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Libro de texto de maestría · capítulos asignados · traducción de CTS

La epístola de san Pablo a los Romanos

Handley C. G. Moule · The Expositor’s Bible · 1894

Nota de CTS. Traducción íntegra y fiel, párrafo por párrafo, de los capítulos asignados para el examen del libro de texto de maestría. Conserva las opiniones y la terminología del autor y de su época, que CTS no necesariamente comparte. Las citas bíblicas siguen la Reina-Valera 1960 cuando el pasaje es claramente el mismo. Los capítulos llevan la numeración de la edición inglesa (Project Gutenberg n.º 48858).

Capítulo III. El buen nombre de la iglesia de Roma; Pablo no se avergüenza del evangelio

Romanos 1.8-17

Ha bendecido a los cristianos romanos en el nombre del Señor. Ahora se apresura a decirles cómo bendice a Dios por ellos, y cuán lleno de ellos está su corazón. La epístola está cálida de vida y de amor de principio a fin; este gran mensaje de doctrina y de precepto brota de una fuente llena de afecto personal.

(v. 8) Primeramente doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, acerca de todos vosotros. Es su deleite dar gracias por todo el bien que conoce en sus hermanos. Siete de sus epístolas comienzan con acciones de gracias semejantes, que a la vez transmiten los elogios que el amor se goza en dar dondequiera que es posible, y remontan toda virtud espiritual directamente a su fuente, el Señor. Y no solo aquí «al Señor», sino «a mi Dios», frase usada en el Nuevo Testamento solo por san Pablo, salvo aquella expresión, ELÍ, ELÍ, de su Salvador moribundo. Es expresión de una apropiación indescriptible y de una intimidad reverente. El creyente no regatea su Dios a nadie; se regocija con gran gozo por cada alma que halla en él su riqueza. Pero en el centro de todo gozo y todo amor está esto: «mi Dios»; «Cristo Jesús, mi Señor»; «el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». ¿Es egoísta? No; es el lenguaje de una personalidad en la que Cristo ha destronado al yo a favor suyo, pero en la cual, por eso mismo, reina ahora la felicidad más alta, la felicidad que anima y sostiene un amor a todos que se olvida de sí mismo. Y esta santa intimidad, con su acción en la gratitud y en la petición, es en todo momento «por medio de Jesucristo», el Mediador y Hermano. El hombre conoce a Dios como «mi Dios», y lo trata como tal, nunca fuera de aquel HIJO amado que es igualmente uno con el creyente y con el Padre, no un medio ajeno, sino el punto vivo de unidad.

¿Qué mueve su acción de gracias? Porque vuestra fe se divulga, más literalmente, se lleva como noticia, por todo el mundo. Vaya adonde vaya, en Asia, en Macedonia, en Acaya, en el Ilírico, encuentra creyentes «forasteros de Roma», con noticias espirituales de la capital, que anuncian con alegre solemnidad que en el gran centro de este mundo las cosas eternas están demostrando su poder, y que la misión romana es notable por la fuerza y la sencillez de su «fe», su humilde confianza en el Señor Jesucristo y su amorosa lealtad a él. Tales noticias, llevadas de un punto a otro de aquella cristiandad primitiva, eran frecuentes entonces; vemos otro hermoso ejemplo de ello cuando dice a los tesalonicenses (1 Tesalonicenses 1.8-10) cómo en todas partes, en su viaje por Grecia, halló que la noticia de su conversión le precedía, para saludarlo a cada llegada. ¡Qué importancia especial tendría tal noticia cuando era una buena nueva de Roma!

Todavía en nuestros días viajan noticias semejantes por el mundo de las misiones. Hace solo unos años, «los santos» de Tinnevelly, en la India, oyeron de la angustia de sus hermanos de Uganda, en África, y enviaron con amoroso afán «para sus necesidades». Apenas el año pasado (1892), un visitante inglés de las misiones del Labrador halló a los discípulos de los Hermanos Moravos de allí llenos de las maravillas de la gracia manifestadas en aquellos mismos creyentes africanos.

Esta constante buena noticia de la ciudad lo alegra tanto más porque corresponde a su incesante pensamiento, oración y anhelo por ellos.

(v. 9) Porque testigo me es Dios[6] de esto; el Dios a quien sirvo, a la vez, como implica el griego (λατρεύω), con adoración y obediencia, en mi espíritu, en el evangelio de su Hijo. El «porque» da la conexión que acabamos de indicar: se regocija de oír de su fe, porque el Señor sabe cuánto están en sus oraciones. Apela tanto más instintivamente al Testigo divino porque estos pensamientos y oraciones son por una iglesia de misión, y las relaciones entre san Pablo y su Dios son ante todo relaciones misioneras. «Le sirve en el evangelio de su Hijo», el evangelio del Dios que es conocido y creído en su Cristo. «Le sirve en el evangelio»; es decir, en la propagación de él. Así lo entiende a menudo cuando habla de «el evangelio»; tómese por ejemplo el v. 1 arriba; 15.16, 19 más abajo; Filipenses 1.5, 12; 2.22. «Le sirve», en aquel gran ramo del ministerio, «en su espíritu», con todo su amor, su voluntad y su mente, obrando en comunión con su Señor. Y ahora a este Amigo y Testigo eterno apela para sellar su seguridad de incesantes intercesiones por ellos: cómo sin cesar, como hábito en constante acción, hago mención de vosotros, llamándolos por su nombre, especificando ante el Padre a Roma, y a Aquila, y a Andrónico, y a Junias, y a Pérsida, y a María, y a todo el círculo, conocidos personalmente o no, en mis oraciones; literalmente, con ocasión de mis oraciones; siempre que se hallaba en oración, de manera regular o, por así decirlo, casualmente, recordando y suplicando.

