueblo hindú a la más noble actividad espiritual? Esta necesidad suprema se hará cada vez más evidente a medida que avance la decadencia del hinduismo.

Valdrá ahora mucho la pena volver a la acusación de que el cristianismo es una fuerza destructora y desnacionalizadora, y tratar de ver qué hay detrás de ella.

A. Lo primero que hay que comprender es que esta es una acusación que se ha hecho contra la religión en muchos momentos de su historia, desde el principio mismo. En una reunión del Concilio judío se discutió el caso de Cristo, y lo que se dijo fue:

¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. [2]

[1] Véase p. 41. [2] Juan 11, 47, 48.

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Pero el sumo sacerdote dijo:

Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. [1]

En consecuencia, lo entregaron a los romanos y lo hicieron crucificar. Cuando Pablo y Silas predicaron en la colonia romana de Filipos, en Macedonia, fueron llevados ante los magistrados de la ciudad, y lo que dijeron sus acusadores fue:

Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos. [2]

Las autoridades del Imperio romano consideraron la religión tan hostil a las costumbres y leyes que regulaban la sociedad civilizada que hicieron de la sola profesión del cristianismo un crimen; a los ojos de la ley romana los cristianos estaban al mismo nivel que los ladrones; y de cuando en cuando, durante los tres primeros siglos, estallaron feroces persecuciones en las que incontables miles de hombres y mujeres sufrieron la muerte por su fe.

La historia se ha repetido en los tiempos modernos. En el siglo XVI el cristianismo fue introducido en Japón, y una parte considerable del pueblo se hizo cristiana; pero en el siglo XVII el gobierno temió que el movimiento resultara desleal, y en consecuencia prohibió la profesión de la religión y la extirpó con una persecución tan feroz como pocas veces se ha visto. [3] Fue una idea semejante la que llevó a veintiséis años de persecución en Madagascar. Finalmente, el levantamiento de los bóxers en China, hace solo trece años, en el que miles de cristianos chinos dieron su vida por Cristo, nació de la idea de que era una fe extranjera y desnacionalizadora.

Es claro, pues, que hay algún rasgo de la religión que inevitablemente despierta sospechas de este modo. No es

[1] Juan 11, 49, 50. [2] Hechos 16, 20, 21.

[3] Véase abajo, p. 291.

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nada extraño que los hindúes piensen y hablen como lo hacen.

B. Pero veamos la historia posterior.

1. ¿Hay hoy algún hombre que piense y que crea que los judíos actuaron sabiamente al hacer crucificar a Cristo? No; todos reconocen ahora que la enseñanza y la vida de Jesús fueron las influencias más sanas y más santas de su tiempo; y que, lejos de ser un peligro para la nacionalidad, él era el único amigo sabio que tenía la nación. Si los judíos lo hubieran aceptado, habrían conservado la nacionalidad que en menos de cuarenta años arrojaron por la borda en la guerra con Roma. Lejos de destruir la religión judía, Jesús ha hecho del Dios de Abraham, de las Escrituras de Israel y de la historia de Israel la herencia de toda la familia humana.

2. Pasemos al Imperio romano. ¿Qué ha mostrado el curso de la historia? Ahora es evidente que en los primeros siglos cristianos las antiguas religiones estaban muriendo, desapareciendo inevitablemente. Los emperadores romanos, conscientes del peligro, procuraron apuntalarlas y reavivarlas; y creyeron que en el culto al César se había encontrado un nuevo centro vivo para las antiguas creencias; pero todo fue en vano. El cristianismo, lejos de ser un enemigo peligroso, era precisamente el amigo que necesitaba el gran Imperio. Constantino comprendió la verdad y actuó conforme a ella. No solo la seguridad del antiguo Imperio, sino la vida y la salud de Europa, más aún, la promesa y la posibilidad de todo el mundo moderno, iban a bordo de aquella frágil barca que los emperadores procuraron con tanto empeño hacer naufragar.

3. Es también muy significativo que haya sido en Europa y América, donde la civilización ha sentido más profundamente la influencia de Cristo, donde han aparecido los pueblos modernos que se gobiernan a sí mismos. La nacionalidad autónoma, el ideal hacia el que ahora se esfuerzan las potencias mahometanas y los antiguos pueblos de Asia, es producto de una atmósfera cristiana.

4. El comodoro Perry apareció en la bahía de Yedo en 1853; en 1854 el gobierno japonés firmó el tratado que abrió Japón al mundo; y en 1858 entraron misioneros en

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el país. Pero la profesión del cristianismo seguía prohibida. En 1868 se colocó en los tablones públicos de edictos un nuevo edicto que decía:

La perversa secta llamada cristiana queda estrictamente prohibida. Las personas sospechosas deben ser denunciadas a los funcionarios correspondientes, y se darán recompensas. [1]

Los representantes de las potencias extranjeras protestaron contra el edicto, pero el gobierno persistió hasta 1872, cuando se retiraron los edictos, se liberó a los cristianos presos y se permitió a los desterrados volver a casa. Así, hace solo cuarenta y un años que Japón abandonó la persecución de los cristianos.

Sin embargo, el 25 de febrero de 1912 el gobierno japonés celebró una conferencia en Tokio con el propósito expreso de fortalecer las fuerzas morales que actúan en el país; y a esa conferencia fueron invitados no solo budistas y sintoístas, sino también cristianos. Estuvieron presentes, por invitación del gobierno, trece sintoístas, cincuenta y un budistas y siete cristianos. [2]

Es claro que el gobierno japonés había aprendido una lección en el curso de esos cuarenta años.

5. El levantamiento de los bóxers, en el que muchos misioneros y muchos miles de cristianos fueron asesinados como enemigos de la vida nacional, tuvo lugar en 1900. Sin embargo, Sun Yat Sen, el dirigente de la revolución que hizo de China una república, es cristiano; muchos de los dirigentes nacionalistas más destacados son cristianos; Yuan Shi Kai, el presidente de la república, es amigo personal de misioneros, y tuvo a la hija de un misionero para educar a sus hijos; y el 17 (?) de abril pasado el gobierno chino pidió que se ofreciera oración por China en todas las iglesias cristianas de todo el Imperio.

6. Aun en la India de hoy creemos que el verdadero carácter de la religión se va aclarando constantemente. Es muy cierto que

[1] Murray's Japan (Story of the Nations Series), 379.

[2] J.R.M., July, 1912, 552.

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las comunidades cristianas infinitesimales, meras cabezas de alfiler en medio de las vastas masas de la población hindú y mahometana, han sentido en el pasado la necesidad de mantenerse muy apartadas, para conservar en su pureza la preciosa verdad que se les ha confiado; pero la férrea necesidad de aquella hora está pasando ya; y en adelante los hombres y mujeres cristianos tomarán una parte rápidamente creciente en la vida nacional.

Aun ahora las señales son claramente visibles para todo el que tiene ojos. ¿Es desnacionalizadora la obra cristiana entre los parias? Que respondan el brahmo, el arya y el hindú, que imitan al misionero hasta el límite de sus fuerzas. ¿Se desnacionalizan los cristianos cuando se sientan en el tribunal como magistrados, o sirven como miembros de juntas de distrito o de municipios? ¿Con quién se dotaría de personal a los hospitales de mujeres en la India si no fuera con jóvenes cristianas indias? ¿Cuántas escuelas hindúes para niñas emplean a mujeres cristianas como maestras? ¿Se desnacionalizan los hindúes instruidos cuando se hacen cristianos? ¿Hubo en la India, desde Cachemira hasta el cabo Comorín, un nacionalista más verdadero que Kali Charan Banurji? Fue miembro destacado del Congreso Nacional Indio desde su fundación hasta su muerte; fue elegido por los graduados para representar a la Universidad de Calcuta en el Consejo del vicegobernador de Bengala; y era amigo personal de todo indio destacado, de cualquier credo. [1] ¿O es desnacionalizadora la educación cristiana? Nos atrevemos a pensar que la siguiente estampa, de la pluma de un hindú, [2] llegará a ser clásica:

Aunque separada de la comunidad de origen por la religión y por el prejuicio y la intolerancia, la mujer cristiana india ha sido la evangelista de la educación en cientos y miles de hogares hindúes. Sencilla, pulcra y bondadosa, se ha abierto paso hasta los rincones más íntimos de la ortodoxia, venciendo una fuerza y una amargura de prejuicio de las que pocos de fuera pueden hacerse una idea adecuada. Mientras se escriben estas frases,

[1] Véase su biografía por B. R. Barber, publicada por la C. L. S. I.

[2] Del I. S. R. El pasaje se citó en el Christian Patriot del 28 de marzo de 1903.

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surge ante los ojos de la mente la imagen de decenas de muchachas aseadas y gentiles, que recorren descalzas calles calientes y polvorientas, bajo un sol abrasador, para llevar la luz del conocimiento a hogares donde no se les permitirá pasar de la antesala, y donde no pueden obtener un vaso de agua sin humillación, y sin embargo nunca se quejan, siempre pacientes. A estas mujeres valientes y abnegadas, dondequiera que estén, los amigos de la educación femenina de todo el país les desearán de corazón: «¡Que Dios las acompañe!».

Parece, pues, claro que la sospecha de que el cristianismo es una fuerza destructiva y desnacionalizadora, a pesar de su fuerza y persistencia, es, al menos en gran medida, un error.

C. ¿Podemos entonces precisar qué elemento del cristianismo es el que lleva a los hombres de todos los países a pensar que es destructivo y desnacionalizador?

Jesús viene a cada individuo diciendo:

Sígueme.

Luego explica lo que implica esta invitación:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. [1]

Este acto tan serio, en el que un hombre renuncia a sí mismo y acepta a Cristo como Señor de su vida, implica necesariamente el abandono de la vida mundana, y también la renuncia a cualquier otra religión por la que haya estado viviendo. Si es seguidor de una de las grandes y antiguas creencias nacionales, esta exigencia le parece por lo general algo de lo más irrazonable. Una religión nacional tiene asociada una masa de ideas, costumbres y formas de vida nacionales. En ella se entrelazan la religión y el patriotismo. En la mayoría de las naciones antiguas, al hombre que no reconocía a los dioses nacionales se le consideraba un mal ciudadano. Ese fue uno de los cargos de la acusación contra Sócrates. Así, a los hombres formados en semejante fe Cristo les parece inevitablemente un enemigo no solo de la religión nacional, sino también de la vida nacional.

Así pues, el cristianismo parece ya bastante malo en su relación con el

[1] Marcos 8, 34.

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individuo desde el principio mismo. Pero las cosas toman un aspecto mucho peor cuando cierto número de hombres dejan la religión nacional y se hacen cristianos. Parece entonces que la existencia misma de la religión nacional está amenazada. El cristianismo es una especie de monstruo nuevo, nunca oído, en el que la nacionalidad parece quedar engullida. Al mismo tiempo suele aparecer otro portento. A medida que se difunden el pensamiento y la enseñanza cristianos, muchas de las doctrinas y prácticas de la antigua fe empiezan a parecer irreales y mezquinas. De ahí surge el clamor popular: «Librémonos de este intruso. No lo necesitamos. Nos iba muy bien sin él».

La idea cristiana de que el individuo debe renunciar a su antigua religión nacional no es una excrecencia, sino que pertenece al corazón mismo del sistema de Cristo. La verdad que él enseña es para todos los hombres; y no podemos obtener su beneficio sino por la sumisión completa a él y la obediencia fiel a sus leyes. Que su llamado, «Sígueme», lleve al individuo a abandonar la antigua religión, y al final a la muerte de la antigua religión, está en plena armonía con los principios rectores de su enseñanza.

Cristo exige un cambio serio a todo el que busca seguirlo: «Arrepiéntanse de sus pecados; dejen su vida antigua; niéguense a sí mismos; entréguense a mí; y mueran a todas sus antiguas pasiones y deseos». Solo a través de la muerte nos promete Cristo la vida. La gran afirmación:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame, [1]

va seguida inmediatamente de la frase explicativa:

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. [2]

Esta es la actitud constante de Cristo hacia el individuo: la vida eterna brota de la muerte del viejo yo.

El mismo principio se aplica también a cada una de las religiones nacionales. A cada una su carácter nacional y su

[1] Marcos 8, 34. [2] Marcos 8, 35.

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organización le impiden llevar a la práctica sus propios pensamientos más nobles y ponerlos al alcance de otras naciones. Cada una debe, por tanto, morir antes de poder dar fruto en todo el mundo y ver verdaderamente cumplidas sus más altas aspiraciones. Poco antes de la muerte de Cristo, un grupo de griegos vino a hablar con él en Jerusalén. Es un hecho del mayor interés y significado que, cuando los representantes de la religión, la filosofía y el arte griegos estuvieron ante él, fuera esta gran lección de la vida por medio de la muerte la que procuró enseñarles. Sus palabras fueron:

Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. [1]

Esta ley, que estaba a punto de cumplirse en él mismo, la inculcó a los griegos como necesaria también para ellos; y no hay por qué dudar de que vio con claridad que el sistema bajo el cual vivía el pueblo griego tendría que morir antes de poder prestar el más alto servicio al mundo entero.

