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Libro de texto de maestría · capítulos asignados · traducción de CTS
William Garden Blaikie · The Expositor’s Bible · 1893
Nota editorial. El comentario histórico de William Garden Blaikie sobre Josué contiene lenguaje racial y colonial que refleja su época y puede resultar denigrante. El STC reproduce la obra para su estudio; su inclusión no implica respaldo a ese lenguaje ni a esas opiniones.
Nota de CTS. Traducción íntegra y fiel, párrafo por párrafo, de los capítulos asignados para el examen del libro de texto de maestría. Conserva las opiniones y la terminología del autor y de su época, que CTS no necesariamente comparte. Las citas bíblicas siguen la Reina-Valera 1960 cuando el pasaje es claramente el mismo. Los capítulos llevan la numeración de la edición inglesa (Project Gutenberg n.º 42319).
Al tener ante nosotros un libro puramente histórico como Josué, es importante tener presentes dos maneras de considerar la historia del Antiguo Testamento, conforme a una u otra de las cuales ha de formularse cualquier exposición de un libro así.
Según una de estas maneras de ver, los libros históricos de la Escritura, dados por inspiración de Dios, tienen como fin principal no contar la historia ni detenerse en las vicisitudes de la nación hebrea, sino desplegar la revelación progresiva que Dios hizo de sí mismo a la descendencia de Abraham, y registrar el modo en que esa revelación fue recibida y los efectos que produjo. La historia de la nación hebrea no es más que el marco en que se engasta esta revelación divina. Agradó a Dios revelarse no mediante un tratado formal, sino en relación con la historia de una nación, por medio de anuncios, instituciones y tratos prácticos que en primer lugar se referían a ella. Por eso los libros históricos de los hebreos, aunque nos dan una excelente visión del progreso de la nación, deben estudiarse en relación con el propósito principal de Dios y con las intervenciones sobrenaturales por las que, de tiempo en tiempo, ese propósito se llevó a cabo.
La otra manera de ver considera los libros históricos de los hebreos casi a la misma luz con que miramos los de otras naciones. Cualquiera que haya sido su origen, son, tal como los encontramos, como otros libros, y nuestro propósito al tratarlos debe ser el mismo que al tratar libros de contenido semejante. Hemos de tratarlos, al menos en primer lugar, desde un punto de vista natural. Hemos de considerarlos como el registro de la historia y el desarrollo de una nación antigua —una nación muy notable, sin duda, pero una nación cuyo progreso puede atribuirse a causas averiguables—. Si hallamos causas naturales suficientes para explicar ese progreso, no hemos de recurrir a causas sobrenaturales. Es una ley reconocida, al menos tan antigua como lord Bacon, que no han de asignarse a los fenómenos más causas que las verdaderas y suficientes para explicarlos. Esta ley, y las investigaciones hechas conforme a ella, han eliminado de la historia de otras naciones mucho de lo que solía considerarse sobrenatural; y solo será conforme a la analogía si se llega al mismo resultado respecto a la historia de Israel.
Con este espíritu hemos tenido recientemente varios tratados que abordan esa historia desde un punto de vista puramente natural. Se han hecho esfuerzos muy serios por despejar la atmósfera, por desentrañar los hechos, por aplicar las leyes de la historia, por pesar las afirmaciones en la balanza de la probabilidad, por reducir la historia hebrea a los principios de la ciencia. El efecto general de este método ha sido producir resultados muy distintos de los antes aceptados. En particular, ha habido una eliminación completa de lo sobrenatural en la historia hebrea. Se han juzgado suficientes las causas naturales para explicar todo lo que ocurrió. La introducción de lo sobrenatural en la narración se debió a aquellas causas evidentes que han actuado en el caso de otras naciones y otras religiones: el gusto por lo mítico, el deseo patriótico de glorificar a la nación, la tendencia exageradora de la tradición y la facilidad para convertir cuadros simbólicos en relatos de sucesos literales. Los historiadores hebreos no estuvieron exentos de las tendencias y debilidades de otros historiadores, y estuvieron bastante dispuestos a colorear y aplicar sus narraciones conforme a sus propias ideas. Cuando sometemos los libros hebreos a principios como estos (nos dicen tales escritores), llegamos a la verdadera historia de la nación, despojada sin duda de buena parte de la gloria con que suele revestirse, pero ahora, por primera vez, una historia fidedigna en la que puede confiar el más científico. Y en cuanto a su propósito moral, es precisamente el propósito moral que recorre el plan del mundo: mostrar que, en medio de mucho conflicto y confusión, lo verdadero, lo bueno, lo justo y lo misericordioso salen al fin victoriosos sobre lo falso y lo malo.
La diferencia entre los dos métodos, como observa un escritor capaz, es en sustancia esta: que «el uno considera los libros hebreos como un despliegue de la naturaleza de Dios, y el otro como un despliegue de la naturaleza del hombre».
El método naturalista pretende enfáticamente ser científico. Reduce todos los acontecimientos a leyes históricas y halla para ellos una explicación natural. Pero ¿y si la explicación natural no explica nada? ¿Qué queda de la pretensión de ser científico si las causas asignadas no bastan para explicar los fenómenos? Si la ciencia no tolera causas antinaturales, tampoco debería tolerar efectos antinaturales. Un método verdaderamente científico debe mostrar una proporción adecuada entre causa y efecto. Nuestra tesis es que, en este respecto, el método naturalista fracasa. En muchos casos sus causas son del todo insuficientes para los efectos. Nos vemos obligados a recurrir a lo sobrenatural; de otro modo nos enfrentamos a una larga serie de sucesos para los que no puede hallarse explicación razonable.
Recordamos un incidente que una escritora popular, bajo el seudónimo de Edna Lyall, introdujo en una novela titulada We Two («Nosotros dos»). Erica, hija de un ateo, ayuda a su padre a dirigir un periódico. Recibe de él, para reseñarla, una Vida de David Livingstone, con instrucciones de dejar enteramente fuera su religión. A medida que avanza en el trabajo, se convence de que la condición es imposible. Describir a Livingstone sin su religión sería como representar Hamlet sin el papel de Hamlet. No solo encuentra imposible su tarea, sino que, cuando llega a un incidente en que Livingstone, en el más inminente peligro de muerte, obtiene completa serenidad de ánimo mediante un acto de devoción, se convence de que eso no habría podido suceder si no hubiera una realidad objetiva correspondiente a su fe; y deja de ser atea. Erica ahora cree en Dios. Se non è vero, è ben trovato.
De igual manera, creemos que trazar la historia del Antiguo Testamento sin referencia a lo sobrenatural es tan imposible como describir a Livingstone sin su religión. Uno queda desconcertado al intentar explicar los hechos reales. Hace mucho, Edward Gibbon intentó explicar el rápido progreso y el brillante éxito del cristianismo en los primeros siglos por lo que llamó causas secundarias. Fue en realidad un intento de eliminar lo sobrenatural de la historia cristiana primitiva. Pero las cinco causas que especificó no eran en realidad causas, sino efectos: efectos de aquella acción sobrenatural que tenía su fuente en la persona sobrenatural de Jesucristo. Esas «causas secundarias» nunca habrían podido existir si Jesucristo no se hubiera recomendado ya a toda clase de hombres como un Salvador divino, enviado por Dios para bendecir al mundo. De igual manera sostenemos que detrás de las causas con que nuestros historiadores naturalistas intentan explicar la notable historia del pueblo judío había una fuerza sobrenatural, sin la cual los hebreos no habrían sido esencialmente distintos de los edomitas, los amonitas, los moabitas o cualquier otra tribu semítica de su vecindad. Fue el elemento sobrenatural subyacente a la historia hebrea lo que hizo de ella el desarrollo maravilloso que fue; y ese elemento comenzó al principio, y continuó más o menos activo hasta que Jesucristo vino en carne.
Tratemos de demostrar esta postura. Escojamos algunos de los sucesos más notables de la historia hebrea primitiva y, en palabras de Gibbon, hagamos «una investigación franca y razonable» de si pueden o no explicarse, según los principios ordinarios de la naturaleza humana, sin una causa sobrenatural.
1. Es cierto que desde los tiempos más antiguos, y al menos durante los primeros cuatro siglos de su historia, el pueblo hebreo tuvo la convicción inamovible de que la tierra de Canaán estaba divinamente destinada a ser suya. Del singular arraigo que esta convicción tuvo en la mente de los patriarcas tenemos innumerables pruebas. Abraham deja las ricas llanuras de Caldea para habitar en Canaán, y pasa allí cien años, extranjero y peregrino, sin poseer un solo acre propio. Cuando envía a Padan-aram por una esposa para Isaac, conjura a su siervo a que de ningún modo escuche propuesta alguna de que Isaac se establezca allí; la doncella, a toda costa, debe venir a Canaán. Cuando Jacob decide separarse de Labán, pone resueltamente el rostro hacia su tierra natal al otro lado del Jordán, aunque allí está su hermano agraviado, sediento, como él sabe, de su sangre. Cuando José manda llamar a su padre para que baje a Egipto, Jacob tiene que obtener permiso divino en Beerseba antes de poder ir tranquilo. José, por sus servicios a Egipto, podía razonablemente haber esperado una tumba magnífica en aquel país que cubriera sus restos y perpetuara su memoria; pero, cosa extraña, prefiere permanecer sin sepultura por un tiempo indefinido, y deja a su pueblo el encargo solemne de enterrarlo en Canaán, llevándose sus huesos cuando salgan de Egipto. En la amargura de su opresión por Faraón, habría sido mucho más factible para sus campeones, Moisés y Aarón, procurar un alivio de sus cargas; pero su demanda fue singular: libertad para ir al desierto, con el propósito apenas oculto de escapar a la tierra de sus afectos. Gosén era una buena tierra, pero Canaán tenía un nombre más querido: era la tierra de sus padres y de sus más brillantes esperanzas. La tradición uniforme era que el Dios a quien Abraham adoraba había prometido dar la tierra a su descendencia, y junto con la tierra otras bendiciones de significado misterioso pero glorioso. A esta promesa iba unida aquella esperanza mesiánica que, como un hilo de oro, recorrió toda la historia y la literatura hebreas, haciéndolas cada vez más brillantes a medida que avanzaban los siglos.
Es inútil explicar esta fe extraordinaria en la tierra como suya, y esta notable seguridad de que sería escenario de una extraordinaria bendición, sin una comunicación sobrenatural de Dios. Suponer que se originó en algún capricho o fantasía de Abraham, o en la saga de algún bardo antiguo como Tomás el Rimador, y que continuó intacta siglo tras siglo, es suponer lo que nunca se ha dado en la historia de ningún pueblo. En vano buscamos entre las causas naturales alguna que pudiera haberse impreso así en una nación entera y dominar todo su ser durante siglos sucesivos con fuerza irresistible. Que «Dios habló a Abraham para darle la tierra» era la convicción inquebrantable de sus descendientes; y ninguna consideración menos poderosa habría podido sostener sus esperanzas, ni darles ánimo para los esfuerzos y peligros necesarios para realizarla.
2. Tampoco puede explicarse sin acción sobrenatural la salida de Egipto, con todo lo que siguió. Sostiene el historiador naturalista que los israelitas eran mucho menos numerosos de lo que afirma el relato bíblico. Pero, si así fuera, ¿cómo un imperio con recursos tan inmensos como los que los monumentos muestran que tenía Egipto habría sido incapaz de retenerlos? Wellhausen afirma que en aquel tiempo Egipto estaba debilitado por una peste. No sabemos cuál es su autoridad para esta afirmación; pero si los egipcios estaban debilitados, los israelitas (a menos que estuvieran protegidos sobrenaturalmente) tenían que estarlo también. Hágase lo que se quiera con la contienda entre Moisés y Faraón, está fuera de toda duda que el orgullo de Faraón se había encendido por completo y que su firme determinación era no dejar ir a los hijos de Israel. Y aun concediendo que sus seiscientos carros se perdieran por algún percance en el mar Rojo, ¿qué eran estos frente a las inmensas fuerzas de que disponía, y qué le impedía reunir una nueva fuerza y atacar a los fugitivos en el desierto de Sinaí? Faraón mismo no parece haber entrado en el mar con sus soldados, y por tanto quedaba libre para tomar otras medidas. ¿Cómo, pues, hemos de explicar el repentino abandono de la campaña?
3. Y en cuanto a la estancia en el desierto, aun suponiendo que los israelitas fueran mucho menos numerosos de lo que se dice, eran una multitud demasiado grande para sustentarse con los escasos recursos del desierto. El desierto ya tenía sus habitantes, como Moisés sabía muy bien por su experiencia de pastor; tenía sus madianitas, amalecitas y otras tribus pastoriles, que se apropiaban con avidez de los mejores pastos para mantener sus rebaños. ¿Cómo, además de estos, habían de obtener sustento las huestes de Israel?
4. ¿Y cómo hemos de explicar la extraordinaria ruta que siguieron? ¿Por qué no avanzaron hacia Canaán por el camino ordinario: el desierto de Shur, Beerseba y Hebrón? ¿Por qué cruzar el mar Rojo, o tener algo que ver con el monte Sinaí y sus imponentes acantilados, que, como muestra una mirada al mapa, estaban enteramente fuera de su camino? Y una vez tomada esa ruta, ¿qué habría sido más fácil para Faraón, si hubiera decidido seguirlos con una nueva fuerza, que encerrarlos entre aquellas tremendas montañas y matarlos o hacerlos morir de hambre a su antojo? Si los israelitas no tenían un poder sobrenatural en qué apoyarse, toda su marcha fue simplemente una locura. Podemos hablar de la buena fortuna que saca a los hombres de las dificultades, pero ¿qué fortuna imaginable podría haber valido a un pueblo que, diciendo dirigirse a la tierra de Canaán, sin comida ni bebida ni provisiones de ninguna clase, se había internado en el corazón de un vasto laberinto, sin ningún propósito razonable bajo el sol?
5. Tampoco puede hacerse inteligible la carrera de Moisés sin un respaldo sobrenatural. Se sostiene que, habiéndose vuelto muy fuerte el deseo de liberación del pueblo en Egipto, especialmente en la tribu de Leví, enviaron a Aarón a buscar a Moisés, recordando su intento anterior en favor de ellos; y que, bajo el hábil liderazgo de Moisés, se logró su liberación por medios naturales. Pero ¿explica esto la campaña real en el Sinaí? ¿Quién oyó jamás de un caudillo que, después de despertar el entusiasmo de su pueblo con una liberación brillante, detuviera su avance para predicarle durante un año y darle un sistema de leyes? ¿No poseía Moisés ese instinto de general que debió impulsarlo a avanzar en el momento mismo en que los egipcios se ahogaron y, en medio del entusiasmo de sus propias tropas y la consternación de los cananeos, lanzar su ejército sobre las siete naciones y apoderarse de su tierra con un golpe de mano? Abraham antes que él y Josué después de él conocieron el valor de tales movimientos rápidos y repentinos. Nunca tuvo un caudillo oportunidad más espléndida. ¿Qué pudo inducir a Moisés a desperdiciar su ocasión, sepultar a su pueblo entre las montañas y permanecer inactivo mes tras mes? ¿Hay alguna explicación concebible sino que actuó bajo dirección sobrenatural? El plan divino fue enteramente distinto de cualquiera que la sabiduría humana hubiera ideado. Es claro como el día que, si no hubiera habido un poder divino que dirigiera el movimiento, el camino tomado por Moisés habría sido simplemente insensato.
6. Tampoco la ley de Moisés, dada por primera vez en tales circunstancias, habría podido adquirir la gloria que la rodeó para siempre después, si no hubiera habido una manifestación de la presencia divina en el Sinaí. El pueblo estaba muy descontento, especialmente por sus demoras. Lo único que lo habría calmado era avanzar hacia Canaán, para que su ánimo se encendiera con el entusiasmo de la esperanza. Durante sus detenciones aprovechaba con avidez cada ocasión que se presentaba para murmurar contra Moisés. Cuán poco simpatizaba con las ideas de Moisés sobre la religión y el culto se vio en el asunto del becerro de oro. La historia de aquel tiempo es un registro casi ininterrumpido de murmuración, queja y rebelión. Sin embargo, la ley que se originó con Moisés en estas circunstancias llegó a ser el ídolo mismo del pueblo y, según los historiadores naturalistas, fue el medio de crear la nación y soldar las tribus en una unidad viva. Podemos entender muy fácilmente cómo, a pesar de todas sus murmuraciones, la ley dada en el Sinaí se apoderó firmemente de su imaginación y encendió al fin su mayor entusiasmo, si estuvo acompañada de aquellas señales de la presencia divina que toda la literatura de los hebreos da por supuestas. Y si Moisés estaba estrechamente identificado con el Ser divino, la gloria insuperable de la ocasión debió reflejarse en él. Pero suponer que un pueblo descontento se entusiasmara por la ley solo porque este Moisés le mandaba observarla, y que en adelante la tuviera por la ley más santa y más divina que los hombres hubieran conocido jamás, es de nuevo postular un efecto sin causa, y suponer a un pueblo entero actuando en contra de las más fuertes inclinaciones de la naturaleza humana.
7. Luego, en cuanto a la capacidad de Moisés como general. ¿Cómo hemos de explicar la nueva detención del pueblo en el desierto durante casi cuarenta años? Si no fue resultado de un decreto divino sobrenatural, tuvo que proceder de la incapacidad de Moisés para llevar al pueblo a la victoria. Ningún pueblo que hubiera luchado por salir de la esclavitud para entrar en una tierra que fluye leche y miel habría pasado por propia voluntad cuarenta años en el desierto. En Horma estaban dispuestos a pelear, pero Moisés no quiso guiarlos, y fueron derrotados. O el vagar de los cuarenta años fue un castigo divino, o la capacidad de Moisés como general falló. Se abandonó a la inacción durante un periodo sin precedente. No había la menor ventaja que ganar con esta demora; nada podía resultar de ella (aparte del propósito divino) sino agotar la paciencia del pueblo y matarlo con la enfermedad de la esperanza diferida. Y si se dijera que el vagar de los cuarenta años fue un mito, y que probablemente la estancia en el desierto no pasó de uno o dos años a lo sumo, ¿es concebible que algún pueblo en su sano juicio inventara semejante leyenda?, una leyenda que lo cubría de vergüenza y que se sentía tan deshonrosa que toda la región era evitada por ellos; tanto que, con excepción de Elías, no leemos de ningún miembro de la nación que hiciera jamás una peregrinación al lugar, que de otro modo habría tenido atractivos irresistibles.
8. Por fin Moisés despierta de repente a la actividad y al valor. Y la siguiente dificultad es explicar su éxito en la undécima hora de su vida, si no tuvo ayuda sobrenatural. Ninguna frase aparece con más frecuencia en las explicaciones naturalistas que «es probable». La probabilidad es la piedra de toque a la que se llevan todas las afirmaciones extraordinarias, aunque, como solía decirnos lord Beaconsfield, «lo que sucede es lo inesperado». Tomando prestada por esta vez la piedra de toque, podemos preguntar: ¿es probable que, tras un sueño de treinta y ocho años, Moisés, por propia iniciativa, sin ningún cambio aparente de circunstancias, se pusiera de pie de repente e instara al pueblo a intentar la invasión de la tierra? ¿Es probable que toda la inercia y los temores del pueblo desaparecieran en un momento, como al toque de la varita de un mago? Y cuando se llegó a pelear de veras, ¿es probable que aquellos pastores del desierto fueran capaces por sí mismos no solo de resistir a un guerrero adiestrado y victorioso como Sehón, rey de los amorreos, que poco antes había recorrido el país, sino de derrotarlo por completo y tomar posesión de todo su territorio? ¿Es probable que el vecino de Sehón, Og, rey de Basán, aunque advertido por la suerte de Sehón y por tanto seguro de preparar una defensa más cuidadosa, corriera la misma suerte que el otro rey? O si Og fue un mero mito, como extrañamente sostiene Wellhausen, ¿es probable que los israelitas se apoderaran de las poderosas ciudades y del bien defendido reino de Basán sin dar un golpe? ¿Es probable que, después de esta brillante victoria, Moisés, todavía en pleno vigor, los detuviera otra vez durante semanas para predicarles viejos sermones, cantarles canciones y pronunciar discursos conmovedores, en vez de lanzarse en seguida contra el pueblo petrificado del otro lado y adquirir el gran premio, la Palestina occidental? ¡Extraño mortal debió de ser este Moisés! Lo bastante sabio para dar al pueblo una constitución y un sistema de leyes sin igual, y sin embargo ciego a las leyes más evidentes de la ciencia militar y a las percepciones más elementales del sentido común.
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Y ahora llegamos a Josué y al libro que registra sus hazañas.
Josué no fue profeta; no reclamó el carácter profético; sucedió a Moisés solo como dirigente militar. En consecuencia, el libro de Josué contiene poco material que caiga bajo el término «revelación». Pero tanto la obra de Josué como el libro de Josué cumplieron un propósito importante en el plan de la manifestación divina, en cuanto mostraron a Dios cumpliendo sus antiguas promesas, vindicando su fidelidad y poniendo de nuevo un fundamento para la confianza de su pueblo. Desde este punto de vista, tanto la obra como el libro tienen una importancia que no puede exagerarse. El historiador naturalista considera el libro como una mera exposición, con diversos adornos tradicionales, de la manera en que un pueblo desalojó a otro de su país, de modo muy semejante a como los desalojados entonces habían desposeído a los habitantes anteriores. Pero quien crea que, siglos antes, Dios hizo a Abraham la promesa solemne de dar aquella tierra a su descendencia, tiene que ver en la historia del asentamiento el despliegue de un propósito divino y una prenda solemne de bendiciones venideras. «El Anciano de días», que «anuncia lo por venir desde el principio», se muestra fiel a sus promesas; y si ha sido así de fiel en el pasado, sin duda se puede confiar en que será fiel en el futuro.
Si, pues, la obra de Josué fue una continuación de la obra de Moisés, y su libro de los libros de Moisés, ambos deben considerarse desde el mismo punto de vista. No se puede explicar razonablemente ninguno de los dos en un sentido meramente racionalista. Josué no habría podido establecer al pueblo en Canaán por medios meramente naturales más de lo que Moisés habría podido librarlo de Faraón y sostenerlo durante años en el desierto. En la historia de ambos se ve un brazo divino, y en los libros de ambos se halla un capítulo de la revelación divina. Es esto lo que da plena credibilidad a los milagros que registran. Lo que sucedió bajo Josué formó un capítulo importantísimo del proceso de revelación por el que Dios se dio a conocer a Israel. En tales circunstancias, los milagros no estaban fuera de lugar. Pero si el libro de Josué no es más que el registro de una incursión de una nación contra otra, los milagros no tenían razón de ser y deben abandonarse.
Los racionalistas pueden tenernos por equivocados al creer que los libros históricos hebreos son más que anales hebreos, que son los registros de una manifestación divina. Pero no pueden tenernos por irrazonables ni inconsecuentes si, creyendo esto, creemos en los milagros que esos libros registran. Los milagros adquieren un carácter muy distinto cuando están ligados a un propósito sublime en la economía de Dios; cuando señalan una gran época en la historia de la revelación: la culminación de una gran era de promesa, el cumplimiento de esperanzas diferidas durante siglos. El libro de Josué tiene así un lugar mucho más digno en la historia de la revelación de lo que supondría un observador superficial. Y los historiadores que lo rebajan al nivel de un mero registro de una invasión, y que no toman en cuenta su relación con tratos divinos que se remontan a los días de Abraham, lo despojan de su principal gloria y valor para la Iglesia de todas las épocas. No hay nada más importante, sea para el creyente individual o para la Iglesia en conjunto, que la firme convicción, que el libro de Josué proporciona enfáticamente, de que las largas demoras de parte de Dios no implican olvido de sus promesas, sino que, siempre que llega el momento señalado, «no faltará ninguna de las buenas palabras que él ha hablado».
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El libro de Josué consta principalmente de dos partes: una histórica y otra geográfica. La creencia antigua era que fue obra de un solo escritor, con una revisión ligera en tiempo posterior, como la que un escrito puede recibir sin alterar esencialmente su sustancia. A veces se suponía que el autor era el mismo Josué, pero más comúnmente uno de los sacerdotes o ancianos que sobrevivieron a Josué y que, por tanto, podían registrar con propiedad su muerte. Se ha observado que hay en el libro varias huellas de origen contemporáneo, como la observación sobre Rahab: «habitó ella entre los israelitas hasta hoy» (6.25). Hay que admitir, creemos, que no hay mucho en este libro que sugiera al lector ordinario la idea de un origen tardío o del uso de materiales tardíos.
Pero los críticos recientes han adoptado otra opinión. Ewald sostuvo que, además de los escritores jehovista y elohísta, cuyas contribuciones separadas en Génesis parecen probadas de manera incontrovertible, hubo otros tres autores de Josué, con uno o más redactores o revisores. La opinión de Kuenen y Wellhausen es semejante, pero con esta diferencia: que el libro de Josué muestra tanta afinidad, en propósito y estilo, con los cinco libros anteriores, que debe clasificarse con ellos, como exposición del origen de la nación judía, que no habría estado completa sin un relato de su asentamiento en su tierra. La composición de Josué debe, por tanto, situarse en una fecha tardía; la debemos a los documentos, escritores y editores que intervinieron en la composición del Pentateuco; y en lugar de seguir a los judíos al clasificar aparte los cinco primeros libros, deberíamos incluir a Josué con ellos y, en lugar del Pentateuco, hablar del Hexateuco. El canónigo Driver acepta en sustancia esta opinión; a su juicio, la primera parte del libro descansa principalmente en el documento JE (jehovista-elohísta), con ligeras adiciones de P (el código sacerdotal) y D² (el segundo deuteronomista). La segunda mitad del libro deriva principalmente del código sacerdotal. Pero el canónigo Driver tiene la franqueza de decir que es mucho más difícil distinguir a los escritores en Josué que en los libros anteriores; y tan poco seguro está de su terreno que aun documentos tan importantes como J y E tienen que designarse con letras nuevas, a y b. Pero, con todo, sigue adelante con su plan, dándonos tablas a lo largo de todo el libro, en las que muestra que el libro de Josué consta de noventa piezas distintas, sin que dos piezas consecutivas sean del mismo autor. Atribuye la mayor parte a tres escritos anteriores, pero algunos de ellos eran compuestos, y es difícil decir cuántas manos intervinieron en armar esta sencilla historia.
Uno se siente tentado a decir de este plan complicado pero sostenido con tanta seguridad que es demasiado completo, demasiado maravillosamente acabado, demasiado ingenioso. Aun reconociendo de muy buena gana la notable capacidad e ingenio de sus autores, difícilmente puede esperarse que les concedamos el poder de desmontar un libro de tan remota antigüedad, meterlo en una moderna máquina de picar, repartirlo entre tantos supuestos escritores y fijar las partes exactas escritas por cada uno. ¿Hay algún escrito antiguo que no pudiera dar un resultado semejante si se ejerciera sobre él el mismo ingenio?
Juzgar el origen de los escritos por aparentes variedades de estilo, y recurrir a un escritor distinto para cada una de esas variedades, es atenerse a una regla muy precaria. Hay sin duda casos en que la diversidad de estilo es tan marcada que la inferencia está justificada, pero en ellos la evidencia es inequívocamente clara. A menudo la evidencia contra la identidad de autor parece muy clara, mientras que no tiene ningún valor. Supongamos que dentro de tres mil años se hallara un libro inglés que constara, primero, de una elocuente exposición de un presupuesto parlamentario; segundo, de un plan de autonomía para Irlanda; tercero, de una disertación sobre Homero; y cuarto, de ensayos sobre «La roca inexpugnable de la Sagrada Escritura»: ¡con cuánta convicción podrían los críticos de entonces demostrar, sin posibilidad de contradicción, que el libro no podía ser obra del único hombre que llevaba el nombre de William E. Gladstone! De igual manera podría mostrarse con toda claridad que Milton nunca pudo haber escrito a la vez «L'Allegro» e «Il Penseroso», o «El paraíso perdido» y la «Defensa del pueblo inglés». Cowper no pudo haber escrito «John Gilpin» y «God moves in a mysterious way» («Dios obra de maneras misteriosas»). Samuel Rutherford no pudo haber escrito sus «Cartas» y su «Derecho divino del gobierno de la Iglesia». Además, con el correr de los años un escritor puede cambiar de estilo, aun cuando su tema sea el mismo. Los primeros ensayos del señor Carlyle no muestran rastro de aquel estilo tan pintoresco, conciso y gráfico que llegó a ser una de sus características más destacadas en años posteriores. Quizá el ejemplo más notable de cambio de estilo en un gran escritor sea el de Jeremy Bentham. En la Disertación de sir James Mackintosh que precede a la Encyclopædia Britannica (octava edición) dice: «El estilo del señor Bentham sufrió una revolución más notable que quizá la que sufrió el de cualquier otro escritor célebre. En sus primeras obras era claro, libre, vivo, a menudo y oportunamente elocuente. [...] Poco a poco dejó de usar las palabras para comunicar sus pensamientos a otros, y las empleó meramente como una taquigrafía para conservar su sentido para su propio uso. No es de extrañar que su lenguaje se volviera así oscuro y repelente. Aunque muchos de sus términos técnicos son en sí mismos exactos y concisos, el desbordamiento de su vasta nomenclatura bastó para oscurecer toda su dicción».
Si comparamos la crítica del libro de Josué con la (digamos) de Génesis, la diferencia en la claridad de las conclusiones es muy grande. Con mucho, la base más llamativa de la crítica de Génesis es el rasgo que se notó primero: la aparición de nombres divinos distintos, Elohim y Jehová, en distintas porciones del libro. Ahora bien, aunque se sostiene que el documento JE combinado se usó en la compilación de Josué, no hay rastro de esta distinción de nombres en ese libro. Tampoco hay mucho rastro de otras distinciones halladas en Génesis. De modo que no es gran maravilla que el canónigo Driver no esté seguro de si, después de todo, fue ese el documento usado en la compilación de Josué. Luego, en cuanto a los motivos por los que se supone que el deuteronomista tuvo parte en el libro: dondequiera que se dice algo que indica que bajo Josué se cumplieron los propósitos y ordenanzas divinos mandados por Dios a Moisés, eso se atribuye al escritor deuteronomista, como si fuera antinatural que un historiador ordinario llamara la atención sobre tal circunstancia. Por ejemplo, la observación de Rahab de que, tan pronto como los cananeos oyeron lo que Dios había hecho a Egipto y a los dos reyes de los amorreos al otro lado del Jordán, desfalleció su corazón, se atribuye al deuteronomista, como si hubiera sido más bien una idea suya que una afirmación de Rahab. Es extraño que el canónigo Driver no haya visto que este es el gozne mismo del discurso de Rahab, porque nos da la explicación de la notable fe que se había apoderado de su corazón contaminado. La verdad es que difícilmente podemos concebir que alguna parte del libro haya sido escrita por alguien que no relacionara a Josué con Moisés, y a ambos con los patriarcas, y que no estuviera impresionado por la conexión vital de los sucesos anteriores con los posteriores, y asimismo por el único propósito divino que recorre toda la historia.
Pero estamos lejos de pensar que no haya fundamento para ninguna de las conclusiones de los críticos respecto al libro de Josué. Lo que parece su gran debilidad es la seguridad con que asignan esta parte a un escritor y aquella a otro, y sitúan la composición del libro en un periodo tardío de la historia. Que el autor del libro usó diversos documentos anteriores parece muy claro. Por ejemplo, en el relato del paso del Jordán parece haberse usado dos documentos, que no siempre concuerdan en detalles menores, unidos de una manera primitiva característica de un periodo muy antiguo de la composición literaria. El registro de la delimitación de las posesiones de las diversas tribus debió de tomarse del informe de los hombres enviados a reconocer el país, pero no es un registro completo. Hay otras huellas de documentos distintos en otras partes del libro, pero las diferencias entre ellos son del todo insignificantes y en nada menoscaban su fidelidad histórica.
En cuanto a la mano de uno o varios revisores en el libro, no vemos dificultad en admitirla. Podemos concebir a un revisor autorizado ampliando discursos, pero enteramente en la línea de los oradores, o insertando observaciones explicativas sobre lugares, o sobre costumbres que habían prevalecido «hasta hoy». Pero es atroz que se nos hable de revisores que colorean afirmaciones y modifican hechos en interés de partidos religiosos, o aun en interés de la verdad misma. Las alteraciones a modo de revisión parecen haber sido muy limitadas; de otro modo no hallaríamos en el texto actual esas uniones torpes de documentos distintos que no están en perfecto acuerdo. Quienesquiera que fueran los revisores, parecen haber juzgado mejor dejar estas cosas como las hallaron, antes que asumir la responsabilidad de alterar lo que ya estaba escrito.
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Los expositores espirituales han supuesto generalmente que tiene que haber algo profundamente simbólico en un libro que narra la obra de Josué, o Jesús, el primero, hasta donde sabemos, en llevar el nombre que es «sobre todo nombre». El tema se considera con cierta amplitud en la Exposición del Credo de Pearson, y se señalan diversos puntos de semejanza, no todos igualmente válidos,[1] entre Josué y Jesús.
1 «La mano de Moisés y Aarón sacó al pueblo de Egipto, pero lo dejó en el desierto, y no pudo asentarlo en Canaán. [...] Solo Josué, el sucesor, pudo lograr aquello en que Moisés falló. [...] La muerte de Moisés y la sucesión de Josué prefiguraron la continuación de la ley hasta que vino Jesús. [...] Moisés tenía que morir para que Josué le sucediera. [...] Si consideramos a Josué como juez y gobernante de Israel, apenas hay una acción suya que no sea anuncio de nuestro Salvador. Comienza su oficio a orillas del Jordán, donde Cristo es bautizado y entra en el ejercicio público de su oficio profético. Escoge allí doce hombres de entre el pueblo para llevar doce piedras consigo; así como nuestro Jesús comenzó desde allí a escoger a sus doce apóstoles. [...] Se ha observado que el haber salvado con vida a Rahab la ramera anunció lo que Jesús diría una vez a los judíos: "De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios". [...]»
El único punto de semejanza en que parece justificado insistir mucho es que Josué dio al pueblo REPOSO. Una y otra vez leemos: «Y la tierra descansó de la guerra» (11.23); «y la tierra descansó de la guerra» (14.15); «Y Jehová les dio reposo alrededor» (21.44); «Jehová vuestro Dios ha dado reposo a vuestros hermanos» (22.4); «Jehová diese reposo a Israel de todos sus enemigos alrededor» (23.1). Esa fue la gran hazaña de Josué, como instrumento del propósito de Dios. Sin embargo, en Hebreos leemos que este no era el verdadero reposo, sino solo un símbolo de él: «Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día». El verdadero reposo era el que nace de la fe en Jesucristo. Muchas personas consideran a Josué un libro algo árido, lleno de nombres geográficos tan poco sugestivos como duros y desconocidos. Sin embargo, en cada uno de los lugares así nombrados la fe puede ver inscrita, como en letras del cielo, la dulce palabra REPOSO. Cada uno de estos lugares se convirtió en hogar para hombres que habían andado errantes unos cuarenta años por un desierto horrible y yermo. Al fin llegaron a un lugar donde no temían la orden, tan conocida, de «levantaos y partid». La madre enferma, la doncella tísica, el anciano paralítico podían descansar en paz, sin el terror de viajes que solo aumentaban sus males y agravaban sus sufrimientos.
La lección espiritual de este libro es, pues, que en Jesucristo hay reposo para el peregrino. No es una lección ligera ni ajena al evangelio. Es el eco de sus propias palabras gloriosas: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Para todo el que esté cansado —bajo el peso de la preocupación, o el sentimiento de culpa, o la amargura de la decepción, o la angustia de un corazón quebrantado, o la convicción de que todo es vanidad— el mensaje de este libro es: «Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios». Ya ahora, el reposo de la fe; y en el más allá, aquel reposo que proclamó la voz del cielo: «Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen».
Cuatrocientos años es mucho retroceder al trazar una genealogía. La de Josué podría haberse trazado mucho más atrás: hasta Noé o, para el caso, hasta Adán; pero los israelitas solían considerar suficiente comenzar con aquel hijo de Jacob que era cabeza de su tribu. No podía ser pequeña satisfacción para Josué tener a José por antepasado y descender, de los dos hijos de José, de aquel a quien Jacob moribundo puso tan expresamente delante del otro como heredero de la bendición más rica (1 Crónicas 7.20-27). Es notable que los descendientes de José no dieran importancia al hecho de que, por parte de la esposa de José, descendían de uno de los más altos funcionarios de Egipto (Génesis 41.45), del mismo modo que los hijos de Mered, de la tribu de Judá, cuya esposa, Bitia, era hija de Faraón (1 Crónicas 4.18), no ganaron rango en Israel por la sangre real de su madre. La gloria de las altas relaciones con los paganos no contaba para nada; quedaba enteramente eclipsada por la gloria de la descendencia escogida. Pertenecer a la familia de Dios era más alto que nacer de reyes.
Josué parece haber procedido de la familia principal de la tribu, pues su abuelo, Elisama (1 Crónicas 7.26), era capitán y cabeza de su tribu (Números 1.10; 2.18), y en el orden de marcha por el desierto iba a la cabeza de los cuarenta mil quinientos hombres que formaban la gran tribu de Efraín; mientras que su hijo, Nun, y su nieto, Josué, marcharían naturalmente a su lado. Elisama no solo estaba a la cabeza de la tribu, sino al parecer también de todo el «campamento de Efraín», que, además de su propia tribu, comprendía a Manasés y Benjamín, es decir, a todos los descendientes de Raquel (Números 2.24). A su cargo estaba, con toda probabilidad, una reliquia notable que se había traído con mucho cuidado desde Egipto: los huesos de José (Éxodo 13.19). Grande debió de ser el respeto que se tenía al ataúd que contenía el cuerpo embalsamado del gobernador de Egipto, y que nunca se perdió de vista durante todo el periodo de las peregrinaciones, hasta que al fin fue depositado solemnemente en su lugar de reposo en Siquem (Josué 24.32). El joven Josué, nieto del príncipe de la tribu, debió de conocerlo bien. Porque Josué mismo estaba hecho a la medida de José: un joven ardiente, valeroso, temeroso de Dios y patriota. ¡Muy interesante debió de ser para él recordar el relato novelesco de la vida de José, sus graves injusticias y pruebas, su espíritu manso en medio de todas ellas, su fe paciente e invencible, su elevada pureza y dominio de sí, su intensa entrega al deber, y por último su maravillosa exaltación y su dichosa experiencia como salvador de sus hermanos! Y aquel ataúd debió de parecer a Josué que predicaba siempre este sermón: «Dios ciertamente os visitará». Con José, el joven Josué creía profundamente en su nación, porque creía profundamente en el Dios de su nación; sentía que ningún otro pueblo del mundo podía tener semejante destino, ni ser tan digno del servicio de su vida.
Este sentido de la relación de Israel con Dios despertó en él un patriotismo entusiasta, y pronto lo puso ante la atención de Moisés, quien muy luego discernió en el nieto un espíritu más afín al suyo que el del padre o el del abuelo. Ni siquiera Moisés mismo tenía un amor más cálido que Josué por Israel, ni un deseo más ardiente de servir al pueblo que tenía tan bendito destino. Con toda probabilidad, la primera impresión que Josué causó en Moisés podría haberse descrito con estas palabras: «Aconteció que el alma de Moisés quedó ligada con la de Josué, y lo amó Moisés como a sí mismo».
De ninguna otra manera podemos explicar la extraordinaria muestra de confianza con que Josué fue honrado cuando, en los primeros días de la estancia en el desierto, fue escogido no solo para rechazar el ataque que los amalecitas habían hecho contra Israel, sino para escoger a los hombres que habían de hacerlo. ¿Por qué pasar por alto al padre y al abuelo, si este joven, Josué, no había mostrado ya cualidades que lo hacían más apto para esta difícil tarea que cualquiera de ellos? No podemos menos que notar, de paso, la prueba que tenemos de que la historia es contemporánea: no se mencionan las razones por las que Josué, entre todos los hombres, fue nombrado para este mando. Si la historia se escribió cerca de aquel tiempo, con la espléndida carrera de Josué fresca en la mente del pueblo, las razones serían notorias y no hacía falta darlas; si se escribió mucho después, ¿qué cosa más natural que decir algo para explicar aquella notable elección?
Cualesquiera que fueran los motivos del nombramiento de Josué, el resultado justificó ampliamente la elección. Por parte de Josué no hay nada de aquella vacilación para aceptar su obra que mostró aun Moisés mismo cuando recibió su encargo en la zarza ardiente. Parece haber aceptado el nombramiento con fe humilde y entusiasmo animoso, y se preparó en seguida para la peligrosa empresa.
Y bien poco tiempo tuvo para prepararse, pues los amalecitas iban a hacer un nuevo ataque al día siguiente. Podemos imaginarlo, tras orar a su Señor, saliendo con unos pocos compañeros escogidos a invitar voluntarios para su cuerpo, despertando su entusiasmo al pintarles el cobarde ataque que los amalecitas habían hecho contra los enfermos y débiles (Deuteronomio 25.17-18), y disipando sus temores al recordarles la promesa a Abraham: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré». Que Moisés sabía que era un hombre de fe, cuya confianza estaba en el Dios vivo, se mostró en su promesa de estar a la mañana siguiente en la cumbre del collado con la vara de Dios en la mano. ¡Sí, la vara de Dios! ¿No la había visto Josué extendida sobre el mar Rojo, primero para abrir paso a Israel y después para hacer volver las aguas sobre el ejército de Faraón? ¿No era él precisamente el hombre que sabría valorar como es debido aquel símbolo del poder divino? La tropa escogida por Josué pudo ser tan pequeña como la banda de Gedeón; pero, si estaba tan llena de fe y de valor, ¡era sobradamente capaz de su tarea!
A veces se supone que los amalecitas descendían de un Amalec que era nieto de Esaú (Génesis 36.12), pero el nombre es mucho más antiguo (Génesis 14.7), y se aplicaba desde tiempos tempranos a los habitantes de la franja de tierra que se extiende hacia el sur desde el mar Muerto hasta la península del Sinaí. Cualquiera que fuera su origen, eran antiguos habitantes del desierto, que probablemente conocían bien cada monte y cada valle, y eran muy diestros en ese estilo beduino de guerra que aun las tropas ejercitadas pueden hacer frente con dificultad. Eran, pues, adversarios muy temibles para la leva bisoña de los israelitas, que poco podían conocer de armas de guerra y estaban del todo desacostumbrados a la batalla.
Los amalecitas no podían ignorar la ventaja de una buena posición, y probablemente ocupaban un puesto nada fácil de atacar y tomar. Evidentemente, la batalla fue seria. La táctica experimentada y hábil de los amalecitas superaba al valor juvenil de Josué y sus compañeros; pero cada vez que se veía la vara levantada de Moisés en la cumbre del collado vecino, nueva vida y valor entraban en el alma de los israelitas, y por el momento los amalecitas retrocedían ante ellos. Hora tras hora duró la batalla, hasta que el brazo de Moisés se cansó demasiado para sostener en alto la vara. Hubo que buscarle una piedra en que sentarse, y sus compañeros, Aarón y Hur, tuvieron que sostenerle las manos. Pero aun entonces, aunque la ventaja estaba del lado de Josué, se puso el sol antes de que Amalec quedara completamente derrotado. El resultado de la batalla ya no era dudoso: «Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada» (Éxodo 17.13).
Fue una victoria memorable, debida en efecto a la mano de Dios tan realmente como lo había sido la destrucción de los egipcios, pero debida instrumentalmente a la fe y la entereza de Josué y su tropa, cuyo ardor no pudo apagarse con los asaltos siempre renovados de Amalec. Y cuando terminó la lucha, Josué no podía menos que ser el héroe del campamento y de la nación, tan realmente como David después del combate con Goliat. Debieron de llover sobre él felicitaciones de todas partes, y no solo sobre él, sino también sobre su padre y su abuelo. A Josué le llegarían con sentimientos mezclados: satisfacción por haber podido hacer tal servicio a su pueblo, y gratitud por la presencia de Aquel solo por quien había vencido. «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria». Fue un comienzo espléndido para la historia de Israel en el desierto, si tan solo el pueblo lo hubiera seguido con un espíritu semejante. Pero no había muchos Josués en el campamento, y el espíritu no se extendió.
Es notable el arraigo que aquel incidente de Refidim ha tenido en la imaginación cristiana. Siglo tras siglo, durante más de tres mil años, se ha sentido su influencia. Ni puede dejar nunca de impresionar a los creyentes que, mientras Moisés mantenga en alto su vara, mientras se ponga una confianza activa en el poder y la presencia del Altísimo en la gran batalla contra el pecado y el mal, Israel tiene que prevalecer; pero que, si esta confianza falla, si Moisés baja su vara, Amalec vencerá. Bien estuvo que se mandara a Moisés escribir el suceso en un libro y repetirlo a oídos de Josué. Bien también que se conmemorara con otro memorial, un altar a Jehová con el nombre de «Jehová-nisi», Jehová es mi estandarte. ¡Cuántas veces ha mirado la fe hacia aquel monte desconocido donde Aarón y Hur sostuvieron los brazos cansados de Moisés, y qué nuevo estremecimiento de valor y esperanza ha enviado el espectáculo a corazones a menudo «cansados, pero todavía persiguiendo»! Felizmente, en Josué el efecto fue saludable; un hombre menos espiritual se habría envanecido con su notable victoria; pero en él su único efecto, como lo mostró todo el curso de su vida futura, fue una confianza más firme en Dios y una determinación más profunda de esperar solo en él.
No es de extrañar que después de esto Moisés escogiera a Josué para ser su compañero personal y su ayudante en relación con el más solemne de todos sus deberes: la recepción de la ley en la cumbre del monte. He aquí de nuevo un honor muy distinguido para un hombre tan joven. Aarón, Nadab y Abiú, con setenta de los ancianos, fueron llamados a subir hasta cierta altura y adorar de lejos; mientras que Moisés, acompañado de Josué, subió al monte de Dios (Éxodo 24.13). No es muy claro qué fue de Josué mientras Moisés estaba en comunión inmediata con Dios. La primera impresión que nos da el relato es que estuvo con Moisés todo el tiempo, pues cuando Moisés comienza a descender, Josué está a su lado (Éxodo 32.17). Sin embargo, no podemos suponer que en aquel trato tan solemne de Moisés con Jehová, cuando se dio la ley, estuviera presente un tercero. Un estudio cuidadoso del relato completo probablemente mostrará que, cuando, después de subir cierta distancia en compañía de Aarón y sus hijos y los setenta ancianos, Moisés fue llamado a una parte más alta del monte, Josué acompañó a Moisés (Éxodo 24.13), y que estuvo con Moisés durante los seis días en que la gloria de Dios reposó sobre el monte Sinaí y una nube cubrió el monte (v. 15); pero que cuando Dios, después de esos seis días, llamó otra vez a Moisés a subir aún más alto, y Moisés «entró en medio de la nube y subió al monte» (v. 18), Josué se quedó atrás. Su lugar de descanso estaría así a medio camino entre el sitio donde los ancianos vieron la gloria de Dios y la cumbre donde Dios hablaba con Moisés. Pero lo notable es que, al parecer, Josué no se movió de aquel lugar en todos los cuarenta días y cuarenta noches que Moisés estuvo con Dios. Difícilmente podemos concebir un caso de obediencia más notable, un ejemplo más impresionante de la callada espera de la fe. Para un joven de su espíritu y sus hábitos, aquella sujeción debió de ser algo penosa. Sabemos que Aarón no permaneció mucho tiempo en el monte, pues estaba a mano cuando el pueblo pidió «dioses que vayan delante de nosotros» (Éxodo 32.1). La impaciencia ante los métodos lentos de Dios había sido un lazo para los padres: para Abraham y Sara en el asunto de Agar; para Raquel cuando lanzó el grito petulante: «Dame hijos, o si no, me muero»; para Jacob cuando las promesas parecían hechas añicos y «todas las cosas» parecían estar «contra él». Solo José había resistido la prueba de la paciencia, y ahora Josué se mostró de un espíritu semejante. La palabra de Moisés era para él como un ancla que sujeta firmemente la nave contra la fuerza del viento y de la marea. ¡Qué tiempo tan solemne debió de ser, y qué preciosa lección debió de enseñarle para todo el futuro de su vida!