Las oraciones de san Pablo son un estudio por sí mismas. Véanse sus propios relatos de ellas a los corintios, los efesios, los filipenses, los colosenses, los tesalonicenses y Filemón. Observen su tema: casi siempre es el crecimiento de la gracia en los santos, para la gloria de su Señor. Observen más aún su manera: la frecuencia, la diligencia, la resolución que lucha, que forcejea, con las dificultades de la oración, de modo que en Colosenses 2.1 llama a su oración simplemente «una gran lucha». Aprende aquí cómo tratar con Dios por aquellos por quienes trabajas, pastor de almas, mensajero de la Palabra, hombre o mujer cristianos llamados de cualquier modo a ayudar a otros corazones en Cristo.

En este caso sus oraciones tienen una dirección muy definida; (v. 10) está rogando que de alguna manera, ahora por fin, tenga, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros. Es una petición muy sencilla, muy natural. Su armonía interior con la voluntad del Señor nunca excluye la formación y la expresión de tales peticiones, con el reverente «si» de la reserva sumisa. La «indiferencia» del pietismo místico, que por lo menos desalienta las peticiones articuladas y condicionales, es desconocida para los apóstoles; «en toda oración y ruego, con acción de gracias, dan a conocer sus peticiones delante de Dios». Y hallan tal expresión armonizada, en una santa experiencia, con un profundo reposo «dentro de esta voluntad», esta «dulce y amada voluntad de Dios». Poco previó aquí cómo se le abriría el camino: que pasaría por el tumulto en el templo, las prisiones de Jerusalén y de Cesarea y el ciclón del mar Adriático. Tenía a la vista un viaje misionero a España, en el cual Roma había de tomarse de paso.

«Así concede Dios la oración, mas en su amor
hace suyos los caminos y los tiempos».

Su corazón anhela esta visita a Roma. Casi podríamos traducir el griego de la cláusula siguiente: (v. 11) Porque siento nostalgia de veros; usa la palabra con que en otro lugar describe el anhelo de Epafrodito, el filipense, de volver a Filipos (Filipenses 2.26), y también su propio anhelo de ver al hijo de su corazón, Timoteo (2 Timoteo 1.4). Tal es el evangelio, que su afecto de familia arroja la luz del hogar aun sobre regiones desconocidas donde habitan «los hermanos». En este caso, sin embargo, el amor anhelante tiene un propósito sumamente práctico: para comunicaros algún don de gracia espiritual, a fin de que seáis confirmados. La palabra traducida «don de gracia» (χάρισμα) se usa en algunos lugares (véase especialmente 1 Corintios 12.4, 9, 28, 30, 31) con cierta referencia especial a las misteriosas «lenguas», «interpretaciones» y «profecías» dadas en las iglesias primitivas. Y deducimos de los Hechos y de las epístolas que estos dones no se concedían ordinariamente donde no había un apóstol presente para imponer las manos. Pero no es probable que este sea el sentido del presente pasaje. En otros lugares de la epístola[7] la palabra carisma se usa con su referencia más amplia y profunda: el don de bendición de Dios en Cristo. Aquí, pues, así lo entendemos, quiere decir que anhela comunicarles, como mensajero de su Señor, algún nuevo desarrollo de luz y de gozo espirituales; exponerles más exactamente «el Camino»; abrirles percepciones más plenas y profundas de las riquezas de Cristo, de modo que, usando mejor la posesión que tenían del Señor, pudieran, por así decirlo, ganar nuevas posesiones en él, y pudieran estar firmes con más denuedo sobre las gloriosas certezas que poseían. Y esto había de hacerse ministerialmente, no magistralmente. Porque continúa diciendo que la anhelada visita sería ganancia para él tanto como para ellos: (v. 12) esto es, para ser juntamente confortado con vosotros por la fe que nos es común a vosotros y a mí. ¿Llamaremos a esta frase una muestra de fino tacto, bellamente conciliadora y entrañable? Sí, pero es también perfectamente sincera. El verdadero tacto no es sino la destreza del amor que simpatiza, no menos genuino en su pensamiento porque ese pensamiento procure agradar y ganar. Se alegra de mostrarse como amigo fraternal de sus discípulos; pero es que primero lo es, y disfruta de ese carácter, y ha hallado y sentido continuamente su propia alma alegrada y fortalecida por el testimonio del Señor que daban creyentes mucho menos dotados, mientras él y ellos conversaban. ¿No lo sabe todo verdadero maestro por su propia experiencia? Si no somos meros conferenciantes sobre el cristianismo, sino testigos de Cristo, sabemos lo que es saludar con profunda gratitud el «aliento» que hemos recibido de los labios de quienes quizá creyeron mucho después que nosotros y han tenido muchas menos ventajas exteriores que nosotros. Hemos conocido y bendecido el «aliento» que nos han traído niños pequeños que creen, jóvenes en su primera fe, y ancianos pobres en sus lechos sin consuelo, ignorantes en este mundo, iluminados en el Señor. La «fe común», la pregnante frase del apóstol, la fe que reside en cada una de ambas partes y que cada una reconoce ante la otra, es todavía un gran poder para el «aliento» cristiano.[8]