Este principio recibió su ilustración más alta en Cristo mismo. Él obtuvo su victoria por medio de la muerte. Su propia resurrección y el nacimiento de la Iglesia cristiana fueron ambos frutos de su muerte en la cruz. Fue el Calvario el que creó el cristianismo. El principio vivo de la fe quedó expresado de una vez por todas en la entrega y la muerte de nuestro Señor. Como el grano de trigo, cayó en la tierra y murió, para llevar mucho fruto.

Así, cuando Jesús dice «Sígueme», quiere decir: «Sígueme en la entrega de todo; sígueme, si es necesario, hasta la cruz». Este morir a todo lo que estorba la obra de Dios en el alma incluye para el hindú un morir al hinduismo, lo cual no es un deber fácil ni agradable.

En la filosofía y en la teología teísta del hinduismo hay

[1] Juan 12, 23-25.

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muchas verdades preciosas guardadas; pero, como veremos, el antiguo sistema hindú, dentro del cual aparecieron, les impide eficazmente fermentar al pueblo. Este sistema duro e inflexible tiene que caer en tierra y morir antes de que las aspiraciones y los sueños de los pensadores y ascetas hindúes puedan quedar libres para crecer con salud y fuerza, de modo que den fruto en la vida de los aldeanos hindúes. El hinduismo debe morir para vivir. Debe morir en el cristianismo.

D. ¿Cómo, entonces, desemboca la muerte en vida?

Por su vida, su muerte y su enseñanza, Jesús fundó una nueva religión. En un sentido, pues, ocupa su lugar junto a otros fundadores de religiones. Sin embargo, la manera en que lo hizo lo separa de todos los demás. Lo entenderemos mejor si lo comparamos con el gran maestro budista. Gautama se desligó por completo del hinduismo y denunció los sacrificios védicos, los Vedas y todas las obras de los brahmanes. Hizo tabla rasa y un nuevo comienzo. Jesús, en cambio, reconoció que la fe de Israel venía de Dios, y sin embargo declaró que había sido enviado para transformarla en una nueva religión. Esto era posible porque él sabía que el método de revelación de Dios no es la presentación, de una vez por todas, de un sistema completo de verdad expresado en un libro desde toda la eternidad, sino un proceso gradual e histórico. Los sencillos comienzos de la fe de Israel se nos presentan en el libro del Génesis; crecen ante nuestros ojos en los relatos de los demás libros de Moisés; y hallan un desarrollo aún más rico en los Profetas y los Salmos. Pero ni aun en ellos está completamente revelada la voluntad de Dios. Por eso, para Jesús, la religión de Israel fue dada por Dios, pero no dada para siempre. Era el instrumento de Dios para la formación de Israel. Él vino a coronarla transformándola en la religión de todos los hombres, y a coronar su conocimiento de Dios revelándolo como el Padre de los hombres.

El contraste entre Cristo y Buda en esta relación se ve con la mayor claridad cuando comparamos los libros budistas con la Biblia. No hay en el Tripitaka pali ningún himno del Rigveda,

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ninguna meditación de los Aranyakas, ningún pasaje ardiente de los Upanishads; mientras que todas las Escrituras judías reaparecen en la Biblia como el Antiguo Testamento. Así, el principio del crecimiento vivo, del progreso y el desarrollo, se nos presenta en forma visible en las Escrituras cristianas. El Antiguo Testamento es el capullo; el Nuevo Testamento es la flor.

Pero, aunque todas las Escrituras judías están contenidas en la Biblia cristiana, el cristiano no las usa como las usaba el judío. Se conserva todo el Antiguo Testamento, pero se lee a través de Cristo. Para el judío todo es obligatorio; para el cristiano solo es obligatorio en la medida en que está en armonía con el Espíritu de Cristo. El cristiano no obedece las leyes de Moisés, aunque todas están contenidas en su libro sagrado. No ofrece sacrificios de animales, ni se abstiene de los alimentos impuros de la ley, ni circuncida a sus hijos varones. Las instituciones de la antigua ley eran necesarias para la infancia del mundo. Son imágenes, símbolos, profecías, pero la realidad es Cristo. Para el hombre que conoce a Cristo estos ritos externos son innecesarios. Sin embargo, todo el Antiguo Testamento es de muy gran valor para la vida religiosa; y una parte muy grande de él está llena de la más alta verdad moral y espiritual, y el cristiano la acepta como tal, como la aceptó Cristo.

Cristo consideraba que el Antiguo Testamento apuntaba hacia él mismo. He aquí una escena sumamente instructiva, su primer sermón en la sinagoga de su propia ciudad, Nazaret:

Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos,

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y vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a predicar el año agradable del Señor.

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. [1]

En su venida, su enseñanza, su vida, su muerte, su resurrección y su persona, toda la antigua religión queda resumida y hace un nuevo comienzo, ya no solo para Israel, sino para el mundo. Él es el Mesías de los profetas; trae el Reino de los Cielos prometido por ellos; y su enseñanza resume la Ley y los Profetas. En él se encuentran todas las antiguas líneas, y de nuevo se extienden a todo el mundo. Resume toda su relación con Israel en las palabras: «No he venido para abrogar, sino para cumplir». [2]

Las religiones de Grecia y Roma no podían ser el punto de partida de la religión del mundo, como la religión de Israel. Sin embargo, también en ellas era visible mucha luz espiritual quebrada; y cada tipo, símbolo y sombra se halló reproducido en realidad espiritual en Cristo. Él no destruyó la antigua civilización, la filosofía, la literatura y el arte. Todo lo de valor que contenía el mundo antiguo se ha conservado y ha vuelto a florecer en el cristianismo. Nuestra educación, nuestro pensamiento, nuestra ciencia y nuestro arte modernos descansan sobre los fundamentos antiguos. Es muy significativo que los filósofos griegos al principio miraran al judío crucificado con un desdén indecible, pero más tarde comprendieran que la filosofía griega no era sino una preparación para su enseñanza. Clemente de Alejandría escribe:

La filosofía educó a los griegos para Cristo, como la Ley a los hebreos. [3]

Así será con la India. Los misioneros no «quieren destruir» la «sociedad, historia y civilización» hindúes, como imagina el profesor Har Dayal. [4] El musulmán vino destrozando

[1] Lucas 4, 16-21. [2] Mat. 5, 17.

[3] Stromateis, i. 28. [4] Véase p. 33, arriba.

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templo e imagen, matando sacerdote y erudito, confiscando las tierras de templos y monasterios. Cristo viene no para hurtar y matar y destruir, sino para dar vida, y para darla en abundancia. [1] Bajo el hechizo de su influencia, la India moderna ya ha despertado a una vida nueva y maravillosa. He aquí el testimonio de alguien que no es cristiano, sir Narayan Chandavarkar, vicerrector de la Universidad de Bombay y juez del Tribunal Superior de Bombay:

Las ideas que están en el corazón del Evangelio de Cristo están penetrando lenta pero seguramente en todas las partes de la sociedad hindú y modificando todas las fases del pensamiento hindú. [2]

Cristo ya está infundiendo vida en el pueblo hindú. No viene a destruir. Para él es querido todo lo grande y bueno: el noble arte de la India, el poder y la espiritualidad de su mejor literatura, la belleza y la sencillez de la vida de la aldea hindú, el amor y la ternura del hogar hindú, la devoción y la resistencia de las escuelas ascéticas. Pablo dio expresión perfecta al espíritu cristiano en este respecto:

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. [3]

Es verdad que Cristo pasa todo por su fuego de fundidor, para que se vaya la escoria, que los hindúes conocen tan bien; pero el oro brillará entonces con más esplendor. Lo que él no puede soportar es que el arte refinado, la alta literatura y la elevada filosofía se usen para esclavizar a los pobres del pueblo a la superstición. Todo debe ser purificado por amor a ellos. Los hindúes, como su propio pueblo, lo imaginan un destructor; pero, cuando haya pasado el periodo de dolor y lucha, también ellos verán que no es el Destructor, sino el Restaurador de la herencia nacional, y que todos los destellos de luz que hacen tan fascinantes para el estudioso la fe y

[1] Juan 10, 10.

[2] De un discurso pronunciado en la Y. M. C. A., Bombay, el 14 de junio de 1910.

[3] Fil. 4, 8.

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el culto hindúes hallan en él su explicación y su consumación. Uno de los principales objetivos de este volumen es mostrar que el cristianismo es la Corona del hinduismo.

E. Las iglesias de Occidente y los misioneros que envían deben obedecer esta ley espiritual de buscar la vida por medio de la muerte.

1. En relación con aquellos a quienes procuran ganar para Cristo. La vida del misionero debe ser una muerte diaria al yo en todos los aspectos de su conducta, si ha de ejercer toda su influencia en favor de Cristo. No hay palabras suficientes para decir cuán manso y humilde de corazón debe ser el ganador de almas, qué humildad en el hablar, qué serenidad en el trato, qué supremo olvido de sí son necesarios para que la luz de Cristo brille a través de él a los ojos hindúes. Las circunstancias peculiares de la India dan especial relieve a tres aspectos de este deber.

Está, primero, el sentimiento de raza. El hecho de que la India esté bajo Gran Bretaña complica bastante seriamente las cosas para el cristiano. Se supone que el misionero es del todo incapaz de la insolencia extrema que no pocas veces muestran a los indios algunos europeos, cuando el fanfarrón soldado raso británico, el dependiente de tienda, el mecánico de fábrica, el oficial del ejército y, de vez en cuando, aun el funcionario civil de la India exhiben su común falta de educación y de instinto imperial. Sin embargo, hay un peligro extremo aun para el misionero. Viene al indio porque cree que es su hermano; pero las glorias de su raza y de su posición imperial siguen vivas en su pensamiento; y el simple hecho de que, por ahora, se encuentre un porcentaje mucho mayor de hombres eficaces entre los europeos que entre los indios tiende a cobrar una importancia exagerada cuando se llega al trabajo práctico; de modo que la hermandad que Cristo nos enseña tiende a quedar matizada por otras consideraciones. El peligro es que estas ideas tiñan su conducta, y que el indio sea demasiado consciente de que se le considera una criatura inferior. Por eso debemos tener el mayor cuidado de tratar a todo hombre con la suprema cortesía que Cristo le mostraría, no sea que hagamos tropezar a uno de

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estos pequeños. También es justo y sabio buscar las relaciones sociales más estrechas posibles. El ejemplo de Cristo es aquí decisivo. Las extremas dificultades que presenta la sociedad india solo deberían mover al cristiano a mayor sabiduría e inventiva. En esto, como en otras cosas, el amor puede ver caminos al principio invisibles. El misionero debe también frenar la tendencia, tan notable en ciertos indios, a volverse serviles ante el europeo. Nuestro noble rey-emperador ha mostrado el espíritu correcto: un panyabí estaba a punto de postrarse a sus pies, pero el rey lo sostuvo antes de que cayera. El cristiano debe negarse a permitir que el oriental haga otra cosa que portarse como hombre.

El sensible espíritu indio a menudo siente rechazo ante nuestra cultura demasiado consciente de sí misma, ante nuestros modales de sociedad o nuestro tono universitario. Por la cultura misma el indio tiene un respeto ilimitado; pero el hombre que hace de las minucias de la conducta un santo y seña, y la dama con su desdén de sociedad, le hieren el alma misma y lo hacen encerrarse en su reserva más íntima. Ciertamente no hay excusa para el hombre que sigue a Cristo y estudia a san Pablo si falla en este asunto.

La regla de conducta del monje, budista lo mismo que hindú, de la que se trata más adelante, [1] ha dado al hindú un alto ideal de cómo debe vivir y actuar el maestro religioso con los demás. Comprende fácilmente que Cristo no manda a sus seguidores vivir como monjes; pero espera de ellos el temperamento manso, paciente y ajeno al mundo que se exige al monje: nada de ira, nada de alboroto, nada de palabras altaneras. Nuestro temperamento occidental, ansioso de actuar, impaciente con la pereza, la falta de rectitud, el trabajo chapucero y la ineptitud, tiende a estallar en indignación en las relaciones prácticas con los indios. Puede que el hindú no se porte mejor él mismo, pero sostiene que el misionero no se ha portado como debía; y Cristo está de acuerdo con él.

2. La misma ley debe regir nuestra conducta en relación con el hinduismo. Hay tanto de inmoral y cruel en las leyes y prácticas de esta religión que el primer impulso

[1] p. 256 y ss.

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del cristiano sano es denunciar estas cosas en los términos más francos posibles, como las denuncian los hindúes en los artículos citados arriba; [1] y hay que confesar que, a primera vista, parece que tal denuncia estuviera plenamente justificada desde el punto de vista práctico del bienestar del pueblo de la India. Pero hay otro hecho que el misionero práctico por lo general no advierte en absoluto. Por burda, supersticiosa, cruel o inmoral que sea una ley o práctica, siempre hay sobre ella un destello de luz más alta. Esto se muestra extensamente en nuestro último capítulo. Aunque sea una joya en el hocico de un cerdo, allí está, y es el secreto de la reverencia con que el hindú mira el rito o la costumbre. Por eso no es justo ni sabio denunciar la práctica sin referirse a aquello que toca el sensible espíritu hindú. En verdad, no se dice toda la verdad científica a menos que se reconozcan ambos elementos y se exponga cómo llega el destello espiritual a caer sobre el acto vicioso. Así, al tratar cada detalle del hinduismo se requiere el máximo dominio de sí. También en esto debe haber un morir al yo. El autor desea aquí confesar públicamente que durante sus primeros años en la India se le escaparon, en la enseñanza, en discursos públicos y en la literatura, expresiones imprudentes de las que ahora se avergüenza de corazón.