Han pasado más de tres mil años; pero ¿han alcanzado los siervos de Dios, por término medio, la medida de la paciencia de Josué? Oraciones sin respuesta, promesas sin cumplir, enfermedades prolongadas durante años cansados de dolor, decepciones y pruebas que llegan en tropel como si todas las ondas y olas de Dios pasaran sobre ellos, persecución activa que aplica contra ellos todos los recursos de la tortura: ¡cómo han probado tales cosas la paciencia, la capacidad de espera, de los siervos de Dios! Pero recuerden que, si la prueba es dura, la recompensa es grande, y que al final nada les dolerá más que haber desconfiado de su amo y haber creído posible que sus promesas fallaran. «Dios no es injusto para olvidar». Richard Cecil cuenta que una vez, paseando con su hijo pequeño, le pidió que lo esperara en cierta puerta hasta que volviera. Pensaba que estaría de vuelta en pocos minutos, pero entretanto un suceso inesperado lo obligó a ir a la ciudad, donde, absorbido por un asunto, permaneció todo el día, olvidado por completo de su encargo al niño. Al volver de noche a su casa en las afueras, el niño no aparecía por ninguna parte. En un instante la orden de esperar en la puerta relampagueó en la memoria del padre. ¿Era posible que todavía estuviera allí? Volvió de prisa y lo encontró: le habían dicho que esperara hasta que su padre volviera, y había hecho como se le dijo. El niño capaz de obrar así debía de estar hecho de un material nada común. Así son los que pueden decir: «Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor».
Por fin Josué se reúne con su señor, y ambos se dirigen al pie del monte. Al acercarse al campamento, se oye a lo lejos un ruido. Su instinto militar halla una explicación: «Alarido de pelea hay en el campamento». No, dice Moisés, más experimentado; no es voz de vencedores ni de vencidos; voz de cantar oigo yo. Y así era. Porque cuando llegaron al campamento, el pueblo estaba en lo más alto de la orgía idolátrica que siguió a la fabricación y adoración del becerro de oro, y los sonidos que llegaban a los oídos de Moisés y Josué eran los gritos báquicos de un desenfreno profano y vergonzoso. ¡Qué contraste con la escena solemne y santa de la cumbre! ¡Qué abismo hay entre la santa voluntad de Dios y las pasiones contaminadas de los hombres!
Durante las dolorosas escenas que siguieron, Josué continuó sirviendo fielmente a Moisés; y cuando Moisés quitó el tabernáculo (la estructura provisional usada hasta entonces para los servicios sagrados) y lo puso fuera del campamento, Josué estaba con él, y nunca se apartaba de en medio del tabernáculo (Éxodo 33.11). No se nos dice si subió al monte la segunda vez con Moisés, pero es probable que sí. En todo caso, estuvo mucho con Moisés en aquel periodo temprano e impresionable de su vida. El joven no rehuyó la compañía del anciano, ni el que había sido comandante en la batalla de Refidim rehuyó el deber de siervo. Cada vez más profunda, a medida que acompañaba a Moisés, debió de ser su impresión de la sabiduría, la fe, la lealtad a Dios y la entera entrega de Moisés al bienestar de su pueblo; ¡y cada vez más fuerte debió de crecer su propio deseo de que, si alguna vez era llamado a un servicio semejante, pudiera mostrar el mismo espíritu y cumplir el mismo alto fin!
La siguiente vez que Josué aparece no lo deja en tan buen lugar. Fue en la ocasión en que el Espíritu descendió sobre los setenta ancianos nombrados para ayudar a Moisés, y profetizaron alrededor del tabernáculo. Dos de los setenta no estaban con los demás, pero aun así recibieron el espíritu y profetizaban en el campamento. El instinto militar de Josué se sintió herido por la irregularidad, y su celo por el honor de Moisés se despertó ante su aparente indiferencia hacia la presencia de su jefe. Corrió a informar a Moisés, sin dudar que intervendría para corregir la irregularidad. Pero el espíritu estrecho de la juventud recibió una reprensión memorable del espíritu más amplio y más noble del caudillo: «¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos».
No mucho después de esto, Josué fue nombrado para otro servicio memorable. Terminada la entrega de la ley, y trasladado el ejército de Israel del monte a las fronteras de la tierra prometida, fue nombrado uno de los doce espías enviados delante a reconocer el país. Antes se llamaba Oseas; ahora se le cambió el nombre a Jehosúa o Josué. El cambio de nombre era en sí mismo significativo, y más aún el carácter del cambio, por el que se le insertó una sílaba del nombre divino. Porque, según la costumbre de la nación, el cambio de nombre indicaba la entrada de un hombre en un nuevo capítulo de su historia, o su aparición ante el mundo con un carácter nuevo. Así fue cuando el nombre de Abram se cambió en Abraham, el de Sarai en Sara y el de Jacob en Israel; y así también cuando Simón llegó a ser Cefas, y Saulo, Pablo. Pero el nuevo nombre dado a Josué era en sí mismo más notable: Josué, es decir, Jehová salva; en el Nuevo Testamento, Jesús. Sin duda miraba atrás, a la victoria de Refidim, cuando el Señor obró tal liberación en Israel por medio de Josué. Pero indicaba que el rasgo que había aparecido en Refidim seguiría caracterizándolo durante su vida. Era un testimonio de Moisés, y de Aquel que inspiraba a Moisés, sobre el carácter de Josué, tal como se había manifestado durante todo el trato estrecho de Moisés con él. Y revestía a Josué de una dignidad que debía haberlo elevado muy alto a los ojos de los demás espías y de toda la congregación de Israel. ¿Quién podía ser más digno de su respeto que el joven que se había mostrado tan fiel en toda su historia anterior, y que ahora había recibido un nombre que indicaba que la distinción de su vida sería, como la de Aquel a quien prefiguraba, conducir a su pueblo al goce de la salvación de Dios?
Los cuarenta días que pasaron los doce hombres explorando la tierra fueron un gran contraste con los cuarenta días que Josué pasó en el monte. Todo era inactividad y espera paciente en un caso; todo era actividad y ajetreo en el otro. Porque hay tiempo de trabajar y tiempo de descansar. Si en un periodo Josué tuvo que refrenar su actividad natural, en el otro pudo darle rienda suelta.
Aparte de su fin más inmediato, este primer recorrido por Palestina debió de ser de un interés extraordinario. Contemplar cada lugar hecho memorable y clásico por la vida de sus antepasados; sentarse junto al pozo de Beerseba y recordar todo lo que allí había ocurrido; descansar bajo la encina de Abraham en Mamre; inclinarse ante la cueva de Macpela; recordar las visitas de ángeles en Betel, y la escalera que se había visto subir hasta el cielo: todo esto era no solo emocionante en sumo grado, sino, para un hombre de la fe de Josué, sumamente alentador; porque cada lugar que tenía tales recuerdos era un testigo de que Dios les había dado la tierra, y una prueba de que, aunque los hijos de Anac estuvieran allí y sus ciudades estuvieran amuralladas hasta el cielo, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob sería fiel a su promesa y, si tan solo el pueblo confiaba en él, lo pondría muy pronto en plena posesión.
Caleb y Josué fueron los únicos dos hombres cuya fe resistió la prueba de este reconocimiento; los demás quedaron completamente acobardados por la magnitud de las dificultades. Y Caleb parece haber sido el principal de los dos, pues en algunos lugares se le nombra como si estuviera solo. Probablemente fue él quien se adelantó y habló; pero aun si la fe de Josué no fue tan fuerte al principio, no era deshonra deber algo al mayor valor y confianza de su hermano.
Difícilmente podemos dudar que, en sus largas marchas y sus tranquilos campamentos, los doce hombres discutieron muchas veces qué aconsejarían, y que los diez se sintieron vencidos por los dos tanto en argumentos como en fe. Mucho antes de volver al campamento de Israel ya habían tomado partido, y estaban decididos a mantenerse en el partido que habían tomado.
Cuando vuelven, los diez abren el asunto y dan su juicio decidido en contra de todo intento de tomar posesión de la tierra. Impaciente con sus tergiversaciones, Caleb quizá interviene, rechaza la idea de que el pueblo no sea capaz de tomar posesión, y lo insta en nombre de Dios a subir en seguida. Pero es mucho más fácil despertar descontento y temor que estimular la fe. El clamor de la congregación, «Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto», muestra con qué fuerza corre la marea de la incredulidad. Moisés y Aarón quedan abrumados. Los dos caudillos se postran sobre sus rostros delante de la congregación. Pero ni el clamor de la congregación ni la actitud de Moisés y Aarón intimidan a los dos espías fieles. Con sus vestidos rasgados se lanzan adelante, renovando sus elogios de la tierra, asiéndose del Protector todopoderoso y desdeñando la oposición de los habitantes, cuyos corazones estaban acobardados por el terror y cuyo amparo se había apartado de ellos. Era un hermoso espectáculo: los dos contra el millón, el pequeño remanente «hallado fiel entre los infieles». Pero todo fue en vano. «Entonces toda la multitud habló de apedrearlos». Y en su temperamento impulsivo y excitable el horrible grito se habría obedecido, si la gloria de Jehová no hubiera resplandecido y detenido al pueblo enloquecido (Números 14.10).
Por este pecado desvergonzado el castigo fue muy duro. La congregación había de andar errante por el desierto cuarenta años, hasta que muriera toda aquella generación; los diez espías infieles habían de morir en seguida de plaga delante de Jehová; y ninguno de la generación que salió de Egipto había de entrar en la tierra prometida. ¡Con qué facilidad puede Dios desbaratar los propósitos del hombre! ¿Dónde está ahora la propuesta de nombrar un capitán y volver a Egipto? «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!».
Josué y Caleb son doblemente honrados: se les conserva la vida cuando los otros diez mueren de la plaga; y solo a ellos, de todos los hombres adultos de aquella generación, se les permitirá entrar y obtener hogares en la tierra prometida.
*
Durante treinta y ocho años no volvemos a oír nada de Josué. Como Moisés, tiene una juventud interesante, luego un largo sepultamiento en el desierto, y luego sale de su oscuridad y hace una gran obra, solo inferior a la de Moisés mismo. La primera mención de él después de su largo eclipse es inmediatamente antes de la muerte de Moisés. Dios lo nombra virtualmente sucesor de Moisés, y manda a ambos presentarse en el tabernáculo de reunión (Deuteronomio 31.14). Y Moisés lo llama a su oficio, le da un encargo y le dice: «Esfuérzate y anímate, pues tú introducirás a los hijos de Israel en la tierra que les juré, y yo estaré contigo» (Deuteronomio 31.23).
Quisiéramos fervientemente, al emprender el estudio de la vida de Josué, descorrer el velo que cubre los treinta y ocho años y ver cómo fue preparado aún más para su gran obra. Quisiéramos mirar en su corazón y ver de qué modo estaba hecho este hombre a quien se confió la destrucción de los cananeos. Un guerrero religioso es un carácter peculiar: un Gustavo Adolfo, un Oliver Cromwell, un Henry Havelock, un general Gordon; Josué era del mismo molde, y nos habría gustado conocerlo más íntimamente; pero esto se nos niega. Se nos presenta simplemente como uno de los héroes militares de la fe. En profundidad, en firmeza, en perseverancia, su fe no fue superada por la de Abraham ni por la de Moisés mismo. La única convicción que lo dominaba todo en él era que había sido llamado por Dios a su obra. Si esa obra fue a menudo repulsiva, no por eso neguemos nuestra admiración al hombre que nunca consultó con carne y sangre, y que nunca se arredró ante el peligro ni la dificultad, porque se sostuvo «como viendo al Invisible».
Josué 1.2
Hay hombres para quienes es casi imposible encontrar sucesores. Hombres de molde imperial; primados de la naturaleza, que sobresalen de hombros arriba por encima de los demás, nacidos para dirigir. No solo dotados originalmente de grandes dones, sino colocados por la Providencia en situaciones que han ensanchado maravillosamente su capacidad y han hecho de sus cinco talentos diez. Llamados a ser caudillos de grandes movimientos, campeones de intereses de primer orden, a menudo dotados de una presencia imponente y de un poder magnético que somete la oposición y enciende el entusiasmo como por arte de magia. ¡Qué pérdida cuando tales hombres son quitados de repente! ¡Qué pobres en comparación los que les siguen y de entre quienes hay que escoger sucesores! Cuando los hebreos lloraron la muerte de Sansón, la diferencia de fuerza física entre él y sus hermanos no pudo parecer mayor que el abismo intelectual y moral que parece haber entre un gran rey de hombres, quitado de repente, y los hijos huérfanos que se inclinan impotentes sobre su tumba.
Un sentimiento de esta clase debió de extenderse por el ejército de Israel cuando se supo que Moisés había muerto. Especulación acerca de su sucesor no podía haberla, porque no solo Dios había designado a Josué, sino que antes de morir Moisés había puesto las manos sobre él, y el pueblo lo había reconocido como su próximo caudillo. Y Josué ya había logrado un historial nada común, y había sido favorecido con altas señales de la aprobación divina. ¡Pero qué descenso debió de parecer de Moisés a Josué! Del hombre que tantas veces había estado cara a cara con Dios, que había mandado al mar abrir camino para que pasaran los redimidos del Señor, que había sido su legislador y su juez desde que eran niños, a quien habían acudido en toda dificultad y que por su sabiduría y su desinterés se había ganado la profunda confianza de cada uno de ellos; ¡qué descenso, decimos, a este hijo de Nun, conocido hasta entonces solo como siervo de Moisés: un soldado intrépido, sin duda, y un hombre de fe inquebrantable, pero cuyo nombre parecía no poder unirse al de su caudillo imperial!
Aunque Josué hizo bien su obra en la vida posterior, y aunque el brillo de su nombre llegó a ser al fin resplandeciente, nunca alcanzó el rango de Moisés. Mientras el nombre de Moisés reaparece constantemente en los profetas, en los salmos, en los evangelios, en las epístolas y en el Apocalipsis, el de Josué no se halla fuera de los libros históricos sino en el discurso de Esteban y en aquel conocido pasaje de Hebreos (4.8), donde la versión autorizada inglesa nos desconcierta al traducirlo «Jesús». Pero no era menosprecio para él quedar tan superado por el hombre a quien, bajo Dios, se debía la existencia misma de la nación. Y en algunos respectos Josué es para nosotros un ejemplo más útil que Moisés. Moisés parece estar a medio camino del cielo, casi fuera del alcance de la imitación. Josué está más a nuestro nivel. Si no fue un hombre de genio extraordinario, se recomienda por haber hecho el mejor uso posible de sus talentos y haber cumplido su parte con cuidado y bien.
Se ha observado que las épocas de gran vigor creador suelen ir seguidas de periodos opacos y comunes. La historia de las letras y de las bellas artes muestra que estallidos de esplendor artístico como el Renacimiento, o de originalidad literaria como la época de Augusto en la literatura romana o la isabelina en la inglesa, no van seguidos de periodos de igual brillo. Y el mismo fenómeno se ha hallado a menudo en la Iglesia cristiana. En más de un sentido los apóstoles no tuvieron sucesores. ¿Quién, en toda la época subapostólica, fue digno siquiera de desatar la correa del calzado de Pedro, de Juan o de Pablo? Esta inferioridad es tan manifiesta que, si no hubiera habido otra cosa que guiara a la Iglesia al formar el canon del Nuevo Testamento, la diferencia entre los escritos de los apóstoles y sus compañeros, por una parte, y los de hombres como Bernabé, Clemente de Roma, Policarpo, Ignacio y Hermas, por otra, habría bastado para resolver la cuestión. Así también en la época de la Reforma. Apenas hubo un país que no tuviera su estrella o su constelación de primera magnitud. Lutero y Melanchthon, Calvino y Coligny, Farel y Viret, Juan a Lasco y John Knox, Latimer y Cranmer: ¡qué hombres incomparables fueron! Pero en la época siguiente, ¿qué nombres podemos hallar para unir a los suyos?
Lo mismo se ha observado de otros sectores de la Iglesia, y a veces se ha usado de manera injusta. Si en la segunda generación, después de una gran efusión de poder y de gracia, hay pocos o ningún hombre de igual calibre, no se sigue que la gloria se haya ido y que la Iglesia deba bajar la cabeza y preguntarse a qué conducta indigna de su parte ha de atribuirse la decadencia. No hemos de esperar en tal caso que se dejen de lado las leyes de la naturaleza para halagar nuestro orgullo. Hemos de reconocer un estado de cosas que Dios ha dispuesto con sabios propósitos, aunque no nos halague. Hemos de ponernos en la actitud en que Josué fue llamado a ponerse cuando el escueto anuncio del texto acerca de Moisés fue seguido de una orden igualmente escueta para él: «Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate».
La cuestión para Josué no es si es una persona apta para suceder a Moisés. Su ejercicio mental no es compararse con Moisés y notar los innumerables puntos de inferioridad por todos lados. Su actitud no es inclinar la cabeza como un junco, lamentando la gloria perdida de Israel, llorando al poderoso muerto, cuyo igual ni él ni su pueblo volverán a ver. Si alguna vez hubo un momento en que pudiera parecer excusable que una nación huérfana y un siervo huérfano se abandonaran al sentimiento de impotencia, fue a la muerte de Moisés. Pero aun en aquel momento supremo la orden a Josué es: «Ahora, pues, levántate». Cíñete para los nuevos deberes y responsabilidades que han caído sobre ti. No te inquietes preguntándote si eres capaz de cumplir estos deberes, ni buscando en vano en ti mismo los dones y cualidades que distinguieron a tu predecesor. Te basta que Dios, en su providencia, te llame a ocupar el lugar del que se fue. Si él te ha llamado, él te equipará. No es su costumbre enviar a los hombres a la guerra a sus propias expensas. La obra a la que te llama no es tuya, sino suya. Recuerda que a él le interesa su éxito mucho más que a ti. No pienses en ti, sino en él, y sal bajo este lema: «Nosotros nos alegraremos en tu salvación, y alzaremos pendón en el nombre de nuestro Dios».
En muchas situaciones distintas de la vida podemos oír la misma exhortación que ahora se dirigía a Josué. Es quitado un padre sabio, considerado y honrado, y el hijo mayor, apenas un muchacho, es llamado a ocupar su lugar, quizá en la oficina mercantil o en el negocio, ciertamente en el círculo doméstico. Es llamado a ser el consolador y consejero de su madre viuda, y el ejemplo y ayudador de sus hermanos y hermanas. ¡Bien para él cuando oye una voz del cielo: «Tu padre ha muerto; ahora, pues, levántate»! Despierta para los deberes que ahora recaen sobre ti; podrán ser pesados y superiores a tus fuerzas, pero no por eso has de eludirlos o rechazarlos; más bien has de verlos como acicates provistos y dispuestos por Dios, para que te apliques de corazón y alma a tus deberes, en la confianza de que la aplicación fiel y paciente no quedará sin recompensa.
O puede ser que el llamado llegue a algún joven ministro como sucesor de un padre en Israel, cuyos dones maduros y fragante carácter se habían ganado la confianza y la admiración de todos. O a algún maestro de una escuela dominical de la que ha sido arrebatado de repente el hombre de peso, de sabio consejo y de santa influencia. Pero sea cual sea la ocasión, la partida de cualquier hombre de carácter y dones maduros llega siempre al que sobrevive con el llamado divino: «¡Ahora, pues, levántate!». Esa es la única manera en que debes procurar aprovechar esta dispensación; el mundo es más pobre por la pérdida de sus dones: ¡aprende tú a sacar el mayor provecho de los tuyos!
No era una impresión pobre de Moisés la que Dios quería transmitir con la designación «Mi siervo Moisés». No era, ciertamente, un título altisonante. Gran contraste con la larga lista de títulos honoríficos que a veces se graban en los ataúdes o en las tumbas de los hombres, o que proclaman heraldos reales o reyes de armas sobre reyes o nobles difuntos. Uno de los hombres más grandes no tiene título delante de su nombre: es simplemente Moisés. No tiene títulos de rango ni de cargo: es simplemente «mi siervo». Pero la verdadera grandeza es la que «sin adornos, adorna más». Moisés es un hombre real, un hombre de grandeza real; no hay, pues, por qué adornarlo de oropel y dorados; es oro hasta el centro.
Pero piensen lo que realmente implica esta designación: «Mi siervo». Aun si Moisés no hubiera sido siervo de Dios en un sentido y en un grado en que pocos otros hombres lo han sido, habría sido cosa gloriosa obtener esa sencilla denominación. Es verdad que el término «siervo de Dios» está tan gastado, y representa a menudo tan poco de lo que realmente significa, que necesitamos detenernos y pensar en todo su alcance. Puede haber mucho honor en ser siervo. Aun en nuestras familias y fábricas, un siervo modelo es un tesoro raro y precioso. Porque un verdadero siervo es aquel que tiene tan a pecho el interés de su amo como el suyo propio, y nunca vacila, a costa de cualquier sacrificio de interés o sentimiento personal, en hacer todo lo que puede por el bien de su amo. Un verdadero siervo es aquel de quien su amo puede decir: «No hay ninguna necesidad de recordarle lo que requiere mi interés; siempre está pensando en mi interés, siempre alerta para atenderlo, y no hay una sola cosa de las que poseo que no esté segura en sus manos».
¿Tiene Dios muchos siervos así? ¿Quién de nosotros puede suponer que Dios dice esto de él? Sin embargo, este era el carácter de Moisés, y a los ojos de Dios lo revestía de un honor singular. Su distinción fue que era «fiel en toda la casa de Dios». Su propia voluntad estaba enteramente sometida a la voluntad de Dios. El pueblo que Dios le confió le era querido como la mano derecha o el ojo derecho. Todos los intereses y ambiciones personales estaban muy lejos de él. Engrandecerse a sí mismo o engrandecer a su casa nunca entró en sus pensamientos. Nunca estuvo el yo más completamente crucificado en el pecho de un hombre. ¡Hermosa y deleitosa a los ojos de Dios debió de parecer esta cualidad de Moisés: su absoluto desinterés, su sensibilidad a la menor indicación de la voluntad de su Señor, su consagración de todo lo que era y tenía a Dios, y a su pueblo por amor de Dios!
Así pues, no fue una palabra poco sugestiva la que Dios usó de Moisés cuando dijo a Josué que «su siervo» había muerto. Fue una indicación significativa de lo que Dios había valorado en Moisés y ahora esperaba de Josué. Lo único que Josué ha de recordar de Moisés es que fue siervo de Dios. Procure ser lo mismo; tenga el oído tan abierto como el de Moisés a toda indicación de la voluntad de Dios, la voluntad tan pronta para responder y la mano tan rápida para obedecer.
¿No fue esta visión de la gloria de Moisés como siervo de Dios un anticipo de lo que después enseñó con más plenitud y en una escala más amplia nuestro Señor? «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos». Jesús procuró invertir las nociones naturales de los hombres sobre lo que constituye la grandeza, cuando enseñó que, en vez de medirse por el número de siervos que nos atienden, se mide más bien por el número de personas a quienes servimos. Y si fue señal de la humillación de Cristo mismo que «tomó forma de siervo», ¿no redundó esto en su más alta gloria? ¿No fue por esto que Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre? ¡Dichosos los que se contentan con ser SIERVOS DE DIOS en cualquier esfera de la vida en que él los ponga, no buscando lo suyo, sino siempre atentos a los asuntos de su Señor!
Y ahora Josué ha de suceder a Moisés y ser siervo de Dios como él lo fue. Debe aspirar a esto como la única distinción de su vida; debe procurar en cada acción saber lo que Dios quiere que haga. ¡Dichoso el hombre si puede realizar este ideal de vida! Ningún interés ni pasión en conflicto distraerá su alma. Si su ojo es sencillo, todo su cuerpo estará lleno de luz. El poder que da vigor a su brazo no será más notable que la paz que mora en su alma. Mostrará a todas las generaciones futuras el poder de una «voluntad rendida»: no la supresión de todo deseo, según la idea budista de la dicha, sino todos los deseos naturales legítimos en acción feliz y armoniosa, porque están sujetos a la guía sabia, santa y amorosa de la voluntad de Dios.
Así vemos, entre las otras paradojas de su gobierno, cómo Dios usa la muerte para promover la vida. La muerte de los eminentes, de los ancianos, de los hombres de dones brillantes, abre paso a otros y estimula su actividad y su crecimiento. Cuando cae el gigante del bosque, los árboles más jóvenes que lo rodean quedan más expuestos a la luz del sol y al aire fresco, y crecen hasta formas más altas y más plenamente desarrolladas. Si ninguno de los árboles jóvenes alcanza el tamaño del gigante, muchos pueden llegar a un promedio más alto de tamaño y hermosura. Si en la segunda generación de cualquier gran movimiento religioso pocos o ninguno pueden igualar a los «valientes» de la época anterior, puede haber una elevación general, una subida de nivel, un aumento de eficacia entre la tropa común.
De muchas maneras entra la muerte en los planes de Dios. No solo abre paso a los más jóvenes,[2] sino que tiene un efecto solemne y vivificador en todos los que no están endurecidos y embotados por el desgaste de la vida.
2 «¿Puede negarse que la muerte misma, vista a la luz de esta verdad [el ajuste de cada ser de la naturaleza animada a todos los demás], sea una prueba de benevolencia? Creo que no. La ley de la generación animal hace necesaria la ley de la muerte animal, si ha de asegurarse la mayor suma de felicidad animal. Si hubiera habido menos muerte, habría habido también menos vida, y la vida que hubiera habría sido más pobre y más mezquina. La muerte es una condición de la fecundidad de la naturaleza, de la multiplicidad de las especies, de la sucesión de las generaciones, de la coexistencia de jóvenes y viejos; y estas cosas, no puede dudarse razonablemente, añaden inmensamente a la suma de la felicidad animal». FLINT, Theism, p. 251.
¡Qué suceso memorable en la historia espiritual de las familias es la primera aflicción repentina, la primera brecha en el círculo de corazones que se aman! Primero, la nueva experiencia de un anhelo intenso y tierno, frustrado por las condiciones inexorables de la muerte; luego la visión viva de la eternidad, la realidad de lo invisible que relampaguea sobre ellos con un poder vivo e imponente, y que da una importancia inmensurable a la cuestión de la salvación; luego el acercarse más unos a otros, el renunciar a toda animosidad y celos, el cordial deseo de una paz sin interrupción y de una cooperación constante; y, si el que ha sido llevado es el padre o la madre, la ambición de ser útiles, de ser una ayuda y no una carga para el que sobrevive, y de hacer lo poco que puedan de lo que solía ser la obra de su padre o de su madre. La muerte se vuelve realmente una estimuladora de las energías vitales; en vez de una influencia que marchita, cae como el suave rocío y se hace ministra de la vida.
Y la muerte no está sola entre los agentes destructivos que tan a menudo se dirigen a fines que dan vida. ¡Qué lugar tan notable ocupa el dolor entre los instrumentos de bien de Dios! ¡Cuántos hay que, mirando atrás a su vida, tienen que confesar, con una mezcla de tristeza y de gozo, que sus tiempos de mayor sufrimiento han sido los más decisivos de su vida, señalados por sus mejores resoluciones, seguidos de su mayor avance! Y a veces parece que, cuanto más agudo es el sufrimiento, mayor es la bendición. ¡Cuán cerca parece llegar Dios a veces al colmo de la crueldad, cuando en realidad rebosa de amor! Parece escoger los puntos más sensibles para descargar sus golpes, los afectos más tiernos y más puros del corazón. Es un triunfo maravilloso de la fe y la sumisión cuando el que sufre se mantiene firme y tranquilo en medio de todo. Y más aún cuando puede hallar consuelo en la analogía que proporcionó el acto mismo de Dios: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?».
Y esto nos lleva a nuestra última aplicación. Nuestro Señor mismo, con una hermosa analogía tomada de la naturaleza, mostró la relación, en el sentido más alto, entre la muerte y la vida: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión». Cuando Jesús murió en el Calvario, el cuartel general de la muerte se convirtió en semillero de vida. El lugar de la Calavera, como el valle de los huesos secos del profeta, dio a luz un ejército grande en extremo de hombres vivos. Entre las maravillas que darán gloria a Dios en las alturas por toda la eternidad, la mayor será esta: que saque el bien del mal, la dicha del dolor, la vida de la muerte. Y aun cuando llegue el fin, y la muerte sea sorbida en victoria, y la muerte y el Hades sean lanzados al lago de fuego, permanecerá en los glorificados un vivo sentido de la bendición infinita que les vino de Dios por el canal repulsivo de la muerte, y que halla su más alta expresión en aquel himno de los redimidos: «TÚ FUISTE INMOLADO, Y CON TU SANGRE NOS HAS REDIMIDO PARA DIOS».
Josué 5.1-12
Los dos primeros hechos registrados en este capítulo parecen estar estrechamente relacionados. Uno es que, cuando todos los reyes amorreos y cananeos del lado occidental del Jordán oyeron del milagroso secamiento de las aguas y del paso de los israelitas, «desfalleció su corazón, y no hubo más aliento en ellos». El otro es que se aprovechó la ocasión, allí mismo y en aquel momento, para circuncidar a toda la generación nacida después de la salida de Egipto. Si no fuera por el hecho registrado en el primer versículo, habría sido el momento más inoportuno que pudiera concebirse para administrar la circuncisión. Toda la población masculina habría quedado indefensa por un tiempo, y se habría invitado a los hombres de Jericó a cometer una matanza como la que, en circunstancias semejantes, los hijos de Jacob infligieron a los hombres de Siquem (Génesis 34.25). ¿Por qué no se hizo este asunto de la circuncisión mientras el ejército estaba inactivo en el otro lado, y mientras el Jordán corría entre Israel y sus enemigos? Fue porque los reyes de los cananeos estaban petrificados. Es verdad que más adelante cobraron ánimo, y muchos de los reyes se aliaron contra Josué. Pero esto fue después del asunto de Hai, después de que la derrota de los israelitas ante aquella ciudad mostró que, como en el caso de Aquiles, había un punto vulnerable en alguna parte, a pesar de la protección de su Dios. Entretanto, el pueblo de Jericó estaba paralizado, pues, aunque toda la población masculina de Israel menor de cuarenta años yacía indefensa en sus tiendas, el enemigo no levantó un dedo contra ellos.
No con poca sorpresa leemos que la circuncisión había estado suspendida durante el largo periodo de la estancia en el desierto. ¿Por qué? Algunos han dicho que, por las circunstancias en que se hallaba el pueblo, no habría sido conveniente, y quizá apenas posible, administrar el rito al octavo día. Desplazándose como estaban de un lugar a otro, la administración de la circuncisión habría causado a menudo tanto dolor y peligro al niño que no es de extrañar que se aplazara. Y, una vez aplazada, se aplazó indefinidamente. Pero esta explicación no basta. Hubo periodos largos, muy largos, de descanso, durante los cuales no podía haber dificultad alguna. Una explicación mejor, propuesta por Calvino, nos lleva a relacionar la suspensión de la circuncisión con el castigo de los israelitas y con la sentencia que los condenó a vagar cuarenta años en el desierto. Cuando tuvo lugar la adoración del becerro de oro, la nación fue rechazada, y el quebrantamiento por Moisés de las dos tablas de piedra pareció una secuela apropiada de la ruptura del pacto que había causado su idolatría. Y aunque pronto fueron restaurados, no lo fueron sin ciertas restricciones, señales del desagrado divino. Después, en el gran estallido de incredulidad relacionado con el informe de los espías, la generación adulta que había salido de Egipto fue condenada a perecer en el desierto, y, con excepción de Josué y Caleb, ninguno de ellos pudo entrar en la tierra prometida. Ahora bien, aunque no se dice expresamente, parece probable que la suspensión de la circuncisión estuviera incluida en el castigo de sus pecados. No se les había de permitir poner sobre sus hijos la señal y el sello de un pacto que en espíritu y en realidad habían quebrantado.
Pero lo que ocurrió no fue una abolición, sino solo una suspensión temporal del sacramento. Podía llegar el tiempo en que se restableciera. El tiempo natural para ello sería el fin de los cuarenta años de castigo. Esos cuarenta años habían llegado a su fin. Sin duda habría sido un gran gozo para Moisés si se le hubiera concedido ver la restauración de la circuncisión, pero esta no había de tener lugar hasta que el pueblo hubiera puesto pie en la tierra de Abraham. Ahora han cruzado el río. Han entrado en la tierra misma que Dios juró a Abraham, a Isaac y a Jacob que les daría. Y lo primero que se hace después de esto es devolverles la santa señal del pacto, que ahora se administró a todo varón de la congregación que no la había recibido antes. Bien podemos pensar en ello como una ocasión de gran regocijo. La señal visible de ser uno de los hijos de Dios la llevaba ahora cada hombre y cada muchacho del campamento. En cierto sentido se constituían ahora herederos del pacto hecho con sus padres, y podían así descansar con más firme confianza en la promesa: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré».
Otros dos puntos relacionados con este acto requieren una palabra de explicación. El primero es la afirmación de que «todo el pueblo que había nacido en el desierto, por el camino, después que hubieron salido de Egipto, no estaba circuncidado» (v. 5). Si es correcta la opinión de que la suspensión de la circuncisión fue parte del castigo por sus pecados, la prohibición no habría entrado en vigor sino algunos meses, por lo menos, después del éxodo de Egipto. Pensamos, con Calvino, que por amor a la brevedad el historiador sagrado hace una afirmación general sin detenerse a explicar las excepciones a que estaba sujeta. El otro punto que necesita explicación es la declaración del Señor después de la circuncisión: «Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal (es decir, "rodar"), hasta hoy». ¿Cómo podía llamarse la suspensión de la circuncisión el oprobio de Egipto? Las palabras implican que, por falta de este sacramento, habían quedado expuestos a un oprobio de parte de los egipcios, que ahora era quitado como rodando. La brevedad de la afirmación, y nuestra ignorancia de lo que los egipcios decían de los israelitas en aquel tiempo, hacen difíciles de entender las palabras. Lo que parece más probable es que, cuando los egipcios oyeron cómo Dios casi los había repudiado en el desierto y les había retirado la señal de su pacto, se jactaron malignamente sobre ellos y los denunciaron como una raza sin valor, que primero había rechazado a sus gobernantes legítimos en Egipto con pretexto de religión, y que, habiendo mostrado su hipocresía, era ahora despreciada y desechada por el mismo Dios a quien había dicho estar tan deseosa de servir. Podemos estar seguros de que los egipcios no tardarían en aprovechar cualquier pretexto para denunciar a los israelitas, y de que harían sus burlas tan agudas y tan amargas como pudieran. Pero ahora las cosas se vuelven contra los egipcios. La restauración de la circuncisión marca otra vez a este pueblo como pueblo de Dios. El estupendo milagro que acaba de obrarse al dividirse el Jordán indica la clase de protección que su Dios y Rey seguramente les extenderá. El nombre de Gilgal será un testimonio perpetuo de que el oprobio de Egipto ha sido quitado.
Hecha ya debidamente la circuncisión, quedaba preparado el camino para otro rito santo cuya estación señalada había llegado: la Pascua. Algunos han supuesto que la Pascua, lo mismo que la circuncisión, fue suspendida después de la sentencia de los cuarenta años de vagar, sobre todo porque se había dispuesto expresamente que ningún incircunciso comiera la Pascua. Sabemos (Números 9.5) que la Pascua se celebró el segundo año después de salir de Egipto, pero no hay otra referencia a ella en la historia. En este, como en muchos otros puntos de la historia del desierto, debemos contentarnos con permanecer en la ignorancia. Ni siquiera estamos muy seguros de hasta qué punto se ofrecieron los sacrificios ordinarios durante aquel periodo. Es muy posible que las consideraciones que suspendieron el rito de la circuncisión se aplicaran a otras ordenanzas. Pero, se haya celebrado o no la Pascua en el desierto, fácilmente podemos entender que, después de ser circuncidado, el pueblo la celebraría con un sentimiento mucho más feliz y satisfecho. Muchas cosas hacían memorable esta Pascua. El paso del Jordán era tan semejante al paso del mar Rojo que la celebración en Egipto no podía dejar de volver vívidamente a la memoria de todos los mayores: los que tenían menos de veinte años en el éxodo, a quienes no se aplicaba la sentencia de exclusión de Canaán (Números 14.29). Muchos de ellos debieron de mirar mientras sus padres rociaban los dinteles y los postes de las puertas con la sangre del cordero, y debieron de oír el terrible grito de muerte de los primogénitos de los egipcios. Debieron de recordar bien aquella memorable medianoche en que todos, en tal agitación, marchaban saliendo de Egipto; y no menos vívidamente debieron de recordar el terror que se apoderó de ellos cuando se vio al ejército egipcio en su persecución; y luego otra vez el estremecimiento de triunfo con que pasaron entre las paredes cristalinas, bajo el resplandor de la columna de fuego; y una vez más las notas triunfales del pandero de María y las voces de las mujeres: «Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete». ¡Y ahora volvían aquellos días de gloria! Tan seguramente como el paso del mar había sido seguido de la destrucción de los egipcios, así de seguro el paso del Jordán sería seguido de la destrucción de los cananeos. Cosas gloriosas se decían de la ciudad de su Dios. La bendición de Moisés estaba a punto de recibir un nuevo cumplimiento: «Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo? Así que tus enemigos serán humillados, y tú hollarás sobre sus alturas».
El recuerdo del pasado es a menudo una excelente preparación para las pruebas del futuro, y con la misma frecuencia resulta un apoyo notable en medio de ellas. Era la naturaleza misma de la Pascua mirar hacia el pasado y recordar la primera gran intervención de Dios en favor de su pueblo. Era un precioso estímulo tanto para la fe como para la esperanza. Así es también nuestra Pascua cristiana. Es un eslabón que une la primera y la segunda venida de nuestro Señor. La primera venida da apoyo a la fe; la segunda, a la esperanza. Ningún ejercicio del alma puede ser más provechoso que volver a aquel día memorable en que Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros. Porque entonces se pagó por completo el precio de la redención, y se abrió de par en par la puerta de la salvación. Entonces el Hijo selló su amor entregándose a la cruz por nosotros. ¿Qué bendición, sea para esta vida o para la venidera, no fue comprada por aquel acto? La vida puede ser oscura y tormentosa, pero la esperanza prevé un mañana radiante. «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria».
Otro incidente más está ligado a este periodo de transición de la historia. «Al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año». No es necesario suponer que no probaron en absoluto los frutos de la tierra hasta la mañana siguiente a aquella Pascua. La conquista de Sehón y Og debió de poner en sus manos una gran parte de productos, y difícilmente podemos suponer que no hicieran algún uso de ellos. El relato es tan breve que no pretende expresar toda modificación que pueda aplicarse a sus afirmaciones generales. Lo principal que hay que notar es que, mientras el maná siguió descendiendo, fue el alimento básico; pero cuando el maná fue retirado, el grano viejo y otros frutos del país ocuparon su lugar. En otras palabras, el milagro no continuó cuando dejó de ser necesario. El maná había sido una provisión para el desierto, donde no podía obtenerse alimento ordinario en cantidad suficiente; pero ahora que estaban en una tierra de campos, huertos y viñas, el maná fue retirado.
Ya nos hemos referido a la ley bíblica de lo sobrenatural. No se da sanción alguna a la idea de un gasto pródigo e innecesario de poder sobrenatural. Una ley de economía, casi diríamos de parsimonia, prevalece junto al ejercicio de una liberalidad sin límites. Jesús multiplica los panes y los peces para alimentar a la multitud, pero no deja que se pierda un solo pedazo de lo que sobra después del banquete. Una ley semejante guía la economía de la oración. No tenemos derecho a pedir que las misericordias nos lleguen por canales extraordinarios cuando está en nuestro poder obtenerlas por medios ordinarios. Si está en nuestro poder procurarnos el pan con nuestro trabajo, no nos atrevemos a pedir que se nos envíe directamente. Somos demasiado propensos a hacer de la oración de última hora una excusa por la falta de diligencia o de valor en lo que toca a la prosperidad de la vida espiritual. Puede ser que, por su gran generosidad, Dios nos bendiga a veces aunque hayamos hecho un uso muy insuficiente de los medios ordinarios. Pero no tenemos derecho a presumir de ello. Nos gustan los métodos cortos y fáciles donde el método natural sería largo y trabajoso. Pero aquí ciertamente hallamos la operación de la ley natural en el mundo espiritual. No podemos esperar la bendición de Dios sin el uso diligente de los medios que Dios ha señalado.
De manera más general, este suceso de la historia de Israel, el cese de una provisión cuando otra entra en operación, ejemplifica una gran ley de la providencia por la cual la pérdida de una clase de ventaja se compensa con la llegada de otra. En la niñez y la primera juventud dependemos, para crecer en conocimiento, de las instrucciones de nuestros maestros. Lo que nos desconcierta se lo llevamos a ellos, y ellos nos guían a través de la dificultad. Si son maestros sabios, no nos lo dirán todo, sino que nos pondrán en el método correcto para averiguarlo. Aun así, están allí como un tribunal de apelación, por decirlo así, y siempre tenemos la satisfacción de un último recurso. Pero llega el tiempo en que nos despedimos de los maestros. Felizmente, es el tiempo en que el juicio se vuelve seguro de sí, independiente, penetrante. Quedamos principalmente librados a nuestros propios recursos. Y el hecho mismo de tener que depender de nuestro propio juicio fomenta y promueve la independencia, y nos capacita mejor para las responsabilidades de la vida. Cuando llegamos a ser hombres, dejamos lo que era de niño. El hábito de apoyarse en otros nos mantiene niños; pero luchar con las dificultades tal como las encontramos, y procurar abrirnos paso a través de ellas y por encima de ellas, fomenta la hombría. Cesa el maná, y comemos del fruto de la tierra.
Así también en la vida familiar. El afecto que une a padres e hijos, a hermanos y hermanas en la familia es hermoso y deleitoso; y no sería de extrañar que algunos desearan que su trato no sufriera ninguna ruptura brusca, sino que continuara sin cambio por un tiempo indefinido. Pero rara vez es la voluntad de Dios que la vida familiar permanezca sin interrupción. A menudo la interrupción llega en la forma más brusca y terrible: por la muerte del jefe de la casa. Y las circunstancias de la familia pueden requerir que todos los que son capaces de ganar algo salgan a aumentar los recursos familiares. A menudo es un cambio doloroso y angustioso. Pero al menos despierta a todos los que pueden hacer algo, los rescata de la tentación de una vida adormecida y sin propósito, y a menudo saca a luz dones útiles que convierten sus vidas en una verdadera bendición. Y hay otras compensaciones. Cuando murió Sara, Isaac quedó con el corazón vacío; pero cuando Rebeca vino a él, fue consolado. El vacío preciso que deja la muerte quizá nunca se llene del todo, pero el corazón se ensancha en otras direcciones, y con nuevos objetos de afecto el vacío que roe deja de sentirse con agudeza. A medida que se rompen los antiguos afectos, se forman poco a poco otros nuevos. Y aun en la vejez entra a menudo una ley de compensación; los hijos y los hijos de los hijos traen nuevos intereses y placeres, y los tonos verdes de la juventud suavizan el gris de la vejez.
Luego está la feliz experiencia por la cual la llegada de bendiciones espirituales compensa la pérdida de las temporales. Nada parece al principio más desolador que la pérdida de la fortuna, de la salud o de algún sentido corporal principal, como la vista o el oído. Pero en un Milton el vigor intelectual, el ardor patriótico y la sensibilidad poética alcanzan su más noble elevación, aunque
Nube y tiniebla perpetua
me rodean, apartado de los caminos alegres de los hombres,
y, en lugar del hermoso libro del saber,
se me presenta un vacío universal
de las obras de la naturaleza, para mí borradas y raídas,
y la sabiduría, por una entrada, del todo cerrada.
Es la pérdida total del oído, resultado de un accidente repentino, lo que convierte al pizarrero John Kitto en un erudito y escritor orientalista de lo más instructivo e interesante. Cuántas veces la pérdida temporal ha resultado, en un sentido más alto, ganancia espiritual, lo atestigua toda la biografía cristiana. No son raros casos como el que da el reverendo Charles Simeon al hablar de unos ciegos de Edimburgo a quienes, hace casi un siglo, encontró trabajando en una casa de campo en Escocia: «Uno de los ciegos, interrogado sobre su conocimiento de las cosas espirituales, respondió: "Nunca vi hasta que quedé ciego; ni conocí jamás el contentamiento mientras tuve la vista, como lo conozco ahora que la he perdido; puedo afirmar verdaderamente, aunque pocos saben creerme, que por nada del mundo cambiaría mi situación y circunstancias presentes por ninguna de las que disfruté antes de quedar ciego". Había gozado de la vista hasta los veinticinco años, y llevaba ciego unos tres años».[9]
9 Life of Rev. Charles Simeon, p. 125.
Por último, de todos los intercambios que reemplazan antiguas provisiones, el más impresionante es el que nuestro Señor expuso así: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré». Si pensáramos en la vida, aun en la vida cristiana, como un mero tiempo de goce, aunque sea goce espiritual, ninguna afirmación podría ser más paradójica o desagradable. Es porque la vida es una escuela de formación, y porque lo que más necesitamos en esa escuela es la acción inmediata del Espíritu divino sobre nuestro espíritu, purificando, elevando, fortaleciendo y guiando todo lo más hondo de nuestra naturaleza, por lo que las palabras de nuestro Señor son verdaderas. Muy precioso había sido el maná que cesó cuando Jesús se fue. Pero más nutritivo es el grano nuevo con que nos alimenta el Espíritu. Apreciémoslo mucho mientras estemos en la carne. Conoceremos su bien cuando entremos en la próxima etapa de nuestro ser. Entonces, en el sentido más pleno, cesará el maná, y comeremos el grano de la tierra.
Josué 5.13-15; 6.1
El proceso de la circuncisión ha terminado, y los hombres están sanos; la fiesta de los panes sin levadura ha llegado a su fin; se ha dado todo honor a estas sagradas ordenanzas conforme a lo dispuesto por Dios; el maná ha cesado, y el pueblo depende ahora del grano de la tierra, del que, con toda probabilidad, solo tiene una provisión limitada. Todo indica la necesidad de una nueva acción, pero es difícil decir cuál ha de ser el siguiente paso. Naturalmente, sería la toma de Jericó. Pero esto parece una empresa quijotesca. La ciudad está rodeada de un muro, y sus puertas están «bien cerradas», atrancadas y estrechamente vigiladas para impedir la entrada de un solo israelita. Josué mismo no sabe qué hacer. Todavía no le ha llegado ninguna comunicación divina como la que le llegó respecto al paso del Jordán. Véanlo caminar completamente solo «cerca de Jericó», tan cerca de la ciudad como le es seguro ir. Con la mente absorta en sus pensamientos y los ojos fijos en el suelo, medita en la situación sin poder hallar luz, cuando algo cruza su campo visual. Alza los ojos, y justo frente a él ve a un soldado que blande su espada.