(v. 13) Pero no quiero, hermanos, que ignoréis. Es una expresión característica suya.[9] Se deleita en la confianza y en la información, y no menos acerca de sus propios planes que atañen a sus amigos. Que muchas veces me he propuesto ir a vosotros (pero hasta ahora he sido estorbado), para tener también entre vosotros algún fruto, como entre los demás gentiles. No puede dejar de dar más y más muestras de su amorosa gravitación hacia ellos; ni de su santa avaricia de «fruto», de resultado, cosecha y vendimia para Cristo, ayudando a los romanos, así como a los asiáticos, los macedonios y los aqueos, a vivir una vida más plena en él. Esta sería, podemos deducir de toda la epístola, la clase principal de «fruto» que tenía a la vista en Roma; pero no solo esta. Porque lo veremos en seguida anticipar una obra evangelística en Roma, un hablar del mensaje del evangelio donde habría tentación de «avergonzarse» de él. La edificación de los creyentes puede ser su meta principal. Pero la conversión de almas paganas a Dios no puede en modo alguno separarse de ella.

De paso vemos, con provecho, que san Pablo hizo muchos planes que quedaron en nada; nos lo dice aquí sin disculpa ni recelo. No reclama, por tanto, una omnisciencia práctica, real o posible, que hiciera infalibles sus resoluciones y previsiones. Tácitamente, al menos, escribía «Si el Señor quiere» sobre todas ellas, a menos que se presentara un caso en que, como cuando fue guiado de Asia a Macedonia (Hechos 16.6-10), se le diera una indicación directa, anormal, sobrenatural, enteramente ab extra, de que tal camino, y no tal otro, había de ser el suyo.

Pero ahora no solo siente «nostalgia» de Roma con un amor anhelante; siente su obligación para con Roma con una conciencia despierta. (v. 14) A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios, soy deudor. La humanidad está en su corazón, en las clases y diferencias de su cultura. Por un lado estaban «los griegos», es decir, en el sentido popular que la palabra tenía entonces, los pueblos que poseían lo que ahora llamamos civilización «clásica», griega y romana; un círculo interior de estos eran «los sabios», los literatos, los lectores, escritores y pensadores, formados en el currículo de aquellas literaturas y filosofías. Por otro lado estaban «los bárbaros», las lenguas y tribus fuera del ámbito helénico, pisidios, panfilios, gálatas, ilirios, y quién sabe cuántos más; y luego, entre ellos o en cualquier parte, «los no sabios», las masas innumerables que los cultos despreciarían u olvidarían como enteramente sin formación en las escuelas, ajenos a los grandes temas del hombre y del mundo: la gente del campo, del mercado y de la cocina. Para el apóstol, porque lo eran para su Señor, todos estos eran ahora imparcialmente sus acreedores; él les «debía» el evangelio que se le había confiado para ellos. Naturalmente, su voluntad podría verse repelida igualmente por el ceño o la sonrisa del griego y por la tosca terrenalidad del bárbaro. Pero sobrenaturalmente, en Cristo, amaba a ambos y recordaba escrupulosamente su deber para con ambos. Tal es todavía el verdadero espíritu misionero, en cualquier región y bajo cualesquiera condiciones. El hombre cristiano, y la Iglesia cristiana, librados del mundo, son sin embargo sus deudores. «¡Ay de él, ay de ella, si» esa deuda no se paga, si ese evangelio se «guarda en un pañuelo»!

Así está dispuesto, y más que dispuesto, a pagar su deuda a Roma. (v. 15) Así que (para traducir literalmente) en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. «En cuanto a mí»: hay énfasis en «mí», como si dijera que el estorbo, sea el que sea, no está en él, sino a su alrededor. Las puertas han estado cerradas, pero el hombre está detrás de ellas, a punto de pasar cuando pueda.

Su afán no es ligereza, ni descuido de cuándo ni dónde. Este maravilloso misionero es demasiado sensible a los hechos y a las ideas, demasiado rico en imaginación, para no sentir la grandeza peculiar, y aun terrible, de un llamado a Roma. Entiende demasiado bien la cultura para no sentir sus posibles obstáculos. Ha visto demasiado de la grandeza real y de la dura fuerza del poder imperial en su extensión para no sentir un temor genuino al pensar en encontrarse con ese poder en su gigantesco centro. Hay algo en él que teme a Roma. Pero precisamente por eso es el hombre indicado para ir allá, porque entiende la magnitud de la ocasión, y se retirará tanto más profundamente a su Señor en busca de paz y de poder.

Así, con aguda oportunidad, se dice a sí mismo y dice a sus amigos, precisamente aquí, que «no se avergüenza del evangelio». (v. 16) Porque no me avergüenzo; estoy listo aun para Roma, para esta terrible Roma. Tengo un mensaje que, aunque Roma parezca destinada a despreciarlo, sé que no es despreciable. Porque no me avergüenzo del evangelio;[10] porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. (v. 17) Porque en él la justicia de Dios se revela, desde la fe hacia la fe; como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.

Estas palabras anuncian el gran tema de la epístola. La epístola misma es, por tanto, con mucho el mejor comentario sobre ellas, a medida que seguimos su argumento y oímos su mensaje. Aquí bastará notar solo uno o dos puntos, y seguir adelante.

Primero, recordamos que este evangelio, esta buena nueva, es en su esencia Jesucristo. Es, supremamente, «él, no ello»; persona, no teoría. O más bien, es teoría auténtica y eterna en conexión vital y eterna, en todas partes, con una Persona. Como tal es verdaderamente «poder», en un sentido tan profundamente natural como divino. Es poder, no solo por la fuerza de un principio perfecto, sino por la energía de una Vida eterna, una Voluntad todopoderosa, un Amor infinito.