Más de un hindú que en lo principal es amigo de la obra práctica de las misiones y también de la difusión de la enseñanza de Cristo en la India se queja de que la literatura misionera muy a menudo juzga el hinduismo por las peores partes de la práctica hindú y presenta, en contraste, los más altos ideales del cristianismo. Hay que confesar que hay algo de verdad en esta seria acusación; y el autor de este volumen desea desligarse por completo de semejantes escritos. La crítica cristiana es anticristiana si no es inexpugnablemente justa y verdaderamente semejante a Cristo en su tono. En esto hay que ejercer una vigilancia que no duerma. En los capítulos siguientes se han hecho arduos esfuerzos

[1] Véanse pp. 36-42.

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por ser escrupulosamente justos, y por interpretar la enseñanza hindú con tanta simpatía imaginativa como un cristiano desearía que un hindú concediera a la religión de Cristo. Se ha tenido especial cuidado de no violar el gran canon de que una religión no debe juzgarse por la conducta de quienes se niegan a obedecerla. Los crímenes e inmoralidades de un país solo pueden atribuirse a su religión en la medida en que ella los ordena o los tolera. Así como el vicio sexual de Europa existe en desafío a Cristo, así mucho de lo deplorable en la vida hindú surge en abierta desobediencia a los preceptos del hinduismo. Por eso la única regla sensata es juzgar una religión por sus principios, sus leyes y sus instituciones, y no por los excesos de ciertos grupos de la población.

3. Debe haber la misma disposición a morir al yo en relación con ciertos aspectos de nuestro propio cristianismo. Cuando decimos que el cristianismo es la Corona del hinduismo, no nos referimos al cristianismo tal como se vive en ninguna nación, ni al cristianismo tal como lo definen y elaboran en detalle el credo, la predicación, el ritual, la liturgia y la disciplina de ninguna iglesia particular, sino al cristianismo tal como brota vivo y creador de Cristo mismo. Cristo es la cabeza de toda la Iglesia, no de una sola denominación. Cristo es humano, no occidental. Mucho menos es inglés, escocés, estadounidense o alemán.

Solo de este modo podemos ser fieles a Cristo. Porque él no estableció leyes detalladas para la Iglesia, para la vida moral ni para el Estado. Mientras que el hinduismo, el mahometismo y otras religiones han establecido reglas detalladas para la conducta humana en lo tocante a la familia y otras instituciones, Cristo se negó deliberadamente a hacerlo. En todas estas cosas enseñó solamente los principios espirituales necesarios para nuestra vida humana, y nos dejó a nosotros aplicarlos en detalle. El contraste entre el Antiguo y el Nuevo Testamento en este respecto es tan notable que no deja lugar a dudas. La Ley de Moisés difiere muy seriamente en muchos aspectos de la Ley de Manu; pero ambas someten todos los aspectos de la vida humana a la ley religiosa; ambas mezclan normas religiosas, políticas, morales y

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sanitarias de una manera sumamente desconcertante para la mente moderna; y ambas contienen numerosas reglas para guiar al hombre en asuntos sociales. Así, en su forma general, la ley hindú y la ley judía están a la par. Pero en el Nuevo Testamento no hay ley. Jesús no dejó a sus seguidores normas sociales y religiosas detalladas. En lugar de una multitud de mandatos y prohibiciones, les dejó sus propios principios y la libertad divina de los hijos de Dios. De este modo obtuvo dos fines de sumo valor.

En primer lugar, su sistema es verdaderamente universal, aplicable a todas las razas de hombres, a todos los países y a todos los tiempos; mientras que todo sistema detallado de leyes, por sabiamente que esté redactado, se vuelve necesariamente obsoleto a medida que avanza la civilización. Los hindúes empiezan ahora a descubrir que esto es verdad respecto a todas las instituciones sociales de su religión, y buscan medios sabios de reforma. Es lo mismo lo que está mal en las instituciones musulmanas; pero muy pocos musulmanes se han dado cuenta todavía de ello. Aún no ven que es imposible lograr una sociedad y una nación sanas aplicando a la vida moderna las instituciones de la Arabia del siglo VII. Tales dificultades no pueden surgir donde se entiende el cristianismo, porque Cristo nos dio principios que pueden aplicarse en innumerables formas a las necesidades concretas de los hombres en todas las circunstancias.

En segundo lugar, el método de Cristo da a cada pueblo libertad, le permite edificar la estructura de su vida social conforme a su genio nacional. Los sistemas siguen siendo cristianos mientras se guíen en cada detalle por los principios espirituales de Jesús. Pero eso no es todo. El complemento de la libertad de la Iglesia es la presencia y la actividad constantes del Espíritu Santo:

Él os guiará a toda la verdad. [1]

La Iglesia, en libertad, buscando y siguiendo fielmente la guía del Espíritu de Cristo al aplicar las verdades universales

[1] Juan 16, 13.

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enseñadas por Jesús a los detalles de la vida, el pensamiento y el culto, encuentra su camino hacia la salud y la justicia.

La pura originalidad del método de Jesús en estas cosas no tiene paralelo. Ningún otro maestro se le acerca. Los estudiosos notarán con cuánta constancia mantuvo esta actitud: en todas las circunstancias sigue siendo el maestro religioso universal; se niega a convertirse en un mero legislador. En plena conformidad con esta postura, se negó también a actuar como juez. En el caso del hombre que le pidió que arbitrara en el asunto de los bienes de la familia entre él y su hermano, dijo:

¿Quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? [1]

y en el doloroso caso de la mujer traída ante él por adulterio, actuó de tal modo que sus acusadores, acusados por su propia conciencia, se escabulleron; y la mujer halló en Jesús no un juez que la condenara, sino el Salvador de su cuerpo y de su alma. [2]

El Nuevo Testamento mismo nos presenta un ejemplo práctico del desarrollo de estos principios que puede servirnos. Los discípulos originales de Cristo eran todos judíos; pero pronto se anunció la Buena Nueva a los gentiles y muchos respondieron. El primer impulso de los dirigentes cristianos fue hacer judíos a estos conversos e imponerles toda la ley judía. Pero algunos protestaron; y finalmente toda la Iglesia fue llevada, en parte por Pedro, pero sobre todo por Pablo, a ver que Cristo mismo les bastaba plenamente sin la ley. [3] De ahí la perfecta libertad que tenemos en Cristo.

Lo que bastó para las iglesias nacientes de Siria, Asia Menor, Grecia e Italia sin duda bastará para la India, China y Japón. No necesitamos imponerles nuestras elaboradas teologías, nuestro detallado derecho canónico, ni los pormenores de nuestro ritual, ni las formas de nuestra sociedad. Es una tarea

[1] Lucas 12, 13, 14. [2] Juan 8, 1-11.

[3] Hechos 15, 1-31.

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difícil distinguir con plena sabiduría el espíritu vital del ropaje exterior; pero la voluntad de morir a todo lo que es solo nuestro nos permitirá oír la voz del Espíritu de Jesús y reconocer lo que es meramente racial, nacional, sectario, local o temporal en nuestra concepción de Cristo y de su evangelio. Es mucho más fácil resolver esto en la práctica que en la teoría. De hecho, ya se ha hecho en más de una comunidad. Además, cuanto más progresen los cristianos en la cooperación, la federación y la unión, con lealtad consciente al principio de libertad de Cristo, [1] por una parte, y a su oración por la unidad antes de morir, [2] por otra, más fácil será hacer esta distinción difícil pero del todo necesaria. Por eso, al procurar transfundir la vida de Cristo al pueblo hindú, los cristianos deben estar constantemente en guardia, dejando a un lado todo lo que es meramente occidental o temporal, y ofreciendo solo al Pan de Vida mismo.

F. Invitamos también al hindú a distinguir y discernir. A veces se escribe y se habla como si la política de los misioneros fuera imponer imperiosamente, sin cambios, toda su propia vida religiosa, civil y social al pueblo de la India. Tal política sería pura tiranía, y si tuviera éxito sería gravemente subversiva de la vida nacional. Pero semejante cosa no es posible ni deseable. Los cristianos serios, sobre todo, no sueñan con hacer tal violencia al espíritu del hombre. Somos plenamente conscientes de las imperfecciones del cristianismo de Inglaterra y de todos los demás países de Occidente. No imaginamos que nosotros ni ningún otro grupo de hombres lo hayamos «alcanzado ya»; pero sí sostenemos muy seriamente que en Cristo tenemos algo que las naciones necesitan. La educación y la ciencia de Inglaterra o de Alemania no son perfectas; sin embargo, la India, China y Japón están adoptando la educación y la ciencia occidentales tan rápido como pueden. El gobierno de Gran Bretaña dista mucho de ser perfecto; sin embargo, toda nación despierta de Oriente, musulmana, hindú, budista o confuciana, anhela la libertad británica.

[1] Mat. 17, 24-26. [2] Juan 17, 20-23.

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La religión espiritual puede asimilarse sin pérdida de la nacionalidad, tan verdaderamente como estas otras actividades de la mente humana. Si la vida intelectual de Occidente es necesaria para el bienestar de Oriente, mucho más necesarios son los principios de Cristo para la sanidad de las naciones.

No puede haber tal cosa como una aceptación nacional de Cristo. No puede ser recibido por los hombres en masa. Cada alma debe volverse, en su desnuda personalidad individual, para hallar la unión con él. El único clamor posible es:

Roca de los siglos, hendida por mí,
déjame esconderme en ti.

Por eso ninguna nación existente es ni con mucho plenamente cristiana. Cierto porcentaje de la población se rinde a él; otros solo le rinden una lealtad parcial, y algunos incluso se le oponen conscientemente. La norma moral y espiritual que Cristo impone al alma humana es tan alta y tan exigente que el hombre mundano se rebela, y muchos procuran pertenecerle y a la vez escapar de los aspectos más serios de su señorío. Por eso ningún país cristiano representa plenamente a Cristo. Su poder no debe medirse por ninguna tierra. Confesamos plenamente todos los males visibles en la vida de los países cristianos de Occidente. Los hindúes escriben y hablan con frecuencia de estas cosas, pero están mucho más dolorosamente presentes en la mente cristiana. Sin embargo, estas cosas no prueban que Cristo haya fracasado.

El ejemplo de Israel basta para probar que una nación puede poseer una verdad del más alto valor para todo el mundo, y sin embargo gran parte del pueblo puede dejar de aplicarla en su vida. El Antiguo Testamento es el registro de la suprema revelación religiosa del mundo antiguo; sin embargo, la desobediencia de la mayor parte del pueblo es el rasgo más constante de su historia. Por otra parte, el núcleo de la nación fue fiel a Jahveh; y en ellos, sobre todo, pero también en todo el pueblo, se manifiesta la obra maravillosa de Dios. Así también en Occidente. A pesar de nuestro lamentable fracaso, hay en nuestra vida abundancia de cosas que muestran la supremacía de Cristo. Occidente supera a todo el mundo en

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filantropía práctica, en el afán ferviente de servir a los hombres, en la rectitud y pureza de su gobierno y en la eficacia general. Esta última cualidad, que Oriente anhela tan vehementemente poseer, es en gran parte el resultado de dos fuerzas cristianas: la posición de la mujer en la familia y en la sociedad, y la pureza general de la administración pública; ambas brotan de la profundidad y la claridad de la ética de Cristo. El mero hecho de que todas las naciones de Oriente quieran ahora copiar a Occidente es prueba del poderoso dinamismo que allí actúa. Pero el hombre reflexivo pondrá a prueba a Cristo no por el mundo occidental en su conjunto, sino por su núcleo cristiano, y allí reconocerá la presencia constante de un tipo de carácter alto y grande, que se distingue sobre todo por el servicio heroico a la humanidad y por la plena reconciliación de la más alta cultura que conoce el mundo con la plena fe en Cristo.

Pero hay otro punto que notar. Por fiel que fuera a Cristo un solo país, no podría interpretarlo plenamente. Él es humano; y las riquezas que hay en él solo pueden exponerse con los esfuerzos unidos de toda la familia humana. Hay muchos elementos de su vida y su enseñanza que la Iglesia reconoce, pero que nunca se han desarrollado plenamente en el pensamiento o en la vida:

No somos más que luces quebradas de ti.