Un hombre menos valiente se habría sobresaltado, quizá atemorizado. Su primer pensamiento es que se trata de un enemigo. Ninguno de sus propios soldados se habría aventurado allí sin sus órdenes, ni se habría atrevido a tomar semejante actitud ante su comandante en jefe. Con la presencia de ánimo de un soldado, en vez de retirarse, adopta una actitud ofensiva, desafía a este guerrero y le pide que diga si es amigo o enemigo. Si es amigo, tiene que explicar su presencia; si es enemigo, que se prepare para la batalla. Josué es un soldado cabal y no permitirá a nadie ocupar una posición ambigua. «Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?».
Si la aparición del soldado fue una sorpresa, su respuesta a la pregunta debió de serlo aún mayor. «No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora». El «no» rechaza que sea amigo o enemigo en el sentido común, pero sobre todo que sea enemigo. Su posición y su oficio son mucho más elevados. Como Príncipe del ejército de Jehová, está a la cabeza no de ejércitos humanos, sino de todos los principados y potestades de los lugares celestiales:
las poderosas regencias
de serafines, y potestades y tronos.
Y ahora la situación real ilumina de golpe a Josué. Este soldado no es otro que el Ángel del Pacto, el mismo que vino a Abraham bajo la encina de Mamre, y que luchó con Jacob a orillas de este mismo Jordán, en Peniel. Josué no podía menos que recordar cómo, cuando Dios amenazó con apartarse de Israel después del pecado del becerro de oro y enviar algún ángel creado que los guiara por el desierto, Moisés protestó con tanto fervor, y cómo puso toda su alma en el ruego: «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí». No podía menos que recordar el intenso gozo de Moisés cuando este ruego fue atendido: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso». Poca duda podía haber en su mente sobre quién era este «Príncipe del ejército de Jehová», y ninguna vacilación de su parte en rendirle el honor divino debido al Altísimo. Y luego debió de sentir vivamente cuán bondadosa y oportuna era esta aparición, justo en el momento en que estaba en tan gran perplejidad y su camino estaba enteramente a oscuras. Era una nueva prueba de que el apuro del hombre es la oportunidad de Dios. Era precisamente como lo que sucedería después, cuando «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros», y estaba tan pronto a mano para sus discípulos en todos sus tiempos de tribulación. Era un anticipo de la escena en que la barca era sacudida tan violentamente por las olas, y Jesús apareció con su «Calla, enmudece». O de aquella triste mañana, poco después de la crucifixión, cuando, tras pasar toda la noche en el lago sin pescar nada, Jesús vino y trajo a sus redes la pesca milagrosa. Es la verdad con que todos sus hijos afligidos y heridos se han familiarizado tanto en todas las épocas de la historia de la Iglesia: que, por mucho que parezca esconderse y mantenerse lejos en tiempos de angustia, en realidad está siempre cerca, y nunca puede olvidar aquella última seguridad dada a su pueblo fiel: «He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
No es probable que Josué hallara motivo para discutir la cuestión que la crítica moderna ha tratado con tanto empeño: si este ser que ahora aparecía en forma humana era realmente Jehová. Y tampoco parece necesario que la discutamos nosotros. No parece haber buena razón para rechazar la opinión de que estas teofanías, aunque no eran encarnaciones, eran sin embargo anticipaciones de la encarnación: indicios del misterio que después se realizaría cuando Jesús nació de María. Si estas apariciones se parecían a encarnaciones, lo eran según el tipo pagano, no el cristiano; alianzas momentáneas del ser divino con la forma o la apariencia humana, asumidas solo para la ocasión y que podían dejarse a un lado tan rápidamente como se asumían. Esto podía servir muy bien para prefigurar la encarnación, pero quedaba muy lejos de la encarnación misma. La encarnación cristiana fue según un tipo que la mente pagana jamás soñó. Que el Hijo de Dios naciera de mujer, su cuerpo formado en el vientre por el proceso lento pero maravilloso por el cual fueron «formadas todas sus partes, sin faltar una de ellas» (Salmo 139.16), y que estuviera así en relaciones con sus semejantes que no podían borrarse, era muy maravilloso; pero lo más maravilloso de todo es que la humanidad una vez asumida nunca pudiera dejarse, sino que el Hijo de Dios tuviera que seguir siendo el Hijo del Hombre, en dos naturalezas distintas y una sola persona para siempre. El hecho de que todo esto haya ocurrido es muy apropiado para darnos una confianza inquebrantable en el amor y la simpatía de nuestro Hermano Mayor. Porque él es tan realmente nuestro Hermano como lo fue en los días de su carne, y tan lleno del cuidado y del interés atento que el más bondadoso de los hermanos mayores toma en las penas y luchas de sus hermanos menores.
Se ha observado a menudo, como circunstancia instructiva, que ahora, como en otras ocasiones, el Ángel del Señor apareció en el carácter más adaptado a las circunstancias de su pueblo. Apareció como soldado con una espada desenvainada en la mano. Un largo curso de combates esperaba a los israelitas antes de poder tomar posesión de su tierra, y la espada en la mano del Ángel era una seguridad de que pelearía con ellos y por ellos. Era también una clara indicación de que, a juicio de Dios, era necesario usar la espada. Pero no era la espada del guerrero ambicioso que cae sobre los hombres simplemente porque están en su camino, o porque codicia sus territorios para su país. Era la espada judicial, que exigía la muerte de hombres que habían sido juzgados por sus pecados, largamente advertidos y al fin judicialmente condenados. La maldad de los amorreos estaba ya colmada. Sabemos qué clase de gente habitaba cerca de Jericó cuatrocientos o quinientos años antes, mientras las ciudades de Sodoma y Gomorra estaban en la llanura, ciudades que ya entonces apestaban a la más inmunda corrupción. Es verdad que el juicio de Dios cayó sobre esas ciudades, pero los meros juicios nunca han reformado al mundo. La destrucción de Sodoma y Gomorra quitó por el momento la mancha más inmunda, pero no cambió los corazones ni las costumbres de las naciones. Al Espíritu de Dios le ha parecido bien darnos una visión de la inmundicia a que se había llegado en aquel periodo temprano, pero no multiplicar los detalles inmundos en un tiempo posterior, después del largo intervalo entre Abraham y Josué. Pero sabemos que, si Sodoma era mala, Jericó no era mejor. El país en su conjunto, que había colmado ya su copa de maldad, no era mejor. No es de extrañar que el Ángel llevara una espada desenvainada en la mano. La longanimidad del Dios justo se había agotado, y Josué y su pueblo eran los instrumentos por medio de los cuales había de ejecutarse el castigo judicial. El Príncipe del ejército de Jehová había sacado su espada de la vaina para mostrar que el juicio de aquel pueblo malvado no dormiría más.
No fue con este espíritu ni en esta actitud como el Ángel del Pacto se había encontrado con Jacob, siglos antes, un poco más arriba del río, en la confluencia del Jaboc. Sin embargo, había no poco de semejante en los dos encuentros. Como Josué ahora, Jacob estaba entonces a punto de entrar en la tierra prometida. Como él, se enfrentaba a un enemigo en posesión, que, en el caso de Jacob, estaba resuelto a vengar el agravio de su juventud. Cómo había de vencer a ese enemigo, Jacob no lo sabía, como Josué no sabía cómo había de tomarse Jericó. Pero había entre ambos esta diferencia: que en el caso de Jacob el Ángel lo trató como a un adversario; en el de Josué se declaró amigo. La diferencia se debió sin duda a las distintas disposiciones de los dos hombres. Jacob no parece haber sentido que solo en el nombre de Dios, con la fuerza de Dios y bajo la protección de Dios podía entrar en Canaán; parece haber confiado demasiado en sus propios recursos, sobre todo en el espléndido presente que había enviado delante a su hermano. Tenía que aprender la lección: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová». Al principio Jacob trató a su adversario simplemente como a un obstáculo; luego descubrió su rango divino, y en seguida pasó a ser el agresor y, a pesar de su muslo dislocado, se aferró a su adversario, declarando que no lo dejaría ir si no lo bendecía. Con Josué es diferente. No tiene ningún asunto personal que arreglar con Dios antes de estar listo para avanzar en la tierra. Está en perplejidad, y el Ángel viene a aliviarlo. No está allí para reprender ni para corregir, sino simplemente para bendecir.
La aparición del Ángel indicaba un modo especial de comunicación con Josué. Ya hemos observado que no sabemos de qué manera se hicieron antes las comunicaciones de Dios a su siervo. Este incidente muestra que el método ordinario no era el del trato personal; probablemente era el de impresiones hechas sobrenaturalmente en la mente de Josué. ¿Por qué, entonces, cambia ahora el método? ¿Por qué se presenta en persona este Ángel guerrero? Probablemente porque la manera en que había de tomarse Jericó era tan extraordinaria que, para animar la fe de Josué y del pueblo, había que usar un modo especial de anuncio. Podría pensarse que esto era innecesario después de la demostración del poder divino en el paso del Jordán. Pero la firmeza de la fe no era característica de los israelitas, y, tal como era, estaba tan expuesta a fallar después de cruzar el Jordán como lo había estado después de cruzar el mar. Se tomaron medios especiales para vigorizarla y prepararla para la tensión que venía. Fue una de esas raras ocasiones en que era deseable una visita personal del Ángel del Pacto. Hacía falta algo visible y tangible, algo de lo que se pudiera hablar y que el pueblo entendiera fácilmente, y que no pudiera contradecirse de ningún modo.
En el momento en que Josué comprendió con quién hablaba, se postró sobre su rostro y ofreció a su visitante no solo reverencia sino adoración, que el visitante no rehusó. Y luego vino una pregunta que indicaba un profundo respeto por la voluntad de su Señor y disposición para hacer todo lo que se le dijera: «¿Qué dice mi Señor a su siervo?». No puede dejar de recordarnos la pregunta que hizo Saulo al Señor cuando todavía estaba tendido en tierra en el camino de Damasco: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Josué sale bien parado en comparación con Moisés en la zarza ardiente, no solo ahora, sino en toda la entrevista. No pronuncia una palabra de protesta, no muestra señal alguna de desgana ni de incredulidad. Y no puede decirse que las instrucciones que el Ángel le dio sobre la toma de Jericó fueran de las que se aceptan fácilmente. El curso que había de seguirse parecía a la sabiduría humana la esencia misma de la necedad. A todas luces no había el menor rastro de adecuación de los medios al fin. Sin embargo, tan admirable es la disposición de Josué que lo recibe todo con sumisión absoluta y perfecta. La pregunta «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» está muy lejos de ser mera cortesía. Es un primer principio para Josué que, una vez indicada la mente de Dios, no le queda más que obedecer. ¿Quién es él para atreverse a criticar los planes de la omnipotencia, para proponerse corregir y mejorar los métodos de la sabiduría divina? Cualquier cosa así sería tan absurda como irreverente. «Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió». «Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu [...] y que tiembla a mi palabra».
La primera respuesta a la pregunta «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» es algo notable. «Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo». Los racionalistas lo han explicado diciendo que aquel era un antiguo santuario de los cananeos y, por tanto, un lugar santo a los ojos de Israel; pero tal idea no necesita refutación. Otros entienden que significa que Josué, habiendo cruzado el Jordán, había puesto ahora pie en la tierra prometida a los padres, y que por esa razón el suelo se llamaba santo. Pero si esa era la razón para quitarse el calzado, es difícil ver cómo pudo nunca estar justificado volver a ponérselo. Y cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza y le mandó hacer exactamente lo mismo, no fue, sin duda, porque la península del Sinaí fuera santa; fue porque Moisés estaba en la presencia inmediata del Dios santo. Y es simplemente para recordar a Josué la presencia divina por lo que se da esta orden; y, una vez dada, apenas se pronuncia ya se obedece.
Y luego siguen las instrucciones de Dios para la toma de Jericó. Nunca se propuso a un hombre razonable un método semejante, ni otro más expuesto a las objeciones y reparos de la sabiduría del mundo. Ninguna disposición de sus fuerzas podía ser más objetable que la que Dios le exigía. Había de marchar alrededor de Jericó una vez al día durante seis días seguidos, y siete veces el séptimo día, con los sacerdotes llevando el arca y tocando las trompetas, los hombres de guerra yendo delante y otros siguiendo al arca, formando una larga y estrecha fila alrededor del lugar. Sabemos que la ciudad tenía puertas, como otras ciudades fortificadas. ¿Qué impedía a los hombres de Jericó salir por cada una de las puertas, romper la fila de Israel en secciones, separarlas unas de otras e infligir una espantosa matanza a cada una? Semejante marcha alrededor de la ciudad parece la manera misma de invitar a un ataque mortífero. Pero es el mandato divino. Y este proceso de rodear la ciudad había de llevarse a cabo en absoluto silencio de parte del pueblo, sin otro ruido que el sonido de las trompetas hasta que se diera una señal; entonces se había de lanzar un gran grito, y los muros de Jericó caerían a plomo. ¿Quién habría encontrado extraño que Josué se hubiera quedado algo desconcertado ante instrucciones tan singulares, y que, como Moisés en la zarza, hubiera presentado toda clase de objeciones y mostrado la mayor desgana para emprender la operación? La noble calidad de su fe se muestra en que no pone objeción alguna. Después de que Dios ha respondido así a su pregunta, «¿Qué dice mi Señor a su siervo?», está tan dócil y sumiso como antes. La verdadera fe es ciega a todo, salvo al mandato divino. Cuando Dios le ha dado sus órdenes, él simplemente las comunica a los sacerdotes y al pueblo. Deja el desarrollo ulterior del plan en manos de Dios, seguro de que no dejará su propósito sin cumplir.
Tampoco los sacerdotes ni el pueblo parecen haber puesto objeción alguna por su parte. El plan sin duda los exponía a dos cosas que a los hombres no les gustan: el ridículo y el peligro. Posiblemente el ridículo era tan difícil de soportar como el peligro. Dios los protegería del peligro, pero ¿quién los resguardaría del ridículo? Aun si al cabo de los siete días ocurría el resultado prometido, ¿no sería duro hacerse durante toda una semana el hazmerreír de los hombres de Jericó, que todo ese tiempo preguntarían si habían perdido el juicio, si se imaginaban que los aterrarían hasta rendirse con el sonido de sus cuernos de carnero? ¡Cuán a menudo, especialmente en el caso de los jóvenes, encontramos este temor al ridículo como el mayor obstáculo para la lealtad cristiana! Y aun cuando tienen la más firme convicción de que en poco tiempo la risa, si de risa puede hablarse en el caso, se volverá contra sus atormentadores, y de que se verá claramente quiénes son los hombres a quienes el Rey se complace en honrar, ¡cuánta desdicha causa por el momento el ridículo, y cuán a menudo los jóvenes prefieren traicionar a Cristo antes que soportarlo! Tanto más notable es la firmeza de los sacerdotes y del pueblo en esta ocasión. No podemos pensar que se debiera simple y únicamente a su lealtad al caudillo al que poco antes habían jurado fidelidad. No podemos menos que creer que una fe personal animaba a muchos de ellos, la misma fe de Josué. Su formación y sus pruebas en el desierto no habían sido en vano; la manifiesta intervención de Dios en la derrota de Sehón y Og había calado en sus corazones; el paso milagroso del río les había acercado mucho a Dios; y fue sin duda, en gran medida, su convicción de que el que había comenzado por ellos la obra de conquista la llevaría hasta el fin lo que procuró al anuncio de Josué la aquiescencia unánime y el apoyo cordial tanto de los sacerdotes como del pueblo.
Y de ahí también la razón por la que, en el capítulo once de Hebreos, la caída de los muros de Jericó se atribuye especialmente a la fe: «Por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días» (v. 30). El acto de fe consistía en la convicción de que Dios, que había prescrito el método de ataque, por necio que pareciera, lo llevaría infaliblemente a buen fin. No fue solo la fe de Josué, sino la fe de los sacerdotes y la fe del pueblo, la que brilló en este acto. La fe rechazó la idea de que el enemigo saldría y rompería sus filas; triunfó sobre el desprecio y el ridículo que ciertamente se derramarían sobre ellos; sabía que Dios había dado las instrucciones, y estaba convencida de que llevaría todo a un fin triunfal. Nunca había subido tan alto el termómetro espiritual en Israel, y rara vez subió tanto en ningún periodo posterior de su historia. Aquella semana singular, pasada marchando alrededor de Jericó una y otra y otra vez, fue una de las más notables que se han conocido; el pueblo estaba cerca del cielo, y la gracia y la paz del cielo parecen haber reposado en sus corazones.
A veces hablamos de «épocas de fe». Ha habido tiempos en que la disposición a creer en lo invisible, en la presencia y el poder de Dios, y en el éxito seguro al fin de todo lo que se hace en obediencia a su voluntad, ha dominado comunidades enteras y ha llevado a una medida maravillosa de santa obediencia. Tal periodo fue esta época de Josué. No podemos decir, pensando en nosotros mismos, que la presente sea una época de fe. Más bien, de parte de las masas, es una época en que lo secular, lo visible y lo presente se enseñorean de la mente de los hombres. Sin embargo, no carecemos de espléndidos ejemplos de fe. La empresa misionera que contempla la conquista del mundo entero para Cristo, porque Dios ha dado a su Mesías las naciones por herencia y los confines de la tierra por posesión, y que espera el día en que esta promesa se cumpla al pie de la letra, es un fruto de la fe. Y la pronta entrega de tantas vidas jóvenes a la evangelización del mundo, como misioneros, maestros, médicos y médicas, es una prueba culminante de que la fe no ha muerto entre nosotros. ¡Ojalá fuera una fe que impregnara a toda la comunidad, príncipes, sacerdotes y pueblo por igual; y que hubiera entre nosotros, en el ataque contra las fortalezas del pecado y de Satanás, una armonía tan grande como la que había en el ejército de Israel cuando el pueblo, con un solo corazón y una sola esperanza, salía día tras día a rodear los muros de Jericó!
Josué 9
Reanudamos ahora el hilo de la historia, interrumpido por el relato de lo ocurrido en Ebal y Gerizim. Sabemos por el testimonio de Rahab de Jericó, dado a los espías (2.9), que el terror de Israel había hecho desfallecer el corazón de los habitantes del país, y que la fama de todo lo que Jehová había hecho por ellos los tenía paralizados. Pero cuando el ejército de Israel entró de hecho en la Palestina occidental y comenzó su conquista con la destrucción de Jericó y Hai, los habitantes parecen haber cobrado ánimo y comenzado a pensar qué podían hacer en defensa propia. Es muy probable que hallaran un estímulo considerable en lo que sucedió en Hai. Allí se había visto que Israel no era invencible. Por insignificante que fuera Hai, su gente había podido rechazar con gran éxito el primer ataque de los israelitas. Y aunque fueron destruidos en el segundo, esto solo se logró por la influencia combinada de una estratagema y de una fuerza abrumadora. El poder sobrenatural bajo el que había caído Jericó no se había mostrado en Hai, y quizá no entrara en juego en el futuro. Había, pues, todavía una oportunidad para los cananeos, si se unían y actuaban de concierto. Se tomaron, por tanto, medidas para tal unión. Los reyes o jefes que ocupaban los montes, o la meseta central del país; los de los valles, intercalados entre las montañas; y los que ocupaban la Sefela, o llanuras costeras de Filistea, Sarón y Fenicia —todas las naciones comprendidas bajo los conocidos nombres de heteos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos—, formaron una liga de defensa y se prepararon para hacer frente a Josué y a los israelitas con una resistencia decidida. La noticia de la confederación haría temblar a algunos corazones tímidos del campamento de Israel, pero no causaría ansiedad seria a Josué ni a todos los hombres de fe que, como él, estaban seguros de que el Señor estaba con ellos.
Hubo, sin embargo, una comunidad nativa que decidió seguir otro camino. Los gabaonitas eran una rama de la raza hevea, que habitaba la ciudad de Gabaón y algunas otras ciudades destacadas de la gran meseta central del país. Gabaón está representada hoy, sin duda, por la aldea de El Jib, situada a medio camino entre Jerusalén y Betel, a cuatro o cinco millas de cada una. El doctor Robinson describe El Jib como situada en una hermosa llanura de considerable extensión, sobre una colina o loma alargada, formada por capas de piedra caliza que se levantan como por escalones regulares desde la llanura. En los días de Josué era un lugar de gran importancia, una ciudad real, y tenía bajo su jurisdicción las ciudades de Beerot, Cafira y Quiriat-jearim. Sus habitantes no estaban de humor para pelear con Josué. Tenían bastante fe para entender cuál sería el resultado inevitable de ello, y en eso tenían razón, y los reyes confederados se equivocaban. Por otra parte, no estaban dispuestos a hacer una rendición honrada e incondicional. Probablemente sabían que las órdenes bajo las cuales actuaba Josué le mandaban destruir a todos los pueblos de la tierra, y no tenían seguridad de que, siendo de las naciones condenadas, una sumisión abierta les asegurara la vida. Resolvieron, por tanto, proceder con estratagema. Se designó un grupo para presentarse ante Josué en su campamento de Gilgal, como si fueran embajadores de un país lejano, y exponerle en tono piadoso que habían venido de muy lejos «por causa del nombre de Jehová tu Dios; porque hemos oído su fama, y todo lo que hizo en Egipto, y todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán; a Sehón rey de Hesbón, y a Og rey de Basán». Venían con el deseo de mostrar respeto al pueblo cuyo Dios era tan poderoso, y de que se les permitiera, aunque lejanos, vivir en paz con ellos. Luego presentaron, por así decirlo, sus credenciales: mostraron los sacos viejos, los cueros resecos, el pan mohoso que traían consigo, y los remiendos de sus pies y sus vestidos andrajosos que atestiguaban la gran longitud de su viaje. «Aquellos antiguos gabaonitas», dice The Land and the Book, «"usaron de astucia" con Josué de veras. Nada podía estar mejor calculado para engañar que sus artificios. Muchas veces he pensado que sus embajadores, tal como los describe el relato, forman uno de los mejores grupos imaginables para un pintor: con sus sacos viejos sobre sus pobres asnos; sus odres de vino de piel de cabra, remendados y resecos al sol, viejos, rotos y atados; zapatos viejos y remendados en los pies; vestidos viejos, andrajosos y sucios, con pan seco y mohoso: la imagen misma de una caravana cansada que ha viajado en exceso desde muy lejos. Es imposible trasladar al papel el aspecto ridículo de semejante grupo. No es de extrañar que, habiendo probado sus provisiones mohosas y mirado su atuendo sucio y gastado por el viaje, Josué y los ancianos fueran engañados, sobre todo porque no esperaron a consultar a Jehová».
Fue precisamente lo completo del disfraz lo que desarmó la cautela de Josué y de los hombres de Israel. Porque al principio sí se les ocurrió la idea de que los extranjeros pudieran ser vecinos y, por tanto, de las naciones que estaban llamados a destruir. Pero, al examinarlos más de cerca, eso pareció fuera de toda cuestión; de hecho, la suposición era tan del todo absurda que se juzgó poco apropiado llevar el asunto ante el Señor. Es claro como el día, razonarían Josué y los ancianos; la prueba de lo que dicen está fuera de duda; su caso no es de perplejidad que nos obligue a acudir a Dios; bien podemos usar nuestro sentido común y hacer alianza con estos hombres que han viajado tanto. Dentro de poco estarán de vuelta en su propio país, mucho más allá de nuestras fronteras, y el único efecto de su visita y de nuestra alianza será un nuevo tributo al nombre y al poder de Jehová, un nuevo testimonio de su presencia con nosotros y una nueva prenda de que nos llevará al éxito en la empresa en que estamos empeñados. Y cuando los reyes confederados que ahora se alían contra nosotros oigan que este pueblo lejano ha venido a nosotros para ganarse nuestro favor, quedarán heridos de un nuevo terror y serán más fácilmente sometidos.
Vemos en todo esto el espíritu sencillo y confiado de hombres que han pasado su vida en el desierto. En cuanto a los gabaonitas, había en su espíritu una combinación de bueno y de malo. Nos recuerdan en cierta medida a la mujer del flujo de sangre. En ella había ciertamente fe; pero, junto con la fe, una superstición extraordinaria. En los gabaonitas había fe: la creencia de que Israel estaba bajo la protección de un poder divino notable, bajo una promesa divina cuya verdad aun Balaam había reconocido muy recientemente: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré». Sin duda había un sentimiento religioso en el fondo de su proceder. Se veía implicado un gran Ser divino que estaba del lado de Israel y contra sus enemigos, y no convenía jugar con él. Pero en su manera de procurar librarse de los efectos de su desagrado apareció la más grosera superstición. Habían de lograr su objetivo por el engaño. Habían de conseguir que él los favoreciera por encima de sus vecinos mediante un elaborado sistema de fraude, mediante una sarta de mentiras, mediante una falsedad sin mezcla. ¡Qué extraña concepción de Dios! ¡Qué ceguera ante sus atributos más altos, su santidad y su verdad! ¡Qué asombroso desatino suponer que podían asegurarse su bendición mediante actos propios para provocar su mayor desagrado! ¡Qué Dios tan miserable se forjan los hombres cuando simplemente lo revisten de poder omnipotente, o quizá lo suponen movido por caprichos, prejuicios y favoritismos como el hombre frágil, pero omiten vestirlo con su gloria más alta, olvidan que «justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro»!
La conducta de aquellos hombres era tanto más extraña cuanto que era imposible que no fueran descubiertos pronto. Y era muy posible que, una vez descubiertos, fueran tratados con más severidad que nunca. Es verdad que Josué, cuando descubrió su trama, no obró así; obró conforme a un sentido del honor elevado, quizá equivocado; pero ellos no tenían derecho a contar con eso. La timidez es mala consejera. Todo lo que puede hacer es doblar la próxima esquina. La verdadera fe, apoyada en la verdad eterna, obra para la eternidad. La verdadera fe es a menudo ciega, pero en la oscuridad más profunda sabe que va por buen camino y bajo la guía de la luz eterna. La fe ciega es muy distinta del miedo ciego. La fe persevera con plena expectativa de liberación; el miedo tiembla y tropieza, con perpetuo temor de ser descubierto y humillado.
«La lengua mentirosa solo por un momento», y el fraude gabaonita vivió solo tres días. Entonces descubrió Josué que los gabaonitas vivían en la inmediata vecindad. Pero antes de eso había hecho paz con ellos y celebrado alianza para dejarlos vivir, y los príncipes de la congregación la habían confirmado con juramento. Nada podía haber sido más irritante que descubrir que habían sido engañados y estafados. Siempre es una experiencia muy amarga descubrir que nuestra confianza estaba mal puesta. Hombres a quienes creíamos dignos de confianza, y a quienes recomendábamos a otros como tales, han resultado bribones. Es duro de soportar, porque nos hemos comprometido con nuestros amigos en el asunto. ¿Qué pensarían ahora Josué y su pueblo del supuesto tributo al Dios de Israel, y de la impresión que esperaban causar en los reyes confederados? Ante todos los habitantes de Canaán, él y su pueblo habían quedado en ridículo, humillados. No habría un hombre en todo el país que no se burlara de ellos. Pero ni siquiera eso era lo peor. Habían sido culpables de exceso de confianza, y de descuidar los medios que tenían en sus manos; habían descuidado pedir el consejo de su Dios. Habían confiado en su propio corazón cuando debían haber buscado dirección de lo alto. El problema era obra suya; solo ellos tenían la culpa.
No podemos menos que respetar la manera en que Josué y los príncipes obraron cuando descubrieron el fraude. Habría sido posible repudiar la alianza alegando que la habían aceptado con engaño. Se hizo sobre la base de la declaración de que los gabaonitas venían de un país lejano, y cuando se vio que eso era del todo falso, habría habido un motivo honroso para repudiar el acuerdo. Pero Josué no se valió de este resquicio. Él y los príncipes tenían tal respeto por la santidad de un juramento que, aun cuando descubrieron que habían sido groseramente engañados, no quisieron retractarse de él. Parece que fueron los príncipes quienes adoptaron esta postura, y lo hicieron frente a la congregación (v. 18). El hecho de que se hubiera invocado el nombre de Jehová Dios de Israel en el juramento hecho a los gabaonitas los obligó a atenerse al acuerdo. Es buena señal de su espíritu que fueran tan celosos del honor de su Dios y de la santidad de su juramento. Salieron del asunto con más honra de la que habríamos esperado. Los intereses personales quedaron subordinados a consideraciones más altas. Cumplieron aquel gran canon de la verdadera religión: ante todo y sobre todo, dar «gloria a Dios en las alturas».
Pero, aunque se perdonó la vida a los gabaonitas, eso fue todo. Habían de quedar reducidos a una especie de esclavitud: ser «leñadores y aguadores para la congregación y para el altar de Jehová». La expresión ha llegado a ser un dicho común para indicar una vida de trabajo pesado, pero quizá no reconocemos todo el alcance de los términos. «Me lo recordaron vivamente», dice el autor de The Land and the Book, «largas filas de mujeres y niños (cerca de El Jib) que llevaban sobre la cabeza pesados haces de leña. [...] Es la forma más dura de trabajo penoso, y muchas veces se ha despertado mi compasión por las pobres mujeres y niños que cada día traen cargas de leña a Jerusalén desde estas mismas montañas de los gabaonitas. Acarrear agua es también muy laborioso y fatigoso. Las fuentes están lejos, en uadis hondos de laderas empinadas, y mil veces he visto a los débiles y a los jóvenes subir tambaleándose por caminos largos y cansados con grandes cántaros de agua sobre la cabeza. Es trabajo de esclavos y de los muy pobres, cuya condición es aún peor. Entre las patéticas lamentaciones de Jeremías no hay nada más conmovedor que esto: "Llevaron a los jóvenes a moler, y los muchachos desfallecieron bajo el peso de la leña". Moler en el molino de mano es un trabajo bajo y servil, asignado a las esclavas, y por tanto enteramente humillante para los jóvenes de Israel. ¡Y los delicados hijos de Sion cayendo bajo las cargas de leña dura y áspera, por los senderos de los montes! ¡Ay! "Por esta causa lloro; mis ojos, mis ojos fluyen aguas, porque se alejó de mí el consolador que dé reposo a mi alma; mis hijos son destruidos, porque el enemigo prevaleció"».
Sobre la historia posterior de Gabaón y los gabaonitas hallamos algunas noticias en el Antiguo Testamento, pero ninguna en el Nuevo. En un tiempo hubo un santuario en Gabaón, aun después de que el arca fue llevada al monte Sion; porque fue en Gabaón donde Salomón ofreció su gran sacrificio de mil holocaustos, y tuvo aquel notable sueño en que, en respuesta a la oferta divina de escoger dones, escogió la sabiduría con preferencia a cualquier otro (1 Reyes 3.4 y ss.). Pero la reaparición más notable de los gabaonitas en la historia es en los reinados de Saúl y David. Por alguna razón desconocida, y probablemente con toda injusticia, Saúl había dado muerte a algunos de ellos. Y en el reinado de David, probablemente en su primera parte, cuando una sucesión de hambres asoló la tierra y se consultó la causa, la respuesta del oráculo fue: «Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas». Y fue para vengar esta matanza injusta que se dio muerte a siete descendientes de Saúl, en aquella ocasión en que Rizpa, madre de dos de ellos, mostró un afecto tan notable guardando sus cadáveres de las fieras y de las aves de rapiña. Es posible que aun después de la cautividad babilónica sobrevivieran algunos gabaonitas con su antiguo nombre, porque se dice en Nehemías que entre los demás que repararon el muro de Jerusalén estaban «Melatías gabaonita y Jadón meronotita, varones de Gabaón y de Mizpa» (3.7). Solo que no se sabe si Melatías era del antiguo linaje gabaonita o un israelita que tenía a Gabaón por ciudad. Mientras sobrevivieron los antiguos gabaonitas, parecen haber tenido una suerte miserable, y la pregunta pudo hacerse a menudo entre ellos: ¿Nos trajo algún bien real nuestro fraude? ¿Vale la pena vivir?
¿Ocurre entre nosotros algo semejante a este fraude de los gabaonitas? Para responder, preguntemos primero qué significan los fraudes piadosos. ¿No son actos en que se recurre al fraude para lograr lo que se supone son fines religiosos? Aun concediendo que el fraude de los gabaonitas no tuvo un fin religioso sino secular —librarse de la espada de Josué—, al practicarlo decían estar honrando a Dios. Es propio de la superstición rebajar a la vez los atributos intelectuales y morales de Dios. A menudo representa que los actos más frívolos, el pronunciar palabras misteriosas o la realización de actos sin sentido, tienen tal poder sobre Dios que producen ciertos resultados deseados. Con más frecuencia sostiene que la crueldad, la falsedad, la injusticia y otros crímenes, si se ponen al servicio de fines religiosos o eclesiásticos, son agradables a los ojos de Dios. ¿Hay algo más verdaderamente odioso que esta separación de la religión de la moralidad y de la humanidad, esta representación de que el fraude y otros actos inmorales tienen valor delante de Dios? ¿Cómo puede algo ser una ganancia religiosa real para un hombre, cómo puede no ser desastroso en sumo grado, si desarrolla en él un espíritu fraudulento, si pervierte su naturaleza moral, si ahonda e intensifica el desorden moral de su corazón? Si los hombres vieran «la hermosura de la santidad», «la hermosura de Jehová», nunca podrían llevar su mente a tan miserables distorsiones. Es pura blasfemia suponer que Dios pudiera rebajarse así. Es degradarse a sí mismo imaginar que cualquier cosa que uno pueda ganar por tales medios compense lo que se pierde, o la culpa contraída con tal maldad.
Y esto sugiere un pensamiento más amplio: el terrible error de cálculo que cometen los hombres siempre que recurren al fraude con la esperanza de sacar provecho de él. Sin embargo, ¿qué práctica es más común? La cuestión es: ¿realmente compensa? ¿Compensa, por ejemplo, hacer trampa en las cartas? ¿No hemos visto recientemente qué castigo tan rápido y terrible puede traer, haciéndonos sentir por el culpable lo que podríamos haber sentido por Caín? ¿Le compensa al comerciante engañar sobre la calidad de sus mercancías? ¿No se llega a saber que no es de fiar, y no le hace perder esa sospecha, a la larga, más de lo que gana? ¿Le compensa al predicador predicar el sermón de otro como si fuera suyo? O, para variar el ejemplo: cuando uno ha atrapado a una doncella con falsas promesas y luego la abandona; o cuando oculta que ya está casado con otra; o cuando se domina por un tiempo para ocultarle su mal genio, o sus hábitos disolutos, o su sed de bebida fuerte, ¿le compensa al final? La cuestión no es si logra su objetivo inmediato, sino cómo termina el asunto. ¿Es un pensamiento cómodo para cualquier hombre haber quebrantado un corazón confiado, haber traído desdicha a un hogar feliz, haber llenado la vida de alguien de lamentaciones, gemidos y ayes? No pensamos solo en la vida futura, cuando tantos agravios saldrán a la luz y tantos hombres y mujeres tendrán que maldecir el desatino que hizo del fraude su amigo y del mal su bien. Pensamos en la felicidad presente de los que viven en una atmósfera de fraude y adoran cada día en su santuario. ¿Pueden tales almas desordenadas conocer algo de paz verdadera y de gozo sólido? En el caso de algunos de ellos, ¿no hay momentos ocasionales de sobriedad, cuando piensan para qué se les dio la vida y comparan sus artificios egoístas y sin corazón con la carrera de los que obran con verdad y viven para hacer el bien? Amargo, muy amargo es el sentimiento que despierta el contraste. Es amargo pensar cuán inepto es uno para la compañía de hombres honrados; cómo el amo a quien sirve es el padre de mentira; y cómo, aun cuando ese amo le concede un éxito momentáneo, es al precio de todo respeto propio y de la pureza de conciencia, y con un oscuro presentimiento de ira en la vida venidera.
Todas las naciones orientales tienen fama de engañosas; pero, en verdad, puede decirse que esa mala hierba florece en todo suelo donde no la ha arrancado un cristianismo vivo. Pero si es especialmente característica de las naciones orientales, ¿no es notable con cuánta constancia se la reprende en la Biblia, aunque ese libro brotó de suelo oriental? Sin duda el relato de la Biblia abunda en ejemplos de engaño, pero su voz está siempre contra ellos. Y sus ejemplos son siempre instructivos. Satanás no ganó nada engañando a nuestros primeros padres. Jacob fue bien castigado por engañar a Isaac. El engaño de David al sumo sacerdote cuando huía de Saúl acarreó al fin la matanza de toda la casa sacerdotal. Ananías y Safira tuvieron una experiencia terrible cuando mintieron al Espíritu Santo. A lo largo de toda la Biblia se ve que los labios mentirosos son abominación a Jehová, pero los que hacen verdad son su contentamiento. ¡Y cuando nuestro bendito Señor viene a mostrarnos la vida perfecta, cuán libre está de la menor mancha o vestigio de engaño! ¡Qué hermosamente transparente es toda su vida y su carácter! Ningún niño pequeño, con su sonrisa honrada y su rostro abierto, fue jamás más sin doblez. A la luz de ese ejemplo perfecto, ¿quién de nosotros no se sonroja por sus errores: por nuestros muchos esfuerzos por ocultar lo que hemos hecho, por parecer mejores de lo que éramos, por aparentar agradar a Dios cuando nos agradábamos a nosotros mismos, o buscar la gloria de Dios cuando en realidad mirábamos por nuestros propios intereses? ¿Es posible que lleguemos alguna vez a ser dignos de tal Señor? Primero, sin duda, debemos ir a su cruz y, lamentando toda nuestra indignidad, buscar la aceptación por medio de su obra consumada. Y luego tomar de su plenitud, gracia sobre gracia; obtener por la morada de su Espíritu aquel elixir de vida que haga correr una sangre más pura por nuestras almas y nos asemeje a Aquel de quien escribió su fiel apóstol: «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca».
Josué 10
De la confederación más amplia de todos los jefes cananeos contra Josué y su pueblo, que se registra al principio del capítulo 9, un número menor, encabezado por Adonisedec, emprendió la tarea particular de castigar a los gabaonitas, quienes no solo se habían negado a unirse a la confederación, sino que, según se pensaba, se habían rendido a Josué con bajeza y traición. Es interesante hallar al rey de Jerusalén, Adonisedec, con un nombre tan semejante al de Melquisedec, rey de Salem, en los días de Abraham. Sin duda, desde los días de Jerónimo ha habido quienes niegan que el Salem de Melquisedec fuera Jerusalén. Pero la gran masa de la opinión está a favor de la identidad de ambos lugares. Melquisedec significa Rey de justicia; Adonisedec, Señor de justicia; en sustancia lo mismo. Era un nombre notable para un gobernante, y es digno de notarse que se conservara tanto tiempo, aunque en tiempos de Adonisedec su significado probablemente se había olvidado. Jerusalén estaba apenas a cinco millas al sur de Gabaón; las otras cuatro capitales, cuyos jefes se unieron a la expedición, estaban más lejos. Hebrón, dieciocho millas al sur de Jerusalén, era memorable en la historia patriarcal como morada de Abraham y lugar de sepultura de su familia; Jarmut, apenas mencionada en la historia posterior, está representada hoy por Yarmuk, a seis millas de Jerusalén; Laquis, de la que tenemos frecuente mención en la Escritura, está probablemente representada por Um Lakis, unas quince millas al suroeste de Jerusalén; y Eglón por Ajlan, un poco más al oeste. Los cinco pequeños reinos abarcaban la mayor parte del territorio conocido después como la tribu de Judá, y debían de ser mucho más que suficientes para Gabaón. Sus jefes son llamados «los cinco reyes de los amorreos», pero esto no implica que fueran exclusivamente de raza amorrea, pues «amorreo», como «cananeo», se usa a menudo de modo genérico para designar a todos los habitantes (como en Génesis 15.16). Los cinco jefes estaban tan cerca de Gabaón que era muy natural que emprendieran esta expedición. Sin duda calcularon que, al hacer un tratado con Josué, los gabaonitas habían fortalecido las manos de él y debilitado las de sus adversarios; habían hecho más difícil a la confederación la resistencia contra Josué, y por tanto merecían castigo. Volver sus armas contra Gabaón, cuando tenían que habérselas con Josué, fue probablemente una medida imprudente; pero, dados sus recursos, les parecería una tarea muy fácil. Gabaón no gozaba de nada de aquella ayuda de un gran Poder invisible que hacía a Josué tan temible; poco podían imaginar que Josué acudiría en auxilio de sus nuevos aliados y, con la ayuda de Dios, les infligiría una derrota aplastante. «Jehová hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones».
El caso era muy grave para los gabaonitas. Como Gabaón estaba tan cerca de Jerusalén y de las ciudades de los demás confederados, es probable que la aparición del enemigo ante sus muros fuera el primer aviso, o casi el primero, del ataque que se avecinaba. En su apuro enviaron a Josué a implorar ayuda, y los términos en que le suplicaban que no perdiera un momento, sino que viniera a ellos con la mayor rapidez posible, muestran lo urgente de su peligro. Apelar siquiera a Josué después de su vergonzoso fraude era un atrevimiento, a menos que —y esto es muy improbable— el tratado entre ellos hubiera prometido protección contra los enemigos. Si Josué hubiera sido de naturaleza mezquina, se habría regodeado en su angustia y se habría felicitado de que ahora se libraría de esos gabaonitas sin esfuerzo de su parte. Pero la misma generosidad que se había negado a sacar ventaja del fraude de ellos cuando fue descubierto se manifestó en esta hora de necesidad. Josué estaba acampado en Gilgal, a orillas del Jordán; pues los argumentos que lo suponen en otro Gilgal no concuerdan con los términos usados en el relato (por ejemplo, v. 9: «subió toda la noche desde Gilgal»). De Gilgal a Gabaón hay más de veinte millas, y gran parte del camino es empinada y difícil.
Animado por la seguridad de la protección divina y favorecido por la luz de la luna, Josué, con un acto maravilloso de arrojo y energía, subió de noche, llegó a Gabaón por la mañana, cayó sobre el ejército de los reyes reunidos, quizá estando todavía oscuro, y lo desbarató por completo. Lo natural habría sido que los ejércitos derrotados se dirigieran a Jerusalén, a solo cinco millas, por el camino del sur; pero o Josué había ocupado ese camino, o era demasiado difícil para una retirada. El camino por el que sí se retiraron, que corre al oeste de Gabaón, se describe con cuidado. Primero tomaron el camino «que sube a Bet-horón». En cuanto hubieron atravesado la llanura de Gabaón, subieron una suave pendiente que lleva hacia Bet-horón la de arriba; luego huyeron cuesta abajo por el conocido desfiladero, a través de las dos Bet-horón, la de arriba y la de abajo, rumbo a Jarmut, Laquis y otras poblaciones al pie de los montes. En el curso de su descenso los alcanzó una granizada, una de esas tormentas terribles que nos parecen casi increíbles, pero que están abundantemente atestiguadas tanto en tiempos antiguos como modernos, y «fueron más los que murieron por las piedras del granizo, que los que los hijos de Israel mataron a espada». Los israelitas, agotados sin duda por su marcha nocturna y sus esfuerzos de la mañana, parecen haber quedado atrás del ejército fugitivo, y de este modo haberse librado de la lluvia de granizo. Para cuando los cinco reyes, que habían tenido que huir a pie, llegaron a Maceda al pie de las montañas, no podían ir más lejos y se escondieron en una cueva. Al pasar Josué se le informó de ello, pero, no queriendo detener la persecución de los fugitivos, mandó rodar grandes piedras a la boca de la cueva, encerrando a los reyes como en una prisión, y sin duda dejando una guardia a su cargo. Luego, cuando la persecución se había llevado hasta las mismas puertas de las ciudades amuralladas, volvió a la cueva. Los cinco reyes fueron sacados, y los jefes del ejército israelita pusieron sus pies sobre los cuellos de ellos. Los reyes fueron muertos, y sus cuerpos colgados en maderos hasta la tarde.
Después Josué atacó las principales ciudades de los confederados y tomó sucesivamente Maceda, Libna, Laquis, Eglón, Hebrón y Debir. Nada se dice de que tomara Jerusalén; de hecho, la historia posterior muestra que la fortaleza de Jerusalén en el monte Sion permaneció en manos jebuseas hasta el tiempo de David. Muchos de los habitantes pudieron escapar de la destrucción, pero en sustancia Josué estaba ahora en posesión de toda la división meridional del país, desde el Jordán al oriente hasta los confines de los filisteos al occidente, y desde Gabaón al norte hasta el desierto al sur. No parece, sin embargo, que conservara la plena posesión; mientras estaba ocupado en otras partes del país, la gente volvió y ocupó sus ciudades. La clemencia de Josué al no destruir a los habitantes fue fuente de mucha aflicción futura.
En toda la historia posterior del país se recordó la victoria de Gabaón, y con justicia, como una de las más memorables que jamás se hubieran conocido. Por su prontitud, su ímpetu y su audacia nunca fue eclipsada por ningún suceso de su clase; mientras que la fuerza del ejército confederado, lo completo de su derrota y lo pintoresco de toda la situación suministraban constantemente materia de asombro y deleite. Además, la mano de Dios se había mostrado de manera manifiesta en más de un modo. La granizada que causó tal estrago se atribuyó a su mano amiga; pero una prueba mucho más memorable de su interés y apoyo estuvo en el milagro que detuvo los movimientos del sol y de la luna, para que el Israel victorioso tuviera tiempo de acabar su obra. Y después de la victoria la toma de las ciudades fortificadas se volvió comparativamente fácil. El remanente que había escapado no podía tener ánimo para defenderlas. Josué debió de sonreír ante la suerte de las «ciudades amuralladas hasta el cielo» que tanto habían angustiado a sus hermanos espías cuando subieron a reconocer la tierra. Y al verlas ceder una tras otra ante su ejército, como si su amparo realmente se hubiera apartado de ellas, debió de sentir con nueva gratitud la fidelidad y la misericordia del Señor, y orar fervientemente para que ni su fe ni la de su pueblo desfallecieran hasta que toda la campaña llegara a su fin.
En algunos aspectos esta victoria tiene un significado especial. En primer lugar, tuvo una relación importantísima con el éxito de toda la empresa; su rapidez, su carácter completo y su grandeza múltiple eran admirablemente aptos para paralizar al enemigo en otras partes del país y abrir toda la región a Josué. Algunos la han comparado con la batalla de Maratón, no solo por la rapidez con que se asestó el golpe decisivo, sino también por la importancia de los intereses en juego. Fue una batalla por la libertad, por la pureza, por la religión verdadera, frente a la tiranía, la idolatría y una sensualidad abominable; por todo lo que es sano en la vida humana, frente a todo lo que es corrupto; por todo lo que favorece el progreso pacífico, frente a todo lo que acarrea degradación y miseria. Las perspectivas del mundo entero fueron más brillantes después de aquella victoria de Bet-horón. La relación del cielo con la tierra fue más propicia y más llena de promesa para los días venideros. Si hubiera ocurrido algún tropiezo en los planes; si Israel se hubiera detenido a mitad de las laderas orientales y las tropas de Adonisedec lo hubieran rechazado; si el forcejeo en la llanura de Gabaón hubiera resultado demasiado para ellos después de su fatigosa marcha nocturna; si no se hubiera desatado ninguna granizada sobre el enemigo en retirada; si este hubiera podido rehacerse al pie occidental de los montes y detener el avance de Josué en la persecución, toda la empresa habría tenido otro cariz. Sin duda el brazo divino podría haberse extendido a favor de Israel de alguna otra manera; pero lo notable fue que no se necesitó ningún modo suplementario de lograr el resultado deseado. En cada punto el éxito de Israel fue completo, y todo obstáculo que el enemigo le opuso fue barrido, por el momento, como humo ante el viento.