Luego observamos que este mensaje de poder, que en su contenido es el Cristo de Dios, despliega primero, en su fundamento, al frente, «la justicia de Dios»; no primero su amor, sino «su justicia». Siete veces más aparece esta frase en la epístola;[11] ricos materiales para averiguar su sentido en el lenguaje espiritual de san Pablo. De estos pasajes, 3.26 nos da la clave. Allí «la justicia de Dios», vista por así decirlo en acción, comprobada por sus efectos, es lo que asegura «que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». Es lo que hace maravillosamente posible la gran paradoja de que el Santo, eternamente veraz, eternamente justo, infinitamente «respetuoso de la ley» en su celo por aquella ley que es de hecho su naturaleza expresándose en precepto, pueda sin embargo decir, y diga, al hombre en su culpa y en su condena: «Yo, tu Juez, legítimamente te absuelvo, legítimamente te acepto, legítimamente te abrazo». En tal contexto no debemos temer explicar esta gran frase, en esta su primera aparición, como la aceptación que el santo Juez concede al hombre pecador. Así viene a ser prácticamente equivalente a: el camino de Dios para justificar al impío, su método para dar libre curso a su amor a la vez que engrandece su ley. En efecto, no como traducción, sino como explicación, la justicia de Dios es la justificación de Dios.

Luego, notamos el énfasis y la repetición aquí del pensamiento de la fe. «A todo aquel que cree»; «desde la fe hacia la fe»; «el justo por la fe vivirá». Aquí, si en alguna parte, hallaremos amplio comentario en la epístola. Solo recordemos desde el principio que en la epístola a los Romanos, como en todo el Nuevo Testamento, veremos «fe» usada en su sentido natural y humano; hallaremos que significa confianza personal. Fides est fiducia, «la fe es confianza», dicen los maestros de la teología de la Reforma. Refellitur inanis haereticorum fiducia, «refutamos la vana "confianza" de los herejes», dice contra ellos el Concilio de Trento;[12] pero en vano. La fe es confianza. Es en este sentido como nuestro Señor Jesucristo, en los Evangelios, usa invariablemente la palabra. Porque este es su sentido humano, su sentido en la calle y en el mercado; y el Señor, el Hombre de los hombres, usa el lenguaje de su raza. La fe, infinitamente maravillosa y misteriosa desde algunos puntos de vista, es desde otros la cosa más sencilla del mundo. Que los pecadores, conscientes de su culpa, sean llevados a ver de tal modo el corazón de su Juez que tomen su palabra de paz como queriendo decir lo que dice, es un milagro. Pero que confíen en su palabra, habiendo visto su corazón, es naturaleza, iluminada y guiada por la gracia, pero naturaleza al fin. La «fe» de Jesucristo y de los apóstoles es confianza. No es una facultad para intuiciones místicas. Es tomarle la palabra a Aquel que es digno de confianza. Es abrir una mano de mendigo para recibir el oro del cielo; abrir unos labios moribundos para recibir el agua de la vida. Es lo que hace un lugar vacío para que Jesucristo lo llene, para que él sea el mérito del hombre, la paz del hombre y el poder del hombre.

De ahí la abrumadora prominencia de la fe en el evangelio. Es el correlato de la abrumadora, de la absoluta prominencia de Jesucristo. Cristo es el todo. La fe es la aceptación de él como tal por parte del hombre. La «justificación por la fe» no es aceptación porque la fe sea una cosa valiosa, un mérito, una recomendación, una virtud.[13] Es aceptación a causa de Jesucristo, a quien el hombre, dejando caer todas las demás esperanzas, recibe. Es, repitámoslo, la mano vacía y los labios entreabiertos del pecador. No tiene absolutamente nada que ver con ganar el don de Dios, el agua y el pan de Dios; tiene todo que ver con tomarlo. Esto lo veremos abrirse ante nosotros a medida que avancemos.

Así el evangelio «revela la justicia de Dios»; descorre las cortinas de su glorioso secreto. Y a medida que se levanta cada pliegue, el alegre espectador mira «desde la fe hacia la fe». Halla que esta confianza ha de ser su parte: primero, último, en medio y sin fin. Toma a Jesucristo por la fe; lo retiene por la fe; se sirve de él por la fe; vive y muere en él por la fe; es decir, siempre por él, recibido, retenido y usado por él.

Luego, por último, notamos la cita del profeta, quien para el apóstol es el órgano del Espíritu Santo. Lo que Habacuc escribió es para Pablo lo que Dios dice, la Palabra de Dios. El profeta, cuando acudimos a sus breves páginas, halla manifiestamente su ocasión y su primer significado en el estado de su país y de su pueblo en aquel tiempo. Si queremos, podemos explicar las palabras como la contribución de un patriota a la política de Jerusalén, y seguir adelante. Pero si es así, seguimos por un camino desconocido para nuestro Señor y sus apóstoles. Para él, para ellos, las profecías tenían en sí más de lo que los profetas sabían; y el llamado de Habacuc a Judá a retener entre ellos al Señor Jehová en toda su paz y su poder, confiando en él, lo conoce san Pablo como un oráculo para todos los tiempos acerca de la obra de la fe. Así lo ve como mensaje directo al alma que pregunta cómo, si Cristo es la justicia de Dios, podré yo, pecador, ganar a Cristo para mí. «¿Quieres de veras ser justo ante Dios, estar en paz con él como Juez, ser aceptado por el Santo? Toma a su Hijo en los brazos vacíos de la mera confianza, y es tuyo para esta necesidad y para todas».