Pero está amaneciendo una nueva era. Vemos a Jesús ya coronado con muchas coronas; pero todavía no vemos que todas las cosas le estén sujetas. Pero en esta nueva era en que hemos entrado, su Reino seguirá extendiéndose rápidamente, hasta que

Todos los reyes se postrarán delante de él;
todas las naciones le servirán. [1]

Entonces mucho de lo que ahora es solo promesa hallará exposición y encarnación concretas, y la gloria y la universalidad de nuestro Señor quedarán fuera de toda objeción. ¡Cuánto será posible cuando el mundo entero reconozca, aunque sea con escasa

[1] Sal. 72, 11.

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inteligencia, el señorío de Cristo! ¿Cuántas reformas vendrán inevitablemente? ¿Cuánto levantamiento de los caídos, sean individuos o pueblos? ¿Cuántas formas de cambio entrarán entonces en el ámbito de lo posible?

Entonces el maravilloso genio religioso de la India revelará de nuevo su poder en su interpretación de Cristo. Aspectos de su ejemplo y de su mensaje que están latentes en Occidente hallarán en la India expresión libre y plena. ¿No podría la actitud de Cristo hacia la pobreza recibir una iluminación gloriosa, su profundo sentido del significado y la sacralidad de la sociedad ser mostrado al mundo por un pueblo liberado de la casta, sí, pero que recoge sus frutos como nunca antes, y la oración y la comunión con su Padre, a las que Jesús dedicaba tantas veces sus noches, ser aprovechadas de manera inestimable por los descendientes de los rishis y los yoguis? Aspectos de Cristo que el duro y práctico Occidente no ha sabido aprovechar resultarán fecundos más allá de nuestros sueños en la experiencia cristiana de la ricamente dotada raza hindú.

Por eso, en este volumen, al presentar el cristianismo como la Corona del hinduismo, nos limitaremos a Cristo mismo, tomando nuestras pruebas solo de su propia vida y enseñanza, y de aquellas partes del Antiguo Testamento que él aceptó sin alteración. Si usamos aquí y allá alguna frase de los apóstoles, lo hacemos solo para ilustrar más el sentido de Cristo.

Ha sido bastante difícil decidir en qué orden deberían examinarse los diversos aspectos del hinduismo, pues cada uno ha influido a su vez en los demás. Pero, puesto que el karma es el único principio que ha fermentado todas las partes de la religión, era necesario tratarlo pronto. Por otra parte, es claro que las principales ideas religiosas que están detrás de la familia hindú tomaron forma antes del surgimiento de la teoría del karma; y, en lo principal, han seguido actuando como si no existiera tal doctrina. Por eso se trata primero la familia y después el karma. Hay otro fragmento de la religión que

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ha estado muy poco bajo la influencia del karma, a saber, la vida del vanaprastha; pero, como está unida por tantos lazos a la vida del sannyasi, pareció mejor tratarlas juntas y simplemente señalar las circunstancias históricas en que surgió la regla. [1] Las razones del orden de los demás capítulos saltan a la vista.

[1] Véanse abajo, pp. 249-253.

Capítulo V. Lo esencial del hinduismo

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I. Cuando los arios invasores entraron en la India, solo buscaban tierras en que establecerse y vivir. Durante un tiempo considerable se contentaron con cosas pequeñas. Pero poco a poco surgió entre ellos el instinto imperial, y como resultado se hicieron dueños, política y religiosamente, de todo el norte de la India y, en una época posterior, también del sur.

En el curso de su conquista gradual del norte, la sencilla religión del Rigveda se transformó en el hinduismo. El pensamiento y la cultura de los invasores avanzaban espontáneamente; el choque con las innumerables tribus aborígenes, con sus variadas religiones y modos de vida, les trajo necesariamente mucho material nuevo y un estímulo vital; mientras que su nueva posición imperial exigía un sistema práctico aplicable tanto a sus súbditos como a ellos mismos. En estas circunstancias surgió un nuevo conjunto de creencias y tomó forma una nueva organización social y religiosa. Nació el hinduismo, la religión de la India. Desde entonces han ocurrido innumerables cambios; pero todos se han dado dentro de las líneas del plan original; todos han sido ramas del árbol primitivo.

Nuestro estudio de la vida de los primeros indoarios nos dejó varias ideas claramente definidas en la mente. Su religión era un culto politeísta de los poderes de la naturaleza por medio de la oración, el himno y el sacrificio, pero sin templos ni imágenes. Encontramos también algunas huellas de una fe más espiritual

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y de especulación filosófica. El culto a los antepasados ocupaba un gran lugar en su mente y en su organización social. Para este pueblo sencillo el mundo era real y la vida era buena. Los hombres pedían en oración vivir cien años. El ascetismo era desconocido. La familia estaba todavía en un estado sano. No había casta. No había doctrina de la transmigración. El hombre vivía y moría una sola vez, y después de la muerte Yama lo conducía al cielo, donde gozaba de una inmortalidad dichosa con los «padres» y los dioses. De este sistema sencillo se desarrollaron la elaborada teología y la comunidad altamente organizada del hinduismo.

Fue la doctrina del karma y el renacimiento la que dio carácter y forma al nuevo sistema. Aunque en la superficie no es más que una teoría del nacimiento y la muerte, es esencialmente la teoría moral hindú; y, como ya hemos visto, entra como elemento en todas las partes de la religión.

Hubo otra doctrina que resultó importante en la creación del nuevo pensamiento, pero no ejerció una influencia como la de la teoría de la transmigración. La idea es que existe un Ser divino supremo, eterno e incognoscible, que se manifiesta en todos los dioses y en todas las religiones de los hombres. Es espiritual y real; está en la naturaleza y en el hombre; es la causa de todas las cosas, incluidos el Veda y la casta; en cierto sentido, es todas las cosas; y, sin embargo, está libre del karma, que gobierna todas las cosas. Puesto que está aparte del karma, no actúa. Siendo incognoscible, no puede ser adorado; pero, como se manifiesta en todos los dioses, el culto a cualquier dios es perfectamente legítimo. Así desarrollaron los brahmanes una sencilla filosofía de la religión que usaban para explicarse las cosas a sí mismos y a todos los que preguntaban con interés, mientras proseguían su obra de poner a los pueblos de la India bajo su influencia. Debieron de encontrarse con muchas formas de religión, algunas sin duda muy extrañas, al extender su dominio sobre la tierra; pero toda forma de creencia y todo culto podían quedar comprendidos en esta sencilla fórmula. Es esta idea del Dios único detrás de todos los dioses la que el

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aldeano hindú usa hoy cuando alguien le pregunta por qué reconoce a muchos dioses.

Pero cuanto más claramente concebían lo Supremo como real, más sin valor les parecía el mundo. Así, desde que estas ideas tomaron forma, el hindú ha sostenido que todas las cosas mundanas son vanas, sin valor, vacías, en comparación con Dios. La doctrina de que todas las cosas materiales son ilusión es un desarrollo muy posterior, y no es parte necesaria del hinduismo esencial; pero la falta de valor del mundo es una de las ideas centrales de la religión.

Pero si en comparación con Dios el mundo se veía mezquino, a la luz de la doctrina del karma y el renacimiento se le tenía por eterno, coetáneo de Dios. Era un sistema transitorio y fenoménico, completamente gobernado por el karma, pero sin principio y sin fin. El curso de la historia del mundo es un proceso continuo de degeneración desde la edad de oro hasta la edad de hierro. El progreso es imposible. Pero cuando las cosas llegan a lo peor, el mundo entero pasa a la invisibilidad y yace en paz y silencio durante edades incontables; y, cuando vuelve a manifestarse, las cosas están otra vez en su mejor estado.

Todas las almas, vivan como dioses, demonios, hombres, animales o plantas, flotan en la corriente de la transmigración (samsara). Su vida es a la vez retribución por el pasado y oportunidad para el futuro. Pero, aunque un hombre pueda elevarse por la buena conducta perseverante, el sacrificio y la austeridad hasta la posición más alta entre los hombres, o aun hasta la condición de un dios, la liberación de la rueda siempre giratoria del nacimiento y la muerte no se gana con una vida ordinaria, sino solo saliendo del curso común de la existencia a la vida de renuncia al mundo.

Los dioses pueden ser adorados, conforme al antiguo culto, por medio del sacrificio, la oración y el himno, realizados al aire libre, o por medio del templo y la imagen; pero, ya se siga el método antiguo o el nuevo, solo a un brahmán se le permite oficiar como sacerdote; y los Vedas deben reconocerse como la única Revelación. Hay que notar, sin embargo,

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que el antiguo culto está abierto solo a las tres castas de los nacidos dos veces, y ninguna mujer puede sacrificar sin su marido; mientras que todos los templos hindúes están abiertos a las cuatro castas y tanto a las mujeres como a los hombres. [1]

La casta es la forma hindú de organización social. Nadie puede ser hindú si no está en una casta; y si se admite en la comunidad a un grupo de extraños, deben organizarse como casta.

En tiempos del Rigveda había escuelas para jóvenes sacerdotes. Estas crecieron en importancia con el crecimiento del ritual y del poder de los sacerdotes. El estudiante sacerdotal tenía que dominar cada vez más literatura. Solo el brahmán podía enseñar, y solo se admitía en las escuelas a hombres de las tres castas más altas. Todas las mujeres quedaban excluidas. Durante este periodo de reconstrucción se hizo costumbre enviar a la escuela a todo muchacho de las castas brahmán, kshatriya y vaishya para recibir la educación sagrada. Cada muchacho pasaba por la iniciación antes de comenzar sus estudios. Hoy en día muy pocos reciben la antigua educación.

Los brahmanes sostenían este sistema radical y lo enseñaban, en todo o en parte, según las circunstancias, mientras proseguían su obra de someter a su autoridad a las razas de la India. A los ignorantes se les enseñaba solo lo necesario para que pudieran ocupar su lugar en la gran organización; pero, cuando hombres que pensaban hacían preguntas, había una respuesta lista para ellos. Este sistema de pensamiento y de vida no se encontrará en esta forma esquemática, separado de todo lo demás, en ningún manual hindú; sin embargo, está detrás de toda forma de religión y filosofía india que aparece en el escenario de la historia a lo largo de los siglos. En el budismo, el jainismo, la filosofía sankhya y las grandes sectas, uno u otro elemento se ha modificado algo; pero las formas de estos sistemas apenas nos serían comprensibles si no conociéramos el gran antepasado del que brotaron.

II. Se verá que los principales componentes de este sistema

[1] Véase arriba, p. 164.

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encajan muy bien entre sí. Si sostenemos que el Dios invisible detrás de todas las cosas no toma parte en la actividad del universo fenoménico, entonces podemos creer fácilmente que el mundo entero carece de valor y de sustancia. Además, si el mundo es tan claramente una vana apariencia, no es extraño pensar que las almas, una vez atrapadas en sus redes, vivan ofuscadas y deslumbradas durante edades, sin hallar el camino de vuelta a la Fuente divina, hasta que sus ojos ciegos se abran para ver, a través de las apariencias del Tiempo, la única Realidad. En estas circunstancias la casta aparece al punto como razonable y justa, pues señala etapas del progreso del alma hacia la iluminación. El avance del alma es de tanta importancia que bien puede hacerse severo e inflexible el sistema social, para conservar las ganancias a medida que se obtienen; y el avance espiritual que se cree que está detrás del nacimiento de todo brahmán es una base muy razonable para la autoridad religiosa que se exige para él. De modo semejante, la concepción de que el Veda es la palabra eterna de la Mente divina, revelada de nuevo en diversas porciones a los rishis al comienzo de cada era del mundo, es un fundamento razonable para la autoridad práctica que se reclama para él.

Quizá lo más notable del sistema sea la manera en que se ajusta en la práctica a las circunstancias de la época. Es, ante todo, el antiguo sistema al que el pueblo estaba acostumbrado, porque es la religión del Rigveda; pero está tan transformado que satisface el intelecto de los arios más avanzados de su tiempo. Es, por otra parte, una filosofía de la religión que permite incluir los más burdos cultos paganos de los aborígenes en el mismo sistema imperial que las más altas especulaciones de la filosofía y las elaboradas ceremonias sacrificiales de los brahmanes. Si no hubiera habido casta que mantuviera unido al pueblo, las ideas religiosas especulativas habrían sido ineficaces; mientras que, sin la doctrina de la transmigración, la casta no habría tenido justificación intelectual ni moral y nunca habría podido apoderarse de la conciencia popular.

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La fuerza y la grandeza de todo este grupo de ideas se verán al instante. El pensamiento de la falta de valor del mundo en contraste con la gloria y la espiritualidad de Brahman es uno que se apodera del intelecto y tiene muchos intereses para la filosofía. La vaciedad del mundo es una poderosa concepción moral, y ha sido una de las fuentes principales de todas las formas de religión espiritual que la India ha mostrado a lo largo de los siglos. Toda religión ha encontrado necesario persuadir al hombre a buscar la emancipación del poder del mundo de los sentidos. El hinduismo no necesita buscar razones que apoyen esta enseñanza: brota inevitablemente de la concepción hindú de las cosas. Por otra parte, si el sistema priva al mundo de todo derecho a la realidad última, la doctrina de la transmigración y el karma expresa de la manera más poderosa posible su actualidad y su dominio sobre el espíritu humano. La inflexible e implacable ley del karma tiene una grandeza cósmica y una especie de perfección científica que a primera vista son muy cautivadoras. Dadas estas concepciones, la elaborada organización y las estrictas reglas de la casta atraen a la mente pensante como un sistema ordenado y razonable.