En segundo lugar, las señales de la ayuda divina fueron muy impresionantes. Después de la experiencia que Josué había tenido de las consecuencias de no consultar a Dios cuando los gabaonitas vinieron a él por primera vez, podemos estar muy seguros de que en esta ocasión tendría un cuidado particular en buscar el consejo divino. Y fue bien recompensado. Pues «el sol se detuvo y la luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos». No hace falta decir que este incidente milagroso ha dado origen, de principio a fin, a una inmensidad de perplejidad y discusión. Se observará que su registro no entra como parte del relato, sino como una cita de un libro preexistente. De ese libro sabemos muy poco. Por su nombre, Jaser, «El recto», podemos creer que fue un registro de hechos memorables de hombres justos. En su forma era una obra poética, pues el extracto en el presente caso tiene aquella estructura rítmica que era la marca de la poesía hebrea. La única otra ocasión en que se menciona es en relación con el cantar compuesto por David después de la muerte de Saúl y Jonatán (2 Samuel 1.18). «David» (como dice la Versión Revisada) «dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá el cantar del arco; he aquí que está escrito en el libro de Jaser». En cuanto al origen y la naturaleza de este libro solo podemos conjeturar. Puede haber sido un registro público, al que diversos escritores contribuyeron de tiempo en tiempo, en condiciones y disposiciones que, a esta distancia de tiempo y en la oscuridad de todo el asunto, no podemos averiguar.
En cuanto, pues, al milagro del sol y la luna detenidos. Es bien sabido que este fue uno de los pasajes que la Iglesia de Roma presentó para condenar a Galileo, cuando afirmó que la tierra y la luna giraban alrededor del sol, y que no era el movimiento del sol alrededor de la tierra, sino la rotación de la tierra sobre su propio eje, lo que producía el cambio del día y la noche. Nadie soñaría hoy con usar este pasaje para semejante propósito. Cualquiera que sea la teoría de la inspiración que se sostenga, se admite universalmente que los escritores inspirados usaron el lenguaje popular de su época en asuntos de ciencia, y no anticiparon descubrimientos que no se hicieron sino muchos siglos después. Que en la Escritura aparezcan expresiones que no concuerdan con las conclusiones mejor establecidas de la ciencia moderna nunca sería considerado por una persona inteligente como un argumento contra las Escrituras como registro inspirado de la voluntad de Dios, destinado especialmente a revelarnos el camino de la vida y de la salvación por medio de Jesucristo, y a ser para nosotros una guía infalible en todo lo que «el hombre ha de creer acerca de Dios, y el deber que Dios requiere del hombre».
Se ha planteado una cuestión mucho más seria: si este milagro ocurrió alguna vez, o si pudo haber ocurrido. Para quienes creen en la posibilidad de los milagros, no puede ser argumento concluyente que no pudo ocurrir sin producir consecuencias perjudiciales cuyo fin apenas puede concebirse. Pues si la rotación de la tierra sobre su eje se hubiera detenido de repente, todos los seres humanos sobre su superficie, y todos los objetos sueltos, habrían sido lanzados hacia adelante con violencia prodigiosa; así como, en pequeña escala, al detenerse de repente un carruaje nos sentimos arrojados hacia adelante, por haberse comunicado a nuestros cuerpos el movimiento del carruaje. Pero en realidad esta es una objeción mezquina; porque seguramente el poder divino que puede gobernar la rotación de la tierra es sobradamente capaz de evitar efectos como estos. Podemos entender la objeción de que Dios, habiendo ajustado todas las fuerzas de la naturaleza, las deja operar por sí mismas de modo uniforme, sin perturbación ni interferencia; pero difícilmente podemos comprender lo razonable de la postura según la cual, si le place modificar milagrosamente una disposición, no puede ajustar todas las disposiciones relacionadas y hacer que todas concurran armoniosamente al fin deseado.
Pero ¿fue un milagro? El relato, tal como lo tenemos, implica no solo que lo fue, sino que hubo en él algo asombroso y sin precedente. Entra como parte de aquel proceso sobrenatural en que Dios había estado ocupado desde la liberación de su pueblo de Egipto, y que había de continuar hasta que quedara definitivamente establecido en la tierra. Se une naturalmente a la división milagrosa del Jordán y a la caída milagrosa de los muros de Jericó. Debemos recordar que la obra en que Dios estaba ahora ocupado era de peculiar importancia y significación espiritual. No solo estaba hallando un hogar para su pueblo del pacto; estaba disponiendo el adelanto de los más altos intereses de la humanidad; estaba precaviendo la extinción en la tierra de la luz divina, la única que podía guiar al hombre con seguridad por la vida presente y prepararlo para la venidera. Estaba tomando medidas para impedir una ruptura final y fatal de la relación entre Dios y el hombre, y aun preparaba el camino para un desarrollo mucho más completo y glorioso de esa relación, que habría de verse en la persona de su Hijo encarnado, el Josué espiritual, y hacerse posible para los hombres por aquella gran obra de propiciación que él habría de consumar en la cruz. ¿Quién se atreverá a decir que, en una crisis importante del curso de los acontecimientos que habían de preparar el camino para esta gran consumación, no era propio del Todopoderoso suspender por un tiempo aun las ordenanzas del cielo, a fin de que la obra de un día, de consecuencias tan vastas, no fuera interrumpida antes de su triunfal conclusión?
Hay comentaristas dignos de alto respeto que han pensado que el hecho de que este incidente se consigne en forma de cita del libro de Jaser disminuye algo el crédito que se le debe. Parece como si no hubiera formado parte del relato original, sino que un editor posterior lo hubiera insertado tomado de un libro de poesía, expresado con licencia poética y quizá de fecha posterior. Se inclinan a considerar las palabras de Josué, «Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón», como mera expresión de su deseo de que la luz durara lo bastante para que la obra decisiva del día llegara a una conclusión completa. Lo ven como algo afín a la oración de Agamenón (Ilíada, ii. 412 y ss.) de que el sol no se pusiera hasta que hubiera saqueado Troya; y consideran que la forma de las palabras es propia de una composición poética, como algunas de las expresiones del salmo dieciocho: «Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron por él encendidos. Inclinó los cielos, y descendió; y cabalgó sobre un querubín, y voló».
Pero, cualquiera que sea el margen que concedamos a la licencia poética del lenguaje, apenas es posible no percibir que las palabras, tal como están, implican un milagro de extraordinaria sublimidad; ni vemos razón suficiente para resistir la creencia común de que, de cualquier manera que se efectuara, hubo una prolongación sobrenatural del período de luz para permitir a Josué acabar su obra.[13]
13 Apenas parece necesario mencionar una explicación del fenómeno propuesta últimamente, según la cual fue por la mañana, y no por la tarde, cuando Josué expresó su deseo. Habría deseado que el sol retrasara su salida por el oriente para impedir que los reyes aliados en torno a Gabaón se enteraran de su llegada, deseo que se habría cumplido virtualmente por aquel estado oscuro y nublado del cielo que precede a una tormenta. El sentido natural del relato no admite ni esta explicación de la hora ni la del milagro mismo.
Otro rasgo notable de lo sucedido aquel día fue lo completo de la derrota que Josué infligió al enemigo. Esta derrota prosiguió en etapas sucesivas desde muy temprano por la mañana hasta muy entrada la noche. Primero, la matanza en la llanura de Gabaón. Luego, el estrago causado por el granizo y por Josué en el ejército en retirada. Luego, la destrucción causada al seguir Josué al enemigo hasta sus ciudades. Y la obra del día se concluyó con la ejecución de los cinco reyes. Además, siguió una sucesión de escenas semejantes en la toma y el saqueo de sus ciudades. Cuando intentamos imaginar todo esto en detalle, nos enfrentamos a una terrible escena de sangre y muerte, y quizá nos sorprendamos preguntando: ¿Había una partícula de humanidad en Josué, para que fuera capaz de semejante serie de actos? Ciertamente Josué fue un gran soldado, y un gran soldado religioso, pero en muchos aspectos se parecía a su tiempo. Tenía muchas de las cualidades de los comandantes orientales, y una de esas cualidades ha sido siempre llevar la matanza hasta el límite máximo que la ocasión permite. Su trato a los reyes vencidos también estuvo marcado por una barbarie característicamente oriental, pues hizo que sus capitanes pusieran los pies sobre sus cuellos, amargando innecesariamente sus últimos momentos, y expuso sus cadáveres a la humillación innecesaria de ser colgados de un madero. Pero debe decirse, y decirse con firmeza a favor de Josué, que no hay prueba de que en esta ni en otras ocasiones semejantes obrara para satisfacer sentimientos personales; no lo hizo ni para saciar una sed de sangre ni para satisfacer el orgullo de un conquistador. Josué nos da en todo momento la impresión de un hombre que cumple la voluntad de otro; que ejecuta una sentencia judicial, y la ejecuta a fondo desde el principio para que no haya necesidad después de una serie constante de pequeñas ejecuciones. Este era ciertamente su propósito; pero el enemigo resultó tener más vitalidad de la que él había supuesto.
Y cuando nos volvemos a nosotros mismos y pensamos qué podemos aprender de este suceso, vemos una valiosa aplicación de su método a la guerra espiritual. Dios tiene todavía enemigos, dentro y fuera, contra los cuales somos llamados a luchar. «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Cuando luchamos contra el enemigo dentro de nuestro propio corazón, la indulgencia es nuestra gran tentación, pero al mismo tiempo nuestra mayor trampa. Lo que aquí necesitamos es valor para matar. Nos contentamos con confesiones y pesares, pero el enemigo vive, vuelve al ataque y nos mantiene en perpetua desazón. ¡Ojalá en esta batalla nos pareciéramos a Josué, procurando matar al enemigo de una vez, sin dejar con vida nada que le pertenezca!
Y respecto al mundo de afuera, la falta de rigor en la guerra sigue siendo nuestro pecado habitual. Jugamos a las misiones; tratamos con ligereza la espantosa embriaguez y sensualidad que nos rodean; miramos y vemos cómo los distritos rurales se despueblan poco a poco; y nos retorcemos las manos ante la masa de pobreza, vicio y miseria de nuestras grandes ciudades populosas. ¡Qué raro es que alguien se levante entre nosotros como el general Booth, para hacer frente a los males imperantes en toda su magnitud, y aun intentar combatirlos a lo largo de todo el frente! ¿Por qué no habría de ser universal tal espíritu en la Iglesia cristiana? ¿Quién puede decir el mal causado por la falta de fe, por la languidez, por la renuencia a ser perturbados en nuestra vida tranquila y complaciente, por nuestro temor de despertar contra nosotros el desprecio y la ira del mundo? ¡Si la Iglesia tuviera más fe y, como fruto de la fe, más valor y más iniciativa, qué ayuda del cielo no le vendría! Es cierto que no vería al enemigo aplastado por piedras de granizo, ni al sol detenido en Gabaón, ni a la luna en el valle de Ajalón; pero vería cosas más grandiosas; vería hombres de poder espiritual levantados en sus filas; vería mareas de fuerte influencia espiritual arrollando a sus enemigos, Jericós desmantelados, Hais capturados, y a los adalides del mal cayendo como Lucifer del cielo para dar paso al Rey de reyes y Señor de señores.
Vayamos a la cruz de Jesús para avivar nuestra fe y renovar nuestras energías. El Capitán de nuestra salvación no solo ha obtenido la salvación para nosotros, sino que nos ha dado un bendito ejemplo del espíritu y la vida de los verdaderos guerreros cristianos.
«Ante el nombre de Jesús huyen las legiones de Satanás;
¡adelante, pues, soldados cristianos, adelante a la victoria!
Tiemblan los cimientos del infierno al grito de alabanza;
hermanos, alzad vuestras voces, ¡elevad fuerte vuestros himnos!»
Josué 11 y 12
Hay cierta apariencia de confusión en los términos con que se presenta la gran confederación de príncipes nativos contra Israel. Al principio del capítulo noveno se describe una coalición que abarcaba todo el país, norte y sur, oriente y occidente, reunida para pelear contra Josué y contra Israel. No se dice nada más hasta después del tratado con los gabaonitas, cuando cinco de estos reyes confederados que residían en el sur, no lejos de Gabaón, juntan sus fuerzas para sitiar esa ciudad. De la completa derrota y ruina de estos cinco reyes y de algunos de sus vecinos acabamos de leer. Y ahora leemos que, después de estas cosas, Jabín, rey de Hazor, envió mensaje a sus vecinos y a todos los príncipes de la parte norte del país, y organizó un movimiento conjunto contra Israel, cuyo punto de reunión señalado fueron las aguas de Merom, en el extremo norte del país. La afirmación del principio del capítulo noveno, de que los confederados «se concertaron», parece hecha por anticipación, pues la reunión efectiva no tuvo lugar sino en las ocasiones señaladas en los capítulos décimo y undécimo respectivamente. El plan de la confederación se formó sin duda poco después de la caída de Jericó y Hai, y entonces comenzaron a hacerse los preparativos de un vasto movimiento unido. Pero necesariamente había de consumir un tiempo considerable reunir una hueste tan vasta. Entretanto había ocurrido otro suceso. Los gabaonitas se habían negado a unirse a la confederación y habían hecho paz con Josué. Sus vecinos se irritaron sobremanera, en especial Adonisedec de Jerusalén, y sin esperar el movimiento general procedieron en seguida a castigar su traición. Como ya hemos dicho, sin duda pensaron que sería tarea fácil. Para sorpresa de todos, Josué, con una actividad que no podían haber esperado, se apresuró a socorrer a Gabaón e infligió a los confederados una derrota que equivalió a la ruina absoluta.
No se ha notado generalmente cuán notablemente el fraude gabaonita, y la conducta honorable de Josué en relación con él, contribuyeron al final al bien de Israel. Si Josué, después de descubrir el fraude, hubiera repudiado su tratado y atacado y exterminado a los gabaonitas, o si hubiera desatendido su llamado de auxilio y dejado que Adonisedec los aplastara, nada habría impedido que los reyes del sur se unieran a los del norte, presentando así a Josué la oposición más temible que jamás se haya reunido en defensa de un país. La magnífica hazaña de Josué en la llanura de Gabaón, por el desfiladero de Bet-horón y en el valle de Ajalón, frustró por completo semejante arreglo. Los ejércitos de los reyes del sur quedaron destruidos o desmoralizados. Y aunque las fuerzas unidas del norte, con sus vastos recursos de guerra, constituían todavía un adversario temibilísimo, el caso habría sido muy distinto si ambos se hubieran combinado, o si uno de ellos hubiera acosado la retaguardia de Josué mientras él estaba empeñado de frente con el otro. Nada podía haber resultado más ventajoso para Israel que la conducta de los gabaonitas, que apartó una sección tan grande y poderosa de los confederados y la expuso así, separada, a la espada de Josué.
A Josué no se le permitió un largo descanso en Gilgal después de sus tratos con Adonisedec y sus hermanos. Sin duda la noticia de aquel tremendo desastre avivaría las energías de los reyes del norte. La cabeza de la nueva conspiración era Jabín, rey de Hazor. Jabín era evidentemente un nombre oficial que llevaba el gobernante principal de Hazor, como Faraón en Egipto, pues cuando, en un período posterior, el lugar ha recobrado algo de su importancia y vuelve a aparecer como capital cananea, Jabín es otra vez el nombre de su gobernante principal (Jueces 4.2).
La ubicación de Hazor ha sido disputada por los geógrafos, y Robinson, de ordinario tan exacto, difiere de otras autoridades. La asigna a una ciudad en ruinas sobre una colina llamada Tell Khuraibeh, que domina el lago Merom, por poca otra razón que la de que parece responder a las condiciones de los diversos relatos en que aparece Hazor. Por otra parte, el autor de The Land and the Book la asigna a un lugar todavía llamado Hazere, un poco al oeste de Merom, cuyos restos yacen en una gran cuenca natural y se extienden muy arriba por la colina, hacia el sur. «Montones de piedra labrada, vieja y carcomida; fosos abiertos, pozos profundos y vastas cisternas excavadas en la roca viva: estos son los indicios inequívocos de una ciudad importante [...] Pregunté a un anciano jeque a qué santo se honraba allí. Con voz fuerte y resuelta, como para dar certeza a un punto dudoso, respondió: Neby Hazûr, que peleó con Yeshua Ibn Nun». El asunto no es de gran importancia; todo lo que importa saber es que Hazor estaba situada cerca del lago Merom y era la capital de un reino poderoso.
Se nombran las ciudades de algunos de los otros confederados, pero no es fácil identificarlas todas. Se desconoce el sitio de Madón, Simrón y Acsaf, pero al parecer no estaban lejos de Hazor. «El Arabá al sur de Cineret» (v. 2, Versión Revisada) designa la llanura del Jordán al sur del lago de Galilea; el valle, o «tierra baja» (Versión Revisada), designa la llanura marítima desde los filisteos hacia el norte; «las alturas de Dor al occidente» (Versión Revisada), o tierras altas de Dor (Speaker's Commentary), las colinas en torno a una ciudad de la costa, cerca del pie del Carmelo, prominente en la historia posterior, pero hoy reducida a una aldea con unas cuantas casas pobres. El historiador sagrado, sin embargo, no intenta enumerar todos los lugares de donde procedía la confederación, y recurre a la antigua fórmula comprensiva: «al cananeo que estaba al oriente y al occidente, al amorreo, al heteo, al jebuseo en las montañas, y al heveo al pie de Hermón en tierra de Mizpa». «El cananeo al occidente» comprendía a la gente de Sidón, pues se dice expresamente que Josué persiguió a una banda de fugitivos hasta esa ciudad (v. 8). La concentración debió de ser extraordinaria, tan numerosa «como la arena que está a la orilla del mar». Josefo da las cifras de 300.000 hombres de a pie, 10.000 de a caballo y 20.000 carros; pero difícilmente podemos conceder mucho valor a sus números. «Caballos y carros de guerra» eran un arma desconocida para los israelitas, contra la cual hasta entonces nunca habían luchado. Esta vasta hueste se reunió y acampó junto a las aguas de Merom. Merom, llamado hoy Huleh, es el pequeño lago donde, como ya se dijo, se unen los tres arroyos que forman el Jordán. Su tamaño varía en verano y en invierno. Al norte se extiende una gran llanura, suficiente para el campamento de un gran ejército. Fue en esta llanura o cerca de ella donde Abraham alcanzó y derrotó a los reyes de Mesopotamia, rescatando a Lot y todo lo que se había tomado de Sodoma (Génesis 14.14, 15). Ahora otra vez está llena de una hueste poderosa: hasta donde alcanza la vista, la llanura se oscurece con los innumerables escuadrones del enemigo. Probablemente, después de reunirse aquí, su intención era descender por el valle del Jordán hasta dar con Josué en Gilgal, o en cualquier otro lugar que él escogiera para salirles al encuentro. Pero si tal era su intención, fueron burlados por la actividad y la intrepidez de Josué, quien resolvió, a pesar de su número abrumador, tomar la ofensiva y, marchando como antes con extraordinaria rapidez, caer sobre ellos por sorpresa y sumirlos de inmediato en la confusión, de modo que no pudieran meter en la acción sus carros y caballos.
Era una empresa muy seria para Josué, y antes de intentarla necesitaba mucho el aliento de Jehová: «No tengas temor de ellos, porque mañana a esta hora yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel; desjarretarás sus caballos, y sus carros quemarás a fuego». No en el número ni en la valentía de su propio pueblo, aunque lo había apoyado nobilísimamente, había de poner su confianza, sino en el poder de Dios. «Domina en medio de tus enemigos» era su consigna, como lo fue después de aquel otro Josué, cuyas batallas no fueron con estruendo ni con vestidos revolcados en sangre, sino triunfos de la verdad y del amor. ¿Dónde había de hallarse el verdadero guerrero sino en medio de sus enemigos? Josué lo sabía y, con la ayuda prometida de Dios, no rehuyó la posición, aunque sus adversarios eran como la arena de la orilla del mar, con una multitud correspondiente de carros y caballos. Jesús también lo sabía y, apoyado en la misma promesa, no se arredró ante el conflicto en su propia persona; ni vaciló en enviar a sus apóstoles por todo el mundo a predicar el evangelio a toda criatura, esperando una victoria no menos completa que la de Josué cuando las hordas de los cananeos fueron dispersadas delante de él.
«Mañana a esta hora yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel». Cuando recibió esa seguridad, Josué debía de haber salido ya de Gilgal algunos días antes, y estaba a una distancia moderada de Merom. No había de haber demora en la consumación de la empresa. «Mañana a esta hora». Aunque, por regla general, los molinos de Dios muelen despacio, hay tiempos en que su velocidad se acelera maravillosamente. Él tiene a veces mañanas maravillosos. Cuando Ezequías contemplaba aterrado las huestes de Senaquerib enroscadas en torno a Jerusalén, Dios tenía un «mañana a esta hora» en que el terror se cambiaría por un glorioso alivio. Cuando los apóstoles se reunieron en el aposento alto y se preguntaban cómo podrían jamás conquistar el mundo para su Maestro, había un «mañana» a la mano, cuando el Espíritu había de «descender como la lluvia sobre la hierba cortada, como el rocío que destila sobre la tierra». Cuando, al fin del mundo, abunde la iniquidad y la fe esté baja, y los burladores pregunten: «¿Dónde está la promesa de su advenimiento?», vendrá un «mañana a esta hora» en que los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. ¡Resiste, valiente Josué, un poco más; resistid también vosotros, soldados del Señor Jesús, aunque todos los poderes de las tinieblas estén coligados contra vosotros; resistid, santos que sufrís, cuyos días de dolor y noches de desvelo son tal fatiga para vuestra carne; el glorioso «mañana» puede estar a la mano, que ha de acabar vuestras aflicciones y traeros la victoria!
«Esperamos un mañana radiante;
todo estará bien».
Y todo estuvo bien para Josué. Llegando de repente a las aguas de Merom, cayó sobre la poderosa hueste del enemigo, que, tomada por sorpresa, parece no haber asestado un solo golpe, sino haber sido presa de inmediato de aquel pánico que tan completamente desmoraliza a las hordas orientales, y haber huido consternada. En tres grandes corrientes buscaron los fugitivos sus hogares. Una parte se dirigió a Misrefot-maim, al suroeste, representada hoy, según se cree, por Musheirifeh en el borde norte de la llanura de Acre; otra tomó dirección noreste por el valle del alto Jordán, o al oriente de Hermón, hacia el valle de Mizpa; una tercera, pasando por la garganta del Litani, se dirigió a la gran Sidón, en el lejano norte. Josué mismo parece haber perseguido a esta columna de fugitivos y, recorriendo un sendero áspero de más de cuarenta millas, no haberla abandonado hasta que se refugió tras los muros de Sidón. Si hubiera atacado y destruido aquella fortaleza, habría podido cambiar para bien mucho de la historia futura de su país; pues las Jezabeles y Atalías de días posteriores estuvieron entre los peores enemigos de Israel. Pero no se consideró llamado a ese deber. Parecía más urgente demoler Hazor, la capital de la confederación que acababa de dispersar. Así, «volviendo Josué, tomó en el mismo tiempo a Hazor, y mató a espada a su rey; pues Hazor había sido antes cabeza de todos estos reinos». Por esta razón Hazor fue tratada como Jericó, destruida por completo, como lo fueron también las otras ciudades de los reyes confederados. Se perdonó una clase de ciudades, llamadas en nuestra versión «las ciudades que estaban sobre colinas» (la Versión Revisada dice mejor «las ciudades que estaban sobre sus montículos»). La costumbre a que se alude es la de edificar las ciudades sobre montículos o colinas para su protección. Con excepción de Hazor, ninguna de ellas fue destruida. La razón probablemente fue que habría costado demasiado tiempo. Pero fue en tales lugares donde los antiguos habitantes se rehicieron y atrincheraron, y desde ellos pudieron en años posteriores causar muchas pérdidas y dar gran molestia a Israel. Josué, sin embargo, no había recibido instrucciones de destruirlas; quedaron para servir a un propósito en el plan divino de disciplina (Jueces 2.3), y aunque Israel fue a menudo humillado bajo ellas, sus ataques resultaron ocasiones de reagruparse, que lo hacían volver a Dios, cuyo culto estaba tan dispuesto a descuidar.
Así quedó virtualmente completada la conquista de la Palestina occidental. Primero, al tomar Jericó, Josué se había adueñado del valle del Jordán y establecido una comunicación expedita con Basán y Galaad, que las dos tribus y media habían recibido por heredad. Con la conquista de Hai y Bet-el se había abierto camino a la gran meseta de la Palestina occidental, y con su tratado con los gabaonitas había extendido su dominio un trecho considerable más al sur y al oeste. Luego, con la gran victoria de Bet-horón, había aplastado a los jefes del sur y se había adueñado, al menos por el momento, de todo aquel sector. En cuanto a los habitantes de la parte central, no sabemos (como ya hemos dicho) cómo se trató con ellos, pero lo más probable es que estuvieran demasiado atemorizados para resistirle.
La sección norte había sido sometida en Merom y muy quebrantada por la persecución de Josué después de la batalla allí. Las únicas partes importantes del país de las que no se adueñó fueron la tierra de los filisteos, la franja costera dominada por Tiro y Sidón, y algunos reinos pequeños al noreste. Parece que en las instrucciones que recibió de Moisés no estaban incluidas, pues se dice expresamente de él que «no quitó palabra de todo lo que Jehová había mandado a Moisés». Se hace hincapié en que sus conquistas no se limitaron a una sección o clase de territorio, sino que abarcaron el conjunto. «Tomó, pues, Josué toda aquella tierra, las montañas, todo el Neguev, toda la tierra de Gosén, los llanos, el Arabá, las montañas de Israel y sus valles; desde el monte Halac [o el monte pelado; al sur], que sube hacia Seir [la tierra de Edom], hasta Baal-gad en la llanura del Líbano, a la falda del monte Hermón [en el norte]; tomó asimismo a todos sus reyes, y los hirió y mató». El «Gosén» de que aquí se habla no puede ser, desde luego, el Gosén egipcio, pues esta ciudad estaba en las cercanías de Gabaón (10.41); pero su sitio no ha sido identificado.
Se nos dice que las guerras de Josué ocuparon mucho tiempo. Probablemente consumieron de cinco a siete años, pues aunque las batallas campales de Bet-horón y Merom decidieron virtualmente el dominio del país, debió de haber mucha guerra de guerrillas, y los sitios de las diversas ciudades debieron de requerir mucho tiempo. La lista de los reyes sometidos, tal como se da en el capítulo 12, es un documento notable. Aun concediendo que, aunque llamados reyes, eran en su mayoría pequeños caudillos, eran sin embargo bastante temibles para un pueblo pastoril no acostumbrado a los oficios de la guerra; y era muy llamativo que ninguno de ellos por sí solo, ni todos ellos juntos, pudieran con Josué. Si Josué no fue ayudado divinamente, la conquista de todos estos caudillos y la toma de sus ciudades es el suceso más inexplicable de la historia.
Hacia el final del capítulo undécimo se hacen dos afirmaciones adicionales. Una es que, con la sola excepción de Gabaón, ninguno de los jefes ni de las ciudades intentó hacer paz con Josué. «Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos, y que no les fuese hecha misericordia, sino que fuesen desarraigados, como Jehová lo había mandado a Moisés». Habría sido muy embarazoso para Josué que se hubieran sometido espontáneamente y se hubieran entregado a su generosidad, pues sus órdenes eran destruirlos. Pero esta dificultad no surgió. Ninguna de las ciudades parece haber compartido la convicción de los gabaonitas de que la oposición era inútil, de que Israel de seguro prevalecería y se adueñaría del país. Cuando a los hombres se les sube el orgullo, como dice la frase común, son capaces de prodigios en arrostrar peligros y soportar sufrimientos. Aun la resistencia de los mártires no puede atribuirse enteramente a la santa fe y la lealtad a Dios; en muchos casos, sin duda, algo se debió a aquel espíritu tenaz que no se somete, que no se deja vencer, que soporta privaciones increíbles antes que rendirse. El efecto de esta resistencia de los cananeos fue que, si por un lado aumentó la tarea de Josué, por otro la simplificó. Siglos antes, Dios había dado el país a los padres de la nación hebrea. Aquel pueblo venía ahora a exigir en nombre de Dios la posesión de la tierra que él les había dado. Si las naciones se hubieran sometido voluntariamente, habrían tenido que dejar el país para buscar nuevos asentamientos en otra parte. Al resistir, obligaron a Josué a enfrentarlas con la espada; y habiendo resistido a Israel con todas sus fuerzas, no quedaba sino que sufrieran la suerte que tan ferozmente habían provocado.
Que algunos de los cananeos sí dejaron el país parece muy probable, aunque poca importancia ha de darse a la afirmación de Procopio de que, después de probar Egipto, se establecieron en Libia y se extendieron por África hasta las Columnas de Hércules. En una fortaleza de Numidia llamada Tigisis o Tingis, dice, todavía en el siglo sexto después de Cristo se descubrieron junto a un gran muro dos columnas de piedra blanca que llevaban, en fenicio, la inscripción: «Somos los que huimos delante del salteador Jesús, hijo de Nave». Ewald y otros que mencionan esta tradición no se inclinan, por su fecha tardía, a concederle peso alguno.
La otra afirmación se refiere a los anaceos. En algún momento, no definido con precisión, mientras estaba ocupado en sus combates, Josué «destruyó a los anaceos de los montes de Hebrón, de Debir, de Anab, de todos los montes de Judá y de todos los montes de Israel», sin dejar ninguno de ellos sino en Gaza, en Gat y en Asdod (11.21). Después se dice (15.14) que fue Caleb quien echó de Hebrón a los tres hijos de Anac, Sesai, Ahimán y Talmai; pero esto no puede contarse como contradicción, por cuanto «Josué», siendo el jefe del ejército, ha de considerarse que representa e incluye a todos los que pelearon en relación con su empresa. Estos anaceos eran los hombres que tanto habían aterrado a los diez espías. «También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos» (Números 13.33). Para los hombres de poca fe, los gigantes, físicos o morales, son siempre temibles. Reyes con los recursos de un imperio a sus espaldas; generales al frente de batallones poderosos; jefes intelectuales, con todo su talento y brillantez, su ingenio, su ironía, su poder para hacer que la peor causa parezca la mejor, son más que suficientes para los oscuros puñados a quienes a menudo se dejan las batallas de la fe. Pero si los oscuros puñados están aliados con Jehová de los ejércitos, su victoria es segura; les espera la experiencia triunfal del salmo cuarenta y seis: «Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana».
Estamos cansados del estruendo de las armas, y llegamos por fin a la refrescante declaración: «Y la tierra descansó de la guerra». Los anales de la paz son siempre más breves que los registros de la guerra; y cuando llegamos a esta cláusula breve pero bienvenida, quisiéramos que se ampliara tanto que llenara nuestros ojos y nuestro corazón con las bendiciones que la paz esparce con su mano bondadosa. Para esa impresión solo necesitamos volvernos a otra página de nuestra Biblia y leer las campañas de otro Josué. «Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». El contraste es gloriosísimo. En sus viajes por Galilea, Jesús recorrió la misma región donde Josué había desenvainado su espada contra los reyes confederados. Josué los había perseguido hasta Sidón, dejando huellas de derramamiento de sangre a lo largo de todo el camino; Jesús, cuando «se fue a la región de Tiro y de Sidón», fue a recompensar la fe, a echar fuera demonios y a encender en un corazón desolado la acción de gracias y el gozo. En todas partes, por toda Galilea y las regiones de más allá, su venida fue acompañada de bendiciones, y él esparcía bendiciones a su paso.
Pero no nos permitamos un contraste demasiado completo entre los dos conquistadores. El áspero arado de Josué preparó el camino para las palabras de misericordia y los hechos de amor de Jesús. El mensaje de Dios al hombre no consiste todo en palabras de miel. Aun Jesús, al recorrer Galilea, proclamaba: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado». Y solo los que atendieron el llamado al arrepentimiento llegaron a poseer el reino.
Josué 13; 14.1-5
«Jehová dijo a Josué: Tú eres ya viejo, de edad avanzada». Para muchos hombres y mujeres este no sería un anuncio bienvenido. No les gusta pensar que son viejos. No les gusta pensar que la parte brillante, alegre y juguetona de la vida ha pasado, y que han llegado a los años sombríos en que tendrán que decir: «No tengo en ellos contentamiento». Hay además algunos a quienes realmente les cuesta creer que son viejos. La vida ha pasado volando tan aprisa que, antes de que pensaran que bien había comenzado, se ha ido. Parece tan poco tiempo desde que estaban en el pleno juego de sus energías juveniles, que apenas es creíble que estén ahora en la hoja seca y amarillenta. Quizá también han podido conservar joven el corazón todo el tiempo, y retienen aún aquella sensación de vigor que parece indicar la presencia de la juventud. ¿Y no hay algunos que han comprobado el salmo: «Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes»?
Pero por mucho que a los hombres les guste ser jóvenes, y por mucho que algunos conserven en la vejez el sentimiento de la juventud, es cierto que el período de la fuerza tiene su límite, y también el período de la vida. Al más sano y robusto, si no es cortado prematuramente, ha de llegarle el tiempo en que Dios le diga: «Tú eres viejo». Es una palabra solemne de oír de labios de Dios. Dios me dice que mi vida ha pasado: ¿qué uso he hecho de ella? ¿Y qué piensa Dios del uso que he hecho de ella? ¿Y qué cuenta de ella podré dar cuando comparezca ante su tribunal?
Piénsenlo bien los jóvenes, antes de que sea demasiado tarde para aprender a vivir.
A Josué el anuncio de que era viejo y de edad avanzada no parece haberle causado ningún sentimiento penoso ni de pesar. Quizá había envejecido algo de repente; sus energías pueden haber decaído de modo perceptible y rápido después de su largo curso de servicio militar activo y lleno de cuidados. Puede haberse alegrado de oír a Dios pronunciar la palabra; quizá él mismo lo sentía, y se preguntaba cómo podría llevar a cabo las campañas todavía necesarias para poner a los hijos de Israel en plena posesión de la tierra. Esa palabra puede haber caído en su oído con el feliz sentimiento: ¡qué considerado es Dios! No cargará mi vejez con un peso que no le conviene. Aunque sus años no tienen fin y él nada sabe de fuerzas que desfallecen, «él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo». No me «desechará en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desamparará». ¡Feliz confianza, especialmente para los ancianos pobres! Es la falta de confianza en el Padre celestial lo que hace a tantos desdichados en la vejez. Cuando no quieren creer que él es considerado y bondadoso, quedan entregados a sus propios recursos, y a menudo a la indigencia y la miseria. Pero cuando entre él y ustedes existe la feliz relación de padre e hijo; cuando por medio de Jesucristo comprenden su amor y su compasión de padre y, con verdadera confianza, se echan sobre Aquel que viste los lirios y alimenta a los cuervos, su confianza será sin duda recompensada, porque su Padre celestial sabe de qué cosas tienen necesidad antes que ustedes le pidan.
Así Josué halla que ahora su considerado Señor ha de relevarlo de un servicio laborioso y lleno de cuidados. No de todo servicio, sino del servicio agotador, impropio de sus años avanzados. Josué había sido un siervo de veras fiel; pocos hombres han hecho jamás tan bien su trabajo. Desde aquel día en que hizo frente a Amalec de la mañana a la noche, mientras la vara de Moisés estaba extendida sobre él en el collado; después, durante toda su compañía con Moisés en el monte; luego, en aquella expedición de reconocimiento en que Caleb y él se mantuvieron tan firmes y no se arredraron ante la congregación, aunque todos hablaban de apedrearlos; y ahora, desde el sitio de Jericó hasta la victoria de Merom, y a través de los difíciles y peligrosos sitios de ciudad tras ciudad, año tras año, Josué ha demostrado ser siervo fiel de Dios y amigo abnegado de Israel. Durante estos últimos años ha gozado del poder supremo, al parecer sin rival y sin enemigo; y sin embargo, cosa extraña, no hay señal de que el poder lo haya corrompido ni la elevación lo haya mareado. Ha llevado una vida utilísima y leal, sobre la cual es algo satisfactorio volver la mirada. Sin duda tiene plena conciencia de innumerables faltas: «¿Quién podrá entender sus propios errores?». Pero tiene la rara satisfacción —¡oh, quién no desearía compartirla!— de mirar atrás a una vida bien empleada, regida habitual y fervorosamente, en medio de muchas flaquezas, por la consideración de la voluntad de Dios. Ni él, ni san Pablo después de él, tenían confianza alguna en sus propias buenas obras como base de salvación; sin embargo, Pablo pudo decir, y Josué podría haberlo dicho en espíritu: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia».
Sin embargo, Josué no había de completar aquella obra a la que tanto había contribuido: «queda aún mucha tierra por poseer». En algún momento, sin duda, pensó de otro modo y deseó otra cosa. Cuando la marea de la victoria corría a su favor con tanta constancia, y región tras región del país iba cayendo en sus manos, era natural esperar que antes de acabar barrería delante de sí a todos los enemigos de Israel y le abriría todas las puertas por toda la tierra, hasta sus últimos confines. ¿Por qué no aprovechar mientras brillaba el sol? Si Dios había hallado un instrumento tan apto para su gran designio, ¿por qué no lo empleó hasta el fin? Si había llegado el término natural de las fuerzas de Josué, ¿por qué aquel Dios que había alargado sobrenaturalmente el día para completar la victoria de Bet-horón no alargó el día de Josué para que toda la tierra de Canaán quedara asegurada?
Aquí entra un gran misterio de la Providencia. En vez de alargar el período de las fuerzas de Josué, Dios parece haberlo acortado. Podemos entender fácilmente la lección para Josué mismo. Es la lección que tantos siervos de Dios han tenido que aprender. Comienzan con la idea de que han de hacerlo todo; han de reformar todo abuso, derribar toda fortaleza del mal, reducir el caos a orden y belleza; como si cada uno fuera
«el único hombre sobre la tierra
responsable de todos los cardos esparcidos al viento
y de los tigres agazapados, luchando asombrado
contra la enfermedad y el invierno, gruñendo
para siempre porque el mundo no es un paraíso».
Tarde o temprano descubren que han de contentarse con un papel mucho más humilde. Tienen que aprender a
«contentarse en el trabajo,
a hacer lo que podemos, y no atrevernos
a inquietarnos porque es poco. Se necesitan
siete hombres, dicen, para hacer un alfiler perfecto,
[...] ¡siete hombres para un alfiler, y ni un hombre de sobra!
Siete generaciones, acaso, para este mundo,
para enderezarlo visiblemente el ancho de un dedo
y remendar un poco sus desgarrones».
Josué debe ser llevado a sentir —quizá lo necesita— que esta empresa no es suya, sino de Dios. Y Dios no está limitado a un solo instrumento, ni a una sola época, ni a un solo plan. Nunca nos parece tan extraña la Providencia como cuando un obrero noble es abatido en medio mismo de su obra. Un joven misionero acaba de mostrar su espléndida capacidad para el servicio, cuando la fiebre lo derriba, y en pocos días todo lo que queda de él se pudre en la tierra. ¿Qué quiere decir Dios?, preguntamos a veces con impaciencia. ¿No sabe él el raro valor y la extrema escasez de tales hombres, para levantarlos aparentemente solo para derribarlos? Pero «Jehová reina; temblarán los pueblos». Todo lo que atañe al bien cristiano del mundo está en el plan de Dios, y le es muy querido, y «estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos». Pero él no está limitado a agentes individuales. Cuando murió Esteban, levantó a Saulo. En lugar de Wiclef dio a Lutero. Cuando George Wishart fue quemado, levantó a John Knox. Los reyes, se dice, mueren, pero el rey nunca. El heraldo que anuncia «El rey ha muerto» proclama en el mismo aliento: «¡Dios salve al rey!». Los obreros de Dios mueren, pero su obra continúa. Josué queda jubilado en lo que toca a la obra de conquista, y esa obra se suspende por un tiempo. Pero la razón es que, en este momento, Dios desea desarrollar el valor y la energía de cada tribu en particular. Y cuando llegue el tiempo de extender todavía más el dominio de Israel, se hallará un agente bien equipado para el servicio. De los collados de Belén saldrá un día un joven piadoso de porte intrépido, bajo el cual todo enemigo de Israel será abatido, y desde el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates, toda la Tierra Prometida quedará bajo el dominio de Israel. Y las conquistas de David brillarán con un lustre más resplandeciente que las de Josué, y serán puestas, por así decirlo, a una música de tono más elevado. Asociadas con los santos cantos y la santa experiencia de David, y con su temprana vida de tristeza y humillación, coronada al fin de gloria y honra, simbolizarán más apropiadamente la obra del gran Josué, y se difundirá entonces por el mundo un aroma más santo que el de las conquistas de Josué: una fragancia dulce y refrescante para almas innumerables, que alimenta la esperanza de gloria, el reposo que queda para el pueblo de Dios, la herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible.
Así Josué debe contentarse con haber hecho su parte, y haberla hecho bien, aunque no conquistó toda la tierra y quedaba aún mucho por poseer. Sin entrar en detalle en todas las indicaciones geográficas de este capítulo, convendrá notar brevemente qué partes del país quedaban todavía sin someter.
Primero, estaban todos los territorios de los filisteos, y todos los de los gesureos; los cinco príncipes de los filisteos, que habitaban en Gaza, Asdod, Ascalón, Gat y Ecrón; y también los aveos. Este país bien definido consistía principalmente en una llanura «notable en todas las épocas por la extrema riqueza de su suelo; sus campos de mies, sus viñas y olivares se mencionan incidentalmente en la Escritura (Jueces 15.5); y en tiempo de hambre la tierra de los filisteos era la esperanza de Palestina (2 Reyes 8.2) [...] Era también apta para el desarrollo del poder militar; pues mientras la llanura misma permitía el uso de carros de guerra, que eran la principal arma ofensiva, las elevaciones ocasionales que se alzan en ella ofrecían sitios seguros para poblaciones y fortalezas. Era, además, un país comercial; la gran vía de tránsito entre Fenicia y Siria al norte y Egipto y Arabia al sur. Asdod y Gaza eran las llaves de Egipto y dominaban el comercio de tránsito, y las provisiones de incienso y mirra que Alejandro capturó en este último lugar prueban que era un depósito de productos árabes».[14]
14 Smith, Bible Dictionary.
Gesur estaba entre Filistea y el desierto, y los aveos eran probablemente un resto de los aveos de quienes los filisteos conquistaron la tierra (Deuteronomio 2.23).
En muchos aspectos habría sido un gran beneficio para los israelitas que Josué hubiera conquistado a un pueblo que tanto los molestó durante mucho tiempo como los filisteos. Lo que Josué dejó sin hacer, Saúl lo comenzó pero no logró llevarlo a cabo, y al fin David lo consumó. Los gesureos fueron sometidos junto con los amalecitas mientras él habitaba en Siclag como aliado de los filisteos (1 Samuel 27.8), y los filisteos mismos fueron reducidos a sujeción y tuvieron que ceder a Israel muchas de sus ciudades (1 Samuel 7.14; 2 Samuel 8.1, 12).
Otra sección importante del país sin someter era el territorio fenicio, la tierra de los sidonios (vv. 4, 6). También la región montañosa al otro lado del Líbano, que abarcaba el valle de Celesiria, y al parecer la región del monte Carmelo («desde el Líbano hasta Misrefot-maim», v. 6; compárese 11.8). Sin duda gran parte de este distrito se recobró en tiempo de los jueces, y más aún en tiempo de David; pero David hizo paz con el rey de Tiro, quien siguió conservando la rocosa franja de territorio tan útil para una nación comercial, pero que habría sido casi inútil para un pueblo agrícola como los israelitas.
Josué no fue llamado a conquistar estos territorios en el sentido de echar a todos los antiguos habitantes; pero recibió instrucciones de repartir toda la tierra entre su pueblo, tarea que sin duda implicaba sus propias dificultades, pero no el trabajo físico que la guerra exigía. Y en este reparto fue llamado primero a reconocer lo que Moisés ya había hecho con la parte del país al oriente del Jordán. Esa parte se había asignado a Rubén, a Gad y a la media tribu de Manasés; y la asignación había de seguir en vigor.
Es notable con cuánta plenitud se describen los lugares. Primero tenemos los límites de esa parte del país en general (vv. 9-12); luego, los de las porciones de cada una de las dos tribus y media (vv. 15-31). En cuanto al distrito en su conjunto, la conquista bajo Moisés fue manifiestamente completa, desde el río Arnón al sur hasta los límites de los gesureos y maacateos al norte. Las únicas partes no sometidas fueron los territorios de estos gesureos y maacateos. Los gesureos de aquí no deben confundirse con el pueblo del mismo nombre mencionado en el v. 2, que estaba en el extremo opuesto: el suroeste en vez de, como aquí, el noreste del país. Pero sin duda los gesureos y maacateos sirios fueron sometidos por David, con todas las demás tribus de aquella región, en su gran guerra siria, «al ir este a recuperar su territorio al río Éufrates» (2 Samuel 8.3). Pero en lugar de expulsarlos o exterminarlos, David parece haberles permitido quedar en condición tributaria, pues Gesur tenía su rey en los días de Absalón (2 Samuel 13.37), adonde huyó aquel príncipe después del asesinato de Amnón. Con los maacateos también tuvo David un vínculo familiar (2 Samuel 3.3).
Pero aunque la sujeción y ocupación de la parte oriental de la tierra fue así bastante completa (con las excepciones recién mencionadas), fue la que permaneció menos tiempo en posesión tranquila de Israel. Desde los moabitas y amonitas al sur, cananeos y sirios al norte y al oriente, así como los madianitas, amalecitas y otras tribus del desierto, estuvo sujeta a continuas invasiones. De hecho, fue la parte menos asentada y menos cómoda de todo el país; y sin duda pronto se hizo evidente que, aunque las dos tribus y media habían parecido muy afortunadas al obtener su deseo de establecerse en esta rica y hermosa región, en conjunto habían sido cuidadosas en lo poco y descuidadas en lo mucho. No solo fueron incesantemente asaltadas y hostigadas por sus vecinos, sino que fueron las primeras en ser llevadas en cautiverio cuando el rey de Asiria dirigió sus ojos a Palestina. Habían mostrado algo del espíritu de Lot, y sufrieron algo de su castigo. Es digno de notarse que aun hoy esta provincia oriental es la parte más agitada de Palestina. Los beduinos están siempre dispuestos a hacer sus ataques dondequiera que haya cosechas o ganado que tienten su codicia. La gente no siembra donde no tiene probabilidad de cosechar; y así es como gran parte de aquella región productiva yace desierta. La moraleja no es difícil de hallar: al procurar riquezas, no mires solo la productividad aparente de la inversión, sino atiende a su seguridad, a su estabilidad. No es oro todo lo que reluce, ni en la bolsa de valores ni en ninguna otra parte. Y aun lo que es oro verdadero participa de la inestabilidad general. Tenemos que volver al consejo de nuestro Salvador a los inversionistas, si queremos estar realmente seguros: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan».