«No me avergüenzo del evangelio». Así lo afirma el apóstol al mirar hacia Roma. ¿Qué hay en este evangelio de Dios y de su Hijo que dé ocasión a tal palabra? ¿Por qué hallamos, no solo aquí, sino en otras partes del Nuevo Testamento, esta posibilidad contemplada de que el cristiano se avergüence de su credo y de su Señor? «El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este se avergonzará el Hijo del Hombre» (Lucas 9.26); «No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor»; «Pero no me avergüenzo» (2 Timoteo 1.8, 12). Es paradójico, cuando llegamos a pensarlo. Hay mucho en la pureza del evangelio que podría ocasionar, y con demasiada frecuencia ocasiona, un temor reverente y un miedo hacia él aparentemente razonables. Hay mucho en los misterios que lo acompañan que podría parecer excusar una actitud, aunque equivocada, de reverente suspenso. Pero ¿qué hay en esta revelación del corazón del Amor eterno, en este relato de una Vida igualmente divina y humana, de una Muerte tan majestuosa como infinitamente conmovedora, y luego de una Resurrección de entre los muertos, que dé ocasión a la vergüenza? ¿Por qué, ante esto, habría de ser el hombre tímido para confesar su fe y dejar saber que esto es todo para él, su vida, su paz, su fuerza, su interés y ocupación sin igual?

Puede sugerirse más de un análisis de este fenómeno, que todos sabemos que es un hecho. Pero por nuestra parte creemos que la verdadera solución está cerca de las palabras pecado, perdón, entrega de sí. El evangelio revela el amor eterno, pero en condiciones que recuerdan al hombre que ha hecho lo peor que pudo para perderlo. Le habla de una paz y una fuerza sublimes y celestiales; pero le pide, para recibirlas, que se arrodille en el polvo y las tome inmerecidas, de balde. Y le recuerda que él, así librado y dotado, es por el mismo acto propiedad de su Libertador; que no solo el más alto beneficio de su naturaleza queda asegurado al entregarse a Dios, sino que pesa sobre él la obligación más inexorable de hacerlo. No es suyo, sino comprado por precio.

Tales ideas de la relación real entre el hombre y Dios, aun cuando van acompañadas, como lo están en el evangelio, de indicaciones de la verdadera grandeza del hombre como no se hallan en ninguna otra parte, son profundamente repelentes para el alma que todavía no se ha visto a sí misma ni a Dios a la luz de la verdad. Y el ser humano que sí ha tenido esa visión, y se ha sometido de veras, sin embargo, en el momento en que mira fuera del bendito santuario de su propia unión con su Señor, se siente tentado a callar acerca de un credo que sabe que una vez lo repelió y lo irritó. Bien recordaba Pablo su antiguo odio y desprecio; y sentía las tentaciones de ese recuerdo cuando presentaba a Cristo al fariseo o al estoico, y ahora particularmente cuando pensaba en «dar testimonio de él en Roma» (Hechos 23.11), la Roma imperial y abrumadora. Pero luego volvía a mirar de ellos a Jesucristo, y la tentación quedaba bajo sus pies, y el evangelio, en todas partes, estaba en sus labios.

6 La palabra inglesa record («testigo») en este sentido entró en el inglés desde el francés antiguo (Skeat, Etymological Dictionary).

7 Véanse los vv. 15, 16, 23; 11.29. 12.6 es el único pasaje que mira en alguna medida en la otra dirección, y ese pasaje implica que los romanos ya poseían los dones milagrosos.

8 La palabra comfort («consuelo») de la versión inglesa aquí, como comúnmente en otros lugares, representa παρακαλεῖν, παράκλησις, que por lo común denotan no tanto el consuelo en la pena como el aliento que disipa el abatimiento.

9 11.25; 1 Corintios 10.1; 12.1; 2 Corintios 1.8; 1 Tesalonicenses 4.13.

10 Las palabras «de Cristo» deben omitirse del texto aquí.

11 3.5, 21, 22, 23, 26; 10.3, dos veces.

12 Sesión VI, cap. IX.

13 Véase esto admirablemente explicado por Hooker, Discourse of Justification, § 31.

Capítulo VIII. Las pretensiones judías: ninguna esperanza en el mérito humano

Romanos 3.1-20

Mientras el apóstol dicta, se alza ante su mente una figura que sus ojos han visto a menudo: el disputador rabínico. Agudo, sutil, sin escrúpulos, a la vez ansiosamente serio y dispuesto a usar cualquier argumento para ganar, ¡cuántas veces aquel adversario se había cruzado en su camino, en Siria, en Asia Menor, en Macedonia, en Acaya! Está presente ahora en su conciencia, dentro de la tranquila casa de Gayo; y sus preguntas llegan rápidas y numerosas, tras este apremiante llamado a su conciencia, ¡ay!, casi impenetrable.

(v. 1) «¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión?». «Si algunos no creyeron, ¿qué hay con eso? ¿Anulará su infidelidad la fidelidad de Dios?». «Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿será injusto Dios que descarga su ira?».

Agrupamos así las preguntas para que quede más claro que entramos aquí, al comienzo del capítulo tercero, en un breve diálogo de controversia; quizá el registro casi literal de muchos diálogos que realmente se sostuvieron. El judío, acosado con pruebas morales de su responsabilidad, debió de volverse muchas veces así contra su perseguidor, o más bien tratar así de escapar de él en las sutilezas de una falsa apelación a la fidelidad de Dios.