He aquí, pues, la teoría hindú del mundo en todos sus elementos esenciales permanentes: Dios real, el mundo sin valor; el Dios único incognoscible, los otros dioses no despreciables; los brahmanes con sus Vedas como única autoridad religiosa; la casta como institución divina, que sirve de principal instrumento de recompensa y castigo; el hombre condenado a nacer y morir repetidas veces, porque toda acción lleva al renacimiento; la huida del mundo como el único camino noble para el hombre despierto y la única esperanza de escapar de los enredos de los sentidos y de la transmigración.

III. Nos hemos acostumbrado a pensar en el hinduismo como un sistema inmutable, la patria de todos los conservadurismos. Ahora bien, es muy cierto que el hindú procura vivir en la mayoría de las cosas exactamente como vivían sus antepasados hace siglos; pero el conservadurismo y el estancamiento no son toda la historia. En el hinduismo hay ciertas grandes libertades. Para el europeo estas

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libertades parecen a primera vista sin valor: el hindú parece libre donde debería estar atado, y atado donde debería ser libre. Sin embargo, con razón o sin ella, existen estas libertades; y, para entender el hinduismo y su funcionamiento, es muy necesario comprender qué partes de la vida hindú son libres y qué partes están bajo una severa regulación. En este capítulo aislamos las cosas que el hindú considera eternas y que, por tanto, no admiten libertad alguna.

Las ordenanzas a las que debe conformarse un hindú se dividen en tres grupos: la familia, la casta y la religión.

A. Un hindú ortodoxo debe haber nacido en una familia hindú, debe haber pasado por todas las ceremonias necesarias de niño y de joven, y debe seguir viviendo como miembro de su familia, obedeciendo todas las normas y cumpliendo todos los deberes de un jefe de familia. Estos deberes incluyen los ritos familiares mencionados en nuestro segundo capítulo, a saber: los sacramentos, el culto a los antepasados, el culto a los dioses de la familia y la observancia de las fiestas anuales y las temporadas de culto. Si es un hindú nacido dos veces, debe observar también diariamente, mañana y tarde, las abluciones, oraciones y ofrendas prescritas.

B. Un hindú ortodoxo debe haber nacido en una casta hindú, debe haber pasado por la iniciación si es brahmán, kshatriya o vaishya, o por alguna otra ceremonia equivalente si pertenece a una casta inferior; y debe seguir observando todas las reglas y normas tradicionales en su propia casta, como se expuso en el capítulo IV.

C. Un hindú ortodoxo debe adorar a los dioses ya sea a la antigua manera védica o en los templos. Debe reconocer los Vedas como la única revelación, y debe emplear a brahmanes para todos los deberes sacerdotales, sea en su casa o en otra parte. Nadie sino un brahmán puede sacrificar, dirigir ceremonias religiosas, actuar como maestro religioso o proclamar la ley.

Todo esto, pues, es obligatorio para el hindú. En estas cosas está atado. La observancia de estas leyes y costumbres

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se llama dharma, es decir, conducta correcta. El dharma se explica y se discute en detalle en los libros conocidos como Dharmashastras, el mayor de los cuales es el Manava Dharmashastra o código de Manu. He aquí lo que establecen sobre este punto las más altas autoridades. Citamos primero el Gita:

Por tanto, reconociendo que el shastra es la norma para determinar lo correcto y lo incorrecto, debes hacer aquí las obras especificadas en las ordenanzas del shastra. [1]

Luego a Shankara:

El conocimiento de que una acción es correcta y otra incorrecta se basa solo en la escritura. [2]

Las libertades del hindú están fuera del círculo del dharma. Un hombre puede seguir siendo un hindú ortodoxo sin creer en ningún dios ni en ninguna teología, y sin conocer ni leer ningún libro sagrado. Puede ser cristiano, mahometano, agnóstico o ateo en sus convicciones. No se plantea ninguna cuestión mientras se conforme al uso.

[1] xvi. 24. [2] S.B.E., xxxviii. 131.

Capítulo X. Dios con nosotros (§§ III–IV)

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III. El breve bosquejo del desarrollo de la creencia india en las encarnaciones que dimos en nuestro último capítulo nos pone en estrecho contacto con una de las fuerzas más poderosas que actúan en el hinduismo. En estas cuestiones no tratamos solamente con las ideas de individuos, o de grupos aislados de individuos, sino con aquellos poderes ocultos que se niegan a someterse al control del hombre y producen, en el curso de los siglos, vastos resultados históricos. Que la doctrina de la encarnación, que apareció originalmente en la antigua secta vishnuita, haya llegado a casi todas las divisiones del pueblo hindú y a todos los rincones del Asia oriental es el testimonio más fuerte posible del valor religioso que tiene para el espíritu hindú y asiático. Tampoco puede haber duda sobre cuál es el elemento de la doctrina que ha dado su poder al movimiento: es la creencia de que Dios apareció realmente como hombre, nació, vivió y murió entre los hombres. Este hecho se ve con toda claridad en la literatura; pero se hace todavía más manifiesto en el trato con el pueblo.

A. Debemos ahora notar y tratar de entender ciertas modificaciones bastante notables que la doctrina de la encarnación ha venido sufriendo desde hace algún tiempo en la mente de los hindúes instruidos. Se ha estrechado y a la vez se ha ensanchado.

Se recordará que en las dos grandes sectas ha sido

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costumbre durante siglos llamar encarnación a todo dirigente sobresaliente. Sathakopa, Yamunacharya y Ramanuja entre los vishnuitas, Shankara, Svetacharya y Nilakantha entre los shivaítas, y decenas de santos y eruditos menores de estas y otras sectas, han sido reconocidos como avataras durante varios siglos. Ningún hindú reflexivo insistiría seriamente en esto hoy. Es demasiado pedirle a alguien que crea que el collar de Vishnu o su disco tomaron nacimiento humano. Es muy cierto que unos pocos discípulos entusiastas han llamado avataras a Ramakrishna Paramahamsa y a la señora Besant; pero ningún hombre reflexivo toma semejante propuesta como teología: es solo una manera de dar testimonio de sus grandes servicios al hinduismo. También ha desaparecido la fe en las encarnaciones animales de Vishnu. Es sencillamente imposible para el hombre moderno creer que Dios apareció en la tierra en forma de un monstruo, mitad hombre y mitad león. Estas cosas son demasiado claramente mitología para creerlas hoy.

Las únicas encarnaciones que el hindú moderno intenta sostener seriamente son Rama y Krishna. Puede dar algún tipo de reconocimiento a historias anteriores, pero no responde por ellas. A Rama y a Krishna, en cambio, sí los defiende. De hecho, una de las cosas más significativas de la literatura neohindú es esta: que se han escrito libros para intentar probar que los relatos de Rama y Krishna que dan las epopeyas son históricos. [1] Los hombres que piensan se han dado cuenta de que, a menos que pueda mostrarse que estas cosas son realmente históricas, la antigua fe en la encarnación no puede sino desaparecer. Estos libros son una lectura lamentable; y no es de extrañar, pues emprenden una tarea imposible. Durante los últimos años los hindúes se han contentado por lo general con afirmaciones audaces: hasta donde sabe el autor, no se ha publicado recientemente ningún tratado serio sobre el tema.

Por otra parte, ha habido un ensanchamiento muy significativo de la antigua idea, de modo que abarque a Cristo, Mahoma, Confucio

[1] Para un relato de parte de esta literatura, véase el apéndice de la obra del presente autor Gita and Gospel.

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y otros dirigentes religiosos; y más de un hindú moderno cree sostener una filosofía de la religión no solo razonable sino liberal porque reconoce que todos los grandes maestros de la humanidad han sido encarnaciones. Tal teoría despierta muy profundamente nuestra simpatía. El hombre moderno no puede arreglárselas sin una teoría práctica de la religión que abarque todos los fenómenos. ¡Pero qué cambio registra esto en la creencia hindú! Hace mucho se reconoció a Buda como encarnación de Vishnu, pero solo en el sentido de que Vishnu se encarnó como Buda para engañar a los hombres y seducirlos a una religión falsa. Aquí tenemos todas las grandes religiones del mundo reconocidas como buenas, y como fundadas por encarnaciones reales. ¿Se dan cuenta los hindúes de qué revolución en el pensamiento y la práctica hindúes supondría la aceptación sincera de tal doctrina?

B. No podemos extrañarnos de esta seria inestabilidad de opinión, pues nuestro estudio de la historia ha dejado absolutamente claro que todas las historias indias de encarnación carecen de fundamento. Rama, Krishna y Gautama el Buda, tal como aparecen en la literatura más antigua, son hombres, y solo hombres; de hecho, están tan lejos de ser encarnaciones como pueden estarlo cualesquiera hombres. Rama y Krishna ni siquiera son dirigentes religiosos en ningún sentido: no son más que reyes y guerreros; y solo unos trescientos años después de su aparición en la literatura surgió la creencia de que eran encarnaciones. Fue mucho más tarde todavía cuando se les llamó encarnaciones plenas del Supremo. En el caso de Gautama, el Buda, la historia es algo distinta. Fue uno de los más grandes dirigentes religiosos que el mundo ha visto. Una gran parte de la raza humana todavía saca de él su inspiración religiosa. Pero su sistema se oponía decididamente a las ideas que están detrás de la encarnación. Pensar en sí mismo como un dios encarnado le habría resultado repugnante; y pasaron al menos quinientos años después de su muerte antes de que sus seguidores se atrevieran a asociar su nombre con la doctrina del único Dios vivo. Solo sobre la base de tal doctrina era posible la idea de la encarnación. Gautama

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llevaba quinientos años muerto cuando se le llamó avatara. Así, toda historia india de encarnación es un mito.

El hinduismo filosófico es independiente de la historia: sin importar cuándo ni quién expresó primero las ideas, estas conservan su valor intrínseco. Los hindúes tienen viva conciencia de este hecho y se refieren a él con frecuencia. Pero el principio no se aplica a la creencia en las encarnaciones: la médula misma de la doctrina es la aparición de Dios en la historia humana. Como hemos visto, el poder que la doctrina ejerce sobre el corazón hindú brota de la creencia de que en ciertos momentos definidos Dios nació, vivió y murió como hombre en la India.

Por eso, puesto que cada una de las encarnaciones hindúes es enteramente mítica, la doctrina está muriendo y desaparecerá inevitablemente. Los cambios que ha sufrido en la mente instruida durante el último medio siglo son síntomas de su estado agonizante.

Tampoco puede el hindú patriota desear que la doctrina sobreviva. No puede querer que a los pobres del pueblo se les alimente con mitología. Una nación india fuerte nunca podrá criarse con semejante dieta.

C. Es el espíritu de Occidente el que ha producido estos cambios en la doctrina de la encarnación. Dos formas de influencia occidental han sido especialmente activas en esta parte del hinduismo. Primero, el sentido de la historia se ha apoderado de los hombres más cultos y los ha llevado a estudiar franca y abiertamente el desarrollo del hinduismo. Por eso algunos han llegado a confesar que las historias de encarnación son míticas. Pero la mayoría no dice nada sobre el tema, o, como Bankim Chandra Chatterji, intenta persuadirse a sí misma y a otros de que el hombre-dios Krishna es histórico. En segundo lugar, la presentación del Jesús histórico ha producido resultados muy grandes. Su lugar seguro en la historia del mundo, sus afirmaciones personales, su ilimitado interés personal y la fuerza histórica del Nuevo Testamento han resultado muy poderosos para despertar la mente hindú.

D. Por otra parte, la aceptación de estas historias de encarnación por multitudes tan vastas del pueblo de la India y del Asia oriental es tanto más significativa cuando comprendemos cuán

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infundadas son. ¡Qué profundo y qué poderoso debe de ser el instinto al que responden estas historias míticas! El instinto del Dios vivo es sin duda la más profunda e insistente de todas nuestras facultades religiosas naturales; pero, claramente, entre las que le siguen ninguna es más viva ni más poderosa que el anhelo de Dios manifestado en carne.

E. Pero surge ahora la pregunta: si los avataras son todos míticos, ¿qué han de hacer los hindúes? ¿Han de abandonar simplemente la doctrina y prescindir de ella? El gran lugar que ha ocupado en el hinduismo durante más de dos mil años muestra cuánto aprecia el espíritu religioso hindú la idea de DIOS CON NOSOTROS. Abandonarla sería confesar no solo que la mente hindú confundió el mito con la historia, sino que se ha equivocado gravemente en una de sus principales intuiciones religiosas. Si no podemos confiar en el espíritu hindú en un asunto tan grande como este, ¿en qué podemos permitirnos confiar en él?