La especificación de las porciones no necesita detenernos mucho. La de Rubén era la más meridional. Sus flancos sur y oriente estaban cubiertos por los moabitas, que lo molestaron grandemente. «Impetuoso como las aguas, no serás el principal». Gad se estableció al norte de Rubén. En su porción estaba la parte sur de Galaad; Mahanaim y Peniel, célebres en la historia de Jacob, y Ramot de Galaad, conspicua en tiempos posteriores. Al oriente de Gad estaban los amonitas, que resultaron tan molestos para esa tribu como Moab para Rubén. A la media tribu de Manasés le tocó el reino de Og y la mitad norte de Galaad. Jabes de Galaad, donde Saúl derrotó a los amonitas, estaba en esta tribu (1 Samuel 11). Aquí estaban también algunos de los lugares a orillas del lago de Galilea mencionados en la historia evangélica; aquí el «lugar desierto» al otro lado del mar adonde nuestro Señor solía retirarse a descansar; aquí alimentó a la multitud; aquí sanó al endemoniado; y aquí estaban algunos de los montes donde pasaba la noche en oración.
En tiempo de nuestro Señor esta porción de Palestina se llamaba Perea. Bajo el dominio de los romanos estaba comparativamente tranquila, y nuestro Señor la escogía a veces, por su quietud, como ruta a Jerusalén. Y muchos de sus dones de amor y misericordia se esparcieron sin duda por su suelo.
En este capítulo se introducen como paréntesis dos afirmaciones que apenas pertenecen a su sustancia. Una de ellas, que aparece dos veces, se refiere a la heredad de los levitas (vv. 14, 33). No se les asignaron posesiones territoriales correspondientes a las de las otras tribus. En un lugar se dice que «los sacrificios de Jehová Dios de Israel son su heredad»; en el otro, que «Jehová Dios de Israel es la heredad de ellos». Más adelante hallaremos más detalladas las disposiciones para los levitas (capítulos 20 y 21). Esta temprana alusión al asunto, aun antes de que comience a describirse el reparto en la Palestina occidental, muestra que su caso había sido considerado con cuidado, y que no fue por descuido sino deliberadamente que el país se repartió sin reservar sección alguna para ellos.
La otra afirmación entre paréntesis se refiere a la muerte de Balaam. «También mataron a espada los hijos de Israel a Balaam el adivino, hijo de Beor, entre los demás que mataron» (v. 22). Por Números 31.8 se ve que la muerte de Balaam ocurrió en los días de Moisés, a manos de la expedición enviada por él a castigar a los madianitas por haber arrastrado a los israelitas a la idolatría. Que el hecho se mencione otra vez aquí se debe probablemente a la circunstancia de que la muerte de Balaam ocurrió en el lugar que acababa de señalarse: la línea divisoria entre Rubén y Gad. Era un hecho muy digno de mencionarse de nuevo. Era un hecho que nunca debía olvidarse: que el hombre llamado para maldecir fue constreñido a bendecir. En cuanto a la conducta pública de Balaam, se portó bien con Israel. Destacó su elección divina y sus gloriosos privilegios. Puso especial énfasis en que no eran una horda beduina que corría de acá para allá en busca de botín, sino una hueste sagrada que ejecutaba los juicios de un Dios justo: «Jehová su Dios está con él, y júbilo de rey en él». Era un testimonio valioso, por el que Israel bien podía estar agradecido. Fue cuando Balaam tomó parte en aquella vergonzosa trama para seducir a Israel a la sensualidad y la idolatría cuando se mostró con sus verdaderos colores. Sin duda le pareció muy astuto obedecer el mandato divino en la letra, negándose rotundamente a maldecir a Israel, mientras al mismo tiempo lograba el objeto para el cual había sido llamado seduciéndolos a pecados que atrajeron sobre ellos los juicios de Dios. No obstante, hizo la cuenta sin el huésped. Quizá obtuvo su recompensa, pero no vivió para disfrutarla; y «¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su vida?» (Mateo 16.26, Versión Revisada).
Las dos tribus y media aprendieron bien por la suerte de Balaam que, al final, por astutamente que obre un hombre, su pecado lo alcanzará. Se les recordó enfáticamente que los pecados de sensualidad e idolatría son sumamente aborrecibles a los ojos de Dios y que de seguro serán castigados. El testimonio de Balaam les aseguró que Israel, con tal que fuera fiel, nunca dejaría de gozar de la protección y la bendición divinas. Pero se les recordó que Dios no puede ser burlado: que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Balaam había sembrado para la carne; de la carne le correspondía segar corrupción. Y así ha de ser siempre: por ingeniosamente que disfraces el pecado, por mucho que lo ocultes de ti mismo y te persuadas de que no haces mal, el pecado ha de mostrarse al fin con sus verdaderos colores, y tus ingeniosos disfraces no lo librarán de su condena: «La paga del pecado es MUERTE».
Josué 14.6-15
15 Hay alguna dificultad en concertar los tres pasajes en que se alude al establecimiento de Caleb. Por este primero de los tres se nos lleva a pensar que ocurrió antes de que la tribu de Judá obtuviera su porción. Por el capítulo 15.13, en cambio, podríamos suponer que fue al mismo tiempo que el resto de la tribu. Por Jueces 1.10, a su vez, podría pensarse que la sujeción de los naturales de Hebrón no la efectuó Caleb solo, sino la tribu de Judá, y que tuvo lugar «después de la muerte de Josué» (Jueces 1.1). Juntándolo todo, parecería que Hebrón fue asignada a Caleb antes de que la tribu de Judá se estableciera; que esta asignación fue ratificada en el reparto general; que, siendo Caleb miembro de la tribu, sus servicios contra los cananeos, y en especial contra los anaceos, se atribuyeron a su tribu; y que el proceso de desposeer a los cananeos continuó por algún tiempo después de la muerte de Josué. Las repeticiones del relato acerca de Caleb son una de las consideraciones que favorecen la idea de que en la composición de este libro se usó más de una fuente.
Caleb es uno de esos hombres que encontramos rara vez en la historia bíblica, pero cada vez que los encontramos salimos mejores del encuentro. Luminoso y valiente, fuerte, modesto y alegre, hay honradez en su rostro, valor y decisión en la misma postura de su cuerpo, y la serena confianza de la fe en su mirada y en su actitud. Es singular que haya motivo para dudar si su familia era originalmente de la simiente prometida. Cuando se nos presenta en este pasaje se le llama enfáticamente «Caleb hijo de Jefone cenezeo» (la Versión Revisada dice, con razón, «quenezeo», el mismo que el cenezeo de Génesis 15.19), como si hubiera sido descendiente de Cenaz, hijo de Esaú (Génesis 36.11 y 15), y miembro de la tribu cenezea. No se acostumbraba distinguir así a los israelitas, sino solo a los que habían venido a ellos de otras tribus, como «Heber ceneo», «Jael mujer de Heber ceneo» (Jueces 4.11, 17), Urías heteo, Husai arquita, etc. Además, Otoniel, hermano menor de Caleb, es llamado hijo de Cenaz (Josué 15.17); y por otra parte, cuando en el versículo catorce de este capítulo se registra que Hebrón vino a ser posesión de Caleb, la razón que se da es que «había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel». Por otro lado, en la lista genealógica de 1 Crónicas 4.13, 15, Otoniel y Caleb aparecen como si fueran miembros regulares de la tribu; pero esa lista muestra signos evidentes de imperfección. En conjunto, el peso de la evidencia favorece la opinión de que la familia de Caleb estaba originalmente fuera del pacto, pero se había hecho prosélita, como Hobab, Rahab, Rut y Heber. Su fe era eminentemente fruto de la convicción, y no un accidente de la herencia. Tenía una base más firme que la de la mayoría de los israelitas. Estaba tejida más estrechamente en la trama de su ser y gobernaba su vida con más poder. Es grato pensar que puede haber habido muchos prosélitos así; que la promesa a Abraham puede haber atraído almas del oriente y del occidente, del norte y del sur; que aun más allá de los límites de las doce tribus muchos corazones pueden haber sido alentados, y muchas vidas elevadas y purificadas, por la promesa que se le hizo: «En ti y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra».
Caleb y Josué habían creído y obrado del mismo modo, en oposición a los otros diez espías; pero Caleb ocupa el lugar más destacado en la historia de su heroísmo y su fe. Fue él quien «hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos» (Números 13.30); y al principio su nombre aparece solo, como exento de la sentencia de exclusión contra el resto de su generación: «Pero a mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su descendencia la tendrá en posesión» (Números 14.24). Como hemos dicho antes, es probable que Caleb fuera el que hablaba con más soltura, y es posible que fuera el hombre más firme. Josué parece haber carecido de aquel poder de iniciativa que tenía Caleb. Precisamente porque siempre había sido un buen seguidor, Josué estuvo capacitado en su vejez para ser un caudillo. Porque había sido un buen siervo, llegó a ser un buen señor. Mientras vivió Moisés, Josué fue su servidor. Después de la muerte de Moisés, Josué se dedicó sencillamente a cumplir sus instrucciones. Fue una dicha para él, al regreso de los diez espías, que Caleb fuera uno de ellos; de otro modo podría haberse hallado en una situación embarazosa. Caleb fue evidentemente el hombre que encabezó la oposición a los diez, no solo afirmando el camino del deber, sino manifestando un espíritu de desprecio y desafío hacia los cobardes sin fe que olvidaban que Dios estaba con ellos. En lo más íntimo de su corazón Josué era enteramente de su parecer, pero probablemente le faltaban los modales enérgicos, la voz resonante, la actitud intrépida de su compañero más expresivo. Lo cierto es que Caleb cosechó el principal honor de aquel día.[16]
16 Sin duda algunos lectores preferirán la explicación de que, cuando Caleb se menciona solo, se siguió un documento, y cuando Caleb y Josué van unidos, otro.
Es hermoso ver que no hubo rivalidad entre ellos. No solo Caleb no presentó objeción alguna cuando Josué fue llamado a suceder a Moisés, sino que a lo largo de las guerras parece haberle rendido la sumisión más leal y cordial. Dios había puesto su sello sobre Josué, y el pueblo había ratificado el nombramiento, y Caleb era demasiado magnánimo para permitir que alguna pobre ambición suya, si la tenía, se interpusiera en el camino de la voluntad divina y del bien público. Su actitud afectuosa y cordial en esta ocasión parece mostrar que ni siquiera en un rincón de su corazón quedaba rastro de celos hacia el viejo amigo y compañero a quien en aquella ocasión había superado, pero que había sido colocado tanto más alto que él. Vino a él como al caudillo reconocido del pueblo, como al hombre cuya voz había de decidir la cuestión que ahora le sometía, como al juez y árbitro en un asunto que le concernía muy de cerca a él y a su casa.
Y sin embargo hay indicios de tacto de parte de Caleb, de un conocimiento cabal del carácter de Josué y de la clase de consideraciones que podían esperarse que lo movieran. Había dos fundamentos sobre los cuales podía esperar razonablemente que se le concediera su petición: sus servicios personales y la promesa de Moisés. Caleb sabe bien que la promesa de Moisés influirá en Josué mucho más que cualquier otra consideración; por tanto, la pone en primer plano. «Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti». «Moisés, varón de Dios». ¿Por qué escoge Caleb ese notable epíteto? ¿Por qué añadir algo al nombre usual, Moisés? El uso del epíteto honraba a los tres. Lo que constituía la gloria más alta de Moisés era que estaba tan unido a Dios. La voluntad de Dios era siempre su ley, y estaba en tan estrecha simpatía con Dios que cualesquiera instrucciones que diera sobre cualquier asunto podían darse por conformes con la voluntad de Dios. Además, al llamarlo «varón de Dios» hablando a Josué, Caleb daba por sentado que Josué sería impresionado por esta consideración y estaría dispuesto a acceder a una petición sancionada no solo por la voluntad de Moisés, sino por aquella voluntad más alta que Moisés reconocía constantemente. En suma, cuando Josué considerara que el deseo particular de Moisés que Caleb ahora recordaba no era sino la expresión de la voluntad divina, Caleb tenía la seguridad de que no podría negarle su consentimiento. Los tres hombres eran en verdad un noble trío, dignos descendientes de su padre Abraham, aun si uno de los tres no era hijo de Jacob. Mucho antes de que nuestro Señor enseñara la petición «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra», esta se había hecho habitual en todos ellos. Moisés fue en verdad «el varón de Dios», eminentemente en comunión con él; en una esfera más baja, Caleb y Josué eran del mismo orden: hombres que procuraban vivir su vida, y cada parte de ella, solo en Dios.
Habiendo fortalecido su alegato con esta firme referencia a Moisés y a Dios a la vez, Caleb procede a relatar el servicio que había dado lugar a la promesa de Moisés. Los hechos no podían menos que ser bien conocidos de Josué. «Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios». ¿Por qué presenta Caleb el asunto de esta manera? ¿Por qué no une a Josué consigo como habiendo sido fiel en aquella ocasión inolvidable? La única explicación que parece factible es que, por la posición eminente de Josué, esto era innecesario; quizá hasta habría parecido impropio. Un soldado que hiciera una petición al duque de Wellington, recordándole algún servicio prestado en la batalla de Waterloo, difícilmente creería necesario, ni siquiera decoroso, decir que el duque también había estado allí y qué servicio incomparable había prestado aquel día. Un soldado como el duque, que ocupa una posición de preeminencia sin rival por un largo y brillante servicio, no necesita que se le diga lo que ha hecho. Josué era ahora el caudillo de Israel, y los últimos años lo habían coronado de tan múltiple gloria que toda su vida estaba transfigurada, y no hacía falta hablar de actos individuales de servicio. Caleb era comparativamente un individuo oscuro, cuya fama descansaba en un solo servicio que tenía ya casi medio siglo, el cual no podía, ciertamente, olvidarse del todo, pero que en medio de los brillantes sucesos de tiempos posteriores fácilmente podía perderse de vista y de la memoria. No había, pues, menosprecio de Josué en que Caleb no lo mencionara, sino, al contrario, un tributo silencioso a su elevado oficio de gobernante principal de Israel y a sus servicios casi sin igual, especialmente durante estos últimos años.
«Yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón». La afirmación no se hace con espíritu jactancioso, ¡y sin embargo qué rara virtud denota! Caleb, como decimos hoy, tenía el valor de sus convicciones. Tenía a la vez un corazón honrado y una lengua honrada. Apenas podemos imaginar qué tentaciones tenía de no decir lo que había en su corazón. Durante seis semanas aquellos diez hombres habían sido sus compañeros íntimos. Habían comido juntos, dormido bajo la misma lona, andado por los mismos senderos, entretenido el largo camino con historias y anécdotas, y sin duda con bromas y juegos de humor, y se habían hecho buenos oficios unos a otros según las circunstancias lo requerían. Romper con tu propio grupo, con los camaradas de tu campaña, desbaratar sus planes y aconsejar a los que están en el poder un camino diametralmente opuesto al suyo, es uno de los deberes sociales más difíciles. Y en estos días nuestros no hay deber que se deje de lado con más frecuencia. Se ha dicho con acierto que la cobardía moral es uno de los vicios más comunes de nuestra época.
¿Qué cosa más común en el Parlamento, por ejemplo, que el que los hombres disientan fuertemente de algunas de las medidas de su partido y, sin embargo, porque es su partido, las apoyen con sus votos? Y en las filas de la Iglesia y de sus diversas secciones prevalece la misma tendencia, aunque quizá en menor grado. De los muchos prelados capaces y aparentemente honrados de la Iglesia de Roma que disintieron, a menudo con vehemencia, del decreto vaticano de la infalibilidad del papa, ¿qué fue finalmente de su oposición? ¿Hubo más de uno o dos que no se rindieran al final y consintieran en profesar lo que no creían? Y, pasando a asuntos más ordinarios, cuando nuestras opiniones en materia religiosa están en descrédito, cuando se las recibe con burla, ¡cuántas veces las ocultamos, o las recortamos y modificamos para no participar de la condena general! Los hombres que tienen el valor de sus convicciones son a menudo mártires sociales, excluidos de la comunión de sus hermanos, excluidos de todo puesto de honor o de provecho, y sin embargo, por su valor y su honradez, dignos de una estima infinitamente más alta que cientos enteros de los acomodaticios que «prosperan» en el mundo complaciendo sus errores y sus locuras.
No obstante, aunque la mayoría de nosotros nos mostramos miserablemente débiles al no decir todo lo que hay «en nuestro corazón», especialmente cuando está en juego el honor de nuestro Señor y Maestro, somos capaces de apreciar y no podemos dejar de admirar las nobles muestras de valor que a veces encontramos. Aquella hermosa creación de Milton, el serafín Abdiel, «fiel hallado entre los infieles, solo él fiel», es el tipo y el ideal de esta clase. Sadrac, Mesac y Abed-nego resistiendo el entusiasmo de miríadas y desafiando serenamente el horno de fuego; el apóstol Pablo aferrado a sus convicciones sobre la ley y el evangelio cuando aun su hermano Pedro había comenzado a vacilar; Martín Lutero, con el pie sobre la Biblia, haciendo frente al mundo entero; John Knox desafiando por igual a soberana, nobles y sacerdotes, resuelto a que el evangelio se predicara libremente; Carey, saliendo como misionero a la India en medio de la burla del mundo, porque no podía quitarse de la cabeza las palabras «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura»: todos ellos han ejemplificado el espíritu de Caleb, que tiene que decir lo que hay en el corazón; y ninguna idea nueva se ha apoderado comúnmente de la humanidad hasta que las luchas de algún gran héroe o las cenizas de algún noble mártir han ido a santificar la causa.
«El que creyere, no se apresure». Caleb creyó, y por eso fue paciente. Cuarenta y cinco largos años habían transcurrido desde que Moisés, el varón de Dios, hablando en el Espíritu de Dios, le había prometido una heredad particular en la tierra. Era mucho tiempo para que la fe viviera de una promesa; pero, como un árbol en la cara de un acantilado que parece crecer de la roca maciza, sacaba su alimento de fuentes invisibles. Era mucho tiempo de estar esperando; pero Caleb, aunque no recibió lo prometido durante todo ese tiempo, estaba persuadido de ello, lo abrazaba y creía que al fin se cumpliría. No se adelantó al tiempo debido, aunque podría haber tenido razones tan plausibles para hacerlo como las que tuvieron las dos tribus y media para pedir permiso de establecerse al oriente del río. Llevó su parte del trabajo de la guerra, soportó la carga y el calor del día, y esperó hasta el tiempo debido para repartir la tierra. Ni se adelantó egoístamente él solo, sin hacer caso de los intereses del resto de su tribu; pues los hijos de Judá, reconociendo su derecho, se acercan a Josué juntamente con él. Ni era una porción de la tierra que alguna tribu estuviera ansiosa de ocupar lo que pedía; pues todavía la hostigaban tanto los anaceos que no habría paz hasta que aquel temible grupo de gigantes fuera expulsado.
Parece que, cuando actuó como uno de los doce espías, Caleb había afirmado de algún modo enfático su postura en Hebrón. «Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti». Quizá los espías estaban demasiado aterrados para acercarse a Hebrón, porque allí estaban los hijos de Anac, y Caleb, o Caleb y Josué, con la confianza de la fe, había entrado solo en ella. Moisés le había prometido Hebrón, y ahora venía a reclamarla. Pero venía a reclamarla en circunstancias que habrían inducido a la mayoría de los hombres a dejarla en paz. Expulsar a los anaceos era un deber formidable, y la tarea podría haber parecido más propia de alguien que tuviera de su lado la fuerza y el entusiasmo de la juventud. Pero Caleb, aunque tenía ochenta y cinco años, era todavía joven. La edad no se mide mejor por los años. Era un caso notable de vigor prolongado y de energía juvenil. «Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar». La fe, la templanza y la alegría son ayudas maravillosas para la longevidad. Al leer estas palabras de Caleb, uno recuerda el dicho de un conocido médico, el doctor Richardson, de que el cuerpo humano podría durar cien años si tan solo se le tratara debidamente.
Hay algo singularmente conmovedor en que Caleb pida como favor lo que en realidad era un servicio arriesgadísimo pero importante para la nación. Por rudos que fueran estos soldados hebreos, eran capaces de los actos más caballerosos y gentiles. No puede haber acto de cortesía más alto que tratar como favor a uno mismo lo que en realidad es un gran servicio a otro. ¡Bien hecho, Caleb! No pides un puesto que no cueste trabajo tomar ni conservar. No eres como Isacar, el asno fuerte recostado entre los apriscos: «y vio que el descanso era bueno, y que la tierra era deleitosa; y bajó su hombro para llevar, y sirvió en tributo». El rocío de la juventud está todavía sobre ti, el impulso de un propósito elevado y de un noble esfuerzo; eres como el caballo de guerra de Job: «escarba la tierra, se alegra en su fuerza [...] hace burla del espanto, y no teme [...] desde lejos olfatea la batalla, el grito de los capitanes, y el vocerío».
Nada admiramos más en los anales militares que a un soldado que se ofrece voluntario para los puestos más arriesgados y difíciles, mostrando
«aquel gozo austero que sienten los guerreros
ante enemigos dignos de su acero».
También en la guerra espiritual no nos faltan ejemplos del mismo espíritu. Recordamos al capitán Allan Gardiner, que escogió Tierra del Fuego como su campo misionero precisamente porque el pueblo era tan feroz, el clima tan repelente y la obra tan difícil que probablemente nadie más la emprendería. Pensamos en el segundo grupo que salió después de que Gardiner y sus compañeros murieron de hambre; y más aún, después de que estos fueron asesinados por los nativos, en el tercer destacamento, movido sencillamente por la consideración de que el caso parecía tan desesperado. O pensamos en Livingstone rogando a los directores de la Sociedad Misionera de Londres que, dondequiera que lo enviaran, se aseguraran de que fuera «adelante»; apartándose de todas las estaciones misioneras anteriores y de la relativa comodidad que ofrecían, para habérselas con el bárbaro allí donde nunca había comenzado a ser domado; con los ojos sedientos de escenas desconocidas y peligros no probados, porque desdeñaba edificar sobre fundamento ajeno y tenía sed de «bosques frescos y nuevos pastos». Pensamos en él perseverando en su tarea año tras año con el mismo espíritu elevado; sin hacer caso de la miseria del dolor prolongado, de los intensos anhelos de hogar de su corazón cansado, de la repulsiva compañía de salvajes y caníbales, de los sinsabores, desengaños y obstáculos que parecían multiplicarse cada día, de la traición de supuestos amigos a quienes él había ayudado a levantar, de la indiferencia de un mundo descuidado y de una Iglesia lánguida; sino ciñéndose siempre con nueva energía para la tarea que había emprendido, y cuyas dificultades y pruebas nunca habían estado ausentes de sus pensamientos. Pensamos en tantos jóvenes misioneros que se apartan de la vida cómoda que podrían llevar en casa, y que muchos de sus compañeros llevarán, para ir adonde la necesidad es mayor y la lucha más encarnizada, y así prestar a su Señor el mayor servicio posible. Una multitud de nombres nobles viene a nuestra memoria: Williams, Judson, Morrison, Burns, Patteson, Keith-Falconer, Hannington y Mackay; hombres para quienes aun los anaceos no tenían terrores, sino más bien atractivo; pero que, sirviendo bajo otro Josué, se diferenciaron de Caleb en esto: que lo que deseaban no era destruir a estos feroces anaceos, sino conquistarlos por el amor y demostrar el poder del evangelio de Jesucristo para cambiar a los réprobos más viles en hijos de Dios.
Y aun ahora hay otros anaceos entre nosotros para quienes debería reservarse la suerte de los gigantes cananeos. Anaceos dentro de nosotros —la codicia, el egoísmo, el amor a la comodidad, la lujuria, la pasión, la crueldad—, todos los cuales, si somos fieles, han de ser pasados a filo de espada. Y hay anaceos, tremendos anaceos, a nuestro alrededor: la embriaguez, y todo lo que la fomenta, a pesar de las mezquinas excusas que tan a menudo oímos; la sensualidad, ese vil asesino del alma y del cuerpo a la vez; la avaricia, tan cruelmente injusta, que se contenta con amontonar su tesoro con los músculos y tendones de hombres y mujeres para quienes la vida se ha vuelto peor que la esclavitud; la vida lujosa, que se burla de las luchas de miles a quienes una migaja de la mesa o un trapo del guardarropa traería tan bendito alivio. Contra gigantes como estos necesitamos librar una guerra incesante, y para tener el espíritu necesario necesitamos provisiones constantes de la fe y el valor que fueron tan notables en Caleb. Él siguió cumplidamente a Jehová; creyendo que, si el Señor merecía ser seguido, merecía ser seguido del todo. ¿Qué había que ganar siguiéndolo a medias y entregando la otra mitad al mundo? ¿Podía contar con que Dios le ayudara si entraba en su servicio solo con la mitad del corazón y, como la mujer de Lot, miraba atrás aun mientras huía de Sodoma? «Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas».
La tendencia a transigir es uno de los pecados habituales de nuestros días. En el ejército o en la armada, si uno ha de servir a Dios, ha de servirle del todo. Allí la decisión es eminentemente necesaria, y los cristianos de allí son por lo común más íntegros y consecuentes que en muchos círculos nominalmente cristianos. La decisión es varonil, es noble; trae reposo interior y, al final, se gana el respeto de los enemigos más acérrimos. El valor es el ornamento del cristianismo y la corona de la juventud cristiana. «NO TEMAS» es una de las joyas más brillantes de la Biblia.
Josué 15-19
Llegamos ahora de veras al reparto de la tierra. Las dos tribus y media ya tienen sus asentamientos al otro lado del Jordán; pero el otro lado del Jordán, aunque incluido en la tierra prometida, quedaba fuera de la parte especialmente consagrada como escenario de la manifestación y del trato divinos. Desde Dan hasta Beerseba, y desde el Jordán hasta el mar, era por excelencia la tierra de Israel; aquí habían habitado los patriarcas; aquí se habían dado la mayoría de las promesas; aquí habían sido sepultados Abraham, Isaac y Jacob; y aquí también, aunque en otro sepulcro, se habían depositado los huesos de José. Esta porción era el corazón de la heredad, rodeada de una amplia penumbra de luz más débil y menos privilegios. A su debido tiempo surgió un lugar santísimo dentro de esta región consagrada, cuando Jerusalén vino a ser la capital, el foco de la bendición y de la santa influencia.
Ahora que comienza el reparto de esta parte del país, debemos prestar especial atención a la operación. El relato parece muy escueto, pero en su fondo hay principios y lecciones importantes. Estas listas de nombres desconocidos parecen los escombros de una cantera: duros, sin sentido y, para nosotros, inútiles. Pero nada se ha puesto en la Biblia sin un propósito, un propósito que de algún modo atañe a la edificación de las generaciones sucesivas y de las diversas razas de los hombres. No hemos de pasar por alto el reparto porque parezca poco prometedor, sino más bien indagar con tanto mayor cuidado qué relación tiene con nosotros.
1. En primer lugar, hay algo que aprender del mantenimiento de la distinción de las doce tribus y del reparto del país en porciones correspondientes a cada una. En cierto grado esto estaba de acuerdo con el uso oriental; pues el país ya había estado ocupado por diversas razas que vivían en una especie de unidad: cananeos, amorreos, heteos, heveos, jebuseos, ferezeos y gergeseos. Lo peculiar de Israel era que cada una de las tribus descendía de uno de los hijos de Jacob, y que su relación mutua se mantenía de modo visible, aunque sus moradas estuvieran separadas. Era una disposición capaz de convertirse en un gran beneficio con un espíritu recto, o en un gran mal con el contrario. Como en el caso de los estados separados de Norteamérica, o de los cantones separados de Suiza, proveía variedad en la unidad; daba una medida de libertad e independencia local, mientras mantenía la acción unida; contribuía a la vida y al vigor de la comunidad, sin destruir la unidad de su carácter ni menoscabar su propósito y fin comunes. Fomentaba aquella variedad pintoresca que a menudo se halla en los países pequeños, donde cada distrito tiene un dialecto, una pronunciación, unas tradiciones o un carácter propios; como Yorkshire difiere de Devon, o Lancashire de Cornualles; Aberdeenshire de Berwick, o Fife de Ayr. Así como en un jardín la variedad de especies aviva y enriquece el efecto, así en una comunidad la variedad de tipos enriquece y aviva la vida común. Un regimiento de soldados vestidos con el mismo uniforme, de la misma estatura, marchando al mismo paso, puede verse muy bien en contraste con la multitud promiscua; pero cuando un pintor quiere pintar un cuadro impresionante, toma sus figuras de la multitud promiscua, con toda su variedad de vestido, estatura y actitud. En el caso de la comunidad hebrea, la distinción de las tribus se fue reduciendo con el tiempo, y en los tiempos del Nuevo Testamento los tres grandes distritos de Judea, Samaria y Galilea mostraban solo la supervivencia de los más aptos. Sin duda habría prevalecido una individualidad mayor y una variedad más amplia si un buen espíritu hubiera continuado existiendo entre las tribus, y si todas hubieran mostrado la energía y la iniciativa de algunas.
Pero entró el espíritu equivocado, y entró con creces, y siguió el daño. Porque las distinciones de raza y de familia tienden a engendrar rivalidad y enemistad, y no solo a destruir todo el bien que puede venir de la variedad, sino a introducir males interminables. Durante mucho tiempo los clanes escoceses fueron como Ismael, su mano contra todos y la mano de todos contra ellos; o al menos un clan estaba en contienda interminable con otro, y el país estaba miserable y desolado. Entre las doce tribus de Israel el espíritu de rivalidad pronto se manifestó, con consecuencias desastrosas. En tiempo de los jueces, los hombres de Efraín mostraron su carácter envidiando a Gedeón cuando sometió a los madianitas, y a Jefté cuando sometió a los amonitas; y bajo Jefté su espíritu irrazonable acarreó una matanza prodigiosa de efrateos. En tiempo de los reyes, la rebelión de las diez tribus contra la casa de David causó un cisma permanente. Así es como el pecado del hombre pervierte a menudo disposiciones destinadas al bien, y las pervierte de tal modo que se convierten en fuentes de grave mal. El orden familiar es cosa del cielo; pero dejen que un mal espíritu se infiltre en una familia, y el resultado es espantoso. Que el marido y la mujer se distancien; que el padre y el hijo comiencen a reñir; que el hermano se ponga contra el hermano, y que empiecen a maquinar no para su beneficio mutuo sino para su perjuicio mutuo: no se pueden poner límites al daño y la miseria que resultan.
Muchas disposiciones de nuestra civilización moderna que contribuyen a nuestra comodidad cuando están en buen orden se convierten en fuentes de males sin ejemplo cuando se descomponen. El drenaje de las casas contribuye mucho a la comodidad mientras funciona sin tropiezo; pero si los desagües se obstruyen y devuelven a nuestras casas los gases venenosos producidos por la descomposición, las consecuencias son espantosas. El inspector sanitario debe estar alerta para descubrir el daño en sus mismos comienzos y aplicar el remedio antes de que hayamos cobrado plena conciencia del mal. Y así es necesario mantener siempre un ojo vigilante sobre aquellas disposiciones de la providencia que son tan beneficiosas cuando se cumplen debidamente, y tan perniciosas cuando se pervierten irreflexivamente. ¡Qué cosa maravillosa es un poco de paciencia al principio de una contienda que amenaza! ¡Qué bendición inapreciable es la blanda respuesta que quita la ira! Hay un folleto sustancioso que lleva por título La pluma aceitada. La pluma aceitada tiene un poder notable para suavizar superficies que de otro modo rechinarían y se desgastarían una contra otra, y así evitar el mal. Entre los cristianos debería estar siempre a la mano; pues seguramente, si en alguna parte deben hallarse la paciencia y el amor que evitan las riñas, es entre aquellos que han recibido la plenitud del amor y la gracia divinos en Jesucristo. Seguramente entre ellos no debería haber perversión de las disposiciones divinas; en sus hogares, ninguna riña, y en su corazón, ninguna rivalidad. Deberían ser, en cambio, los pacificadores del mundo, no solo porque han recibido la paz que sobrepasa todo entendimiento, sino porque su Maestro ha dicho: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».
2. Además, en la ubicación de las tribus en sus diversos territorios tenemos un ejemplo de una gran ley natural, la ley de distribución, una ley que, en conjunto, opera muy beneficiosamente en todo el mundo. En la sociedad hay una fuerza centrípeta y una centrífuga; la centrípeta principalmente humana, la centrífuga principalmente divina. Los hombres tienden a agruparse; Dios fomenta la dispersión. Por la ley divina del matrimonio, el hombre deja la casa de su padre y se une a su mujer; se establece un nuevo hogar, un nuevo centro de actividad, una nueva fuente de población. En las primeras edades se agruparon en torno a la llanura de Sinar; la confusión de las lenguas los dispersó. Y por lo general, en cualquier lugar fértil y deseable, los hombres han tendido a multiplicarse hasta que les ha faltado el alimento, y se hace inevitable o el hambre en casa o la emigración afuera. Y así es como, a pesar de su tendencia a la cohesión, los hombres están hoy bastante bien dispersos por el globo. Y una vez establecidos en nuevos hogares, adquieren adaptación a su localidad y comienzan a amarla. El esquimal no solo está adaptado a su hogar helado, sino que lo quiere. El negro desnudo no tiene pleito con el sol abrasador, sino que disfruta de su vida soleada. Nosotros, los de la zona templada, apenas podemos soportar el calor de los trópicos, y tiritamos con solo pensar en Laponia. Es una prueba de la sabiduría divina que un mundo que presenta tal variedad de climas y condiciones tenga, en todas sus partes, habitantes que disfrutan de su vida.
La misma ley opera en el mundo vegetal. En todas partes las plantas parecen descubrir los lugares donde mejor prosperan. Aun en el mismo país hay una flora para el valle y otra para la montaña. El liquen se extiende por la superficie de las rocas o por la dura corteza de los árboles antiguos; el hongo se queda en los rincones húmedos y sin ventilación; la prímula se asienta en los ribazos abiertos; el helecho, en las arboledas sombrías. Siempre hay un lugar para la planta, y una planta para el lugar. Y así sucede también con los animales. El elefante en el bosque extendido, el conejo en la duna arenosa, el castor junto al arroyo, la oruga en el jardín frondoso. Si pudiéramos explorar el océano, hallaríamos allí la ley de distribución en plena actividad. Hay un gran orden de peces para el agua dulce, otro para la salada; una gran clase de insectos en los climas cálidos, otra en los templados; aves del cielo, del águila al colibrí, del avestruz al murciélago, en lugares adaptados a sus hábitos. No preguntamos si este resultado se debió a la creación o a la evolución. Ahí está, y su efecto es cubrir la tierra. Todos sus lugares, deseables e indeseables, están más o menos ocupados por habitantes. Algunos de los grandes desiertos que nuestra imaginación solía crear en África o en otras partes no existen. Lugares estériles los hay, y «pantanos y lagunas abandonados a la sal», pero no son muchos. La tierra ha sido llenada, y el propósito de Dios cumplido hasta ese punto.
Y luego hay una distribución de talentos. No todos somos creados iguales, con porciones iguales de los dones y facultades que de algún modo sirven a los propósitos de nuestra vida. Dependemos más o menos unos de otros; las mujeres de los hombres, y los hombres de las mujeres; los jóvenes de los viejos, y a veces los viejos de los jóvenes; las personas de un talento de las de otro talento, los de músculos fuertes de los de cabeza clara, y los de cabeza clara de los de músculos fuertes; en suma, la sociedad está constituida de tal modo que lo que cada uno tiene lo tiene para todos, y lo que todos tienen lo tienen para cada uno. Entra el principio de la división del trabajo; y en una comunidad bien ordenada la riqueza general y el bienestar del conjunto se promueven mejor con el intercambio de oficios que si cada persona tuviera en sí misma una pequeña provisión de todo lo que necesita.
La misma ley de distribución prevalece en la Iglesia de Cristo. Se ejemplificó de manera interesante en el caso de los apóstoles de nuestro Señor. Ninguno de ellos era duplicado de otro. Cuatro de ellos, contando a Pablo, fueron tipos de variedades que se han hallado en todas las épocas de la Iglesia. En un notable artículo de la Contemporary Review, el profesor Godet de Neuchâtel, después de delinear las características de Pedro, Santiago, Juan y Pablo, observó qué cosa tan interesante era que cuatro hombres de temperamentos tan diversos hallaran todos su suprema satisfacción en Jesús de Nazaret y le rindieran el homenaje y el servicio de su vida. Y a lo largo de la historia de la Iglesia la distribución de los dones ha sido igualmente marcada. Crisóstomo y Agustín, Jerónimo y Ambrosio, Bernardo y Anselmo, eran todos del mismo tronco, pero no del mismo tipo. En la Reforma se proveyeron hombres de marcada individualidad para cada país. Alemania tuvo a Lutero y Melanchthon; Francia, a Calvino y Coligny; Suiza, a Zwinglio y Farel, Viret y Ecolampadio; Polonia, a Lasco; Escocia, a Knox; Inglaterra, a Cranmer, Latimer y Hooper. El campo misionero ha sido provisto de la misma manera. La India ha tenido su Schwartz, su Carey, su Duff y una multitud de otros; China su Morrison, Birmania su Judson, Polinesia su Williams, África su Livingstone. Los lugares menos atractivos e inhóspitos han sido provistos. Groenlandia no fue demasiado fría para los moravos, ni demasiado repulsivas las comunidades leprosas de la India o de África. Y nunca estuvieron los cristianos más dispuestos que hoy a honrar aquella gran ley cristiana de distribución: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».
Era, pues, una gran ley providencial la que se reconoció en el reparto de la tierra de Canaán entre las tribus. Se proveyó así para dispersar al pueblo de modo que ocupara todo el país y se adaptara a los lugares donde se establecía y a las ocupaciones propias de ellos. Aun donde nos parece que hubo una mera distribución al azar de los lugares, puede haber habido adaptaciones subyacentes, o posibilidades de adaptación conocidas solo por Dios; en todo caso surtiría efecto la ley de adaptación, por la cual un hombre se adapta y se apega al lugar que le da no solo un hogar, sino los medios de vida, y por la cual también se hace más diestro en los métodos de trabajo que aseguran el éxito.
3. Además, en la ubicación de las tribus en sus diversos territorios tenemos un ejemplo del modo en que Dios dispuso que la tierra sirviera más eficazmente a las necesidades del hombre. No decimos que el método adoptado entonces en Canaán fuera el único plan de distribuir la tierra que Dios haya sancionado jamás; muy probablemente era el mismo método que había prevalecido entre los cananeos; pero está fuera de duda que, tal como era, Dios lo sancionó para su pueblo escogido.
Era un sistema de propiedad campesina. Toda la propiedad territorial del país se dividió entre los ciudadanos. Cada israelita nacido libre era terrateniente, y poseía su heredad bajo un título que, mientras se observara la constitución, hacía imposible su enajenación permanente fuera de su familia. Al año cincuenta, el año del jubileo, toda heredad volvía, libre de todo gravamen, a los representantes del propietario original. La disposición se oponía igualmente a la acumulación de propiedades desmesuradas en manos de unos pocos y a la pérdida de toda propiedad por parte de muchos. Los extremos de riqueza y pobreza se frenaban y desalentaban por igual, y la suerte que elogia Agur —una holgura moderada, ni pobreza ni riquezas— vino a ser la condición general de los ciudadanos.
Es difícil decir qué extensión de tierra tocó a cada familia. La porción de tierra repartida por Josué se ha calculado en veinticinco millones de acres.[17] Dividiendo esto entre 600.000, el número probable de familias en el tiempo del asentamiento, obtenemos cuarenta y dos acres como tamaño medio de cada propiedad. Para un ciudadano romano se consideraban suficientes siete acres para dar un sustento moderado, de modo que, aun en un país de productividad ordinaria, la extensión de las granjas hebreas habría sido amplia antes de que se hiciera necesaria una nueva subdivisión. Cuando aumentara la población, la heredad tendría por supuesto que subdividirse. Pero durante varias generaciones esto, lejos de ser un inconveniente, sería un beneficio positivo. Produciría un desarrollo más completo de los recursos del suelo. Así se honraba la gran regla de la economía divina: que nada se pierda.
17 Véase Wines, Laws of the Ancient Hebrews, p. 388.
No hay razón para suponer que la propiedad campesina de los israelitas indujera una condición estacionaria y estancada de la sociedad, o la redujera a un nivel uniforme: un mero conglomerado de hombres de riqueza, recursos e influencia uniformes. Aunque al principio la tierra se dividió por igual, no podía permanecer así dividida mucho tiempo. En el curso de la providencia, cuando faltaban los herederos directos, o cuando un hombre se casaba con una propietaria, dos o más propiedades pasaban a pertenecer a una sola familia. Un mayor capital, destreza e industria, o un éxito inusual en expulsar a los cananeos restantes, tenderían además al ensanchamiento de las propiedades. Por eso hallamos «hombres de grandes posesiones», como Jair galaadita, Booz de Belén, Nabal del Carmelo o Barzilai galaadita, aun en los períodos más tempranos de la historia judía.[18] Había un número suficiente de hombres acaudalados para dar una grata variedad y un impulso saludable a la sociedad, sin producir los males de la acumulación enorme por un lado, ni de la indigencia espantosa por el otro.[19]
18 Jueces 10.4; Rut 2.1; 1 Samuel 25.2; 2 Samuel 17.27.
19 Véase el ensayo del autor «An Old Key to our Social Problems», en Counsel and Cheer for the Battle of Life.
Nosotros, en este país, después de llegar al extremo opuesto, estamos tratando ahora de volver en dirección a este antiguo sistema. Todos los partidos parecen estar de acuerdo ahora en que algo de la naturaleza de la propiedad campesina es necesario para resolver el problema agrario en Irlanda, y también en Gran Bretaña. Solo el hecho de que en Gran Bretaña la empresa comercial y la emigración ofrecen tantas salidas a las energías de nuestros compatriotas sin tierra ha hecho que se toleraran tanto tiempo entre nosotros los abusos de la propiedad: las leyes de vinculación y de primogenitura, la acumulación de propiedad mucho más allá de la capacidad del propietario para supervisarla o administrarla, el empleo de administradores de fincas que actúan únicamente a favor del propietario, y sin aquel sentido de responsabilidad o aquel interés por el bienestar del pueblo que es natural en el propietario mismo. No es de extrañar que hayan surgido teorías de la posesión de la tierra tan impracticables de hecho como descabelladas y anárquicas en principio. Tales imaginaciones desesperadas son fruto de la desesperación, de la falta absoluta de esperanza de volver por otro camino a una verdadera ley de la tierra, a un estado de cosas en que la tierra rindiera el mayor beneficio a toda la nación. No solo debería suministrar alimento y promover la salud, sino también una familiaridad con la naturaleza y un sentido de libertad, y producir así contentamiento y felicidad, y un sentimiento más bondadoso entre todas las clases. Nos parece uno de los rasgos más interesantes de la ley de tierras introducida recientemente para Irlanda que tiende a una disposición de la tierra en la dirección de los primeros designios de Dios acerca de ella. Si es factible para Irlanda, ¿por qué no tenerla para Inglaterra y Escocia? Algunos desdeñarán tales asuntos como puramente seculares, y no solo indignos de la intervención de hombres religiosos, sino, cuando estos los defienden, capaces de perjudicar a la religión espiritual. Es una visión estrecha. Todo lo que es recto es religioso; todo lo que está conforme a la voluntad de Dios es espiritual. Todo lo que tiende a realizar la oración de Agur es bueno para ricos y pobres por igual: «No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario».
4. Por último, en las disposiciones para el reparto de la tierra entre las doce tribus podemos notar una prueba del interés de Dios en la comodidad y prosperidad temporal de los hombres. No es Dios quien ha creado la antítesis entre lo secular y lo espiritual, como si los dos intereses fueran un subibaja, de modo que cada vez que uno sube el otro tuviera que bajar. Las cosas de este mundo están hechas para disfrutarse, y su disfrute es agradable a la voluntad de Dios, con tal que usemos de ellas como no abusando. Si la Escritura condena la entrega a los placeres de la vida, es cuando esos placeres se prefieren a los gozos más altos del Espíritu, o cuando se les permite estorbar una vida más noble y una recompensa más alta. En circunstancias ordinarias Dios quiere que los hombres estén razonablemente cómodos; no desea que la vida sea una lucha perpetua, o una lúgubre marcha hacia la tumba. Las mismas palabras con que Cristo nos aconseja considerar los lirios y los cuervos, en vez de afanarnos por la comida y el vestido, lo muestran; pues, en el plan divino, los cuervos están bien alimentados y los lirios hermosamente vestidos.
Este es el plan divino; y si quienes gozan de una gran parte de las comodidades de la vida son a menudo egoístas y mundanos, es solo otra prueba de cuánto puede un espíritu equivocado pervertir los dones de Dios y volverlos al mal. Lo característico de un hombre bueno, cuando goza de una parte de la prosperidad mundana, es que no deja que el mundo se convierta en su ídolo: es su siervo, está bajo sus pies; se guarda celosamente de que llegue a ser su amo. Su esfuerzo consiste en ganar amigos por medio de las riquezas injustas, y en emplear cada porción de ellas que se le confíe en tal uso para el bien de los demás que, cuando al fin dé cuenta, como mayordomo, a su divino Señor, pueda hacerlo con alegría, y no quejándose.
Josué 15
20 No recargamos nuestra exposición con una discusión de la extraordinaria teoría de Wellhausen, según la cual Judá y Simeón, con Leví, fueron los primeros en cruzar el Jordán y atacar a los cananeos; Simeón y Leví fueron casi aniquilados; Josué, que pertenecía a la tribu de Efraín, hizo poco más que establecer a esa tribu; y apenas hubo tal cosa como una acción unida de las tribus, pues la mayoría de ellas obraron y pelearon por su propia cuenta. Esta teoría se apoya declaradamente en que Jueces 1 es un relato del asentamiento más verdadero y digno de confianza que la narración de Josué. Es extraña prueba de la mayor veracidad de Jueces que, según esta teoría, su primera afirmación sea una mentira: «Aconteció después de la muerte de Josué». El relato de Jueces sigue naturalmente al de Josué, porque es claro que, aunque Josué aseguró a su pueblo un terreno firme en el país, no le aseguró la posesión tranquila. Josué les dio un ejemplo de fe y de valor que, si lo hubieran seguido, les habría asegurado la posesión tranquila; pero, con pocas excepciones, prefirieron tolerar a los cananeos a su lado en vez de hacer un esfuerzo vigoroso por desposeerlos del todo.
Judá era la tribu imperial, y era propio que se le plantara en un territorio destacado. Aun si la república no hubiera estado destinada a ceder el paso a la monarquía, se debía cierta preeminencia a la tribu que había heredado la bendición patriarcal, y de la cual había de venir Aquel en quien serían benditas todas las familias de la tierra. Judá y los hijos de José parecen haber obtenido sus asentamientos no solo antes que las otras tribus, sino de manera distinta. No los obtuvieron por suerte, sino al parecer por su propia elección y por posesión temprana. Judá no fue plantado en el corazón del país. Esa posición la obtuvieron Efraín y Manasés, los hijos de José, mientras Judá obtuvo la sección meridional. En esta posición su influencia no fue al principio tan dominante como lo habría sido si hubiera ocupado el centro. La porción que Judá tomó en posesión había pertenecido al primer grupo de reyes que Josué sometió: los reyes que subieron a vengarse de los gabaonitas. Lo que primero se asignó a Judá era demasiado grande, y la tribu de Simeón halló acomodo dentro de su porción (19.9). Dan obtuvo también varias ciudades que primero se habían dado a Judá (compárese 15.21-62 con 19.40-46). De hecho, Judá absorbió en poco tiempo gran parte de Simeón y de Dan, y Benjamín quedó tan encerrado entre él y Efraín que, aunque Jerusalén estaba situada dentro de los límites de Benjamín, era para todo efecto práctico una ciudad de Judá.