Y primero sale al paso de la severa afirmación del apóstol de que la circuncisión sin realidad espiritual no salva. Pregunta: ¿dónde está, pues, la ventaja de la ascendencia judía? ¿Cuál es el provecho, el bien, de la circuncisión? Es un modo de responder no desconocido en las discusiones sobre las ordenanzas cristianas: «¿De qué sirve entonces pertenecer a una iglesia histórica? ¿Qué papel les das a los divinos sacramentos?». El apóstol responde en seguida a quien le pregunta: (v. 2) Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios. «Primero», como si hubiera más que decir en detalle. Algo, al menos, de lo que aquí queda sin decir se dice después, en 9.4, 5, donde enumera la larga lista de los esplendores espirituales e históricos de Israel: «la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto, las promesas, los patriarcas y Cristo». ¿Era nada estar unido a cosas como estas, con un lazo hecho a la vez de parentesco de sangre, de santos recuerdos y de magníficas esperanzas? ¿Era nada ser exhortado a la justicia, a la fidelidad y al amor al hallar la vida individual así rodeada? Pero aquí pone «primero», aun entre estos maravillosos tesoros, esto: que a Israel «le fueron confiados los oráculos de Dios», las palabras de Dios, su mensaje único al hombre «por sus profetas en las santas Escrituras». Sí, aquí había algo que daba al judío una «ventaja» sin la cual las demás no habrían tenido existencia o no habrían tenido significado. Era el depositario de la revelación. A su cuidado se había encomendado el Libro por el cual el hombre había de vivir y morir; por medio del cual había de saber inconmensurablemente más acerca de Dios y de sí mismo de lo que podría aprender de todos los demás informantes juntos. Él, su pueblo, su iglesia, eran «testigo y custodio de la Sagrada Escritura». Y por tanto, nacer de Israel, y entrar ritualmente en el pacto de Israel, era nacer a la luz de la revelación y quedar encomendado al cuidado de los testigos y custodios de la luz.

Insistir en este inmenso privilegio va enteramente con el propósito de san Pablo aquí. Porque es un privilegio que evidentemente lleva consigo una terrible responsabilidad. ¿Cuál sería la culpa del alma, y de la comunidad, a quienes aquellos oráculos les fueron, no dados como propiedad, sino confiados, y que no hacían lo que decían?

De nuevo el mensaje pasa al Israel de la Iglesia cristiana. «¿Qué ventaja tiene el cristiano? ¿De qué aprovecha el bautismo?». «Mucho, en todas maneras; primero, porque a la Iglesia le ha sido confiada la luz de la revelación». Nacer en ella, ser bautizado en ella, es nacer a la luz del sol de la revelación, y ser puesto en el corazón y al cuidado de la comunidad que da testimonio de la autenticidad de sus oráculos y vela por su preservación y su difusión. Grande es el talento. Grande es la responsabilidad.

Pero el rabinista prosigue. (v. 3) Porque si algunos no creyeron, ¿qué hay con eso? ¿Anulará su infidelidad la fidelidad de Dios? Estos oráculos de Dios prometen glorias interminables a Israel, a Israel como comunidad, como cuerpo. ¿No valdrá esa promesa para toda la masa, aunque algunos (¡audaz eufemismo para las multitudes infieles!) hayan rechazado al que promete? ¿No hallará después de todo el judío incrédulo su camino a la vida eterna por causa de su compañía, por su parte y suerte en la comunidad del pacto? «¿La fe de Dios», su buena fe, su palabra empeñada, ¿quedará reducida a sonidos vacíos por el pecado del mal israelita? (v. 4) En ninguna manera,[27] responde el apóstol. Cualquier cosa es más posible que el que Dios mienta. Antes bien (δὲ), sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito (Salmo 51.4): «Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando fueres juzgado».[28] Cita al salmista en aquella profunda expresión de acusación de sí mismo, donde toma partido contra sí mismo y se halla culpable «sin un solo alegato», y, en la lealtad del alma regenerada y ahora despierta, se muestra celoso de vindicar la justicia de su Dios que lo condena. Toda la Escritura no contiene expresión más apasionada, y a la vez más profunda y deliberada, de la verdad eterna de que Dios tiene siempre la razón, o no sería Dios en absoluto; de que es mejor, y más razonable, dudar de cualquier cosa que dudar de su justicia, cualquiera que sea la nube que la rodee y cualquiera que sea el relámpago que rasgue la nube.

Pero otra vez el sofista, atento no a la gloria de Dios sino a su propia posición, toma la palabra. (v. 5) Pero si nuestra injusticia hace resaltar, pone de relieve, la justicia de Dios, si nuestro pecado da ocasión a que la gracia abunde, si nuestra culpa hace que la generosidad del camino de aceptación de Dios resalte, por contraste, como más maravillosa, ¿qué diremos? ¿Será injusto Dios que descarga su (τὴν) ira sobre nosotros, cuando nuestro perdón ilustraría su gracia gratuita? ¿Sería injusto? ¿No sería injusto?

Nos esforzamos, en nuestra paráfrasis, por sacar a luz el alcance, tal como nos parece, de un pasaje de dificultad gramatical y de sutileza argumentativa casi iguales. El apóstol parece estar «puesto en estrecho» entre el deseo de representar el pensamiento del sofista y el temor de una palabra realmente irreverente. Da a la última pregunta del hombre una forma que gramaticalmente espera un «no», cuando la tendencia del pensamiento nos llevaría a un escandaloso «sí».[29] Y luego pasa en seguida a su respuesta. Hablo como hombre, a la manera humana; como si esta cuestión de derechos y agravios contrapesados fuera entre hombre y hombre, y no entre el hombre y el Dios eterno. Tal lenguaje, aun por amor del argumento, es imposible para el alma regenerada si no es bajo protesta apremiante. (v. 6) En ninguna manera podría él no ser justo al castigar cualquier pecado dado. De otro modo, ¿cómo juzgaría Dios al mundo? ¿Cómo, en tales condiciones, descansaremos en el hecho último de que él es el JUEZ universal? Si no pudiera castigar justamente un pecado deliberado porque el perdón, en ciertas condiciones, ilustra su gloria, entonces no podría castigar ningún pecado en absoluto. Pero él es el Juez; ¡sí descarga su ira!