F. El punto de vista cristiano es mucho menos escéptico. El hombre que acepta a Jesús como el Hijo encarnado de Dios confiesa ciertamente que la mente hindú ha confundido los mitos de Rama y Krishna con la historia; pero sostiene que el espíritu hindú tenía razón al buscar a Dios manifestado en carne. ¿No debe ser esta la actitud del verdadero patriota indio? Por lealtad a la verdad no puede sino confesar que las historias de encarnación son míticas; pero, si siente alguna confianza en las capacidades espirituales de su pueblo, esperará hallar en la historia humana un verdadero descenso divino a la vida humana. Así, Jesús, cuya enseñanza corona tan maravillosamente las ideas del hinduismo, es necesario para dar estabilidad y realidad a la creencia hindú en las encarnaciones. Sin él, esa creencia tiene que desvanecerse como la tela sin base de una visión.

G. Pero ¿tienen los cristianos algún fundamento racional para pedir al hindú que acepte a Jesús como el Hijo encarnado de Dios? Las siguientes líneas de pensamiento pueden poner ante el lector los fundamentos de la convicción cristiana.

1. Quienes mejor conocieron a Jesús declararon que en él habían visto a Dios revelado. Todo el Nuevo Testamento es

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prueba de lo que pensaban y de cuán fuerte era su fe. He aquí lo que dice del hecho un historiador moderno:

¿Dónde en la historia de la humanidad podemos encontrar algo semejante a esto: que hombres que habían comido y bebido con su Maestro lo glorificaran no solo como el revelador de Dios, sino como el Príncipe de la vida, como el Redentor y Juez del mundo, como el poder vivo de su existencia, y que un coro de judíos y gentiles, griegos y bárbaros, sabios y necios, confesara inmediatamente con ellos que de la plenitud de este solo hombre han recibido gracia sobre gracia? [1]

2. Toda la historia de la influencia cristiana en el mundo prueba concluyentemente que la verdad cristiana produce sus resultados característicos en una comunidad solo cuando se reconoce a Jesús como el Hijo de Dios. El unitarismo es una planta hermosa, pero siempre está enfermiza. Los hindúes tienen ante sus ojos una lección práctica en el vigor de la Iglesia cristiana comparado con la debilidad del Brahmo Samaj.

3. Cuando pasamos a la enseñanza de Jesús, tal como nos la transmitieron sus discípulos en los Evangelios, encontramos no solo que Jesús se llama a sí mismo el Hijo de Dios, sino que su enseñanza, de principio a fin, está impregnada de ideas que solo pudo haber tenido una mente que se concebía a sí misma como poseedora de autoridad divina.

(a) Jesús llama a sus oyentes a la entrega personal a él mismo, a la obediencia completa, a la confesión pública de su lealtad a él, a la disposición a sufrir o aun a morir por su causa:

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. [2]
¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? [3]
A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. [4]

[1] Harnack, History of Dogma, i. 76.

[2] Mat. 10, 37-39. [3] Lucas 6, 46. [4] Mat. 10, 32.

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Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. [1]

Se presentó también como el ejemplo que debemos imitar:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. [2]

Ahora bien, lo extraño es que los hombres han descubierto que, para vivir una vida como la que Jesús nos llama a vivir, es necesario no solo atender cuidadosamente a su enseñanza, sino entregarnos a él como Señor exactamente del modo que prescriben los textos anteriores. La exigencia de Jesús de que le demos obediencia absoluta se comprueba en la experiencia cristiana como algo religiosamente justo. He aquí lo que dice Harnack:

El Evangelio solo puede comprenderse y retenerse firmemente por una entrega creyente a la persona de Cristo. [3]

James Drummond, uno de los principales escritores unitarios de los últimos años, dice:

Jesús es, para el corazón que lo ama, «un espíritu vivificante», alguien que forma la vida interior y la llena de una energía desbordante. [4]

¿Qué implica esta maravillosa relación espiritual entre Cristo y el alma?

(b) Esa es precisamente la pregunta que Jesús mismo hace. No nos impone su persona, sino que se hace nuestro siervo y ayudador, y hace tanto más por nosotros cuanto más completamente nos entregamos a él. Luego nos hace a cada uno, en la quietud de nuestro propio corazón, la pregunta que hizo a sus discípulos:

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? [5]

(c) Cuando conocemos por primera vez a Jesús, una de

[1] Mat. 5, 11. [2] Mat. 11, 28-29.

[3] Dogmengeschichte, iii. 69. Debo esta cita a Mackintosh, Person of Jesus Christ, 347.

[4] Studies in Christian Doctrine, 291. Véase Mackintosh, 340. [5] Mat. 16, 15.

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las cosas que más nos desconciertan es el hecho de que por lo general se llama a sí mismo el Hijo del Hombre. Un estudio cuidadoso revela que se consideraba la cabeza de la raza humana, y que se sentía directamente relacionado con todo hombre, mujer y niño. [1] Creía que todo hombre lo necesitaba:

Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí. [2]

Como Hijo del Hombre, creía que tenía potestad en la tierra para perdonar pecados. [3] Por último, estaba convencido de que, como Hijo del Hombre, debía morir por los hombres:

Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. [4]

(d) Sintiendo tan vivamente que todos los hombres necesitaban su enseñanza y su ayuda, dijo que sus discípulos, a quienes encomendó la continuación de su obra, ocupaban una posición de la más alta responsabilidad respecto a todos los hombres; y los instó del modo más solemne a cumplirla:

Vosotros sois la sal de la tierra. [5]
Vosotros sois la luz del mundo. [6]
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones. [7]

(e) Puesto que Jesús pensaba así de su vida y su obra, no nos asombra encontrar que, en relación con el pueblo judío, se llamara a sí mismo el Mesías, y dijera que había venido a introducir el Reino de Dios. Cuando fue juzgado por el Concilio judío, el presidente le hizo expresamente la pregunta. En respuesta se declaró el Mesías; y, finalmente, se dejó crucificar antes que renunciar a esa afirmación.

(f) En relación con Dios Padre, Jesús se llamó a sí mismo el Hijo, y afirmó que solo él podía revelar al Padre:

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie

[1] Mat. 25, 40-45. [2] Mat. 11, 6. [3] Marcos 2, 10.

[4] Marcos 10, 45. [5] Mat. 5, 13. [6] Mat. 5, 14.

[7] Mat. 28, 19.

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conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. [1]

Estos son, en la forma más breve y sencilla, los fundamentos de la convicción cristiana de que Jesús es el Hijo encarnado de Dios. No hablamos de probar que es el Hijo. Como todas las cosas más profundas de la religión, esto es una cuestión de comprensión moral y espiritual, no de demostración lógica. Jesús viene hoy a todo hindú instruido y le dice: «A la luz de toda la historia del hinduismo, de la historia del mundo, de mi enseñanza, de mi cruz, de tu propia experiencia religiosa, ¿quién dices tú que soy yo?».

IV. Los párrafos siguientes pretenden arrojar luz sobre la relación en que está el Cristo histórico con las encarnaciones míticas de la India.

Los poetas cantaron a los avataras, y santos de muchas escuelas meditaron en ellos, hasta que un retrato común tomó forma definida y se convirtió en un ideal nacional; de modo que sus rasgos principales se encuentran en el Krishna del Gita, el Buda del Saddharma Pundarika, el Rama de Tulsi Das, y aun en la concepción que tiene Manikka Vachakar de las frecuentes teofanías de Shiva.

A. La concepción central de la doctrina es esta: que Dios se hizo hombre, nació, vivió y murió como hombre. Aquí, como hemos visto, reside el verdadero poder de todo el movimiento sobre la mente y el corazón de la India y de las otras tierras que lo han aceptado. Hay en los libros muchos pasajes que expresan el asombro que produce esta creencia y la humilde adoración que despierta. Así, según el Gita, cuando Krishna mostró su forma trascendente a Arjuna, este prorrumpió en un himno de alabanza y adoración, del que citamos algunas estrofas:

¡Salve, salve a ti! ¡Mil veces salve!
¡Salve a ti! ¡Otra vez, y otra vez, salve!
De poder sin límites, de fuerza sin medida,
todo lo sostienes: tú mismo eres el Todo.

[1] Lucas 10, 22.

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Si, creyéndote solo un amigo, con atrevimiento
grité «¡Oh Krishna!», «¡Oh Yadava!», «¡Oh amigo!»,
sin conocer tu majestad,
y descuidado en la ternura de mi amor;

si en broma te mostré irreverencia,
jugando, descansando, sentado o a la mesa,
a solas, oh Inmaculado, o con mis amigos,
perdona mi falta, oh tú, el Ilimitado.

Por eso caigo ante ti; con mi cuerpo
te adoro como es debido; bendíceme tú.
Como el padre con el hijo, como el amigo con el amigo,
como el amante con la amada, ten paciencia conmigo. [1]

Vemos la influencia de las mismas emociones en el amor apasionado de los hindúes por el niño Krishna y en los innumerables ídolos del pequeño que gatea que se encuentran en los hogares indios por todo el país. Así, Tulsi Das está lleno de asombrada reverencia ante la humildad y la condescendencia de Rama al nacer como hombre; y Manikka Vachakar nunca termina de derramar sus alabanzas a Shiva por el amor y la humillación de sí mismo de sus teofanías.

Sin embargo, en el caso de toda encarnación india, la humanidad que asume el dios es irreal. Su cuerpo humano no es más que un disfraz; su debilidad y su emoción humanas son fingidas; sus limitaciones no son más que una simulación. La gloria del Supremo apenas se empaña con la vestidura fangosa de carne humana con que por un momento se reviste el gran Actor. Al hindú cualquier cosa más allá de esto le parecería indigna del Altísimo. Nunca aparece la idea de que el Dios encarnado estuviera confinado a las condiciones humanas o limitado a los poderes de la naturaleza humana. En el Gita todo el énfasis está en la divinidad de Krishna: tiene forma semejante a la de un hombre, pero nunca se le concibe como un hombre verdadero. Es siempre el dios oculto en la forma aparentemente humana.

Encontramos las mismas concepciones de Gautama en el Saddharma Pundarika. Todo lo que hace es lila, juego.

[1] xi. 39-44. Traducción de la señora Besant.

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Su venida a la tierra y su paso al Nirvana son meras simulaciones: permanece todo el tiempo en Gridhrakuta. Su muerte no es más que un recurso, un expediente, un engaño, necesario para el bien de los hombres.

Manikka Vachakar usa frases semejantes de Shiva. Todas sus operaciones, sea en el universo o en el alma, son solo juego, lila. Están simbolizadas en su danza. Todas sus teofanías son ilusión. Constantemente se le llama el gran Engañador. Aparece y trabaja como cargador, como mozo de caballos y de otras diversas maneras; pero en cada ocasión es el dios que se divierte: no hay trabajo humano, ni verdadera experiencia humana.

Los mismos términos reaparecen en Tulsi Das. Todo lo que hace Rama es juego. Es un actor; es el gran maestro de lo irreal; usa constantemente su poder engañoso e ilusorio. Finge sentir dolor, tristeza, asombro o placer, pero todo es pura actuación:

Por amor de su pueblo fiel, Dios mismo, nuestro señor Rama, se ha encarnado como rey, y para nuestra suprema santificación ha vivido, por así decirlo, la vida de cualquier hombre ordinario. Como un actor, en el curso de su representación, adopta diversos trajes y muestra diferentes personajes, pero él mismo sigue siendo el mismo, así, Garuda, es el divertimento de Rama: un desconcierto para los demonios, pero un deleite para los fieles. [1]

En el caso de Jesús, sin embargo, es verdad todo lo contrario. Fue verdaderamente un hombre. No fue un actor, ni un ilusionista juguetón. Todo fue real de principio a fin. Nació como un bebé indefenso y creció en conocimiento a medida que crecía en el cuerpo. [2] De niño no tenía poderes divinos que mostrar a una madre aterrada, como Rama en el poema de Tulsi Das. [3] A los doce años conocía y amaba a su Padre celestial, pero estaba sujeto a sus padres. [4] Se formó como carpintero, [5] y trabajó en el banco de carpintería, ganando el pan para sí, para su madre y para los demás con el sudor de su frente. No se usó ningún poder divino

[1] Growse, 533. [2] Lucas 2, 40. [3] Growse, 96-97.

[4] Lucas 2, 41-51. [5] Marcos 6, 3.

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para aligerar su trabajo. No fueron unos pocos minutos de trabajo fingido, como el trabajo de cargador de Shiva. Hizo yugos, arados y cosas semejantes hasta que tuvo treinta años, [1] ennobleciendo y santificando así todo el trabajo manual del hombre.

A lo largo de su vida pública siguió siendo un hombre real, nuestro hermano, que vivía nuestra vida humana común bajo todas las restricciones y limitaciones que nos estrechan y nos encierran. No tenía hogar, [2] sufrió sed, [3] hambre [4] y cansancio. [5] Su conocimiento era limitado: con frecuencia pedía información, sin fingir jamás ignorancia, y al menos una vez dijo que no sabía. [6] Se le dieron poderes milagrosos para su obra, pero siempre los usó para ayudar a otros, ni una sola vez para sí mismo, ni siquiera en el hambre que siguió a un ayuno de cuarenta días, [7] ni siquiera en las agonías de la crucifixión. [8] Su nombre favorito para sí mismo era «el Hijo del Hombre». Es la gloria del Hijo del Hombre que compartió todo el trabajo, la tristeza y los sufrimientos de sus hermanos y hermanas de la raza humana. [9]

Llegamos aquí al punto en que la divergencia entre el ideal hindú del encarnado y Cristo es mayor. «¿Cómo puede Jesús ser divino, si fue crucificado? Si hubiera sido divino, habría podido vencer fácilmente a sus asesinos. Dios no puede ser derrotado por el hombre». Así ha argumentado más de un hindú. Los judíos que estaban alrededor de la cruz argumentaban de la misma manera:

Era la hora tercera cuando le crucificaron. Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. [10]

[1] Lucas 3, 23. [2] Mat. 8, 20. [3] Juan 4, 7.