El territorio de Judá no era eminentemente fértil; en esto no igualaba al de Efraín y Manasés. Tenía algunas extensiones fértiles, pero una parte considerable era montañosa y estéril. Era de cuatro clases: la región montañosa, el valle o tierra baja, el sur y el desierto. «La región montañosa —dice el deán Stanley— es la parte de Palestina que mejor ejemplifica su paisaje característico: las colinas redondeadas, los valles anchos, la vegetación escasa, las aldeas y fortalezas, a veces en pie y con más frecuencia en ruinas, sobre las cumbres; los pozos en cada valle, los vestigios de terrazas, ya para el trigo, ya para el vino». Aquí se atrincheró el león de la tribu de Judá, para guardar la frontera sur de la Tierra Escogida, con Simeón, Dan y Benjamín acurrucados a su alrededor. Bien podía llamársele así en esta región agreste, más de la mitad desierto, guarida de fieras, cuyas huellas desaparecen gradualmente a medida que avanzamos hacia el interior. Fijado allí, y nunca desalojado sino por la ruina de toda la nación, «se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará?».
Muchas partes de Judá eran aptas para el cultivo del trigo: testigo Belén, «la casa del pan». Pero el cultivo de la vid era eminentemente el rasgo de la tribu. «Aquí, más que en ninguna otra parte de Palestina, se ven en las laderas de las colinas las viñas, señaladas por sus torres de vigía y sus muros, asentadas en sus antiguas terrazas, el símbolo más antiguo y más reciente de Judá. La elevación de las colinas y mesetas de Judá es el verdadero clima de la vid. Él "atando a la vid su pollino, y a la cepa el hijo de su asna, lavó en el vino su vestido, y en la sangre de uvas su manto". Fue del valle judío de Escol, "el torrente del racimo", de donde los espías cortaron el gigantesco racimo de uvas. "Una viña en una ladera fértil", con la "cerca", y "las piedras quitadas", y la torre "en medio de ella", es la figura natural que, tanto en los registros proféticos como en los evangélicos, representa el reino de Judá. La "vid" era el emblema de la nación en las monedas de los macabeos, y en el colosal racimo de uvas de oro que colgaba sobre el pórtico del segundo templo; y las uvas de Judá todavía señalan las lápidas de la raza hebrea en el más antiguo de sus cementerios europeos, en Praga».[21]
21 Stanley, Sinai and Palestine.
El capítulo que tenemos delante tiene un aspecto particularmente árido; pero si lo examinamos con cuidado, hallaremos que no carece de elementos de interés.
1. Primero, tenemos una minuciosa delineación de los límites del territorio asignado a Judá. No es difícil seguir la línea divisoria en lo principal, aunque algunos de los nombres no pueden identificarse hoy. El límite sur comenzaba en el desierto de Zin, donde la hueste había acampado más de cuarenta años antes, cuando los doce espías volvieron con su informe sobre la tierra. La línea seguía un curso hacia el suroeste hasta llegar al «río de Egipto» y a la costa del mar. Qué era este «río de Egipto» está lejos de ser claro. Naturalmente uno piensa en el Nilo, la única corriente que parece tener derecho a tal nombre. Por otra parte, el término traducido «río» se aplica comúnmente, aunque no siempre, a arroyos o torrentes poco profundos, y por ello se ha pensado que designa un arroyo, llamado hoy El Arish, más o menos a mitad del desierto entre Gaza y la boca pelusiaca del Nilo. Aunque nos inclinamos por la primera opinión, reconocemos que en la práctica la cuestión tiene poca importancia; la única diferencia es que, si el límite llegaba al Nilo, incluía una porción mayor del desierto que si tenía un término más al norte. El mar Muerto era la parte principal de la frontera oriental. El límite norte comenzaba cerca de Gilgal y se extendía hacia el oeste hasta el Mediterráneo por una línea que pasaba justo al sur de Jerusalén.
La posición de Judá era peculiar en cuanto a los enemigos que lo rodeaban. En su frontera oriental, junto al mar Muerto, estaba en contacto con Moab, y al sur con Edom, los descendientes de Esaú. Al suroeste estaban los amalecitas del desierto; y al oeste los filisteos y, destacándose entre ellos hasta que Caleb los sometió, los hijos de Anac, los gigantes. En su extremo norte, pero dentro de la tribu de Benjamín, estaba la gran fortaleza de los jebuseos. No era un lecho de rosas el que así se preparaba para el león de la tribu de Judá. Si había de dominar, tendría que dominar en medio de sus enemigos. Cercado por todos lados por enemigos feroces, necesitaba mostrar su valor si había de prevalecer contra ellos. Fue la necesidad de luchar con estos y otros enemigos lo que desarrolló el genio militar de David (1 Samuel 17.50; 18.5, 17, 27; 27.8), y lo hizo tipo apropiado del guerrero celestial que sale «venciendo, y para vencer». La vigilancia necesaria para mantener a raya a estos enemigos fue uno de los medios de conservar el vigor y la independencia de la tribu. Viviendo así en el mismo corazón de sus enemigos, Judá estaba más apto para simbolizar a la Iglesia de Cristo tal como suele hallarse cuando es fiel a su alto llamamiento. «He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos». «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Mientras la Iglesia sea militante, no puede ser de otro modo; y poco le conviene quejarse por un lado o desanimarse por otro, por fuerte y amarga que sea la oposición, o aun la persecución, de sus enemigos.
2. A continuación entra en nuestro relato un pequeño episodio (vv. 13-19), en relación con una asignación especial de territorio dentro de la tribu. Se repite el incidente de Caleb, como introducción al relato que sigue. Caleb, en virtud de su promesa de expulsar a los anaceos, había recibido Hebrón como heredad, y una porción del país circundante. Cerca de Hebrón, pero en un sitio hoy desconocido, estaba Debir, o Quiriat-sefer, al parecer una fortaleza de los anaceos. No sabemos las circunstancias que indujeron a Caleb a poner este lugar, por así decirlo, a concurso público. A quien lo tomara se le prometía en matrimonio a su hija Acsa. Otoniel, a quien se llama su hermano menor, lo que quizá signifique hijo de su hermano, tomó el lugar y, conforme al trato, recibió a Acsa por mujer. La toma de Debir se registra dos veces, aquí y en Jueces 1.14, 15, y en este último caso con la añadidura de un incidente que siguió al matrimonio, como si en ambos casos se hubiera copiado de un registro más antiguo. Acsa era evidentemente una mujer que sabía mirar bien por sus intereses. No estaba satisfecha con la porción de tierra que le tocó a Otoniel. Había además cierto campo en que había puesto su afecto, y persuadió a su marido a pedírselo a Caleb. Este parece haberlo obtenido. Luego ella misma se hizo suplicante y, habiendo ido a Caleb y bajado del asno,[22] y habiéndole dicho Caleb: «¿Qué tienes?», ella respondió a su padre: «Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas» («Dame una bendición [al margen: un presente], pues me has puesto en la tierra del sur; dame también fuentes de aguas», Versión Revisada). Su petición le fue concedida: «Él entonces le dio las fuentes de arriba, y las de abajo».
22 Fundándose en la expresión «bajando del asno», algunos han pensado que fingió caerse y que, al acudir su padre a ayudarla con el espíritu compasivo que se muestra en caso de accidente, ella aprovechó la oportunidad para pedir y obtener este don. La explicación es rebuscada, si no necia. Su desmontar se explica por la costumbre universal al encontrarse con una persona de rango superior. Compárese Génesis 24.64. Véase Kitto, Pictorial Commentary.
El incidente, aunque pintoresco, es algo extraño, y naturalmente preguntamos: ¿por qué habría de tener lugar en el árido relato del asentamiento? Quizá precisamente porque lo que concierne al asentamiento era muy árido, y un incidente como este le daba algo de interés vivo. Quienes vivieron en aquel tiempo debieron de tener un interés especial en el asunto, pues en Jueces 1.14 se dice que Acsa persuadió a Otoniel a pedir a su padre «el campo» (en hebreo), lo que implica que era un campo particular, bien conocido del público. El interés moral del relato es la luz que arroja sobre la generosidad de Caleb. Su yerno le pidió un campo, al parecer un campo de valor especial, y lo obtuvo; su hija le pidió fuentes de aguas, y ella también obtuvo su petición. Contrastamos a Caleb con Saúl, tal como leemos de él después. De ninguna manera semejante fue tratado David por su suegro, después de sus brillantes victorias sobre los filisteos. Tan lejos estuvo de adquirir campo o fuente, que ni siquiera adquirió a su esposa: «Llegado el tiempo en que Merab hija de Saúl se había de dar a David, fue dada por mujer a Adriel meholatita» (1 Samuel 18.19). Caleb tenía otro espíritu. Tenía corazón de padre, tenía un interés genuino por su hija y su yerno, y deseaba verlos cómodos y felices. Bondadoso y de corazón grande, les traspasó en seguida posesiones valiosas que un hombre más codicioso se habría guardado. Evidentemente era uno de esos hombres semejantes a Dios que disfrutan dando, que hallan más placer en hacer felices a otros que en multiplicar su propio caudal. «El generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado». «Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza».
No es de extrañar que un incidente que revela la generosidad desbordante de un corazón semejante a Dios se haya aprovechado a veces como símbolo de la liberalidad de Dios. Toda generosidad humana no es sino una gota del océano de la bondad divina, una sombra débil de la sustancia inagotable. «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?». Si en el pecho del padre terrenal hay aquel interés por el bienestar de sus hijos que está ansioso de ayudarlos donde se necesita ayuda y está en su poder darla, ¿cuánto más en el pecho del Padre celestial? ¿Por qué habría alguno de vacilar en acudir a él, en decirle como Acsa: «Concédeme un don»? Le agrada ver a sus hijos depositar su confianza en él, creyendo en su amor infinito. Todo lo que nos pide es que vengamos a él por medio de Jesucristo, reconociendo nuestra indignidad y alegando el mérito de su sacrificio e intercesión como nuestro único fundamento de aceptación ante él. Después de la revelación de su gracia en Cristo, nuestras peticiones no pueden limitarse a cosas meramente temporales; cuando pedimos una bendición, ha de ser de un alcance y una calidad más altos. Sin embargo, tal es su bondad que nada que sea realmente para nuestro bien puede sernos negado. «No quitará el bien a los que andan en integridad». «Probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde».
3. Dejamos este pintoresco incidente para volver a entrar en el desierto de los nombres desconocidos. Hallamos una lista de no menos de ciento quince ciudades que estaban dentro de los confines de la tribu de Judá (vv. 21-32). Se dividen en cuatro grupos. Primero, veintinueve ciudades pertenecían al «sur», el «Neguev» de los hebreos, la parte del país que lindaba con el desierto y participaba en cierto grado de su carácter. Se les llama ciudades, pero pocas eran más que aldeas, y apenas alguna fue lo bastante importante para dejar su huella en la historia. Hay dos, sin embargo, con memorables asociaciones con hombres notables, la una que nos lleva a un pasado glorioso, la otra a un futuro vergonzoso. ¡Extraña asociación: Abraham y Judas Iscariote! Con Beerseba está imperecederamente asociado el nombre de Abraham, así como el de Isaac. Y hasta el día de hoy el solo nombre de Beerseba parece exhalar una santa fragancia. Con Queriot (v. 25) relacionamos al traidor Judas, pues el Is-cariote del Nuevo Testamento equivale a Ish-Queriot, un hombre de Queriot, del Antiguo. Nuestro corazón se llena de náusea al recordar la asociación. El traidor estaba doblemente vinculado con la tribu de Judá: por su nombre y por su lugar de nacimiento. ¡Qué burla de un nombre noble! «Judá, te alabarán tus hermanos». ¿Qué contraste podría ser mayor que el que hay entre el Judá que se entregó a la esclavitud para liberar a su hermano y el Judas que vendió a su Señor por treinta piezas de plata? ¡Qué extremos de carácter podemos hallar bajo un mismo nombre, y a menudo en una misma familia! ¡Qué extraño que tan pocos sean atraídos por el ejemplo de los nobles, y tantos sigan el camino de los viles!
El siguiente grupo, «el valle», la tierra baja o Sefela, abarcaba tres subdivisiones: la Sefela del noreste con sus catorce poblaciones (vv. 33-36), la del centro con dieciséis (vv. 37-41) y la del sur con nueve (vv. 42-44); a las que se añaden tres de las ciudades de los filisteos: Ecrón, Asdod y Gaza (vv. 45-47). Muchos de los lugares de esta lista se hicieron famosos en la historia. Estaol y Zora fueron notables en la historia de Sansón, pero en su tiempo eran asentamientos danitas. Jarmut, Laquis, Eglón y Maceda habían sido conspicuos en la gran batalla de Josué en Bet-horón. Adulam y Keila figuraron después en la historia de David como proscrito, y Asdod y Ecrón fueron dos de las ciudades filisteas a las que se llevó el arca después de la batalla de Eben-ezer y Afec (1 Samuel 4.1; 5.1, 10). En años posteriores Laquis y Libna estuvieron entre los lugares atacados por Senaquerib, rey de Asiria, en su gran incursión por el país (Isaías 37.8).
El tercer gran grupo de ciudades eran las de «las montañas», o tierras altas. Estaban mayormente en la parte central del territorio, en la meseta o cordillera que lo recorre, elevándose desde el valle del mar Muerto al oriente y la Sefela, o «valle», al occidente. Aquí había cuatro grupos de ciudades: once al suroeste (vv. 48-51), nueve más al norte (vv. 52-54), diez al oriente (vv. 55-57) y seis al norte (vv. 58, 59), junto con Quiriat-baal y Rabá en la misma vecindad. Este grupo incluía Hebrón, de la que tanto oímos; también Carmel, Maón y Zif, conspicuas en la vida de David como proscrito. Es notable que no se mencione Belén, que estaba en «las montañas»: probablemente no había alcanzado todavía el rango de población. Pero su misma omisión puede considerarse prueba de la fecha contemporánea del libro; pues poco después Belén era un lugar bien conocido (Rut 1-4), y si el libro de Josué se hubiera escrito en la fecha tardía que a veces se le asigna, esa ciudad no habría podido dejar de tener lugar en la enumeración.
Un cuarto grupo de ciudades estaba en «el desierto», o Midbar. Era una región agreste y rocosa que se extendía entre el mar Muerto y las montañas de Hebrón. «Es una meseta de greda blanca, terminada al oriente por acantilados que se elevan verticalmente desde la orilla del mar Muerto hasta una altura de unos dos mil pies. El paisaje es árido y agreste más allá de toda descripción. Las crestas gredosas están surcadas por innumerables torrentes, y sus angostas cumbres están separadas por valles anchos y llanos. Picos y lomas de formas fantásticas se alzan de repente de las ondulantes colinas, y magníficos precipicios de áspera caliza se levantan como muros de fortaleza sobre el mar. No se ve en el yermo ni un árbol ni una fuente; y solo la perdiz del desierto y la cabra montés se hallan recorriendo la soledad».[23] Este distrito fue en gran medida el escenario de los vagabundeos de David, y bien podía llamarlo «tierra seca y árida donde no hay aguas» (Salmo 63.1). Fue también el escenario de la predicación de Juan el Bautista, al menos al principio (Mateo 3.1); pues cuando la administración del bautismo se hizo común, le fue necesario trasladarse a una región mejor regada (Juan 3.23). Hay alguna razón para creer que fue también el escenario de la tentación de nuestro Señor (Mateo 4.1), tanto más cuanto que uno de los evangelistas ha dicho que «estaba con las fieras» (Marcos 1.12).
23 Conder, Handbook to the Bible, pp. 213, 214.
Solo seis ciudades se enumeran como situadas «en el desierto» (vv. 61, 62), de modo que su población debió de ser muy pequeña. Y de las mencionadas algunas son enteramente desconocidas. La más interesante de las seis es En-gadi, que debía su nombre a una célebre fuente, y significa «fuente del cabrito». Es conocida como uno de los escondites de David; Saúl lo persiguió hasta allí, y fue allí donde David le perdonó la vida cuando lo halló en una cueva (1 Samuel 24). Salomón ensalza sus viñas y su alheña (Cantares 1.14), Josefo su bálsamo (Antigüedades, ix. 1, § 2) y Plinio sus palmeras (v. 17). En tiempos antiguos fue sitio de una población, y en el siglo cuarto, en tiempo de Jerónimo, había todavía una aldea considerable; ahora, sin embargo, no hay rastro de nada semejante. Sir Walter Scott, en El talismán, lo hace morada de un ermitaño cristiano, Teodorico de Engadi. Está situado cerca del centro de la orilla occidental del mar Muerto. Una rica llanura de media milla cuadrada desciende suavemente desde la base de las montañas hasta el mar; y como a una milla cuesta arriba, en la pendiente occidental, cuatrocientos pies sobre la llanura, está la fuente de Ain Jiddy, de la cual el lugar recibe su nombre.
Tal fue, pues, la distribución de las ciudades de Judá por las cuatro secciones del territorio: el sur, la Sefela, las tierras altas y el desierto. Era un dominio amplio y variado, y después de que Caleb expulsó a los anaceos parece haber habido poca o ninguna oposición a que la tribu ocupara el conjunto. Pero no faltó «la espina en la suerte». La gran fortaleza jebusea, Jerusalén, estaba en el mismo borde del límite norte de Judá. Nominalmente, como hemos dicho, Jerusalén estaba en el territorio de Benjamín, pero en realidad era una ciudad de Judá. Pues se dice (v. 63): «Mas a los jebuseos que habitaban en Jerusalén, los hijos de Judá no pudieron arrojarlos; y ha quedado el jebuseo en Jerusalén con los hijos de Judá hasta hoy».[24] Por alguna razón Josué había omitido tomar posesión de esta fortaleza después de la batalla de Bet-horón. La corriente de la persecución había ido hacia el oeste, y se perdió la oportunidad de tomar Jerusalén cuando su rey había sido muerto y su ejército hecho pedazos. Y así como en la historia moderna, cuando se perdió la oportunidad de tomar Sebastopol después de la batalla del Alma y hubo que recurrir a un sitio largo, penoso y desastrosísimo, así sucedió con Jerusalén; los jebuseos, recobrando el ánimo después de la derrota, pudieron retenerla y desafiar a la tribu de Judá, y a todas las tribus, durante muchos y largos años. Mientras los jebuseos retenían la fortaleza, judíos y jebuseos habitaban juntos en la ciudad, llevando sin duda una vida sin consuelo, sin que ni unos ni otros se sintieran verdaderamente en casa.
24 Prueba de que Josué se escribió antes del tiempo de David.
La moraleja no es difícil de hallar. Hay una crisis en la vida de algunos hombres, cuando caen bajo el poder de la religión y sienten la obligación de vivir para Dios. Si tuvieran en esa crisis la decisión y el valor suficientes para romper con todos los hábitos y vínculos pecaminosos, para renunciar a todas las maneras de vida no cristianas, para declarar con Josué: «Yo y mi casa serviremos a Jehová», sin duda experimentarían una oposición áspera, pero pasaría, y vendría la paz. Pero a menudo vacilan, retroceden y se acobardan; no pueden soportar la oposición y la burla; retienen religión suficiente para apaciguar su conciencia, pero no para darles satisfacción y gozo. Es otro caso de los hombres de Judá habitando con los jebuseos, y con el mismo resultado: no son felices, no tienen reposo; dan poca o ninguna honra a su Señor, y tienen poca influencia en el mundo para bien.
Josué 16 y 17
Después de Judá, la tribu más importante era José; es decir, la tribu doble a la que dieron nombre sus dos hijos, Efraín y Manasés. En perpetuo reconocimiento del servicio que José prestó a la familia al conservarla con vida en el hambre, Jacob dispuso que sus dos hijos tuvieran rango con sus tíos como fundadores de tribus (Génesis 48.5). También dispuso Jacob proféticamente que Efraín, el hijo menor, tuviera precedencia sobre Manasés (Génesis 48.19). El privilegio de la doble porción, sin embargo, quedó para Manasés como hijo mayor. Por eso, además de su porción en Galaad y Basán, tuvo también una porción en la Palestina occidental. Pero en lo demás Efraín era la tribu más importante; y cuando se produjo la separación de los dos reinos, Efraín dio a menudo su nombre a la división mayor. Y en la hermosa visión profética de Ezequiel, cuando se simboliza la futura reunión de la nación, es de esta manera: «Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros. Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno en tu mano» (37.16, 17). La superioridad asignada a Efraín no fue seguida de resultados muy felices; despertó en esa tribu un espíritu arrogante, del cual hallamos algunos indicios en el presente capítulo, pero manifestaciones más pronunciadas y dañinas más adelante.
La delimitación de las tribus de Efraín y Manasés no es fácil de seguir, en particular en la Versión Autorizada, que no solo no traduce con mucha exactitud, sino que usa algunas expresiones inglesas de sentido incierto. La Versión Revisada es mucho más útil, pues corrige ambas clases de defectos de su predecesora. Sin embargo, aun la Versión Revisada nos deja a veces perplejos. Se ha supuesto, en efecto, que algunas palabras se han perdido del texto. Además, no ha sido posible averiguar la posición de todos los lugares mencionados. No puede menos que prevalecer la incertidumbre en cuanto a los límites precisos, y diferencias de opinión entre los comentaristas. Pero la incertidumbre se aplica solo a los rasgos más menudos de la descripción; atañe principalmente a los puntos en que una tribu lindaba con otra. La porción de la tierra ocupada por Efraín y Manasés se conoce, en conjunto, con mucha claridad, así como su influencia en la historia del país está muy distintamente marcada.
De hecho, la porción de José en la Palestina occidental era, en muchos aspectos, la más deseable de todas. Era un distrito fértil y hermoso. Abarcaba el valle de Siquem, primer lugar de la peregrinación de Abraham, que los viajeros consideran uno de los sitios más hermosos —algunos dicen el más hermoso— de Palestina. Samaria, a la cabeza de otro valle célebre por su «hermosura gloriosa» y por su «fertilidad» (Isaías 28.1), no estaba a gran distancia. Tirsa, símbolo de belleza en el Cantar de los Cantares (6.4), era otra de sus ciudades, como lo era también Jezreel, «una posición encantadora para una capital» (Tristram). Por otra parte, esta porción del país padecía la desventaja de no haber sido bien despejada de sus habitantes originales. Los hombres de Efraín no se esforzaron tanto como los de Judá. Esto se ve por lo que se dice en 16.10: «Pero no arrojaron al cananeo que habitaba en Gezer»; y también por la respuesta de Josué a la petición de Efraín de más tierra (17.15-18).
Como ya hemos dicho, no tenemos información acerca de la conquista de esta parte del país por Josué. Parece haber sido recorrida más superficialmente que el norte y el sur. En consecuencia, los antiguos habitantes eran todavía muy numerosos, y además temibles, porque tenían carros herrados.
En la definición de los límites tenemos primero una noticia aplicable a José en su conjunto, y luego especificaciones aplicables a Efraín y a Manasés respectivamente. El límite sur se delinea dos veces con considerable minuciosidad, y su curso general, que se extiende desde cerca del Jordán en Jericó, pasando por Bet-el y Luz, y bajando por el desfiladero de Bet-horón hasta el Mediterráneo, es bastante claro. El límite entre Efraín y Manasés no es tan claro, ni el límite norte de Manasés. Debe notarse además que, aunque tenemos una minuciosa exposición de los límites, no tenemos lista de poblaciones de Efraín y Manasés como la que tenemos para la tribu de Judá. Esto apoya la suposición de que parte del registro antiguo se ha perdido de algún modo. Hallamos, sin embargo, otra afirmación sobre las poblaciones que es de no poca importancia. En 16.9 hallamos que se apartaron para Efraín varias ciudades situadas en el territorio de Manasés. Y de la misma manera se dieron a Manasés varias ciudades situadas en las tribus de Isacar y Aser. De estas últimas se dan los nombres. Eran Bet-seán, Ibleam, Dor, Endor, Taanac y Meguido. Algunas de ellas fueron famosas en la historia posterior. Bet-seán fue la ciudad a cuyo muro se colgaron los cuerpos de Saúl y sus hijos después de la fatal batalla de Gilboa; Ibleam estaba en las cercanías de la viña de Nabot (2 Reyes 9.25, 27); Endor fue el lugar donde moraba la mujer que tenía espíritu de adivinación a quien Saúl fue a consultar; Taanac fue el campo de batalla de los reyes de Canaán a quienes Barac derrotó, y de quienes cantó Débora:
«Vinieron reyes y pelearon;
entonces pelearon los reyes de Canaán,
en Taanac, junto a las aguas de Meguido,
mas no llevaron ganancia alguna de dinero» (Jueces 5.19).
En cuanto a Meguido, muchas batallas se libraron en su llanura. Ya en los días de Tutmosis III de Egipto (hacia 1600 a. C.) era famosa por sus batallas, pues en una inscripción del templo de Karnak, que contiene un registro de sus conquistas en Siria, Meguido figura como escenario de un gran combate. La más triste y notable de sus batallas fue la del rey Josías contra los egipcios, en la que murió aquel buen rey joven. De hecho, Meguido obtuvo tal notoriedad como campo de batalla que en el Apocalipsis (16.16) Armagedón (Har-Magedón, Versión Revisada) es símbolo de otra clase de campo de batalla: el lugar de reunión para «la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso».
Solo podemos conjeturar por qué se dieron a Manasés estas ciudades, la mayoría de las cuales estaban en Isacar. Eran fortalezas en la gran llanura de Esdraelón, donde se libraron la mayoría de las grandes batallas de Canaán. Para la defensa de la llanura parecía importante que estos lugares estuvieran en manos de una tribu más fuerte que Isacar. Por eso parecen haberse dado a Manasés. Pero, como Efraín, Manasés no pudo retenerlas al principio. «Mas los hijos de Manasés no pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el cananeo persistió en habitar en aquella tierra. Pero cuando los hijos de Israel fueron lo suficientemente fuertes, hicieron tributario al cananeo, mas no lo arrojaron». Este último versículo parece haberse insertado en fecha posterior, y concuerda con 1 Crónicas 7.29, donde se enumeran varias de las mismas poblaciones, y se añade: «En estos lugares habitaron los hijos de José hijo de Israel».
Indudablemente estos hijos de José ocupaban una posición que les daba oportunidades sin rival de beneficiar a su país. Pero, con excepción de la espléndida hazaña de Gedeón, un hombre de Manasés, y su pequeña banda, poco oímos en la historia que redunde en honra de los descendientes de José. La nobleza de carácter no es hereditaria. A veces la naturaleza parece gastar toda su riqueza intelectual y moral en el padre, y casi empobrecer a los hijos. Y a veces los hijos viven de las virtudes de sus padres, y no hay manera de moverlos al esfuerzo o al sacrificio necesarios para continuar su obra y mantener su reputación. Se cuenta un dicho humorístico de un eminente pastor de la Iglesia valdense, que halló a su pueblo muy dispuesto a vivir de la reputación de sus padres y trató en vano de lograr que hicieran como sus padres hicieron: dijo que eran como la papa, que lo mejor de ella está bajo tierra. Si dices: «A Abraham tenemos por padre», cuida de decirlo en el sentido debido. Asegúrate de que sigues de cerca sus pisadas, y de que usas su ejemplo como espuela para mover tus lánguidas energías, y no como pantalla para ocultar tus miserables defectos. Si piensas en Abraham, o en cualquier antepasado o grupo de antepasados, como una cubierta para tu desnudez o una compensación por tus defectos, recurres a un artificio que nunca ha dado resultado en las edades pasadas, y que no es probable que cambie de carácter contigo.
Después del reparto, el espíritu vanidoso y engreído de Efraín estalló de manera característica. «¿Por qué —dijo a Josué— me has dado por heredad una sola suerte y una sola parte, siendo yo un pueblo tan grande, y que Jehová me ha bendecido hasta ahora?». Parece hacerse aquí una referencia quejosa a su hermano Manasés, que había recibido dos porciones, una a cada lado del Jordán. Al principio parece que había alguna razón en la queja de Efraín. La parte libre de su porción, es decir, la parte no ocupada por cananeos, parece haber sido pequeña. Pero no podemos creer que toda la heredad de Efraín fuera tan pequeña como aparece representada en el mapa del mayor Conder, del Fondo de Exploración de Palestina, en su Handbook to the Bible, porque se dice, tanto en la Versión Autorizada como en la Revisada, que su límite occidental se extendía hasta el mar, mientras que el mayor Conder lo hace terminar mucho antes. Pero, considerando todas las circunstancias, es probable que la queja de Efraín fuera dictada por celos de Manasés, que ciertamente había recibido la doble heredad.
¡Ay, cuán propenso es todavía a brotar el espíritu de descontento cuando comparamos nuestra suerte con la de otros! Si estuviéramos del todo solos, o no hubiera caso de comparación, podríamos estar bastante contentos; es cuando pensamos cuánto más tiene nuestro hermano que nosotros cuando estamos más expuestos a murmurar. Y por malo que sea murmurar y entristecerse por el bien de nuestro hermano, no es en modo alguno seguro que el mal espíritu se detenga ahí. En la misma aurora de la historia hallamos a Caín asesino de su hermano porque uno tenía el favor de Dios y el otro no. ¡Qué sentimiento tan malo es el que regatea a nuestro hermano una porción mayor de la bendición de Dios! Si no se le refrena desde el principio, puede llevarnos a hechos que bien pueden hacernos estremecer.
Josué trató la queja de Efraín con mucha sabiduría y sin temor, aunque era su propia tribu. Dicen que son un pueblo grande: sea así; pero si son un pueblo grande, han de ser capaces de grandes hechos. Dos grandes empresas tienen ahora delante. Hay en su porción grandes bosques que no han sido desmontados: dirijan a ellos sus energías, y les darán más espacio para asentamientos. Además, los cananeos poseen todavía una gran parte de su porción: levántense, atáquenlos y échenlos, y tendrán otra extensión para poseer. Josué aceptó la estimación que hacían de su importancia, pero le dio un giro práctico muy distinto. Lo que ellos habían deseado era que quitara una porción a alguna otra tribu y se la diera a ellos como asignación adicional, de modo que fuera suya sin trabajo ni molestia. Lo que Josué hizo fue espolearlos a un esfuerzo valeroso y abnegado, para que lograran su objeto por medio de su propio trabajo. En lugar del sentimiento enfermizo que desea que surja una mina de oro y derrame a nuestros pies su tesoro incalculable, puso el sentimiento varonil del proverbio: «No hay ganancia sin fatiga». «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada». Si querían más tierra, tenían que trabajar por ella; no debían tomar la ociosidad por su santo patrono.
Todos hemos oído del padre moribundo que informó a sus hijos que había un tesoro valioso en cierto campo, y les aconsejó ponerse a trabajar para hallarlo. Con gran cuidado removieron cada terrón del suelo; pero no apareció tesoro alguno, hasta que, observando en el otoño qué rica cosecha cubría el campo, llegaron a entender que el fruto del trabajo perseverante era el tesoro al que se refería su padre. Hemos oído también de un médico a quien consultó un hombre rico que padecía cruelmente de gota, preguntándole si tenía alguna cura para ella. «Sí —dijo el doctor—: viva con seis peniques al día, y trabaje para ganarlos». El mismo principio estaba en el fondo del consejo de Josué. Por supuesto, a cierta parte de nuestra naturaleza le agrada obtener una masa de riqueza sin trabajar por ella. Pero no es la mejor parte de nuestra naturaleza. Probablemente en ninguna clase se ha perdido tanto el gran objeto de la vida, ni se ha hecho tan predominante el hábito de la indolencia y la complacencia propia, como en la de los jóvenes nacidos para poseer una gran fortuna, que nunca necesitan mover una mano para nada de lo que desean. Después de todo, la necesidad del trabajo es una gran bendición. Hablamos de la maldición del trabajo; pero, salvo cuando el trabajo es excesivo, o insalubre en sus condiciones, o cuando hay que realizarlo en la enfermedad o con fuerzas que desfallecen, no es una maldición sino una bendición. En vez de avergonzarnos del trabajo, tenemos más bien motivo para estar orgullosos de él. Guarda de innumerables tentaciones; promueve un cuerpo sano y una mente sana; aumenta el gusto por la vida; promueve la alegría y el buen ánimo; hace mucho más dulces el descanso y el recreo saludable cuando llegan, y nos da afinidad con el gran Obrero celestial, de quien, y por quien, y para quien son todas las cosas.
Este gran principio de la vida ordinaria tiene su lugar también en la economía espiritual. Ya pasó la época que tenía por idea favorita que el retiro del mundo y la exención de todo empleo secular era la condición más deseable para un siervo de Dios. Se hizo el experimento de los ermitaños, pero fue un fracaso. El retiro del mundo y la consagración de todo el ser a actos privados de devoción y piedad no tuvieron éxito. El que se mueve entre sus semejantes y conoce día tras día la tensión del trabajo tiene más probabilidades de prosperar espiritualmente que el que se encierra en una celda y mira todo trabajo secular como contaminación. No es el inválido espiritual, que está siempre tomándose el pulso y a quien cada soplo de viento arroja a una fiebre de alarma, el que crece hasta la plena estatura del cristiano; sino el hombre que, como Pablo, tiene las manos y el corazón siempre llenos, y cuya fibra espiritual toda gana fuerza y vitalidad de sus deseos y trabajos por el bien de los demás. Y con las iglesias sucede como con los individuos. Una iglesia ociosa es una iglesia estancada, propensa a la contienda y a toda experiencia morbosa. Una iglesia que se lanza a la obra de fe y al trabajo de amor está mucho más en camino de ser espiritualmente sana y fuerte. No fue solo para el bien del mundo, sino también para el de la Iglesia misma, que nuestro Señor dio aquella magnífica consigna: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».
Antes de dejar la heredad de los hijos de José, conviene que dirijamos la atención a un incidente que puede parecernos insignificante, pero que evidentemente se consideró de no poca importancia en su tiempo. Nos referimos a la petición presentada por las cinco hijas de Zelofehad, miembro de la tribu de Manasés, de una heredad en su tribu. Su padre no tenía hijo varón, de modo que la familia estaba representada enteramente por hijas. No menos de cuatro veces se alude al incidente, y se dan completos los nombres de las cinco jóvenes (Números 26.33; 27.1-11; 36.11; Josué 17.3). No sabemos si hay en la Escritura otro caso en que se dé tal prominencia a unos nombres, no por alguna cualidad moral o espiritual, sino sencillamente en relación con una ley de propiedad.
La cuestión decidida por su caso fue el derecho de las mujeres a heredar propiedad territorial cuando no había herederos varones en la familia. Hallamos que las jóvenes mismas tuvieron que ser defensoras de su propia causa. Evidentemente dotadas de un ánimo más que ordinario, ya se habían presentado delante de Moisés, del sacerdote Eleazar y de los príncipes de la congregación, a la puerta del tabernáculo, y habían reclamado formalmente la heredad que habría correspondido a su padre si hubiera estado vivo. El caso se consideró de suficiente importancia para presentarlo delante del Señor, porque la decisión sobre él resolvería casos semejantes para toda la nación y para siempre. La decisión fue que en tales casos las mujeres heredarían, pero con la condición de que no se casaran fuera de su propia tribu, para que la propiedad no pasara a otra tribu. De hecho, las cinco hermanas se casaron con sus primos, y así conservaron la propiedad en la tribu de Manasés.
El incidente es interesante porque muestra una consideración por los derechos de las mujeres mayor de la que solía concederse en aquel tiempo. Algunos, en efecto, han censurado la decisión por no ir lo bastante lejos. ¿Por qué, han preguntado, se limitó el derecho de las mujeres a heredar tierra a los casos en que no había varones en la familia? La decisión implicaba que, si hubiera habido un hermano, él habría recibido toda la tierra; las hermanas no habrían tenido derecho a nada. La respuesta a esta objeción es que, si los derechos de las mujeres se hubieran reconocido hasta ese punto, habría sido un avance demasiado grande sobre la opinión pública de la época. No era el método de Dios ordenar leyes absolutamente perfectas, sino ordenar lo que razonablemente podía esperarse que la conciencia y la opinión pública de la época reconocieran y apoyaran. Puede ser que, en un sistema perfecto, las mujeres debieran heredar propiedad en igualdad de condiciones con los hombres. Pero la nación judía no estaba lo bastante adelantada para tal ley. El beneficio de la disposición fue que, cuando se propuso, obtuvo la aprobación general.
Ciertamente fue un avance considerable sobre la práctica ordinaria de las naciones. Estableció el principio de que la mujer no era un mero bien mueble, una criatura inferior sujeta al dominio del hombre, sin derechos propios. Pero estuvo lejos de ser la primera vez que este principio obtuvo reconocimiento. Las esposas de los patriarcas —Sara, Rebeca, Raquel— no fueron ni bienes muebles, ni esclavas del trabajo, ni concubinas. Fueron damas, que ejercían la influencia y gozaban del respeto debidos a mujeres cultas y buenas compañeras. Y aunque la ley de sucesión no daba a las mujeres de la familia derechos iguales a los de los varones, las reconocía de otro modo. Mientras el hijo mayor sucedía en el hogar familiar y en una doble porción de la tierra, se esperaba que hiciera alguna provisión para su madre viuda y sus hermanas solteras. En la mayoría de los casos las hermanas quedaban provistas por el matrimonio. Es la circunstancia de que entre nosotros tantas mujeres permanecen solteras lo que ha atraído una atención tan viva a sus derechos, y ha hecho ya que se haga tanto, como sin duda se hará más en breve, para ampliar su esfera y proteger sus intereses.
Sin duda estas animosas hijas de Zelofehad confirieron un gran beneficio a su sexo en Israel. Sus nombres merecen un recuerdo agradecido, como los de todos los que establecen disposiciones beneficiosas que operan en muchas direcciones y para siempre. Sin embargo, sentiríamos pensar que este fue el único servicio que prestaron en su día. Quisiéramos pensar en ellas derramando sobre sus casas y sus amigos el lustre de aquellas cualidades femeninas y apacibles que son la gloria de su sexo. Abogar por los derechos públicos puede ser un alto deber, por cuyo cumplimiento fiel se debe la más alta alabanza; pero tal carrera exhala poco de la fragancia que irradia una vida de mujer de amor fiel, actividad doméstica y santa devoción. ¡Qué benditos ideales de vida proporciona el cristianismo a las mujeres, aun de talento mediano y educación ordinaria! Es hermoso ver talentos distinguidos, dones elevados y facultades persuasivas dirigidos a abogar por derechos descuidados. «Mas yo os muestro un camino aún más excelente».
Josué 18 y 19
Ocurre ahora un suceso de gran importancia: las disposiciones civiles del país están en cierta medida provistas, y es tiempo de poner en orden el establecimiento eclesiástico. Primero, hay que hallar un lugar que sea el centro de la vida religiosa; luego, hay que erigir el tabernáculo en ese lugar, y esto ha de hacerse en presencia de toda la congregación. Es bueno que un hombre piadoso como Josué esté a la cabeza de la nación; un siervo de Dios menos fervoroso podría haber dejado desatendida esta gran obra. ¡Cuántas veces, en las emigraciones de los hombres, llevados lejos de su tierra natal en busca de un nuevo hogar, se han olvidado las disposiciones para el culto divino! En tales casos la degeneración en modales rudos, en maneras de vida groseras, quizá en la profanidad, el libertinaje y la anarquía, ha sido por lo común espantosamente rápida. Por otra parte, cuando se ha seguido la regla del antiguo puritano, «Dondequiera que yo tenga una casa, allí tendrá Dios un altar»; cuando la modesta aguja de la iglesia de madera en la pradera indica que se ha tenido en cuenta el precepto del evangelio, «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas», se imparte un toque de cielo al tosco y primitivo asentamiento; podemos creer que el espíritu de Cristo no es desconocido allí; los ángeles de la virtud y la piedad seguramente revolotean a su alrededor.
El relato es muy breve, y no se da razón alguna de por qué se escogió Silo como centro religioso de la nación. Habríamos pensado que se daría preferencia a Siquem, unas cuantas millas al norte, en la vecindad de Ebal y Gerizim, que ya había sido en cierto sentido consagrado a Dios. Que Silo fue escogido por dirección divina apenas podemos dudarlo, aunque puede haber habido razones de diversa índole que lo recomendaran a Josué. Josefo dice que fue escogido por la belleza de su situación; pero si el actual Seilûn señala su posición, como generalmente se cree, no hay mucho que corrobore la afirmación de Josefo. Su ubicación se define cuidadosamente en el libro de los Jueces (21.19): «al norte de Bet-el, y al lado oriental del camino que sube de Bet-el a Siquem, y al sur de Lebona». En cuanto a su aspecto, el deán Stanley dice: «Silo carece tan completamente de rasgos distintivos que, si no fuera por la conservación de su nombre, Seilûn, y por la extrema precisión con que su situación se describe en el libro de los Jueces, nunca habría podido identificarse el lugar; y, en efecto, desde el tiempo de Jerónimo hasta el año 1838 [cuando Robinson lo identificó], su verdadero sitio estuvo completamente olvidado». Robinson no lo juzga tan pobremente como Stanley, pues lo describe como «rodeado de colinas, y asomado a una hermosa cuenca ovalada» (Biblical Researches, ii. 268).
Desde los días de Josué, a lo largo de todo el período de los jueces, y hasta los últimos días del sumo sacerdote Elí, Silo siguió siendo la morada del tabernáculo y el gran santuario nacional de Israel. Situado más o menos a mitad de camino entre Bet-el y Siquem, en la tribu de Efraín, estaba cerca del centro del país y, además, no era de difícil acceso para las tribus orientales. Aquí, durante muchas generaciones, tuvieron lugar las asambleas anuales de la nación. Aquí vino Ana desde su hogar en el monte de Efraín a orar por un hijo; y aquí el pequeño Samuel, «dedicado a Jehová», pasó su hermosa infancia. Por aquella abertura entre los montes vio el anciano Elí el arca llevada por las manos temerarias de sus hijos a la batalla contra los filisteos, y allí se sentó en su silla aguardando al mensajero que había de traer noticias de la batalla. Después de que los filisteos tomaron el arca, la ciudad que había crecido en torno al tabernáculo parece haber sido tomada y saqueada, y sus habitantes muertos (Salmo 78.60-64). Oímos de ella en la historia posterior como morada del profeta Ahías (1 Reyes 11.29); después cae en la oscuridad. Debe notarse que su nombre no aparece en ninguna parte entre las poblaciones de los cananeos; es probable que fuera un lugar nuevo, fundado por Josué, y que derivara su nombre, Silo, «reposo», del propósito sagrado al que ahora se dedicaba.
Aquí, pues, se reunió toda la congregación de los hijos de Israel para erigir el tabernáculo, probablemente con ritos semejantes a los que David celebró cuando fue trasladado de la casa de Obed-edom al monte Sion. Hasta entonces había permanecido en Gilgal, el cuartel general y depósito de la nación. «Toda la congregación» que ahora se reunió no significa necesariamente toda la comunidad, sino solo representantes escogidos, no solo de la parte que había estado ocupada en la guerra, sino también del resto de la nación.
Si tratamos de formarnos una imagen del estado de Israel mientras Josué llevaba adelante sus campañas guerreras, parecerá que, siendo su ejército solo una parte del conjunto, el resto del pueblo se ocupaba de manera algo desordenada, aquí y allá, en proveer alimento para la comunidad, en sembrar y segar los campos, apacentar sus rebaños y recoger los frutos. Y por el tono de Josué parecería que muchos de ellos estaban contentos de llevar esta vida algo irregular. En tono algo áspero y de reproche les dice: «¿Hasta cuándo seréis negligentes para venir a poseer la tierra que os ha dado Jehová el Dios de vuestros padres?». Una de las grandes dificultades de Josué era organizar la vasta masa de gente que presidía, impedir que cayera en costumbres descuidadas y desaliñadas, y mantenerla a la altura de una regularidad y un orden absolutos. Muchos de ellos se habrían contentado con seguir adelante descuidadamente como lo habían hecho en el desierto, en una especie de revoltijo confuso, y con andar forrajeando aquí y allá, según el caso, en busca de lo necesario para la vida. Su apatía era irritante. Sabían que el plan divino era muy diferente: que cada tribu había de tener un territorio propio, y que debían tomarse medidas en seguida para fijar los límites de cada tribu. Pero no daban paso alguno con este fin; se contentaban con un desbarajuste social.
Josué es viejo, pero su impaciencia con la pereza y la irregularidad todavía da agudeza a su reconvención: «¿Hasta cuándo seréis negligentes para venir a poseer la tierra?». El timbre de la autoridad está todavía en su voz; todavía impone obediencia. Más aún, la facultad organizadora sigue activa, la facultad que decide cómo ha de hacerse una cosa. «Señalad tres varones de cada tribu, para que yo los envíe, y que ellos se levanten y recorran la tierra, y la describan conforme a sus heredades».
Se escogen los hombres, tres de cada una de las siete tribus que todavía no están asentadas; y recorren la tierra y hacen un reconocimiento de ella. Judá y José no han de ser molestados en los asentamientos que ya se les han dado; pero los hombres han de dividir el resto del país en siete partes, y luego se determinará por suerte a qué tribu pertenecerá cada parte. Parecería que había de tomarse nota especial de las ciudades, pues cuando los agrimensores volvieron y presentaron su informe, «la delinearon por ciudades en siete partes en un libro». Cada ciudad tenía cierta porción de tierra vinculada a ella, y la tierra iba siempre con la ciudad. El arte de escribir se practicaba lo suficiente para permitirles componer lo que se ha llamado el «Domesday Book» (el gran catastro) de Canaán, y el estar el registro por escrito era una gran salvaguarda contra las disputas que podrían haber surgido si un informe tan extenso hubiera consistido en meras declaraciones orales. Una vez sorteadas las siete porciones, no había excusa para que ninguna de las tribus siguiera aferrada a aquella vida nómada por la cual, estando en el desierto, parecen haber adquirido un verdadero amor.
Y ahora llegamos al reparto efectivo. La más interesante de las tribus todavía no provistas era Benjamín, y la región que le tocó era interesante también. Puede notarse como una disposición inusual que, cuando se asignaron porciones a Judá y a Efraín, se dejó un espacio entre ellas, de modo que el límite norte de Judá quedaba a cierta distancia del límite sur de Efraín. Siendo Judá y Efraín las dos tribus principales, y en algunos aspectos rivales, es evidente el beneficio de este espacio intermedio entre ellas. De no ser por él, siempre que sus relaciones se hubieran puesto tensas podrían haber estallado las hostilidades.
Pues bien, este espacio intermedio fue lo que constituyó la heredad de la tribu de Benjamín. En su mayor parte consistía en profundos barrancos que corrían de oeste a este, desde la meseta central hasta el valle del Jordán, con montañas entre ellos. Muchas de sus ciudades estaban encaramadas en lo alto de los montes, como lo muestra la frecuencia de los nombres Gabaón, Gabaa, Geba o Gaba, todos los cuales significan «colina»; mientras que Ramá es un «lugar alto», y Mizpa una «atalaya». En el desierto, Benjamín había marchado junto con Efraín y Manasés, formando todos los descendientes de José una compañía unida; y después del asentamiento Benjamín se inclinó naturalmente a la comunión con estas tribus. Pero, con el curso de los acontecimientos, entró más en comunión con la tribu de Judá, y aunque Saúl, Simei y Seba, los más acérrimos enemigos de la casa de David, eran todos benjamitas, cuando se produjo la separación de los dos reinos bajo Roboam, Benjamín se puso del lado de Judá (1 Reyes 12.21). Al regreso del cautiverio fueron las tribus de Judá y Benjamín las que tomaron la delantera (Esdras 1.5), y a lo largo del libro de Esdras a los patriotas repatriados se les llama por lo común «los varones de Judá y de Benjamín».