Ahora toma al sofista en su propio terreno, llega en él hasta el extremo y luego huye de él con aborrecimiento. (v. 7) Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó, salió a luz más ampliamente, para su gloria, ¿por qué aún soy yo también[30] juzgado como pecador? (v. 8) ¿Y por qué no decir, como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos: Hagamos males para que vengan bienes? Así afirman de nosotros. Pero su condenación es justa: la condenación de los que pronunciarían semejante máxima, buscando refugio para una mentira bajo el trono de Dios.

Sin duda habla desde una experiencia amarga y frecuente cuando toma este caso particular y, con solemne ironía, reclama para sí exención de la sentencia de muerte del mentiroso. Es claro que la acusación de falsedad se lanzaba a menudo, por una razón u otra, contra san Pablo; lo vemos en la marcada insistencia con que, de tiempo en tiempo, afirma su veracidad: «En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento» (Gálatas 1.20); «Verdad digo en Cristo, no miento» (más abajo, 9.1). Quizá las múltiples simpatías de su corazón daban a veces ocasión inocente a la acusación. El hombre que podía hacerse «a todos de todo» (1 Corintios 9.22), adoptando con genuina percepción el punto de vista de los demás y diciendo cosas que mostraban que lo adoptaba, muy probablemente sería tachado de falso por mentes más estrechas. Y la misma audacia de su enseñanza podía dar ocasión ulterior, igualmente inocente, al afirmar en distintos momentos, con igual énfasis, lados opuestos de la verdad. Pero estas excusas algo sutiles del falso testimonio contra este gran maestro de la santa sinceridad no serían necesarias donde obraba una malicia genuina. Ningún hombre es tan veraz que no se le pueda acusar de falsedad; y ninguna acusación es tan probable que dañe, aun donde solo finge herir. Y por supuesto, la gran paradoja de la justificación se prestaba fácilmente a las distorsiones, así como a las contradicciones, de los pecadores. «Hagamos males para que vengan bienes» representaba sin duda el informe que el prejuicio y la intolerancia regularmente llevarían y difundirían después de cada discurso y cada argumento sobre el perdón gratuito. Así sucede todavía: «Si esto es verdad, podemos vivir como queramos; si esto es verdad, el peor pecador es el mejor santo». Cosas así han sido dichos corrientes desde Lutero, desde Whitefield y hasta hoy. Más adelante en la epístola veremos el testimonio involuntario que tales distorsiones dan de la naturaleza de la doctrina calumniada; pero aquí la alusión es demasiado de paso para hacerlo notar.

«Cuya condenación es justa». ¡Qué testimonio de la veracidad inalienable del evangelio! Esta breve y severa sentencia repudia absolutamente toda justificación de los medios por el fin; toda búsqueda, aun del bien de los hombres, por el camino de decir lo que no es. Profunda y fuerte, casi desde el principio, ha sido la tentación del cristiano a pensar de otro modo, hasta el punto de que hallamos sistemas enteros de casuística desarrollados cuyo fin parece ser acercarse lo más posible al borde de la falsedad, si no traspasarlo, en materia de religión. Pero el Nuevo Testamento barre por completo la idea del fraude piadoso con este breve trueno: «Su condenación es justa». No quiere oír de santidad alguna que deje fuera la veracidad; de ninguna palabra, ningún acto, ningún hábito que, aun con el propósito más puro, desmienta al Dios de la realidad y de la verdad.

Si leemos bien Hechos 24.20, 21 junto con Hechos 23.6, vemos a san Pablo mismo una vez, bajo la presión apremiante de las circunstancias, arrastrado a un equívoco, y luego, públicamente y pronto, expresando su pesar de conciencia. «Yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga». Verdad, verdad de hecho, pero no toda la verdad, no la declaración sin reservas de su actitud hacia el fariseo. Por eso, una semana después, confiesa, ¿no es así?, que en esta sola cosa hubo «algo malo en él cuando compareció ante el concilio». ¡Feliz el cristiano, feliz en verdad el hombre público cristiano, inmerso en la gestión y la discusión, cuya memoria sea tan clara en cuanto a decir la verdad, y cuya conciencia sea tan sensible!

(v. 9) ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores?[31] Digan que no, en ninguna manera (μηδαμῶς). Así procede ahora, tomando finalmente la palabra a su supuesto antagonista. ¿Quiénes son los «nosotros», y con quiénes se compara a «nosotros»? La tendencia del argumento admite dos respuestas a esta pregunta. «Nosotros» puede ser «nosotros los judíos»; como si Pablo se pusiera, por simpatía instintiva, al lado del compatriota cuyos sofismas acaba de combatir, y recogiera aquí en una afirmación final todo lo que ha dicho antes de la culpa (por lo menos) igual del judío al lado del griego. O «nosotros» puede ser «nosotros los cristianos», tomados por el momento como hombres aparte de Cristo; puede ser un repudio del pensamiento de que ha estado hablando desde un pedestal o desde un tribunal. Como si dijera: «No piensen que yo, o mis amigos en Cristo, diríamos al mundo, judío o gentil, que somos más santos que ustedes. No; no hablamos desde el estrado, sino desde el banquillo. Aparte de Aquel que es nuestra paz y nuestra vida, estamos "en la misma condenación". Es precisamente porque estamos en ella por lo que nos volvemos y les decimos: "¿Ni aun ustedes temen a Dios?"». En conjunto, esta última referencia parece más fiel al pensamiento y al espíritu de todo el contexto.