[4] Mat. 4, 2. [5] Juan 4, 6. [6] Mat. 24, 36. [7] Mat. 4, 4.

[8] Mat. 27, 39-44. [9] Heb. 2, 14-18. [10] Marcos 15, 25-32.

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Pero ¿no es evidente que, si Jesús vino a la tierra para ser el Salvador, su deber era salvar a otros, no a sí mismo? El secreto más íntimo del método de Cristo es este: que se entrega en sacrificio de sí mismo para traer de vuelta al pecador a Dios. La crucifixión no es más que la manifestación final, ante todo el mundo, de lo que había estado ocurriendo en la vida de Jesús desde el principio:

Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. [1]

El hindú devoto probablemente quedará muy asombrado ante la idea de que el Encarnado sea verdaderamente un hombre, pues está muy lejos de las concepciones hindúes. Pero aquí, en el misterio central del Verbo hecho carne y del Hijo unigénito y amado entregado a sí mismo en la cruz, está el corazón mismo de la fe cristiana, la fuente misma de la vida cristiana.

El instinto religioso indio adivinó que Dios se haría hombre, pero no comprendió las profundidades de la humildad y el sacrificio divinos. La idea principal es correcta, pero su desarrollo en detalle es un fracaso. Aun en su mejor forma, la encarnación hindú no es una verdadera encarnación; Dios solo parece hacerse hombre. Aunque algunos escritores conciban el cuerpo humano como una realidad, Dios no se ha hecho hombre, sino que solo aparece dentro de una envoltura humana. En Cristo, en cambio, el Hijo de Dios se hace realmente hombre, comparte nuestros dolores y tristezas, nuestras tentaciones y dificultades morales, y vive bajo las mismas condiciones que nosotros. Así, Jesús cumple el pensamiento indio. Es la realización del ideal indio; pero en este caso, como en todos los demás, la realidad enviada por Dios es mucho mejor y más maravillosa que la imaginación del hombre.

B. El carácter del Encarnado se describe con bastante detalle en algunos de los libros, y los hindúes modernos lo consideran un asunto de considerable importancia. Tiene dos aspectos.

[1] Mat. 20, 28.

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(a) La idea de que el Encarnado deba ser un ejemplo para los hombres apenas aparece en la literatura. Sin embargo, durante muchos siglos el Ramayana de Valmiki se ha usado como espejo del carácter: a Rama se le considera el hombre y el esposo ideal, y a Sita la esposa ideal. Afortunado es el pueblo hindú por tener esta obra literaria. Rama y su fiel esposa son en verdad ejemplos hermosos y sanos de la vida hindú. Hombres de todas las razas los admirarán de corazón. Sin embargo, sería imprudente pensar que puedan ejercer una influencia ética seria sobre el mundo. Son buenos hindúes; y hay mucho de noble y provechoso en su carácter; pero no van a la vanguardia de la vida humana. Es también necesario notar que la parte original del poema, en la que Rama y Sita son todavía personajes puramente humanos, es la que ha resultado fecunda en este respecto.

Desde el momento en que se pensó en Rama y Krishna como la Deidad encarnada, ya no existe la idea de que su vida terrenal pueda ofrecer ejemplos morales a los hombres. Esa es la razón por la que el Gita no dice una palabra sobre la vida terrenal de Krishna más allá de lo que la situación implica. Si quisiéramos estudiar el carácter y la conducta que se le atribuyen en la literatura, tendríamos que acudir al Mahabharata y a los Puranas; y allí el material es todo lo contrario de prometedor. Por fortuna, nos ahorramos la molestia de tratarlo, pues el Bhagavata Purana, una de las principales autoridades krishnaítas, nos advierte del modo más serio que los hombres no deben en ningún caso imitar las acciones de los dioses. Tulsi Das coincide plenamente con este juicio. Ambos pasajes ya han sido citados. [1]

A pesar de esta solemne advertencia, un hindú moderno, movido a emulación por la actitud cristiana hacia Cristo, ha escrito una obra llamada The Imitation of Srikrishna. Es un libro de textos diarios, compuesto de extractos del Gita, del Mahabharata y del mismo libro que condena tal imitación, el Bhagavata Purana.

[1] Arriba, pp. 394-395.

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Para evitar malentendidos, podemos señalar que en el Bhagavad Gita la acción sin acción del trascendente Krishna-Brahman se propone como ejemplo de karma-yoga para que lo sigan los hombres. Pero esta no es la acción del Encarnado.

(b) Pero en todas partes se considera que el carácter y la vida del Encarnado son una revelación del incognoscible Brahman, ya se le interprete como personal o como impersonal. Los diversos libros describen los rasgos de este carácter con bastante unanimidad.

Su rasgo más destacado es lo juguetón: está lleno de juegos, trucos y simulaciones. Su poder ilusorio le permite hacer cualquier cosa y aparecer bajo cualquier forma. Nunca se sabe qué hará después. De este modo se conserva toda la antigua mitología que circulaba sobre Shiva, Vishnu, Rama y Krishna antes de que surgiera la doctrina de las encarnaciones y de las teofanías en forma humana, y se usa para dar variedad al carácter y peripecias a la vida. Le sigue en importancia su indiferencia. Tiene el mismo sentimiento hacia toda criatura nacida. Es tan bondadoso con el malo como con el bueno. El Gita dice que no ama ni odia. Aunque siempre está activo, su actividad no es acción con propósito, sino puro juego. Por eso está siempre en paz. Hasta aquí el carácter es exactamente el mismo que se atribuye al Atman en los Upanishads.

Pero, donde se concibe a Dios como personal, aparecen otros rasgos en el carácter del Encarnado. Es compasivo con todos, y está dispuesto a dar su gracia a quienes le muestran devoción. Es su refugio, su amigo y su consolador; y está dispuesto a librarlos del pecado. Desde el tiempo de los poetas-santos tamiles se dice siempre que el Encarnado es un dios de amor. Por eso no se repite la afirmación del Gita citada arriba. Manikka Vachakar insiste con frecuencia en la humildad de Shiva, y Tulsi Das piensa de modo semejante de Rama. Finalmente, Manikka habla de Shiva como de alguien que sufrió por los hombres, y Tulsi Das también subraya los sufrimientos de Rama.

Es un hecho de lo más notable que los rasgos característicos

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del más hermoso ideal moral jamás creado en la India, a saber, el ideal de los ascetas, que ya hemos tratado, nunca se atribuyeron al Encarnado. La renuncia al mundo, el olvido de sí, la mansedumbre, la dulzura, el perdón y la paciencia eran las señales del monje, pero no se pensaba en ellas como características del avatara, porque este era siempre lo divino disfrazado de humano, nunca un hombre real.

Pasamos ahora de estas maravillosas creaciones de la imaginación religiosa hindú al carácter del Jesús histórico.

(1) Como fue verdaderamente hombre, su carácter es genuinamente humano. Observamos el crecimiento de su naturaleza moral; y reconocemos en él toda la tensión y la lucha que experimentamos nosotros mismos. Su carácter fue madurando gradualmente. Tuvo que abrirse camino hacia arriba contra las tentaciones, igual que nosotros; solo que nunca cedió, sino que se mantuvo libre de todo pecado. Dependía de su Padre como los hombres comunes. Esto se hace del todo evidente cuando estudiamos su vida de oración. Luchó por conocer y hacer la voluntad de su Padre, sometiendo el corazón humano, que tendía a rebelarse contra la terrible prueba por la que tenía que pasar. Oraba noches enteras, y clamaba a su Padre con lágrimas y con poderosas luchas del espíritu. Al combatir la tentación y soportar la persecución aprendió la obediencia, y se abrió camino hasta la perfección de la plena estatura moral.

(2) El hecho más extraordinario acerca de su carácter es este: que él, en quien el ideal moral era tan elevado y tan exigente, que conocía el pecado tan a fondo como para odiarlo perfectamente, que exigía el arrepentimiento y llevó a tantos a él, nunca expresa conciencia alguna de pecado, nunca muestra el menor rastro de arrepentimiento o confesión. Es claro que fue el milagro supremo: un alma sin pecado. En la niñez, la juventud y la edad adulta vivió tan cerca de su Padre que se mantuvo enteramente puro. Es esto, sobre todas las cosas, lo que lo separa de los más grandes de los hombres. Solo él estuvo enteramente sin mancha. En él se realizó el ideal moral. Es el más hermoso de los hijos de los hombres, sí, todo él codiciable. Hombres de todas las

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naciones han reconocido que el carácter de Jesús es perfecto, que no hay diferencia entre su enseñanza y su vida.

(3) Puesto que Jesús, pues, vivió a la altura del más alto ideal moral jamás concebido por el hombre, es el más alto ejemplo para nosotros. En él vemos lo que deberíamos ser. Es nuestro ejemplo religioso además de moral; porque, siendo un hombre verdadero, vivió por la oración, la dependencia de Dios y el culto, como nosotros. Los lectores comprenderán cuán imposible sería formar una concepción como esta en el caso de las encarnaciones del hinduismo.

(4) Pero, puesto que Jesús mostró en su carácter y en su vida el ideal moral en su altura máxima, fue también la revelación de Dios. Cuando decimos que Dios es ético, queremos decir que él mismo se conforma a la norma por la que nos manda vivir; pero ninguna religión, excepto el judaísmo y el cristianismo, ha tenido el valor de decir esto francamente. Es el mensaje del Antiguo Testamento. Recibe expresión concreta en el carácter de Jesús, quien, siendo la revelación del Padre, la imagen misma del Dios justo, es también el ejemplo para los hombres.

En él el ideal indio del Encarnado se cumple con creces. El bosquejo del carácter divino que dan los escritores hindúes se llena aquí de una gloria y una belleza que ellos nunca soñaron. Y lo que los libros hindúes declaran imposible, a saber, que el Encarnado sea un modelo para los hombres, lo realizó de hecho Jesús. Al revelar al Padre, se hizo nuestro Modelo. Los principales rasgos de carácter que se atribuyen al avatara son elevados a la gloria en él. Vivió en la paz de los brazos de su Padre, y procuró llevar a los hombres a lo mismo. La indiferencia hacia los hombres, que es el ideal indio, se eleva en él a ese amor por la raza humana que fue el resorte principal de su vida. Su humildad supera con mucho todo lo que se cuenta de Shiva. La compasión se mostró en el trabajo diario por los enfermos y los que sufrían. Tulsi Das y Manikka Vachakar hacen que sus héroes soporten sufrimientos por amor a los hombres; pero no hay nada en ninguno de los dos poetas que se pueda comparar con la cruz de Cristo.

(5) Pero, por extraño que parezca, Jesús cumple también el ideal ascético

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indio. La principal diferencia entre él y el asceta indio es que él no buscó el sufrimiento ni se infligió dolor a sí mismo. Humillación, desprecio, calumnia, burla, vergüenza, abandono, traición, hambre, sed, dolor, tortura, muerte: todo le vino en el curso de su esfuerzo diario por servir a la humanidad. «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto». «Mirad, y ved si hay dolor como su dolor». Sin embargo, toda la mansedumbre, la dulzura y el perdón que se establecen como ideal para el monje aparecen de hecho en su vida diaria, como producto del amor que lo inspiraba.

C. El Dios encarnado del hinduismo y del budismo es un gran maestro.

Este aspecto del ideal es muy débil en toda la literatura referente a Rama. En el Ramayana de Valmiki no es maestro en absoluto; lo mismo puede decirse de los tardíos Upanishads de Rama; y en Tulsi Das, aunque aquí y allá da consejos religiosos, eso apenas llega a ser enseñanza.

El hombre-dios Krishna original de la segunda etapa del Mahabharata tampoco es maestro: su obra era la destrucción de monstruos. Pero en el Gita la situación es muy distinta. Ya no se necesita que el dios libre la tierra de demonios. Ha surgido una nueva necesidad: el laico vishnuita necesita una teología teísta. Por eso Krishna se transforma en un gurú de la escuela del Vedanta, y enseña la antigua sabiduría de los Upanishads, con el añadido de que él mismo es Brahman encarnado. Por eso se le llama «Maestro del mundo, digno de adoración y reverendísimo». [1] En el Saddharma Pundarika, Gautama, transformado en dios encarnado, enseña como lo hizo realmente en vida, solo que su mensaje es nuevo. Probablemente fue el ejemplo de Krishna el que llevó a la idea de que Shiva aparece con frecuencia en la tierra como gurú. Manikka Vachakar atribuye su propia conversión a una teofanía de este tipo.