Las ciudades de Benjamín incluían varias de las más famosas. Entre ellas estaba Jericó, cuya reconstrucción como plaza fortificada había sido prohibida, pero que todavía estaba en cierto grado habitada; Bet-el, ya muy famosa en la historia, pero de la que, después de la separación de los reinos, se apoderó Jeroboam y la hizo santuario de sus becerros; Gabaón, capital de los gabaonitas, y después santuario frecuentado por Salomón (1 Reyes 3.5); Ramá, después morada de Samuel (1 Samuel 7.17); Mizpa, uno de los tres lugares donde juzgaba a Israel (1 Samuel 7.16); Gabaat, o Gabaa, donde Saúl tenía su palacio (1 Samuel 10.26); y por último, aunque no la menor, Jerusalén. En cuanto a Jerusalén, algunos han pensado que estaba en parte en el territorio de Judá y en parte en el de Benjamín. Cuando se estudian ciertos términos de la descripción de los límites, hay dificultades que podrían sugerir esta solución. Pero hemos visto que en la práctica hubo bastante dar y tomar entre las tribus respecto a ciudades particulares, y que a veces una ciudad situada localmente dentro de una tribu pertenecía a la gente de otra. Así sucedió con Jerusalén: situada localmente dentro de la heredad de Benjamín, estaba ocupada en la práctica por los hombres de Judá (véase 15.63).
Benjamín era considerada la menor de las tribus (1 Samuel 9.21), y cuando, con otras tribus, estaba representada por su magistrado principal, se la distinguía de manera algo despectiva como «el joven Benjamín, señoreador de ellos» (Salmo 68.27). Sin embargo, en una ocasión fue lo bastante fuerte para desafiar por un tiempo a las fuerzas combinadas de las otras tribus (Jueces 20.12, etc.). Se distinguía por la singular destreza de sus honderos; setecientos, que eran zurdos, «tiraban una piedra con la honda a un cabello, y no erraban» (Jueces 20.16). El carácter de su territorio, abundante en montañas rocosas y probablemente en caza, para cuya captura era apta la honda, podría explicar en cierto grado esta peculiaridad.
Muchas batallas famosas se libraron en suelo de Benjamín. La batalla de Hai; la de Gabaón, seguida de la persecución por Bet-horón, ambas bajo Josué; la batalla de Jonatán contra los filisteos en Micmas (1 Samuel 14); y el duelo en Gabaón entre doce hombres de Saúl y doce de David (2 Samuel 2.15, 16): todas se libraron dentro del territorio de Benjamín. Y cuando Senaquerib se acercó a Jerusalén desde el norte, los lugares que se llenaron de pánico al aproximarse él estaban en esta tribu. «Vino hasta Ajat, pasó hasta Migrón; en Micmas contará su ejército. Pasaron el vado; se alojaron en Geba; Ramá tembló; Gabaa de Saúl huyó. Grita en alta voz, hija de Galim; haz que se oiga hacia Lais, pobrecilla Anatot. Madmena se alborotó; los moradores de Gebim huyen. Aún vendrá día cuando reposará en Nob; alzará su mano al monte de la hija de Sion, al collado de Jerusalén» (Isaías 10.28-32). En tiempos posteriores Judas Macabeo obtuvo una victoria sobre las fuerzas sirias en Bet-horón; y otra vez Cestio y sus tropas romanas fueron derrotados por los judíos; y una vez más, siglos después, Ricardo Corazón de León y la flor de la caballería inglesa, cuando subieron por Bet-horón con la esperanza de llegar a Jerusalén, se vieron obligados a retirarse.
Aun hasta los tiempos del Nuevo Testamento, como observa el deán Stanley, perduró la influencia de Benjamín, pues el nombre de Saúl, el rey que Benjamín dio a la nación, se conservó en las familias hebreas; y cuando uno mucho más grande de ese nombre apela a su linaje o a la historia pasada de su nación, se ve un resplandor de satisfacción en el marcado énfasis con que alude al «linaje de Israel, de la tribu de Benjamín» (Filipenses 3.5), y al don de Dios de «Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín» (Hechos 13.21).
Poco hay que decir de Simeón, la segunda de las siete que sacó su suerte. Se admite que su porción se tomó de la primera asignación a Judá (v. 9), que resultó mayor de lo que esa tribu necesitaba, y muchas de sus ciudades están contenidas en la lista de Judá. Se registra de Simeón un acto de valor en el primer capítulo de Jueces: después del primer asentamiento, respondió al llamado de Judá y lo acompañó contra los cananeos. Pero la historia de esta tribu en su conjunto podría escribirse con las palabras de la profecía de Jacob: «Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel». No hay razón histórica para la suposición de Wellhausen de que Simeón y Leví fueron casi aniquilados con ocasión de su ataque a los cananeos. Si Simeón hubiera sido prácticamente extinguido, no se le habría asignado un territorio en el reparto ideal del país por Ezequiel (48.24), ni habría proporcionado los doce mil «sellados» en la visión simbólica de san Juan (Apocalipsis 7.7). Aunque la tribu fue dispersada, sobrevivió el nombre de su fundador, y tanto en la forma Simeón como en la forma Simón fue coronado de honra. Fue el nombre de uno de la familia de los patriotas macabeos; lo llevó el varón justo y piadoso que esperaba en el templo la consolación de Israel; y fue el nombre hebreo del gran apóstol a quien cupo el honor de poner el fundamento de la Iglesia cristiana.
Luego vino la tribu de Zabulón, cuyos límites se dan con mucha precisión; pero como la mayoría de los nombres son hoy desconocidos, y hay también señales de imperfección en el texto, no puede seguirse la delineación. «El arroyo que está delante de Jocneam» se supone que es el Cisón, y Quislot-tabor, o las faldas del Tabor, señala el monte que es el escenario tradicional, aunque probablemente no el real, de la transfiguración de nuestro Señor. Gat-hefer fue el lugar natal del profeta Jonás. Belén, hoy Beit-Lahm, es una aldea miserable, que no debe confundirse con Belén de Judá. Como no se menciona ni el mar ni el lago de Galilea como límite, es probable que Zabulón fuera una tribu enteramente del interior. Cosa extraña, no se menciona, ni aquí ni en ninguna parte del Antiguo Testamento, el lugar con mucho más famoso de la tribu: Nazaret, la residencia temprana de nuestro Señor. Sin embargo, su situación indicaría que debió de ser un lugar muy antiguo. Ni es probable que escapara a la atención de los agrimensores cuando recorrieron la tierra. La omisión de este nombre ha dado lugar a la opinión de que la lista está incompleta.
Isacar ocupaba un sitio interesante e importante. Jezreel, el primer nombre en la definición de sus límites, es también el más famoso. Jezreel, representada hoy por Zerin, estaba situada en una altura elevada y dio nombre a todo el valle circundante. Aquí tenía Acab su palacio en los días de Elías. Por su asociación con el culto de Baal, Jezreel adquirió mala reputación, y en el profeta Oseas el Israel degenerado es llamado Jezreel, nombre algo semejante, pero con asociaciones muy distintas (1.4). Sunem fue el lugar donde acampó el ejército filisteo antes de la batalla de Gilboa, y también la residencia de la mujer cuyo hijo Eliseo devolvió a la vida. Bet-semes no debe confundirse con la población del mismo nombre en Judá, ni con la de la tribu de Neftalí. Significando «casa del sol», era un nombre muy común entre los cananeos, como notable por el culto de los cuerpos celestes. Como ya observamos en relación con Meguido, que pertenecía a Manasés, el valle de Jezreel, llamado hoy por lo común llanura de Esdraelón, era famoso como el gran campo de batalla de Palestina.
Aser también tenía un territorio interesante. En teoría se extendía desde el Carmelo hasta Sidón, abarcando toda la franja fenicia; pero en la práctica no llegaba tan lejos. Neftalí era contigua a Aser, y tenía por límite oriental el Jordán y los lagos de Merom y de Galilea. Es en el Nuevo Testamento donde Neftalí goza de su mayor distinción, por haber estado situados allí el lago de Galilea y las poblaciones de sus orillas, tan conspicuos en la historia evangélica.
Estas tribus del norte, como es bien sabido, constituyeron el distrito de Galilea. El contraste entre su temprana insignificancia y su gloria posterior está bien expresado en la Versión Revisada de Isaías 9.1, 2: «Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos».
Dan fue la última tribu cuya suerte se sacó. Y realmente parecía que le tocó la menos deseable de todas las porciones. Estaba encerrado entre Judá por un lado y los filisteos por el otro, y los filisteos eran todo menos vecinos cómodos. La mejor parte de la tierra llana estaba sin duda en manos de ellos, y Dan quedó limitado a lo que estaba al pie de las montañas (véase Jueces 1.34, 35). Por eso, muy temprano en la historia, una colonia de Dan salió en busca de nuevas posesiones y, habiendo desposeído a unos sidonios en Lais, en el extremo norte, dio su nombre a aquella ciudad, que proverbialmente designaba la ciudad más septentrional del país, así como Beerseba designaba de la misma manera la más meridional.
El reparto del país quedaba así completado, salvo que una persona todavía no estaba provista. Y era Josué mismo. Así como en un naufragio el capitán es el último en abandonar el buque condenado, así aquí el caudillo de la nación fue el último en recibir una porción. Con rara abnegación esperó hasta que todos los demás estuvieran provistos. Aquí tenemos un atisbo de su espíritu noble. Sin duda daba por inevitable que habría muchas murmuraciones por el reparto del país, y que el pueblo estaría dispuesto a acudir a él con sus quejas era cosa natural. ¡Vean cómo se les adelanta! Cualquiera que estuviera dispuesto a ir a él quejándose de su suerte sabía la pronta respuesta que recibiría: no estás peor que yo, pues yo todavía no he recibido ninguna. Josué se contentó con ver adjudicadas a otros las heredades más hermosas, mientras a él todavía no se le había asignado ninguna. Cuando, al final de todo, le llegó su turno, su petición fue modesta: «Le dieron la ciudad que él pidió, Timnat-sera, en el monte de Efraín». Podría haber pedido una heredad en el fértil y hermoso valle de Siquem, consagrado por una de las primeras promesas a Abraham, cerca del pozo de Jacob y del sepulcro de su antepasado José, o a la sombra de los dos montes, Ebal y Gerizim, donde había tenido lugar un acto tan solemne después de que su pueblo entró en la tierra. No pide nada semejante, sino un sitio en una de las colinas altas de Efraín, un lugar tan oscuro que no queda rastro de él. Se describe en Jueces 2.9 como «Timnat-sera, en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas». El lado norte del monte no indica un sitio notable ni por su amenidad ni por su fertilidad. En los días de Jerónimo, se dice que su amiga Paula expresó sorpresa de que el repartidor de todo el país reservara para sí un distrito tan agreste y montañoso.
¿Pudo haber sido una finca rechazada por todos los demás? ¿Que la cabeza de la nación se contentara con lo que nadie más quería? Si así fue, ¡cuánto debió de engrandecer esto a Josué a los ojos de sus compatriotas, y cuán apto es para engrandecerlo a los nuestros! Fuera o no una porción que todos los demás habían despreciado, era sin duda comparativamente una heredad pobre y apartada. Su elección fue una espléndida reprensión a las murmuraciones de su tribu, al orgullo y egoísmo del «pueblo grande» que no se contentaba con una sola suerte y deseaba que se le asignara otra adicional. «¡Suban al monte!», fue la animosa respuesta de Josué; «¡corten el bosque y echen a los cananeos!».
Y Josué no era hombre que diera a otros una receta que no estuviera dispuesto a tomar él mismo. Al monte ciertamente subió; y como ya era demasiado viejo para pelear, muy probablemente pasó sus últimos años desmontando su porción, cortando madera y preparando laboriosamente el suelo para las cosechas. En todo caso, dio un espléndido ejemplo de humildad desinteresada. Se mostró digno sucesor de Moisés, que nunca insinuó distinción alguna para su familia ni posesión alguna en el país más allá de lo que pudiera darse a un levita ordinario. ¡Cuán noblemente contrastaron ambos con hombres como Napoleón, que usó su influencia con tanta avidez para el enriquecimiento y engrandecimiento de cada miembro de su familia! Josué se acercó mucho al espíritu de nuestro bendito Señor, quien, «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres». Al ver al Jesús del Antiguo Testamento retirarse en su vejez, no a un paraíso en algún valle fértil y florido, sino a una finca desolada y rocosa en el lado norte del monte de Gaas, o a un bosque enmarañado, todavía en poder del lobo y del oso, recordamos al Josué del Nuevo Testamento: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza».
Josué 22
Las dos tribus y media se habían portado bien. Habían cumplido su palabra, permanecido con sus hermanos durante toda la campaña de Josué y tomado parte en todos los peligros y luchas por los que había pasado la hueste. Y ahora reciben la merecida recompensa de su conducta honorable. Su general las felicita; se enumeran con aprobación sus servicios; se elogia su triple fidelidad, a Dios, a Moisés y a Josué; se las despide con honor, y reciben como recompensa una parte sustancial del botín tomado al enemigo. «Volved —dijo Josué— a vuestras tiendas con grandes riquezas, con mucho ganado, con plata, con oro, y bronce, y muchos vestidos; compartid con vuestros hermanos el botín de vuestros enemigos». Así resultó que el honor, como la honradez, es la mejor política. Si estas dos tribus y media hubieran escogido la alternativa del egoísmo, se hubieran negado a cruzar el Jordán para ayudar a sus hermanos y hubieran dedicado en seguida todas sus energías a sus campos y rebaños, al final les habría ido peor. Sin duda, al volver a cruzar el Jordán llevando consigo el tesoro adquirido en el lado occidental, su corazón estaría lleno de aquel sentimiento feliz que resulta del deber fielmente cumplido y de la conducta honorable ampliamente recompensada. Traían de vuelta «paz con honra», y prosperidad por añadidura. Después de todo, son los principios elevados los que rinden. Exigen un tiempo de trabajo paciente y de espera paciente, pero al final sus pagarés se cumplen íntegramente.
Al despedir a las dos tribus y media, Josué les encareció dos consejos. Uno era que repartieran el botín con aquellos de sus hermanos que se habían quedado en casa. Aquí también podría haber hallado cabida el egoísmo. ¿Por qué habían de disfrutar del botín los hombres que no habían sufrido nada del trabajo ni del peligro? ¿No habría sido justo que solo los que habían soportado la carga y el calor del día disfrutaran de sus recompensas? Pero, de hecho, había habido buenas razones para que una parte se quedara en casa. Dejar a las mujeres y a los niños enteramente indefensos habría sido la temeridad misma. También había que tomar alguna disposición para cuidar los rebaños y las manadas. Y como había cesado el maná, había que proveer a la producción de alimentos. Los hombres de casa habían cumplido el deber que se les había asignado tan bien como los de afuera. Si no podían establecer en justicia un derecho a una parte del botín, el espíritu de hermandad y de generosidad abogaba a su favor. La sección de soldados de las dos tribus y media había hecho su parte honorable y generosamente con las nueve y media; obren con el mismo espíritu hacia sus propios hermanos. Que estos participen de las cosas buenas que habían traído a casa, para que un espíritu de gozo y satisfacción se difundiera por toda la comunidad, y la bienvenida a los que habían estado ausentes fuera cordial y completa, sin rastro de descontento ni de envidia.
Todavía pueden presentarse ocasiones en que este consejo de Josué venga muy al caso. No siempre sucede que los hermanos o parientes cercanos que han prosperado lejos se acuerden mucho de los que dejaron en casa. Les gusta disfrutar de su abundancia, y si el caso de sus parientes pobres les viene a la mente, lo despachan con el pensamiento de que las suertes de los hombres han de diferir, y de que no van a perder todo el beneficio de su éxito manteniendo a otras familias además de la suya. Sin embargo, ¡cuánto bien podría resultar de un poco de generosidad, aunque no fuera más que un regalo ocasional, hacia los que están en estrechez! ¡Y cuánto mejor sería encender por este medio un sentimiento agradecido y bondadoso, que tener la envidia y los celos enconándose en su corazón!
El otro consejo de Josué se refería a lo que siempre estaba en primer lugar en su corazón: la lealtad a Dios. «Solamente que con diligencia cuidéis de cumplir el mandamiento y la ley que Moisés siervo de Jehová os ordenó: que améis a Jehová vuestro Dios, y andéis en todos sus caminos; que guardéis sus mandamientos, y le sigáis a él, y le sirváis de todo vuestro corazón y de toda vuestra alma». Es evidente que Josué volcó todo su corazón en este consejo. Estaba claramente inquieto por el efecto que su separación de sus hermanos tendría en su condición religiosa. Era al oeste del Jordán donde se había colocado el santuario, y donde operaría principalmente la gran influencia central en apoyo del culto nacional. ¿No correrían estas tribus orientales gran peligro de apartarse a la deriva del culto reconocido de Dios y volverse idólatras? Josué sabía bien que hasta entonces la nación estaba lejos de haberse desprendido de la idolatría (véase 24.14). Sabía que en muchos había fuertes inclinaciones hacia ella. Tenía algo del sentimiento que tendría un padre cristiano fervoroso al despedir a un hijo, no muy decidido en la religión, hacia alguna colonia donde la opinión pública fuera relajada y fuertes las tentaciones a la mundanalidad y a la indiferencia religiosa. Por eso fue tanto más fervoroso en sus exhortaciones, pues sentía que toda su prosperidad, toda su felicidad, su vida misma, dependían de que fueran fieles a su Dios.
No podemos decir cuánto tiempo había pasado cuando llegó al lado occidental la noticia de que las dos tribus y media habían edificado un gran altar a la orilla del Jordán, al parecer como rival del establecimiento eclesiástico de Silo. Que tal era su intención parece haberse dado por sentado, pues hallamos a la congregación o asamblea general de Israel reunida en Silo para prepararse a la guerra contra las tribus cismáticas. La guerra se había vuelto evidentemente una idea familiar para ellos, y al principio no se les ocurrió ningún otro camino para detener el propósito. Fue una de las muchas ocasiones de impetuosidad irreflexiva que presenta la historia de Israel.
No se menciona a Josué en el relato de este suceso; se había retirado de la vida activa, y quizá lo que aquí se registra no ocurrió sino un tiempo considerable después del regreso de las dos tribus y media. Puede ser que tengamos aquí un ejemplo del método tan a menudo seguido en los anales hebreos, de registrar juntos ciertos incidentes pertenecientes al mismo asunto o al mismo pueblo, aunque estuvieran separados entre sí por un intervalo de tiempo considerable.
Fue bueno que la congregación se reuniera en Silo. El lugar mismo les recordaría que los grandes movimientos nacionales no habían de emprenderse temerariamente, ya que Dios era el gobernante supremo de la nación. No se nos dice si se recurrió al método usual de consultar a Dios, pero ciertamente el camino que se siguió fue más razonable que lanzarse a la guerra. Se resolvió comenzar reconviniendo a las dos tribus y media. No se abandonó la idea de que su propósito era cismático, y aun idólatra, pero se pensó que, si se les dirigía una reconvención y advertencia solemne, podrían ser inducidos a abandonar su proyecto.
Se envió al otro lado una delegación, compuesta de Finees, hijo del sacerdote Eleazar, en representación del interés religioso, y diez príncipes, en representación de las diez tribus, para entrevistarse con los jefes de las dos tribus y media. Cuando se encontraron, la delegación arremetió con mucha dureza contra sus hermanos. Los acusó de una maldad inaudita. Lo que habían hecho era un acto atrevido de rebelión. Merecía clasificarse con la maldad de Peor, uno de los hechos más viles que jamás deshonraron a la nación. Era apto para atraer los juicios de Dios sobre toda la nación, y ciertamente los atraería. Si el acto secreto de Acán había envuelto en ira a la congregación, ¿qué calamidad no resultaría para todo el pueblo de este atrevido y abierto acto de rebelión? No estaban seguros ni un solo día. Las copas de la ira divina no podían menos que estar preparadas, y en veinticuatro horas toda la congregación de Israel podría verse abrumada por las señales de su desagrado.
Habría que decir que, si algo era apto para producir un mal efecto en las dos tribus y media, era este modo de proceder. No es prudente dar por sentado que tu hermano es un malvado. Y el regaño, como se ha dicho bien, no hace que los hombres se arrepientan de sus pecados. Pero la delegación dijo una cosa apta para producir un efecto distinto. «Si os parece que la tierra de vuestra posesión es inmunda, pasaos a la tierra de la posesión de Jehová, en la cual está el tabernáculo de Jehová, y tomad posesión entre nosotros; pero no os rebeléis contra Jehová, ni os rebeléis contra nosotros, edificándoos altar además del altar de Jehová nuestro Dios».
He aquí una propuesta generosa y abnegada; algunas de las diez tribus estaban ellas mismas en estrechez, pues hallaban demasiado angosto el espacio disponible para ellas; sin embargo, estaban dispuestas a compartir lo que tenían con sus hermanos, si el verdadero sentir de estos era que el lado oriental del Jordán quedaba fuera de la influencia santa y santificadora de la presencia del Señor.
Por eso, en vez de encenderse ante la feroz reprensión de sus hermanos, las dos tribus y media se ablandaron con esta propuesta realmente bondadosa y dieron una respuesta tranquilizadora. Repudiaron solemnemente toda idea de un establecimiento rival. Sabían que no había sino un lugar donde podían estar el tabernáculo y el arca del pacto, y no tenían la menor intención de interferir con el sitio escogido para ese propósito. Nunca habían abrigado el pensamiento de ofrecer holocaustos, ni ofrendas, ni sacrificios de paz sobre su altar. Abjuraron solemnemente de toda intención de mostrar falta de respeto al Señor o a su ley. El altar que habían edificado tenía un propósito muy distinto. Lo había ocasionado la estructura física del país y el efecto que esta podría tener en sus hijos en los años venideros. «Mañana vuestros hijos digan a nuestros hijos: ¿Qué tenéis vosotros con Jehová Dios de Israel? Jehová ha puesto por lindero el Jordán entre nosotros y vosotros, oh hijos de Rubén e hijos de Gad; no tenéis vosotros parte en Jehová; y así vuestros hijos harían que nuestros hijos dejasen de temer a Jehová. Por esto dijimos: Edifiquemos ahora un altar, no para holocausto ni para sacrificio, sino para que sea un testimonio entre nosotros y vosotros, y entre los que vendrán después de nosotros». No era un rival, sino un testigo, un modelo; un recordatorio a las dos tribus y media de que el verdadero altar, el santuario divino, santificado por la señal de la presencia de Dios, estaba en otra parte, y de que allí, y solo allí, habían de ofrecerse los sacrificios públicos.
El conocimiento de la estructura física de Palestina que hemos obtenido en años recientes nos permite apreciar el sentimiento de las dos tribus y media mejor de lo que podía hacerse antes. El mero hecho de que un río separara el oriente del occidente de Palestina no habría bastado para explicar el sentimiento de aislamiento, y el temor que de él surgía, que se había apoderado de los jefes de las dos tribus y media. Es la estructura peculiar del valle por el que corre el río lo que explica la historia. El valle del Jordán, como ya se ha mencionado, está hundido por debajo del nivel del mar Mediterráneo, y la depresión aumenta gradualmente a medida que el río corre hacia el mar Muerto, donde llega a 1.300 pies. Además, la meseta montañosa a cada lado del valle del Jordán se eleva a una altura de 2.000 o 2.500 pies sobre el mar, de modo que la depresión total, contando desde lo alto de la meseta hasta la orilla del río, es de entre tres y cuatro mil pies. A ambos lados el acceso al Jordán es difícil, mientras que en la estación calurosa el gran calor aumenta la fatiga del viaje y desanima el intento. Todas estas cosas hacen que la separación entre las dos partes del país causada por el río y su valle sea mucho más completa que en los casos ordinarios de ríos que sirven de límite. No cabe duda ahora de que los jefes de las dos tribus y media tenían motivos considerables para sus temores. Había algún riesgo de que dejaran de ser considerados parte de la nación; y su explicación del altar parece haber sido honrada. Estaba destinado sencillamente a ser un memorial, no a recibir sacrificios. Vemos qué cosa tan feliz fue para toda la nación que se enviara la delegación al otro lado antes de recurrir a las armas. Una nueva luz se arrojó sobre lo que había parecido un pecado atrevido; no era sino una disposición inocente; y los terribles presagios que había despertado se disipan de inmediato a los cuatro vientos.
Pero ¿quién puede calcular toda la miseria que ha venido en casi todas las épocas, en círculos públicos y privados, por sospechas precipitadas de mal, que un poco de paciencia, un poco de indagación, una pequeña oportunidad de explicarse, habrían evitado de inmediato? La historia, la tradición y la ficción nos ofrecen igualmente ejemplos. Recordamos la historia de Llewellyn y su perro Gelert, apuñalado por su amo, que pensó que las manchas de su hocico eran la sangre de su amado hijo; mientras que, al levantar la cuna que había sido volcada, halló a su hijo dormido y sano, y un enorme lobo muerto, de cuyos colmillos lo había librado el perro. Recordamos la tragedia de Otelo y Desdémona; vemos cómo el amor más tierno puede ser envenenado por la sospecha precipitada, y la más querida de las esposas asesinada, cuando un poco de paciencia la habría mostrado inocente, la habría mostrado demasiado pura para entrar en contacto siquiera con un vestigio de la cosa mala. Pensamos en las muchas historias de cruzados y otros que dejaron sus hogares con su amor prometido a otra persona, detenidos en tierras lejanas sin medios de comunicación, que oyeron el rumor de que su amada se había vuelto infiel e hicieron algo temerario e irrevocable, cuando un poco más de espera habría realizado todas sus esperanzas. Pero quizá es en circunstancias menos trágicas donde el espíritu de sospecha y de acusación injusta se manifiesta más comúnmente. Circula un rumor desfavorable a tu reputación; sospechas que alguien es su autor y lo tratas con dureza en consecuencia; resulta que es del todo inocente. Un amigo, al parecer, ha escrito contra ti una carta que te ha puesto furioso; derramas sobre él un torrente de reproches; resulta que la carta la escribió otra persona de nombre parecido. Pero en verdad no tiene fin el daño que engendran la impaciencia y la falta de indagación, o de espera de explicaciones que darían un cariz muy distinto a nuestros motivos de queja. La verdadera caridad «no guarda rencor», pues «no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». ¡Si se atendiera más a su voz apacible, qué multitud de ofensas se desvanecería, y cuánto más extenso sería el reino de la paz!
La explicación ofrecida por Rubén, Gad y Manasés resultó satisfactoria para Finees y los príncipes de la congregación, y asimismo para la gente del occidente en general, cuando la delegación informó de su actuación. La observación de Finees antes de dejar a sus hermanos orientales fue notable: «Hoy hemos entendido que Jehová está entre nosotros, pues que no habéis intentado esta traición contra Jehová. Ahora habéis librado a los hijos de Israel de la mano de Jehová». Había una gran diferencia entre que el Señor estuviera entre ellos y que ellos estuvieran en la mano del Señor. Si el Señor estaba entre ellos, estaban bajo toda clase de influencia benévola; si estaban en la mano del Señor, estaban expuestos a las visitaciones más extremas de su ira. El gozo de Finees fue hallar no solo que no se había dado provocación al justo celo de Dios, sino que se había dado prueba de que él los estaba bendiciendo benignamente. Si Dios se aparta a menudo de nosotros sin que lo sospechemos, a veces está benignamente presente con nosotros cuando temíamos que se había ido. Así sucedió ahora. Finees, en su imaginación, había visto formarse una tormenta terrible, como si el mismo enemigo del hombre hubiera estado incitando a sus compatriotas a la rebelión y al desprecio de Dios; pero en lugar de eso, ve que han estado mirando por la honra de Dios, por la permanencia de sus instituciones y por la conservación de la unidad entre las dos secciones de la nación; y en esto halla una prueba de que Dios ha estado obrando benignamente entre ellos. Porque Dios es Dios de paz, no de contienda, y el Espíritu es Espíritu de orden, y no de confusión. Y cuando dos secciones de una comunidad son llevadas a desear el adelanto de su servicio y la honra de su nombre, aun por métodos que no son en todo iguales, es prueba de que él está entre ellas, atrayendo sus corazones hacia sí y de unos hacia otros.
Quizá podría haberse aplicado al caso el dicho común de que hubo faltas por ambos lados. Si las diez tribus fueron demasiado precipitadas al prepararse para la guerra, las dos tribus y media lo habían sido al decidir la erección de su altar sin comunicarse con los sacerdotes y los jefes civiles de la nación. En un asunto tan sagrado no debía darse tal paso sin plena consulta y una visión clara del deber. La bondad de su motivo no las excusaba de no haber usado todos los medios disponibles para llevar a cabo su plan de manera enteramente irreprochable. Tal como fue, corrieron gran riesgo de encender un fuego que podría haberlas destruido a ellas de inmediato y haber debilitado al resto de la nación para siempre. En su esfuerzo por promover la unidad, casi ocasionaron un cisma fatal. Así, ambas secciones de la nación habían estado al borde de una catástrofe espantosa.
Pero ahora resultó que la sección que había parecido ofender tan gravemente estaba animada por un sentimiento enteramente leal. Finees se asió gozoso de este hecho como prueba de que Dios estaba entre ellos. Un hombre menos piadoso no habría pensado en ello como algo de mucha importancia. Apenas habría creído en ello como algo que pudiera existir fuera de una imaginación fanática. Pero cuanto más conoce uno a Dios, más real parece este privilegio, y más bendito. Más aún, llega a sentirse como lo que establece la mayor diferencia concebible entre un individuo o una comunidad y otro. La gran maldición del pecado es que nos ha separado de Dios. La gloria de la gracia de Dios en Cristo es que nos ha reunido. El hombre sin Dios es como la tierra sin el sol, o el cuerpo sin el alma. El hombre en comunión con Dios es el hombre colmado de todas las bendiciones divinas y santas influencias. Una iglesia en la que Dios no habita es guarida de espíritus inmundos y albergue de toda ave inmunda y aborrecible. Una iglesia habitada por Dios, como la esposa del Cantar de los Cantares, «se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden».
Josué 23
Los dos últimos capítulos de Josué se parecen mucho entre sí. Cada uno se presenta como relato de la reunión de despedida del anciano caudillo con los jefes del pueblo. En uno no se especifica el lugar de la reunión; en el otro se nombra Siquem. El discurso referido en el capítulo veintitrés está en términos algo generales; en el veinticuatro tenemos más detalle. Surge la pregunta: ¿hubo dos reuniones, o tenemos en estos capítulos relatos distintos de la misma? La cuestión no es de gran importancia en sí misma; pero atañe a la estructura del libro. A nuestro juicio, ambos relatos se refieren a la misma ocasión; y si es así, todo lo que hace falta decir sobre su origen es que el autor del libro, habiendo obtenido dos relatos de fuentes dignas de confianza, no adoptó el plan de entretejerlos en uno, sino que los dio por separado, tal como los había recibido. La circunstancia es una prueba de la fidelidad del relato; si el escritor hubiera consignado meramente lo que se suponía que Josué podía haber dicho, no habría adoptado esta forma doble de narración.
Josué había seguido de cerca a Moisés en muchas cosas, y ahora lo sigue al convocar al pueblo para oír sus palabras finales. En el umbral de la vida futura, en vísperas de rendir su propia cuenta, en la crisis en que los hombres están más dispuestos a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, llama a sus hijos a su alrededor para que oigan sus palabras de despedida. Sabe, como también lo sabía Moisés, cuán impulsivo y voluble es el carácter del pueblo. Tanto más le parecía deseable no omitir tal oportunidad de dejar huella. «Todas las ocasiones conmovedoras —se ha dicho con acierto— deben atesorarse en la memoria: la última entrevista, el último sermón, la última oración, la última mirada tierna y prolongada; todas estas cosas pueden tratarse frívolamente como sentimentales; pero el que las trata así es necio en su corazón. Todo lo que puede someter el espíritu, castigar el carácter y ensanchar la caridad del alma debe fomentarse como un ministerio de Dios».[29]
29 Joseph Parker, The People's Bible.
¿Cuál era el tema central del discurso de Josué? ¿Cuál era a la vez la nota clave, la nota central y la nota final: el principio, el medio y el fin? Lo tienen en estas palabras: «Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros»; por tanto, «a Jehová vuestro Dios seguiréis». Todo se lo deben al Señor; por tanto, denle todo lo que le es debido. Que reciba de ustedes en la proporción en que él les ha dado; que sea honrado por ustedes en la medida en que ustedes han sido bendecidos por él; y cuiden de que ninguno de ustedes, hasta el último día de su vida, dé jamás el más leve apoyo a la idolatría de sus vecinos, ni consienta en ningún vínculo enredoso que les dé ocasión de tentación para unirse a su maldad.
Este punto de partida del discurso de Josué —«Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros»— es serio y exige una investigación cuidadosa. Dios se presenta expresamente como el defensor, el campeón de Israel, que pelea por él contra los cananeos y los expulsa. Aquí es el Dios de las batallas; y la terrible desolación que seguía el rastro de Israel se atribuye aquí a la defensa que de él hacía el Altísimo.
Hay algunos expositores que explican estos dichos en un sentido general. Hay grandes leyes de conquista, dicen, sancionadas a grandes rasgos por la Providencia, por las cuales una raza avanza sobre otra. Las naciones enervadas por el lujo y la ociosidad suelen ser suplantadas por razas más vigorosas. Los godos y los vándalos vencieron a los romanos; los anglosajones sometieron a los britanos, para ser con el tiempo conquistados por los normandos; el dominio holandés ha prevalecido sobre el negro, el inglés sobre el hindú, el americano sobre el indio nativo. En el trato de las razas conquistadas por los conquistadores ha habido a menudo mucho de grosero y censurable. Aun cuando una raza civilizada y culta ha tenido que habérselas con una bárbara, en lugar de la dulzura y la luz de la cultura se han visto a menudo los artificios de la injusticia y la opresión. No podemos justificar todo el gobierno de los británicos en la India; la codicia, la insolencia y la lujuria han dejado tras sí muchas manchas. Sin embargo, el resultado en conjunto ha sido para bien. Los ingleses tienen un concepto más alto de la vida humana que los hindúes. Tienen un sentido más alto del orden, de la justicia, de la vida familiar, del bienestar nacional. Hay en ellos un vigor que no tolera la política de dejarse llevar; que no puede quedarse quieto ni echarse a ver cómo todo va mal; que se esfuerza por remediar la injusticia, reformar el abuso, corregir lo vicioso y desordenado, y fomentar la organización y el progreso. En estos aspectos el gobierno británico ha sido un beneficio para la India. Puede haber habido actos de opresión y de injusticia que hielan la sangre, o se habrán practicado hábitos de complacencia propia a costa de los nativos que ofenden nuestro sentido de humanidad, como si la raza inferior no pudiera tener derechos frente a la superior; pero estos no son sino los remolinos o juegos secundarios de una gran corriente benéfica, y en el balance de la larga cuenta ocupan un lugar insignificante. En sí mismos han de ser detestados y denunciados; pero cuando se están estimando grandes fuerzas nacionales, cuando se está examinando si en conjunto estas fuerzas han sido benéficas o malas, si han sido del cielo o del diablo, no se ha de permitir que estos episodios de injusticia decidan toda la cuestión. Uno se ve obligado a tomar una visión más amplia. Y cuando se contempla el gran resultado; cuando se ve un gran continente como la India pacífico y ordenado, que solía estar desgarrado por todos lados por guerras internas; cuando se ve la justicia administrada con cuidado, la vida y la propiedad protegidas, la educación y la civilización adelantadas, por no decir nada del espíritu del cristianismo introducido, no se puede resistir la conclusión de que la influencia de sus nuevos amos ha sido una ganancia para la India, y por tanto de que el gobierno británico ha tenido la sanción del cielo.
Decimos que hay algunos expositores que sostienen que solo de un modo paralelo a este gozó la conquista de Canaán por los israelitas de la sanción de Dios. Sin hacer mucho caso de la maldad de las tribus cananeas, se detienen en su debilidad, sus pobres ideas de la vida, sus débiles aspiraciones, su falta de capacidad de desarrollo, su incapacidad para elevarse. En el corazón de estas tribus entra una raza que de algún modo posee capacidades y fuerza extraordinarias. La historia ha mostrado que es una de las grandes razas dominantes del mundo. El nuevo pueblo se aplica con extraordinaria energía a adquirir el país del otro. El despojo de una raza por otra era la práctica común de aquellos tiempos, y desde el punto de vista moral se le daba poca importancia. Los tiempos eran rudos y salvajes, la propiedad no se había vuelto sagrada, la vida humana valía poco, el dolor y el sufrimiento recibían escasa consideración. Habiendo pasado algunos siglos en Egipto, la nueva raza trajo consigo una parte de la cultura y las habilidades egipcias; pero su gran fuerza estaba en su ardor religioso y en los hábitos de orden y dominio propio que su religión fomentaba. El recuerdo de sus antepasados, que habían habitado como peregrinos en aquel país, pero con las promesas más firmes de parte de Dios de que lo daría en herencia a sus descendientes, aumentaba el ardor de la invasión y la confianza de los invasores. Con todo el entusiasmo de una raza guiada por el cielo, se lanzaron contra los antiguos habitantes, que se tambalearon bajo el golpe. En gran medida los antiguos ocupantes cayeron bajo la violencia usual de los invasores: la espada de la batalla y la matanza después de la victoria. El proceso estuvo acompañado de muchos actos salvajes que en estos días nuestros causarían horror. Si hubiera tenido éxito completo, habría aniquilado por completo a las razas nativas; pero el valor y la perseverancia de los invasores no estuvieron a la altura de este resultado; muchos de los habitantes originales permanecieron, y finalmente se amalgamaron con sus conquistadores.
Ahora bien, en este caso, como en la conquista de la India por Gran Bretaña, se produjo un proceso que fue un gran beneficio en gran escala. No estaba destinado a beneficiar a los habitantes originales, como lo estaba la ocupación británica de la India, pues eran una raza condenada, como veremos en seguida. Pero el asentamiento del pueblo de Israel en Canaán estaba destinado, y era apto, para ser un gran beneficio para el mundo. Expliquémoslo como queramos, Israel tenía ideas más altas de la vida que las otras naciones, dones más ricos de cabeza y de corazón, más capacidad de gobierno y un sentimiento religioso mucho más puro. Dondequiera que Israel fuese plantado, si permanecía en pureza, la humanidad había de beneficiarse. Un pueblo tan dotado, con tal capacidad intelectual, con tal poder moral y espiritual, con ideales tan altos, y que producía de tiempo en tiempo hombres de carácter e influencia tan notables, no podía menos que ayudar a elevar a otras razas. Que tal pueblo prevaleciera sobre tribus castradas por el vicio, degradadas por la superstición idólatra, y debilitadas y atrofiadas por las contiendas mutuas, no era sino conforme a la naturaleza de las cosas. Según el principio de que una raza como esta había de prevalecer necesariamente sobre tribus como las que habían ocupado Palestina antes, bien podía decirse que la conquista de Josué tenía la aprobación divina. Podía decirse con verdad que Dios salía con los ejércitos de Israel y dispersaba a sus enemigos como el viento dispersa el humo.
Pero esto no era todo. Ya pesaba una sentencia judicial contra las siete naciones, de la cual Israel fue designado verdugo. Aun en tiempo de Abraham tenemos prueba abundante de que estaban muy avanzadas en la corrupción, y la destrucción de Sodoma y Gomorra no fue sino un golpe temprano de aquella santa espada que había de descender sobre un área mucho más amplia cuando la maldad del amorreo llegara a su colmo. No tenemos un relato minucioso de la condición moral y religiosa del pueblo en tiempo de Josué, pero tenemos ciertos atisbos que dicen mucho. En la historia de Baal-peor tenemos un cuadro espantoso del libertinaje idólatra de los moabitas; y los moabitas no estaban tan hundidos en el vicio como los cananeos. La primera casa cananea en que entró alguno de los israelitas fue la de una mujer inmoral, que sin embargo fue salvada por su fe, como lo habría sido todo cananeo si hubiera creído. El cuadro más repugnante que tenemos del vicio cananeo está relacionado con la quema de niños vivos en sacrificio a los dioses. ¡Qué práctica tan horrenda! ¿Quién puede calcular su efecto en la naturaleza alegre de los niños, o decir cómo el solo pensamiento de ella, y la posibilidad de sufrirla, debió de pesar como una pesadilla sobre muchos niños, convirtiendo la estación de la alegre infancia en un tiempo de presagios espantosos, si no para sí mismos, al menos para algunos de sus compañeros? El vicio repugnante consagrado con el sello de la religión; la lujuria antinatural que convertía a los seres humanos en algo peor que bestias; el afecto natural convertido en instrumento de la crueldad más horrible: ¿podrían algunas prácticas mostrar con más fuerza la degradación sin esperanza de estas naciones en sentido moral y religioso, o su madurez para el juicio? Israel fue el ejecutor designado de la justicia de Dios contra ellas, y para que Israel cumpliera esa función, Dios iba delante de él en sus batallas y entregaba a sus enemigos en sus manos. Y lo que Israel hizo de este modo lo hizo con el sentido solemne de estar infligiendo la retribución divina. Que el proceso se llevó a cabo con algo de la solemnidad de una ejecución se ve, como ya hemos visto, por el mandato en Jericó, que prohibía a todos, bajo pena de muerte, tocar un átomo del botín. Y esta lección quedó grabada a fuego en lo más íntimo de su alma por la terrible suerte de Acán. Después, es cierto, se les permitió apropiarse del botín, pero no antes de que se les enseñara de la manera más impresionante en Jericó que el botín era de Dios, de modo que, aun cuando llegaba a ser suyo, era como si lo hubieran recibido de su mano.
No podemos suponer que el pueblo obrara uniformemente con la moderación y el dominio propio que convenían a ejecutores de Dios. Sin duda hubo muchos casos de violencia injustificable e inhumana. Tales excesos son inevitables cuando se emplea a seres humanos como ejecutores de Dios. Cargarlos a la cuenta de Dios no es justo. Eran las manchas y borrones que siempre delatan la mano del hombre, aun cuando hace la obra de Dios. No es necesario aprobarlos mientras justificamos la ley que condenó a los cananeos al exterminio e hizo de los israelitas sus ejecutores. No es necesario justificar todo lo que los ingleses han hecho en la India, mientras sostenemos que su presencia e influencia allí han estado conformes a un propósito divino y benéfico. Donde Dios y el hombre obran en colaboración, podemos esperar un producto desigual; pero nunca atribuyamos los defectos del uno a la influencia del otro.
Si se dice que el lenguaje del historiador parece a veces atribuir a Dios lo que realmente surgía de las pasiones del pueblo, ha de observarse que no se nos dice en qué forma comunicaba el Señor sus mandatos. Sin duda los hebreos estaban dispuestos a reclamar autoridad divina para lo que hacían en la más plena medida. Puede haber habido ocasiones en que imaginaban estar cumpliendo los requisitos de Dios, cuando solo daban curso a sentimientos propios. Y en general pueden haber sido propensos a suponer que modos de matanza que les parecían del todo apropiados eran agradables a los ojos de Dios. Pueden haber creído que Dios participaba en lo que en realidad no era sino el espíritu de la época. Así pueden haber sido llevados a pensar, y por medio de ellos puede habernos llegado la impresión, de que Dios tuvo una mano más activa, por así decirlo, en muchos de los detalles de la guerra de lo que debemos atribuirle. Porque Dios cumple a menudo sus santos propósitos dejando que sus instrumentos obren a su manera.
Pero nos hemos apartado de Josué y de la asamblea de Israel. Lo que hemos intentado es mostrar la solidez de la postura fundamental de Josué: que Dios peleó por Israel. Lo mismo podría mostrarse por un procedimiento negativo. Si Dios no hubiera estado activa y sobrenaturalmente con Israel, Israel nunca habría llegado a ser lo que fue. ¿Qué hizo de Israel una nación tan notable y poderosa? Si apelan a la herencia y se remontan a su antepasado, hallan toda la carrera de Abraham determinada por lo que él indudablemente consideraba una promesa sobrenatural: que en él y en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra. Si hablan de Moisés como fundador de la nación, hallan a un hombre que fue completamente derrotado y humillado cuando obró con sus propios recursos, y que solo tuvo éxito cuando entró en contacto con un poder sobrenatural. Si indagan la causa de la superioridad militar de Israel, no pueden hallarla en su condición de esclavos en Egipto, ni en su vida errante y pastoril en el desierto. Quedan desconcertados al tratar de explicar la energía y la destreza guerreras que barrieron a los cananeos, con todos sus recursos, ante su poder invencible. Que un Alejandro Magno, o un César, o un Napoleón, con su larga experiencia, sus legiones adiestradas, su espléndido prestigio y sus recursos sin rival, barrieran del tablero a sus enemigos no nos asombra. Pero Moisés con su tropel de esclavos, Josué con su ejército de pastores: ¿qué podría haber hecho de estos hombres tales soldados, si el Señor no hubiera peleado de su lado?
La toma de posesión de Canaán, como Josué recordó al pueblo, fue un proceso triple: Dios, peleando por ellos, había sometido a sus enemigos; Josué había repartido la tierra; y ahora Dios estaba dispuesto a expulsar al pueblo restante, pero solo por medio de ellos. Se hace hincapié en «arrojar» y «echar» (v. 5), de lo cual deducimos que no había de haber más matanza, sino que el resto de los cananeos debía buscar asentamientos en otra parte. Había caído sobre ellos una retribución suficiente por sus pecados con la destrucción virtual de su pueblo y la pérdida de su país; el miserable remanente podría tener una oportunidad de escapar a algún país mal poblado donde nunca llegaría a tener influencia y donde el terror lo refrenaría de su antigua maldad.
Josué fue muy enfático al prohibir los matrimonios mixtos y el trato social amistoso con los cananeos. Veía mucha necesidad de la oración: «No nos metas en tentación». Entendía el sentido del terreno encantado. Sabía que entre el reino de la santidad y el reino del pecado hay una especie de territorio neutral, que no pertenece estrictamente a ninguno de los dos, pero que se inclina hacia el reino del pecado y, de hecho, proporciona comúnmente no pocos reclutas al ejército del mal. ¡Ay, cuán cierto es esto todavía! Los matrimonios entre creyentes e incrédulos; la comunión social amistosa, en términos de igualdad, entre la Iglesia y el mundo; la sociedad en los negocios entre piadosos e impíos: ¿quién no conoce el resultado usual? En unos pocos casos aislados, quizá, el hijo del mundo es traído al reino; pero ¡en cuántos casos hallamos los brotes de la promesa cristiana helados, y la tibieza y la apostasía parcial, si no la apostasía total, ocupando su lugar! No hay mejor ayuda para la vida cristiana, ni mayor aliento para la comunión con Dios, que la comunión afín con otros cristianos, especialmente en el hogar, así como no hay mayor estorbo para estas cosas que un espíritu ajeno en él. Y si los hombres y mujeres recordaran que de todo lo que les concierne en esta vida su relación con Dios es infinitamente lo más trascendental, y que todo lo que pone esa relación en peligro es el mal más temible de todos, no los hallaríamos tan dispuestos a vínculos enredosos que pueden ser ganancia para las cosas de este mundo, pero que para las cosas de la eternidad son por lo común una pérdida dolorosa.