El Gita ha tenido una influencia extraordinaria en la India durante

[1] xi. 43.

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al menos diecisiete siglos, y el Saddharma Pundarika ha desempeñado un papel casi igual de grande en China y Japón. Pero, aunque veneramos obras que han tocado tan profundamente el corazón de los hombres, no podemos leerlas hoy como la enseñanza de Krishna y de Gautama. Son hermanas, hijas del mismo periodo fecundo, pero los nombres de los grandes hombres que las escribieron son del todo desconocidos.

En los Evangelios, en cambio, tenemos la enseñanza indudable de Jesús de Nazaret. De él vino el cristianismo. Así nos lo dicen los antiguos romanos, y los judíos, además de sus propios seguidores. Sobre la fuente del cristianismo no hay más duda que sobre la fuente del mahometismo, del budismo o del sistema de Ramanuja.

Jesús se concibe a sí mismo como el Maestro del mundo. Invita a todos a venir y aprender de él. Hace sus ofrecimientos a todos. Sus discípulos son la sal de la tierra y la luz del mundo, [1] y su Evangelio será predicado en todo el mundo. [2] No hay límites nacionales en su enseñanza. Piensa en todos los hombres como hijos de Dios, y en el amor de Dios como bendición para todos los hombres. Cuando se siente como Juez, todas las naciones serán reunidas delante de él. [3]

En los capítulos anteriores de este libro hemos visto algo del carácter y el poder de la enseñanza de Jesús, su espiritualidad, su universalidad y la manera maravillosa en que se ajusta a las necesidades de la India moderna y corona los más nobles ideales de la antigua religión. Como ya hemos visto, su enseñanza se distingue de la de todos los demás dirigentes religiosos en que no establece leyes detalladas para guiarnos, sino que solo enuncia los principios espirituales universales que están en la base de la vida y la conducta humanas. [4] Este es el secreto de que sus ideas morales y religiosas sean aplicables en todos los países del mundo y a hombres en todas las etapas de la civilización. Dondequiera que una religión ha emprendido establecer una ley religiosa detallada, con ello se ha

[1] Mat. 5, 13-14. [2] Mat. 26, 13.

[3] Mat. 25, 31-32. [4] Véase arriba, pp. 58-59.

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localizado. Por excelentes que sean tales leyes, no pueden aplicarse a todo el mundo. Imaginen a Manu impuesto a los esquimales, o la ley de Moisés dada a una tribu caníbal del África central. No hay nada en la enseñanza de Cristo que ate la libertad humana, nada que ofenda las leyes de la salud, nada que estorbe el trato humano sencillo. Él nos da los grandes principios, y a cada nación se la deja libre para elaborar su propia práctica en armonía con los últimos descubrimientos de la ciencia, y de modo que convenga a su propia historia y su propio entorno particulares. La enseñanza de Cristo es universalmente aplicable, y en todas partes pone los cimientos de la libertad.

Cualquiera puede ver hoy en el mundo el resultado de estos hechos. La enseñanza de Cristo se predica realmente en todo el mundo. De hecho, no hay raza de hombres de alguna importancia en la tierra que no tenga cristianos. El mensaje de Jesús ya ha demostrado ser universal en la experiencia real.

Aunque Jesús trata de principios universales, sus palabras son supremas en su sencillez. Sus frases son concisas, epigramáticas, inolvidables. Son sumamente familiares, ricas en ilustraciones, en forma de parábola. La consecuencia es que su enseñanza no se parece a ninguna otra obra literaria del mundo. Está vaciada en una forma tal que es universalmente comprensible, aun por hombres que apenas han salido de la barbarie. Esta es la razón por la que los Evangelios pueden traducirse con tanta facilidad a todas las lenguas de la tierra. Una vez traducidos, estos libros no solo son inteligibles para los hombres más sencillos: conservan el poder del original; son tan poderosos para tocar los corazones humanos, tan eficaces para producir arrepentimiento, fe y santidad, como el original mismo. ¿Dónde hay en todo el mundo otro libro que muestre esta adaptabilidad universal y esta sencillez? ¡Imaginen el Gita y el Chandogya Upanishad traducidos y puestos en manos de los caníbales de Nueva Guinea, de los salvajes de la Tierra del Fuego, o aun de los parias de la India! Pero los Evangelios son de hecho conocidos y atesorados por hombres de estas razas, hombres que por Cristo han escapado

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del salvajismo. Pueden ir y oírlos leer los Evangelios en la oración familiar. Así demuestra Cristo cada día, de hecho, que es el Maestro de la raza humana.

D. El Encarnado viene a salvar.

En el periodo más antiguo de la doctrina, la obra salvadora de Rama y Krishna consiste en matar monstruos. Krishna mata a Kamsa, el rey asesino; a Putana, la nodriza demonio; y a Kaliya, el rey serpiente. Rama mata al rey demonio Ravana. Eran los dioses quienes necesitaban ayuda contra Ravana: fue como su Salvador como Vishnu se encarnó en los cuatro hijos de Dasaratha.

En el Gita tenemos una perspectiva mucho más amplia. Se representa a Krishna diciendo:

Para salvar a los justos, para destruir a los malhechores, para establecer la ley, vengo a nacer edad tras edad. [1]

Ahora salva a los justos y establece el dharma, [2] además de destruir demonios.

En el Saddharma Pundarika se da otro paso adelante. La destrucción desaparece de la tarea del Encarnado. Se representa a Gautama diciendo:

Una y otra vez nazco en el mundo de los vivos. Soy el Tathagata, el Señor, que no tiene superior, que aparece en este mundo para salvar. [3]

El mismo punto de vista se encuentra en Asvaghosha. Se dice que salvar a todos los seres es el fin de los Budas. [4]

Shiva, como hemos visto, no se encarna, sino que se manifiesta en forma humana. En estas teofanías Shiva por lo general brota de un linga, o bien toma la forma de un gurú shivaíta; pero puede venir bajo cualquier forma. Aparece para enseñar o para ayudar a sus devotos en su necesidad. Manikka Vachakar dice:

Adoptando diversas formas y diversos modos, [...] Isa, Señor del toro, para que el mundo fuera salvado, él y la Señora, su compañera, vinieron en gracia. [5]

[1] iv. 8. [2] Véase p. 218. [3] S. B. E., xxi. 308; 124.

[4] Suzuki, 98. [5] Pope, 9.

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Tulsi Das incluye muchas cosas en la obra de Rama, pero nunca lo presenta como gurú. He aquí su exposición de las razones de su encarnación:

Siempre que la virtud decae, y los espíritus malignos, fortalecidos en su orgullo, cometen iniquidades indecibles, para confusión de los brahmanes, las vacas, los dioses y la tierra misma, el Señor compasivo asume alguna nueva forma corporal, alivia la aflicción de los fieles, destruye a los espíritus malignos, restablece a los dioses, mantiene el camino de la salvación y difunde por todo el mundo el resplandor de su gloria. Tales son los motivos de las encarnaciones de Rama. [1]

Confiesa francamente que Rama no fue Salvador de los hombres cuando estuvo en la tierra; pero declara que «su nombre» ha salvado a millones:

Rama mismo redimió solo a una mujer, la esposa del asceta; [2] pero su nombre ha corregido los errores de millones de pecadores. [3]

Estos dos últimos escritores introducen además el conmovedor pensamiento del sufrimiento vicario. Manikka Vachakar dice:

Me hiciste tuyo; comiste veneno ardiente, compadecido de las pobres almas, para que yo, el más vil, probara tu ambrosía. [4]

Tulsi Das:

Por el amor que tenía a sus seguidores, Rama tomó la forma de un hombre, y soportando él mismo la desdicha aseguró la felicidad de ellos. [5]

Es muy notable cómo la burda idea original de una encarnación, emprendida para librar a los dioses de un demonio casi omnipotente, se fue purificando gradualmente en el curso de los siglos. El avance en el Gita es muy grande, pero el pensamiento más alto de todos es el sufrimiento vicario que enseñan los santos tamiles e hindúes.

De estas fascinantes imaginaciones pasamos a la vida real de Jesús. En este punto lo más significativo que debemos notar es que toda su vida pública fue una sola actividad salvadora continua.

Fue el primer maestro religioso que adoptó una actitud sana hacia

[1] Growse, 63. [2] A saber, Ahalya. Véase p. 298.

[3] Ib. 16. [4] Pope, 102. [5] Growse, 16.

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el cuerpo humano. Conocía muy bien el valor del alma:

Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? [1]

Sin embargo, reconoció el lugar del cuerpo, como lo hace todo el pensamiento moderno, y nos dejó su ejemplo de cuidado amoroso por él. Dedicó mucho tiempo y energía a sanar el cuerpo. Todo lo que la ciencia moderna tiene que decir sobre la importancia de atender a nuestro bienestar físico está de acuerdo con el espíritu de Jesús. Todo lo que podamos hacer para llevar ayuda médica a los enfermos, para introducir la salubridad en las aldeas indias, para destruir los gérmenes de las enfermedades y transformar las condiciones insalubres, y todos nuestros planes de ejercicio físico sano, de juegos al aire libre, de instrucción física y gimnasia, están completamente de acuerdo con su enseñanza y su práctica. La India necesita aprender a cuidar el cuerpo.

Procuró salvar la sociedad humana, hacer que el trato social fuera feliz, sano, puro y libre. Teniendo corazón de hermano para todo hijo de Adán, fue el más sociable y el más hospitalario de los hombres. No quería que la gente pasara hambre ni que fracasara una fiesta. Por eso extendió su mesa sobre la rica hierba verde de Betsaida para más de cinco mil invitados. Conocía bien la profunda influencia que ejerce sobre el carácter cada aspecto de la vida social; y por eso quería llenarla de su propio espíritu de amor. Quería moldear la sociedad además de la religión. También usaba tales ocasiones para ganar el corazón de quienes lo rodeaban, para atraerlos a su Padre.

Uno de los principales fines que Jesús tenía en mente en su vida social era derribar las barreras sociales, establecer de hecho en la práctica la nueva idea social de que un hombre puede comer y beber honrosamente con hombres de toda raza y de toda condición social. Cuán completamente nueva, cuán explosivamente revolucionaria era entonces esta idea lo sabe todo estudioso de la Antigüedad y de

[1] (El texto de esta nota falta en el escaneo; cf. Marcos 8, 36.)

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la India. Jesús estaba dispuesto a sentarse a comer con cualquiera. Comió con hombres ricos que pertenecían a la secta judía más estricta, los fariseos; comió con aquellos a quienes se consideraba irremediablemente fuera de los límites de la sociedad respetable o religiosa.

Pero Jesús va todavía más lejos. Para él la sociedad humana es algo místico, divino, de influencia incalculable; nuestro pan de cada día viene de la mano de nuestro Padre; el alimento que se come en común, ya sea en una comida familiar o en alguna reunión mayor, debe unirnos unos a otros además de al gran Proveedor: su significado es inagotable. Por eso escogió la última comida que tuvo con sus discípulos para que fuera el Memorial de su propio amor agonizante, y para que se convirtiera en el elemento central y más precioso del culto cristiano.

Pero Jesús vino al mundo para salvar a los hombres del pecado; y por eso la principal labor de su vida fue la enseñanza, y el más grande de sus actos fue su muerte redentora. Manikka Vachakar y Tulsi Das comprendieron que el Encarnado, en su compasión y su amor, sufriría por los hombres: Jesús cumplió su pensamiento en la cruz del Calvario. Todo estudioso de los Evangelios comprende que en su muerte Jesús dio su vida deliberada y voluntariamente, en plena obediencia a la voluntad de su Padre, sabiendo que la cruz era necesaria para asegurar nuestra emancipación de las cadenas del pecado. Su sangre era el único rescate posible. Fue derramada por nosotros. Murió en el madero, firmemente atado al poste del sacrificio, la víctima inmolada por nuestras transgresiones. Gran Sumo Sacerdote de la raza humana, se ofreció a sí mismo, a la vez Sumo Sacerdote y Sacrificio, para que nosotros, redimidos por su muerte, compartiéramos su vida aquí y en el más allá. Mientras colgaba de la cruz, sus enemigos dijeron en son de burla: «A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar», sin darse cuenta de que su sarcasmo era la más alta alabanza posible, de que sin saberlo ni quererlo lo habían señalado, de una vez y para siempre, como el verdadero Salvador.

Capítulo XI. El organismo religioso (§ V)

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V. Ya hemos visto cómo Cristo da cumplimiento a cada una de las más altas aspiraciones y fines del hinduismo.

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Un poco de reflexión sobre el material contenido en este capítulo mostrará que toda línea de luz visible en las partes más burdas de la religión reaparece en él, asentada en instituciones sanas y en un culto espiritual. Todo motivo verdadero que en el hinduismo se ha expresado en prácticas impuras, degradantes o indignas halla en él su ejercicio más pleno en el trabajo por los oprimidos, los ignorantes, los enfermos y los pecadores. En él se concentra todo rayo de luz que brilla en el hinduismo. Él es la Corona de la fe de la India.