Es un cuadro muy vívido el que traza Josué de los efectos de aquel pecaminoso acomodo con sus vecinos cananeos contra el cual los había advertido. «Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros, sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado».
El huerto del Edén no fue el único paraíso que el pecado arruinó. Aquí había algo así como un nuevo paraíso para los hijos de Israel; y sin embargo había una posibilidad, más que una posibilidad, de que fuera arruinado por el pecado. La historia futura mostró que Josué tenía razón. Los cananeos que quedaron en la tierra fueron azotes y espinas para el pueblo de Israel, y la condescendencia de Israel con sus costumbres idólatras condujo primero a la invasión y la opresión, luego al cautiverio y al destierro, y finalmente a la dispersión por la faz de la tierra. Por mucho que el pecado engañe al principio, al final siempre se muestra fiel a su verdadero carácter: «la paga del pecado es muerte». Lo malo es que los hombres no quieren creer lo que no les gusta creer. El pecado tiene muchos placeres; y mientras el placer no sea grosero, sino que tenga un aire de refinamiento, no parece haber mal en él, y se disfruta libremente. Pero, invisible, obra como la carcoma, pulverizando el alma, destruyendo todo rastro de gusto espiritual o de deleite en las cosas divinas, y apegando el corazón con más fuerza al bien meramente material. Y a veces, cuando la muerte se avista y se siente que hay que rendir cuentas a Dios, y se hace sinceramente el esfuerzo de prepararse para aquel encuentro solemne mirando al divino Redentor, se halla que la inclinación del corazón va enteramente en sentido contrario. La fe y el arrepentimiento no vienen; volverse hacia Dios es una actitud ajena, imposible; el corazón tiene sus raíces demasiado hundidas en el mundo para ser arrancado así de él. Se dejaron apartar de su esperanza primera por la influencia de la comunión mundana, para hallar que de nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma.
¡Cuán terribles son las palabras de Santiago: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios»!
Josué 24
Fue en Siquem donde tuvo lugar la última reunión de Josué con el pueblo. La Septuaginta pone Silo en un versículo (v. 1), pero Siquem en otro (v. 25); pero no hay razón suficiente para rechazar la lectura común. Josué pudo sentir que una reunión que no estaba ligada a los asuntos ordinarios del santuario, sino que tenía más bien un propósito personal, una despedida solemne de su parte al pueblo, se celebraría mejor en Siquem. Había mucho que recomendaba aquel lugar. Estaba unas cuantas millas al noroeste de Silo, y no solo se distinguía (como ya hemos dicho) por ser el primer lugar de descanso de Abraham en el país y el escenario de la primera de las promesas que allí se le dieron, sino también por ser el lugar donde, entre los montes Ebal y Gerizim, se habían leído las bendiciones y maldiciones de la ley poco después de que Josué entró en la tierra, y el pueblo había dado a ellas su solemne asentimiento. Y si se dice (v. 26) que la gran piedra erigida como testigo estaba «junto al santuario de Jehová», esta piedra pudo haberse colocado en Silo después de la reunión, porque allí estaría más a la vista del pueblo cuando subía a las fiestas anuales (véase 1 Samuel 1.7, 9). Siquem fue, pues, el escenario del discurso de despedida de Josué. Quizá se pronunció cerca del pozo de Jacob y del sepulcro de José; en el mismo lugar donde, muchos siglos después, el Josué del Nuevo Testamento se sentó cansado del camino y desplegó las riquezas de la gracia divina ante la mujer de Samaria.
1. En el registro del discurso de Josué contenido en el capítulo veinticuatro, comienza repasando la historia de la nación. Tiene una excelente razón para comenzar con el venerado nombre de Abraham, porque Abraham se había distinguido precisamente por aquella gracia, la lealtad a Jehová, que él se empeña en inculcarles. Abraham había hecho una elección solemne en materia de religión. Había roto deliberadamente con una clase de culto y aceptado otra. Sus padres habían sido idólatras, y él había sido criado como idólatra. Pero Abraham renunció a la idolatría para siempre. Lo hizo con un gran sacrificio, y lo que Josué rogaba al pueblo era que fuera tan cabal y tan firme como él en su repudio de la idolatría. El repaso de la historia se da en palabras de Dios, para recordarles que toda la historia de Israel había sido planeada y ordenada por él. Él había estado entre ellos del principio al fin; había estado con ellos a lo largo de todas las vidas de los patriarcas; era él quien los había librado de Egipto por medio de Moisés y Aarón, quien había sepultado a los egipcios bajo las aguas del mar, quien había echado a los amorreos de las provincias orientales, había convertido la maldición de Balaam en bendición, había desposeído a las siete naciones y había establecido a los israelitas en sus moradas apacibles y agradables.
Notamos en este repaso los rasgos bien conocidos de la historia nacional, tal como siempre se representaban: el franco reconocimiento de lo sobrenatural, sin indicio de mito o leyenda, sin nada de la niebla o el encanto en que la leyenda suele envolverse. Y, visto que Dios había hecho todo esto por ellos, la conclusión era que tenía derecho a su lealtad y obediencia más cordiales. «Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová». Parece extraño que en aquel mismo tiempo el pueblo necesitara ser llamado a quitar otros dioses. Pero esto solo muestra cuán sin fundamento es la impresión común de que, desde la salida de Egipto en adelante, toda la hueste de Israel estaba inclinada a la ley tal como la había dado Moisés. Había todavía entre ellos mucha idolatría y una fuerte tendencia hacia ella. No eran un pueblo enteramente reformado o convertido. Esto lo sabía Josué muy bien; sabía que había entre ellos un fuego sofocado expuesto a estallar en un incendio; de ahí su actitud combativa, y su esfuerzo por fomentar en ellos un espíritu combativo; tenía que obligarlos por toda consideración a renunciar del todo a reconocer otros dioses, y a hacer de Jehová el único objeto de su culto. Nunca un hombre bueno habló más en serio, ni estuvo más plenamente persuadido de que todo lo que contribuía al bienestar de una nación estaba implicado en el camino que les encarecía.
2. Pero Josué no les instó a esto solo en virtud de su propia convicción. Tenía que ganar su razón a su favor; y por esta causa los llamó ahora a sopesar deliberadamente los derechos de otros dioses y las ventajas de otras formas de culto, y a escoger lo que hubiera que declarar lo mejor. Había cuatro pretendientes que considerar: (1) Jehová; (2) los dioses caldeos adorados por sus antepasados; (3) los dioses de los egipcios; y (4) los dioses de los amorreos entre quienes habitaban. Escojan entre estos, dijo Josué, si están descontentos con Jehová. Pero ¿podía haber alguna elección razonable entre estos dioses y Jehová? A menudo es útil, cuando vacilamos sobre un camino, anotar las diversas razones en pro y en contra —quizá las razones de nuestro juicio frente a las razones de nuestros sentimientos—, porque a menudo este procedimiento nos permite ver cuán enteramente pesa más lo uno que lo otro. ¿No nos será útil hacer lo que Josué instó a Israel a hacer?
Si anotamos las razones para hacer de Dios, de Dios en Cristo, el objeto supremo de nuestro culto, frente a las razones a favor del mundo, ¡cuán infinitamente pesará más un platillo de la balanza que el otro! En la elección de un amo, es razonable que un siervo considere cuál tiene mayor derecho sobre él; cuál es intrínsecamente más digno de ser servido; cuál le traerá mayores ventajas; cuál le dará más satisfacción y paz interior; cuál ejercerá mejor influencia en su carácter, y cuál viene más recomendado por antiguos siervos cuyo testimonio debe pesar en él. Si estos son los fundamentos de una elección razonable en el caso de un siervo que entra al servicio de un amo, ¡cuánto más en lo que toca al Señor de nuestros espíritus! Nada puede ser más claro que el que los israelitas en tiempo de Josué tenían toda razón concebible para escoger al Dios de sus padres como objeto supremo de su culto, y que cualquier otro camino habría sido a la vez el más culpable y el más necio que pudiera tomarse. ¿Son las razones ni un ápice menos poderosas para que cada uno de nosotros dedique corazón y vida, mente y alma, al servicio de Aquel que se dio a sí mismo por nosotros y nos ha amado con amor eterno?
3. Pero Josué está plenamente preparado para añadir el ejemplo al precepto. Hagan ustedes lo que hagan en este asunto, mi decisión está tomada, mi camino es claro: «Yo y mi casa serviremos a Jehová». Nos recuerda a un general que exhorta a sus tropas a escalar la brecha mortal y lanzarse sobre la ciudadela del enemigo. Fuertes y apremiantes son sus llamados; pero más fuerte y elocuente es su acción cuando, haciendo frente al peligro que tiene delante, se lanza adelante, resuelto a que, hagan lo que hagan otros, él no se arredrará en su deber. Es el antiguo Josué de nuevo, el Josué que solo con Caleb permaneció fiel en medio de la traición de los espías, que ha sido leal a Dios toda su vida, y que ahora, en la decrepitud de la vejez, está todavía dispuesto a quedarse solo antes que deshonrar al Dios vivo. «Yo y mi casa serviremos a Jehová». Tuvo la dicha de poder asociar a su casa consigo como partícipe de sus convicciones y de su propósito. Lo debía, con toda probabilidad, a su propia actitud firme e intrépida a lo largo de su vida. Su casa vio con cuánta coherencia y constancia reconocía él los derechos supremos de Jehová. No menos claramente vieron con cuánta constancia experimentaba la bienaventuranza de su elección.
4. Convencido por sus argumentos, conmovido por su elocuencia y arrastrado por el magnetismo de su ejemplo, el pueblo responde con entusiasmo, rechaza el solo pensamiento de abandonar a Jehová para servir a otros dioses, y reconoce de todo corazón las obligaciones que él les ha impuesto al librarlos de Egipto, preservarlos en el desierto y echar a los amorreos de su tierra. Después de esto, un caudillo ordinario se habría sentido del todo tranquilo, y habría dado gracias a Dios porque su llamado había hallado tal respuesta, y se había dado tal demostración de la lealtad del pueblo. Pero Josué conocía algo de su carácter voluble. Puede haber recordado el extraordinario entusiasmo de sus padres cuando se preparaba el tabernáculo; la singular prontitud con que habían contribuido sus tesoros más preciados, y el triste cambio que sufrieron después del regreso de los espías. Aun un arrebato entusiasta como este no merece confianza. Debe ir más hondo; debe tratar de inducirlos a pensar más seriamente en el asunto, y a no fiarse del sentimiento del momento.
5. Por eso traza un cuadro algo sombrío del carácter de Jehová. Se detiene en aquellos atributos que son menos agradables al hombre natural: su santidad, sus celos y su inexorable oposición al pecado. Cuando dice: «No sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados», no puede querer decir que Dios no sea un Dios de perdón. No puede desear contradecir la primera parte de aquel memorial lleno de gracia que Dios dio a Moisés: «¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado». Su objeto es destacar la cláusula: «y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado». Evidentemente quiere decir que el pecado de idolatría es uno que Dios no puede pasar por alto, que no puede dejar de castigar, hasta que, probablemente por medio de juicios terribles, sus autores sean llevados a la contrición y se humillen en el polvo delante de él. «No podréis servir a Jehová —dijo Josué—; ¡cuídense de emprender lo que está por encima de sus fuerzas!». Quizá quería inculcarles la necesidad de la fuerza divina para un deber tan difícil. Ciertamente no cambió su propósito, sino que solo les arrancó una expresión más resuelta. «No, sino que a Jehová serviremos. Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos».
6. Y ahora llega Josué a un punto que sin duda había tenido en mente todo el tiempo, pero que esperaba una oportunidad favorable para plantear. Había comprometido al pueblo a un servicio absoluto y sin reservas a Dios, y ahora exige una prueba práctica de su sinceridad. Sabe muy bien que tienen «dioses ajenos» entre ellos. Sabe que poseen terafines, imágenes u ornamentos que hacen referencia a los dioses paganos. Y no habla como si esto fuera cosa rara, limitada a unos pocos. Habla como si fuera una práctica común, generalmente extendida. De nuevo vemos cuán lejos de la verdad estamos cuando pensamos en toda la nación como siguiendo de corazón la religión de Moisés, en el sentido de renunciar a todos los demás dioses. Formas menores de idolatría, reconocimientos menores de los dioses de los caldeos, los egipcios y los amorreos, prevalecían todavía. Probablemente Josué recordó la escena ocurrida en ese mismo lugar cientos de años antes, cuando Jacob, reprendido por Dios y obligado a partir de Siquem, llamó a su familia: «Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos [...] Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem». ¡Ay, que siglos después fuera necesario que Josué, en el mismo lugar, diera la misma orden: Quitad los dioses que hay entre vosotros, y servid a Jehová! ¡Qué mala hierba es el pecado, y cómo reaparece siempre! Y reaparece también entre nosotros, en una variedad distinta, pero esencialmente la misma. Porque ¿qué corazón honrado y fervoroso no siente que hay ídolos e imágenes entre nosotros que estorban los derechos de Dios y la gloria de Dios tanto como los terafines y los zarcillos de los israelitas? Las imágenes de los israelitas eran imágenes pequeñas, y probablemente era en ratos sueltos y en privado cuando hacían uso de ellas; y así, puede que no sea en las ocasiones principales ni en la obra destacada de nuestra vida donde solemos deshonrar a Dios. Pero ¿quién que se conozca a sí mismo no ha de pensar con humillación en las innumerables ocasiones en que se entrega a pequeños caprichos o inclinaciones sin pensar en la voluntad de Dios; en los muchos pequeños actos de su vida diaria en los que no aplica la conciencia; en el estado de su mente, desligada de aquella influencia suprema y gobernante que pesaría sobre ella si Dios fuera reconocido constantemente como su Señor? ¿Y quién no halla que, a pesar de su esfuerzo de tiempo en tiempo por ser más concienzudo, el viejo hábito, como una mala hierba cuyas raíces solo han sido cortadas a ras, se muestra siempre vivo?
7. Y ahora viene el acto final y decisivo de esta reunión en Siquem. Josué hace un pacto formal con el pueblo; escribe sus palabras en el libro de la ley de Dios; toma una gran piedra y la levanta debajo de una encina que estaba junto al santuario de Jehová; y constituye la piedra en testigo, como si hubiera oído todo lo que el Señor les había hablado a ellos y ellos al Señor. El pacto era un acto revestido de especial solemnidad entre todos los pueblos orientales, y en especial entre los israelitas. Muchos casos habían ocurrido en su historia de pactos con Dios, y de otros pactos, como el de Abraham con Abimelec o el de Jacob con Labán. La violación caprichosa de un pacto se tenía por un acto de grave impiedad, digno de la reprobación de Dios y de los hombres. Cuando Josué tuvo al pueblo comprometido por un acto de esta clase, parecía obtener una nueva garantía de su fidelidad; se levantaba una nueva barrera contra su recaída en la idolatría. Era natural que esperara que de ello resultara algún bien, y sin duda contribuyó al feliz resultado; «y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que Jehová había hecho por Israel». Y sin embargo no era sino una barrera temporal contra una inundación que parecía estar siempre cobrando fuerza sin ser vista, y preparándose para otra feroz descarga de sus aguas desastrosas.
Por lo menos, esta reunión aseguró a Josué un ocaso apacible y le permitió cantar su Nunc dimittis. El mal que más temía no estaba obrando mientras la corriente de la vida se le escapaba; tuvo el gran privilegio de mirar a su alrededor y ver a su pueblo fiel a su Señor. No parece que Josué tuviera miras muy amplias o de largo alcance respecto a la formación y el desarrollo moral del pueblo. Su idea de la religión parece haber sido una lealtad muy sencilla a Jehová, en oposición a las perversiones de la idolatría. Ni siquiera está muy claro si estaba muy impresionado por la capacidad de la religión verdadera para penetrar todas las relaciones y ocupaciones de los hombres, y alegrar y purificar toda la vida. Somos demasiado propensos a atribuir todas las virtudes a los hombres buenos del Antiguo Testamento, olvidando que de muchas virtudes no hubo sino un desarrollo progresivo, y que no es razonable buscar una excelencia más allá de la medida de la época. Josué fue un soldado, un soldado del Antiguo Testamento, un hombre espléndido para su día, pero no más allá de su día. Como soldado, su oficio era vencer a sus enemigos y ser leal a su Señor celestial. No le tocaba hacer valer las innumerables aplicaciones que el espíritu de confianza en Dios podría tener en todos los intereses de la vida: en la familia, en los libros, en la agricultura y el comercio, o en el desarrollo de las humanidades y de las cortesías de la sociedad. Otros hombres fueron levantados de tiempo en tiempo, muchos otros, con encargo de Dios de dedicar sus energías a tales asuntos.
Es muy posible que, bajo Josué, la religión no apareciera en relación muy estrecha con muchas cosas que son amables y de buen nombre. Un célebre escritor inglés (Matthew Arnold) ha preguntado si, de haber navegado Virgilio o Shakespeare en el Mayflower con los padres puritanos, se habrían hallado en una sociedad afín. La pregunta no es justa, porque supone que hombres cuyo destino era pelear como por la vida misma, y por lo que era más querido que la vida, eran del mismo molde que otros que podían dedicarse en apacible ocio a las amenidades de la literatura. Josué tenía sin duda mucho de la aspereza del soldado de los primeros tiempos, y no es justo culparlo por falta de dulzura y luz. Muy probablemente fue de él de quien Débora sacó algo de su desdén, y Jael, mujer de Heber, algo de su áspero valor. Todo el libro de los Jueces está penetrado de su espíritu. No fue el apóstol de la caridad ni de la mansedumbre. Tenía una virtud, pero era la virtud suprema: honraba a Dios. Dondequiera que estaban en juego los derechos de Dios, no podía ver nada, ni escuchar nada, ni preocuparse de nada, sino de que él recibiera lo que se le debía. Dondequiera que los derechos de Dios eran reconocidos y cumplidos, las cosas estaban esencialmente bien, y los demás intereses se arreglarían. Por su lealtad absoluta y suprema a su Señor merece nuestra más alta reverencia. Esta lealtad es una virtud rara en las sublimes proporciones en que apareció en él. Cuando un hombre honra a Dios de esta manera, tiene algo de la apariencia de un ser sobrenatural, que se eleva muy por encima de los temores y la flaqueza de la pobre humanidad. Llena a sus semejantes de una especie de temor reverente.
Entre los reformadores, los puritanos y los covenanters se hallaron a menudo hombres así. Los mejores de ellos, en efecto, fueron hombres de este tipo, y hombres muy auténticos. No eran hombres a quienes el mundo amara; eran demasiado celosos de los derechos de Dios para eso, y demasiado severos con los que se los negaban. Y todavía tenemos el tipo del cristiano combatiente. Pero ¡ay!, es un tipo sujeto a una degeneración espantosa. La lealtad a la tradición humana se sustituye a menudo, sin duda inconscientemente, por la lealtad a Dios. La sublime pureza y nobleza de la una pasan a la obstinación, la justicia propia y la arrogancia de la otra. Cuando aparece un hombre del tipo auténtico, los hombres se detienen asombrados, como ante una aparición sobrenatural. La misma rareza, lo excéntrico del carácter, le asegura un homenaje respetuoso. Y sin embargo, ¿quién puede negar que es la verdadera representación de lo que debería ser todo hombre que dice: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra»?
Después de una vida de ciento diez años llega la hora en que Josué debe morir. No tenemos registro de la actividad interior de su espíritu, ni indicio de sus sentimientos ante sus pecados, ni insinuación sobre la fuente de su confianza para el perdón y la aceptación. Pero fácilmente pensamos en él como heredero de la fe de su padre Abraham, heredero de la justicia que es por la fe, y como pasando serenamente a la presencia de su Juez, porque, como Jacob, ha esperado su salvación. Tenía pleno derecho a los más altos honores que la nación pudiera tributar a su memoria; pues todos le debían sus hogares y su reposo. Su nombre ha de ir siempre unido al del mayor héroe de la nación: Moisés los sacó de la casa de servidumbre; Josué los introdujo en la casa del reposo. A veces, como ya hemos dicho, se ha intentado trazar una antítesis tajante entre Moisés y Josué, representando el uno la ley y el otro el evangelio. La antítesis está más en las palabras que en los hechos. Moisés representó a la vez el evangelio y la ley, pues sacó al pueblo de la servidumbre de Egipto; lo llevó a su altar nupcial, y desplegó ante la esposa la ley de la casa de su divino esposo. Josué condujo a la esposa a su hogar y al reposo que había de disfrutar allí; pero no fue menos enfático que Moisés al insistir en que debía ser una esposa obediente, que siguiera la ley de su esposo. Sería difícil decir cuál de los dos fue tipo más instructivo de Cristo, tanto en el sentimiento como en la acción. El amor de cada uno por su pueblo fue intensísimo, abnegadísimo; y ninguno de los dos, si se le hubiera pedido, habría vacilado en entregar su vida por ellos.
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Probablemente es una disposición meramente incidental que el libro concluya con el registro de la sepultura de José y de la muerte y sepultura de Eleazar, hijo de Aarón. En cuanto al tiempo, difícilmente podemos suponer que la sepultura de José en el campo de su padre Jacob en Siquem se demorara hasta después de la muerte de Josué. Sería un acto muy apropiado después del reparto del país, y especialmente después de que el territorio que contenía el campo se asignara a Efraín, hijo de José. Sería como una gran doxología, una celebración de Te Deum por el cumplimiento de la promesa en la cual, tantos siglos antes, José había mostrado tan noblemente su confianza.
Pero ¿por qué los huesos de José no hallaron su lugar de reposo en la venerable cueva de Macpela? ¿Por qué no fue puesto al lado de su padre, a quien sin duda le habría gustado mucho que su amado hijo reposara a su lado? Solo podemos decir de José, como de Raquel, que el derecho de sepultura en aquel sepulcro parece haberse limitado a la esposa reconocida por la ley y al hijo que heredaba la promesa mesiánica. Los demás miembros de la familia habían de tener su lugar de reposo en otra parte; además, había este beneficio en que José tuviera su sepultura en Siquem: que estaba en el mismo centro del país, y cerca del lugar donde las tribus habían de reunirse para las grandes fiestas anuales. Durante muchas generaciones el sepulcro de José sería un testigo memorable para el pueblo; por él el patriarca, aunque muerto, seguiría testificando de la fidelidad de Dios; mientras dirigiría las esperanzas del pueblo piadoso todavía hacia adelante, al futuro, cuando la última cláusula de la promesa a Abraham se cumpliría enfáticamente, y aquella Simiente aparecería entre ellos en quien serían benditas todas las familias de la tierra.
¿Había alguna razón para registrar la muerte de Eleazar? Ciertamente había algo apropiado en poner juntos el registro de la muerte de Josué y el de la muerte de Eleazar. Porque Josué fue el sucesor de Moisés, y Eleazar el sucesor de Aarón. La mención simultánea de la muerte de ambos es una indicación significativa de que la generación a la que pertenecían había pasado ya. Una segunda edad después de la salida de Egipto se había deslizado al pasado silencioso. Era señal de que los deberes y responsabilidades de la vida habían pasado ahora a una nueva generación, y una advertencia silenciosa para que recordaran cómo
«el tiempo, cual río que siempre corre,
se lleva a todos sus hijos;
vuelan olvidados, como un sueño
que muere al despuntar el día».
¡Qué breve parece la vida de una generación cuando miramos atrás a aquellos días lejanos! ¡Qué breve la vida del individuo cuando comprende que su viaje está prácticamente terminado! ¡Qué vana la expectativa, abrigada un tiempo, de un futuro indefinido en que habría tiempo de sobra para compensar todos los descuidos de los años anteriores! Dios nos conceda a todos conocer el verdadero sentido de aquella palabra: «el tiempo es corto», y «enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría».
Solo nos queda ahora echar una mirada retrospectiva a la obra de Josué, e indicar lo que hizo por Israel y la huella que dejó en la historia nacional.
1. Josué fue un soldado, un soldado creyente. Fue el primero de un tipo que ha dado muchos ejemplares notables. Abraham había peleado, pero había peleado como podría ser inducido a pelear un cuáquero, pues era esencialmente un hombre de paz. Moisés había dirigido campañas militares, pero Moisés era esencialmente sacerdote y profeta. Josué no fue ni cuáquero, ni sacerdote, ni profeta, sino sencillamente un soldado. Hubo sin duda hombres de guerra en abundancia antes del diluvio, pero, hasta donde sabemos, no hombres creyentes. Josué fue el primero de un orden que a muchos parece una paradoja moral: un siervo consagrado de Dios, y sin embargo un combatiente entusiasta. Su mente corría naturalmente por el surco de la labor militar. Planear expediciones, idear métodos para atacar, dispersar o aniquilar a sus adversarios, le venía naturalmente. Genio militar, se entregó con amor a su obra.
Sin embargo, junto con esto, el temor de Dios lo gobernaba y guiaba continuamente. No hacía nada deliberadamente a menos que estuviera convencido de que era la voluntad de Dios. En toda su obra de matanza, creía estar cumpliendo los justos propósitos de Jehová. Su vida se guiaba habitualmente por la consideración de lo invisible. No tenía otra ambición que servir a su Dios y servir a su país. Se habría contentado con las condiciones de vida más sencillas, pues sus hábitos eran sencillos y sus gustos naturales. Creía que Dios estaba detrás de él, y la creencia lo hacía intrépido. Su carrera de éxito casi ininterrumpido justificó su fe.
Ha habido soldados que fueron religiosos a pesar de ser soldados, y algunos de ellos lamentaban en lo secreto de su corazón la penosa suerte que hacía de la espada su arma; pero ha habido también hombres cuya energía en la religión y en la lucha se apoyaron y fortalecieron mutuamente. Tales hombres, sin embargo, suelen hallarse solo en tiempos de gran lucha moral y espiritual, cuando la fuerza bruta del mundo se ha reunido en masa abrumadora para aplastar algún movimiento religioso. Tienen una convicción intensa de que el movimiento es de Dios, y en cuanto al uso de la espada, no pueden evitarlo; no tienen elección, pues el instinto de defensa propia los obliga a desenvainarla. Tales son los guerreros del Apocalipsis, los soldados de Armagedón; pues, aunque su batalla es esencialmente espiritual, se nos presenta en aquel libro militar bajo los símbolos de la guerra material. Tales fueron los Ziska y los Procopio de la reforma bohemia; los Gustavo Adolfo de la guerra de los Treinta Años; los Cromwell de la Commonwealth y los generales Leslie del Covenant. Gobernados supremamente por el temor de Dios, y convencidos de un llamamiento divino a su obra, han tenido comunión con él acerca de ella tan estrecha y verdaderamente como el misionero acerca de su predicación o su traducción, o el filántropo acerca de sus hogares de acogida o sus obras de rescate. Ha sido siempre su costumbre atribuir sus éxitos a la gran bondad de Dios; y cuando una empresa ha fracasado, han buscado las causas del fracaso en el desagrado divino. Ni en su trato con sus familias y amigos han carecido por lo común de gracias más apacibles: del afecto, la generosidad o la compasión. Todo esto debe admitirse francamente, aun por aquellos para quienes la guerra es más odiosa. Es enteramente compatible con la convicción de que una gran proporción de las guerras han sido del todo injustificables, y de que en circunstancias ordinarias la espada no ha de considerarse el arma recta y apropiada para resolver las contiendas de las naciones, como tampoco el duelo para resolver las contiendas de los individuos. Y el mejor de los soldados no puede menos que sentir que pelear es, en el mejor de los casos, una necesidad cruel, y que será un día feliz para el mundo aquel en que los hombres volverán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces.
2. Siendo soldado, Josué se limitó en lo principal a la obra de un soldado. Esa obra era vencer al enemigo y repartir la tierra. A estos dos ramos se limitó, subordinándolos, sin embargo, a su profunda convicción de que no eran sino medios para un fin, y de que ese fin se perdería por completo si el pueblo no estaba penetrado de lealtad a Dios y de devoción a la forma de culto que él había prescrito. No desperdició ninguna oportunidad de grabar esa consideración en sus mentes. Estaba en la raíz de toda su prosperidad; y si Josué no se la hubiera encarecido por todos los medios disponibles, toda su obra habría sido como echar agua sobre la arena o sembrar semilla sobre las rocas de la orilla del mar.
Josué no fue llamado a la obra eclesiástica, ciertamente no en el sentido de llevar a cabo los detalles eclesiásticos. Ese ramo pertenecía al sumo sacerdote y a sus hermanos. Mientras vivió Moisés, había estado bajo él, porque Moisés era la cabeza de todos los ramos. Tampoco tomó Josué en sus manos la organización detallada del ramo civil de la comunidad. Esa era mayormente obra de los ancianos y oficiales designados para regularlo. Por la circunstancia de que Josué se limitó personalmente a sus dos grandes deberes, el libro que lleva su nombre va tan poco más allá de ellos. Leyendo solo Josué, podríamos tener la impresión de que se prestaba muy poca atención al ritual ordenado en los libros de Moisés. Podríamos suponer que se hizo poco por cumplir las disposiciones de la Torá, como vino a llamarse la ley. Pero la conclusión no estaría justificada, por la sencilla razón de que tales cosas no entraban en la esfera de Josué ni en el alcance del libro que lleva su nombre. Podemos sacar lo que podamos de alusiones incidentales, pero no debemos esperar descripciones minuciosas. Hay muchas cosas que nos habría interesado mucho saber acerca de este período de la historia de Israel; pero el libro se limita como Josué se limitó. No es una historia completa de aquellos tiempos. No es un capítulo de anales nacionales universales. Es una historia del asentamiento, y de la parte de Josué en el asentamiento.
Y el hecho de que tenga este carácter es un testimonio de su autenticidad. Si hubiera sido una obra de fecha muy posterior, no es probable que se hubiera limitado a márgenes tan estrechos. Con toda probabilidad habría presentado una visión mucho más amplia del estado y el progreso de la nación que la que presenta el libro existente. El hecho de que gire tan de cerca en torno a Josué parece indicar que la personalidad de Josué era todavía un gran poder; su recuerdo estaba vivo y brillante cuando se escribió el libro. Además, las listas de nombres, muchos de los cuales parecen haber sido los antiguos nombres cananeos y haberse perdido de la historia hebrea porque las ciudades no fueron tomadas de hecho a los cananeos y no llegaron a ser ciudades hebreas, son otro testimonio de la fecha contemporánea del libro, o de los documentos en que se funda.
3. Si examinamos con cuidado el carácter de Josué como soldado, o más bien como estratega, hallaremos probablemente que tenía un defecto. No parece haber logrado hacer permanentes sus conquistas. Lo que ganaba un día a menudo lo recuperaba el enemigo al poco tiempo. Al leer el relato de lo que sucedió después de la victoria de Gabaón y Bet-horón, uno deduciría que toda la región al sur de Gabaón cayó por completo en sus manos. Sin embargo, poco después hallamos a Hebrón y Jerusalén en posesión del enemigo, mientras aparece un rey del que hasta entonces no se había oído, Adoni-bezec, de Bezec, de cuyo pueblo fueron muertos, después de la muerte de Josué, diez mil hombres (Jueces 1.4). En cuanto a Hebrón, leemos primero que Josué «combatió contra ella; y cuando la tomaron, la hirieron a filo de espada, a su rey y a todas sus ciudades, con todo lo que en ella tenía vida, sin dejar nada; como había hecho a Eglón, así la destruyeron con todo lo que en ella tenía vida» (Josué 10.37). Sin embargo, no mucho después, cuando Caleb pidió Hebrón por heredad, fue (como hemos visto) precisamente con el fundamento de que el enemigo la tenía fuertemente ocupada: «quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho» (14.12). Asimismo, en la campaña contra Jabín, rey de Hazor, aunque se dice que Hazor fue destruida por completo, se dice también que Josué no destruyó «las ciudades que estaban sobre sus montículos» (11.13, Versión Revisada); y así hallamos que algún tiempo después otro Jabín estaba a la cabeza de una Hazor restaurada, y fue contra él que se emprendió la expedición a la que la profetisa Débora estimuló a Barac (Jueces 4.2). Si Josué calculó mal el número y los recursos de los cananeos en el país; o si no pudo dividir sus propias fuerzas de modo que impidiera la reocupación y restauración de lugares que una vez habían sido destruidos; o si sobrestimó los efectos de sus primeras victorias y no contó lo suficiente con la determinación de un pueblo conquistado a pelear por sus hogares y sus altares hasta el fin, no podemos determinarlo; pero ciertamente el resultado fue que, después de ser derrotados y dispersados al principio, se rehicieron y se reagruparon, y presentaron un problema temibilísimo a las tribus en sus diversos asentamientos. No hay razón para recurrir a la explicación de nuestros críticos modernos de que tenemos aquí huellas de dos escritores, de los cuales la política del uno era representar a Josué como enteramente victorioso, y la del otro como muy lejos de tener éxito. La opinión verdadera es que su primera invasión, o recorrido, como puede llamarse, fue un éxito completo, pero que, por haberse rehecho sus adversarios, mucho del terreno que ganó al principio se perdió después.
4. El gran servicio de Josué a su pueblo (como ya hemos observado) fue que le dio un asentamiento. Le dio reposo. Algunos, en verdad, pueden estar dispuestos a poner en duda si lo que Josué les dio era digno del nombre de reposo. Si los cananeos estaban todavía entre ellos, disputándoles la posesión del país; si salvajes Adoni-bezec andaban todavía sueltos, cuyas víctimas llevaban en sus cuerpos mutilados las marcas de su crueldad y barbarie; si el poder de los filisteos en el sur, de los sidonios en el norte y de los gesureos en el noreste estaba todavía intacto, ¿cómo podía decirse que habían obtenido reposo?
La objeción procede de la incapacidad de estimar la fuerza del grado comparativo. Josué les dio reposo en el sentido de que les dio hogares propios. Ya no había necesidad de la vida errante que habían llevado en el desierto. Tenían habitaciones más sólidas y cómodas que las tiendas del desierto, con sus delgadas cubiertas que no podían impedir eficazmente ni el frío del invierno, ni el calor del verano, ni las lluvias torrenciales. Tenían objetos más brillantes que contemplar que la escasa y monótona vegetación del desierto. Sin duda tenían que defender sus nuevos hogares, y para ello tenían que expulsar a los cananeos que todavía rondaban a su alrededor. Pero aun así eran hogares verdaderos; no eran hogares que meramente esperaban o deseaban obtener, sino hogares que de hecho habían obtenido. Eran hogares con los múltiples atractivos de la vida del campo: el campo, el pozo, el huerto, el vergel poblado de vid, higuera y granado; el olivar, el risco y la cañada tranquila. Las ovejas y los bueyes podían verse pastando en grupos pintorescos en los prados, como si fueran parte de la familia. Era un interés observar el progreso de la vegetación, notar cómo brotaba la vid y cómo el lirio se abría en hermosura, cortar la primera rosa o partir la primera granada madura. La vida tenía un interés nuevo cuando, en una brillante mañana de primavera, el joven podía invitar así a su esposa:
«Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
Porque he aquí ha pasado el invierno,
se ha mudado, la lluvia se fue;
se han mostrado las flores en la tierra,
el tiempo de la canción ha venido,
y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
La higuera ha echado sus higos,
y las vides en cierne dieron olor».
Este fue, por así decirlo, el don de Josué a Israel, o más bien el don de Dios por medio de Josué. Era muy apto para encender su gratitud, y aunque no era todavía completo ni perfectamente seguro, tenía derecho a llamarse «reposo». Porque si todavía había necesidad de pelear para completar la conquista, era pelear en condiciones fáciles. Si salían bajo la influencia de aquella fe de la que Josué les había dado un ejemplo tan memorable, tenían segura la protección y la victoria. La experiencia pasada había demostrado que ninguno de sus enemigos podía resistir delante de ellos, y el futuro sería como había sido el pasado. Dios estaba todavía entre ellos; si lo invocaban, se levantaría, sus enemigos serían dispersados, y los que lo aborrecían huirían delante de él. La fidelidad a él les aseguraría todas las bendiciones que se habían leído en el monte Gerizim, y a las cuales habían respondido con entusiasmo: Amén. El cuadro trazado por Moisés antes de su muerte se realizaría con sus colores más brillantes: «Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo. Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas. Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar. Bendito serás en tu entrar, y bendito en tu salir».
Pero aquí puede interponerse una objeción muy seria. ¿Es concebible, puede preguntarse, que los israelitas gozaran de esta serena satisfacción cuando habían obtenido sus nuevos hogares solo desposeyendo a sus antiguos dueños; cuando todo a su alrededor estaba manchado con la sangre de los muertos, y los gritos y gemidos de sus predecesores sonaban todavía en sus oídos? Si estos hogares no estaban rondados por los fantasmas de sus antiguos dueños, ¿no debían el corazón y la conciencia de los nuevos ocupantes estar rondados por el recuerdo de las escenas de horror que allí se habían representado? ¿Es posible que estuvieran en aquel estado de ánimo tranquilo y feliz en que realmente disfrutarían la dulzura de sus nuevas moradas?
La pregunta es ciertamente inquietante, y cualquier respuesta que se le dé ha de parecer imperfecta, precisamente porque somos incapaces de ponernos del todo en las circunstancias de los hijos de Israel.
Somos incapaces de entrar en la insensibilidad del corazón oriental en lo que toca a los sufrimientos o la muerte de los enemigos. Sin duda hubo excepciones; pero, por regla general, la indiferencia ante la condición de los enemigos, en vida o en muerte, era el sentimiento prevaleciente.
Dos partes de su naturaleza podían ser afectadas por el cambio que puso a los israelitas en posesión de las casas y los campos de los cananeos destruidos: su conciencia y su corazón.
En cuanto a su conciencia, el caso era claro: «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan». Dios, como dueño de la tierra de Canaán, la había dado, unos seiscientos años antes, a Abraham y a su simiente. Esa donación había sido ratificada con muchas solemnidades, y la creencia en ella se había mantenido viva en el corazón de los descendientes de Abraham de generación en generación. No había habido secreto en ello, y los cananeos debían de estar familiarizados con la tradición. En consecuencia, durante todos estos siglos no habían sido sino inquilinos a voluntad del dueño. Cuando, bajo la guía de Jehová, Israel cruzó el mar Rojo y se ahogó el ejército de Faraón, una punzada debió de atravesar el pecho de los cananeos, y la noticia debió de llegarles como un aviso de desalojo. Los ecos del cántico de Moisés resonaron por toda la región:
«Lo oirán los pueblos, y temblarán;
se apoderará dolor de la tierra de los filisteos.
Entonces los caudillos de Edom se turbarán;
a los valientes de Moab les asaltará temblor;
se acobardarán todos los moradores de Canaán.
Caiga sobre ellos temblor y espanto;
a la grandeza de tu brazo enmudezcan como una piedra;
hasta que haya pasado tu pueblo, oh Jehová,
hasta que haya pasado este pueblo que tú rescataste.
Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad,
en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová,
en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado.
Jehová reinará eternamente y para siempre».
Se sabía bien, pues, que, en lo que toca al derecho divino, los hijos de Israel tenían derecho a la tierra. Pero aun después de eso, los cananeos tuvieron una tregua y gozaron de la posesión durante cuarenta años. Además, habían sido condenados judicialmente a causa de sus pecados; y, por otra parte, cuando ellos llegaron por primera vez al país, habían desposeído a los habitantes anteriores. Al fin, después de una larga demora, llegó la hora del destino. Cuando los israelitas tomaron posesión, sentían que solo recobraban lo suyo. No eran ellos, sino los cananeos, los intrusos; y cualquier sentimiento sobre la cuestión del derecho en la mente de los israelitas sería más bien de indignación por haber sido excluidos tanto tiempo de lo que se había prometido a Abraham, que de escrúpulo por desposeer a los cananeos de una propiedad que no era suya.
Con todo, podría suponerse que quedaba lugar para la compasión natural. Pero esta no era muy activa. Podemos deducir algo del sentimiento prevaleciente por el cántico de Débora y la acción de Jael. No era una época de humanidad. Todo el período de los jueces fue en verdad una «edad de hierro». Gedeón, Jefté y Sansón fueron hombres de la fibra más áspera. Aun el trato que David dio a sus prisioneros amonitas fue repugnante. Todo lo que puede decirse a favor de Israel es que su trato a los enemigos no alcanzó aquella infame preeminencia en la crueldad por la que fueron notorios los asirios y los babilonios. Pero tenían bastante de la insensibilidad prevaleciente para poder entrar sin mucha incomodidad en los hogares y posesiones de sus enemigos desposeídos. No tenían reparos sentimentales tales que estorbaran una viva gratitud a Josué como el hombre que les había dado reposo.
Probablemente, al mirar atrás a aquellos tiempos, no alcanzamos a comprender la maravillosa influencia en dirección de todo lo humano y amoroso que entró en nuestro mundo, y comenzó a obrar con toda su fuerza, con el advenimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Olvidamos cuánto más oscuro debió de ser el mundo antes de que entrara la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Olvidamos qué don dio Dios al mundo cuando Jesús entró en él, trayendo consigo la luz y el amor, el gozo y la paz, la esperanza y la santidad del cielo. Olvidamos que la venida de Jesús fue el nacimiento del Sol de justicia, que trae salvación en sus alas. Viniendo a nosotros como encarnación del amor divino, era natural que corrigiera la práctica prevaleciente en el trato a los enemigos e infundiera un nuevo espíritu de humanidad. Aun el apóstol que después llegó a ser el Apóstol del Amor pudo manifestar toda la amargura del espíritu antiguo cuando sugirió hacer descender fuego del cielo para consumir la aldea samaritana que no quiso recibirlos. «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas». ¿Quién no siente que el espíritu humano del cristianismo es una de sus joyas más brillantes, y uno de sus principales contrastes con la economía imperfecta que lo precedió? Es cuando notamos lo inveterado del antiguo espíritu de odio cuando vemos cuán grande cambio ha introducido Cristo. Si fue la gran distinción del amor de Cristo que, «siendo aún enemigos, Cristo murió por nosotros», su precepto de amar a nuestros enemigos debería hallar en nosotros la más pronta obediencia. No sin profunda perspicacia profética proclamó el ángel que anunció el nacimiento de Jesús: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!».
¡Ay!, con mucha humillación debemos reconocer que en la práctica de este espíritu humano de su Señor el progreso de la Iglesia ha sido lento y pequeño. Parecía estar implícito en las profecías que el cristianismo acabaría con la guerra; sin embargo, uno de los fenómenos más sobresalientes del mundo es el de las llamadas naciones cristianas de Europa armadas hasta los dientes, gastando millones año tras año en armamentos destructivos y retirando a millones de soldados de aquellas ocupaciones que aumentan la riqueza y el bienestar, para ser sostenidos con impuestos arrancados a los músculos de los laboriosos, y estar listos, cuando se les llame, para sembrar destrucción y muerte entre las filas de sus enemigos. ¡Seguramente es una vergüenza para la diplomacia de Europa que se haga tan poco por detener este mal clamoroso; que nación tras nación siga aumentando sus armamentos, y que el único mérito que pueda ganar un buen estadista sea el de retrasar un choque que, cuando ocurra, será el más extenso en sus dimensiones, y el más vasto y horrendo en la destrucción que cause, que el mundo haya visto jamás! Todo honor a los pocos hombres fervorosos que han tratado de hacer del arbitraje un sustituto de la guerra.
Y seguramente no es mérito de la Iglesia cristiana que, cuando sus miembros están divididos en opinión, haya tanta amargura en el espíritu de sus controversias. Concedamos que lo que excita tan vivamente a los hombres es el temor de que, estando en juego la verdad de Dios, aquello que consideran más sagrado en sí mismo y más vital en su influencia para el bien pueda sufrir; por eso consideran un deber reprender ásperamente a todos los que al parecer están dispuestos a traicionarla o comprometerla. ¿No es evidente que, si el amor no se mezcla en las controversias de los cristianos, es vano esperar que cesen la violencia y la guerra entre las naciones? Más aún, si el amor no se manifiesta entre los cristianos más de lo que ha sido común, bien podemos temblar por la causa misma. Se dice que uno de los jefes de la incredulidad alemana observó que no creía que el cristianismo pudiera ser divino, porque no hallaba que el pueblo llamado cristiano prestara más atención que otros al mandamiento de Jesús de amar a sus enemigos.
5. Queda por notar otro servicio de Josué a la nación de Israel: procuró con todo su corazón que fueran un pueblo gobernado por Dios, un pueblo que en todo ramo de la vida se rigiera por el empeño de hacer la voluntad de Dios. Se lo encareció con tal fervor, lo recomendó con su propio ejemplo con tal sinceridad, aplicó a ello toda su autoridad e influencia con tal ímpetu, que en gran medida lo logró, aunque la impresión apenas le sobrevivió. «Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel». Josué parecía estar siempre luchando con un virus idólatra que envenenaba la sangre del pueblo y no podía ser erradicado. Lo único que parecía capaz de aplastarlo era el brazo extendido de Jehová, mostrándose en alguna forma terrible. Mientras duraba el efecto de esa manifestación, la tendencia a la idolatría quedaba sometida, pero no extirpada; y en cuanto se agotaba su impresión, el mal estallaba de nuevo. Era difícil infundirles principios rectores de conducta que los guiaran a pesar de las influencias exteriores. Por regla general no eran como Abraham, Isaac y Jacob, ni como Moisés, que «se sostuvo como viendo al Invisible». Había entre ellos individuos, como Caleb y Josué mismo, que andaban por fe; pero la gran masa de la nación era carnal, y ejemplificaba la deriva o tendencia de aquel espíritu: «Los designios de la carne son enemistad contra Dios».
Sin embargo, Josué trabajó por inculcar la lección, la gran lección de la teocracia: Dejen que Dios los gobierne; sigan invariablemente su voluntad. Es una regla para las naciones, para las iglesias, para los individuos. La teocracia hebrea ha pasado; pero hay un sentido en que toda nación cristiana debería ser una teocracia modificada. En la medida en que Dios ha dado reglas permanentes para la conducta de las naciones, toda nación debería observarlas. Si es un principio divino que la justicia engrandece a la nación; si es un mandamiento divino acordarse del día de reposo para santificarlo; si es una instrucción divina a los gobernantes librar al menesteroso que clama, y al afligido que no tiene quien le socorra, en estos y en todos los asuntos semejantes las naciones deberían ser gobernadas divinamente. Es blasfemo poner reglas de conveniencia por encima de estas emanaciones eternas de la voluntad divina.
Así también las iglesias deberían ser gobernadas divinamente. No hay sino un Señor en la Iglesia cristiana, el que es Rey de reyes y Señor de señores. Puede haber muchos detalles en la vida de la Iglesia que se dejan a la discreción de sus gobernantes, obrando de acuerdo con el espíritu de la Escritura; pero ninguna iglesia debería aceptar un gobernante cuya voluntad pueda dejar de lado la voluntad de su Señor, ni permitir que autoridad humana alguna sustituya lo que él ha ordenado.
Y para los individuos la regla universal es: «Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él». Todo corazón cristiano verdadero es una teocracia, un alma gobernada por Cristo. No gobernada por recursos externos ni por reglas mecánicas, ni por el mero esfuerzo de seguir un ejemplo prescrito, sino por la morada del Espíritu de Cristo, por una fuerza vital comunicada por él mismo. Aquí está la fuente de la vida cristiana: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Esta es la fuente de todas las vidas cristianas hermosas y fructíferas que han sido, de todas las que son y de todas las que serán jamás.