Pues ya hemos acusado a judíos y a griegos, que todos están bajo pecado; que han sido puestos bajo pecado, como el griego (ὑφ᾽ ἁμαρτίαν) nos pide traducir con más exactitud, dándonos el pensamiento de que la raza ha caído de un estado bueno a uno malo, envuelta por sí misma en una terrible ruina que pesa sobre ella. (v. 10) Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a su (τὸν) Dios. Todos se desviaron del camino, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, que exhala el hedor de palabras contaminadas; con su lengua engañan; veneno de áspides hay debajo de sus labios;[32] (hombres) cuya boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura para sus víctimas hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.

He aquí un mosaico de oráculos del Antiguo Testamento. Los fragmentos, duros y oscuros, vienen de diversas canteras: de los Salmos (5.9; 10.7; 14.1-3; 36.1; 140.3), de los Proverbios (1.16), de Isaías (59.7). Todos, en primera instancia, describen y denuncian clases de pecados y de pecadores en la sociedad israelita; y podemos preguntarnos a primera vista cómo su testimonio condena a todos los hombres, en todas partes y en todo tiempo, de un pecado condenable y fatal. Pero no solo debemos reconocer con sumisión que de algún modo así ha de ser, porque «está escrito» aquí; podemos ver, en parte, cómo es así. Estas acusaciones especiales contra ciertas clases de vidas humanas están en el mismo Libro que lanza la acusación general contra el corazón humano (Jeremías 17.9): que es «engañoso más que todas las cosas, y perverso», e incapaz de conocer toda su propia corrupción. Así, los fenómenos superficiales más groseros del pecado nunca están aislados de la terrible epidemia subyacente de la raza humana. El mal efectivo de los hombres muestra el mal potencial del hombre. Los zarpazos de tigre de la maldad abierta muestran la naturaleza de tigre, que siempre está presente, aun donde su poseedor menos lo sospecha. Las circunstancias varían infinitamente, y entre ellas aquellas circunstancias internas que llamamos gustos y disposiciones especiales. Pero en todas partes, en medio de todas ellas, está el corazón humano, hecho recto en su creación, arruinado por sí mismo en la perversidad moral cuando se apartó de Dios. Que está vuelto de espaldas a él, y no hacia él, se ve cuando su dirección se pone a prueba por el choque entre el derecho de Dios y la voluntad del hombre. Y en esta aversión hacia el Santo, que reclama todo el corazón, está al menos la potencia de «toda injusticia».

Mucho tiempo después de esto, cuando se acercaba su glorioso descanso, san Pablo escribió de nuevo acerca del corazón humano a «su verdadero hijo» Tito (3.3). Le recuerda la maravilla de aquella gracia salvadora que tan plenamente despliega en esta epístola: cómo, «no por obras», el «Dios que ama a los hombres» había salvado a Tito, y había salvado a Pablo. ¿Y de qué los había salvado? De un estado en que eran «rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros». ¿Qué?, ¿el leal y laborioso Tito, el casto, el recto, el indeciblemente fervoroso Pablo? ¿No es el cuadro grande y lamentablemente exagerado, un arrebato de retórica religiosa? Adolphe Monod[33] nos dice que una vez pensó que así debía de ser; se sentía del todo incapaz de someterse a aquel testimonio terrible. Pero pasaron los años, y vio más hondo en sí mismo al ver más hondo en la santidad de Dios; y la veracidad de aquel pasaje se le fue imponiendo. No que desaparecieran todas sus dificultades, pero su veracidad brilló: «y estoy seguro —dijo desde su lecho de muerte— de que, cuando caiga este velo de la carne, reconoceré en ese pasaje el retrato más fiel que jamás se haya pintado de mi propio corazón natural».

Robert Browning, en un poema de terrible interés y poder morales,[34] confiesa que, en medio de mil dudas y dificultades, su mente estaba anclada a la fe en el cristianismo por el hecho de su doctrina del pecado:

«Yo, por mi parte, para suponerla verdadera,
veo razones y más razones; esta, para empezar:
que es la fe que lanzó a quemarropa su dardo
a la cabeza de una mentira; que enseñó el pecado original,
la corrupción del corazón del hombre».

(v. 19) Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, a los que están dentro de su alcance y de su dominio, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios. «La ley», es decir, aquí, la revelación del Antiguo Testamento. Esta no solo contiene el código moral mosaico y profético, sino que tiene, en todas sus partes, como un gran objetivo que todo lo penetra, preparar al hombre para Cristo exponiéndolo ante sí mismo, en su vergüenza y su necesidad. Le muestra de mil maneras que «no podrá servir a Jehová» (Josué 24.19), precisamente para que en ese mismo Señor se refugie tanto de su culpa como de su impotencia. Y esto lo hace para «los que están bajo la ley»; es decir aquí, primariamente, para la raza, la iglesia, a la que rodeaba con su luz de fuego santo, y a la que el apóstol tiene en este pasaje en su primer pensamiento. Sin embargo, no están solos, seguramente, en su mente. Ya hemos visto cómo «la ley» no es, después de todo, sino la enunciación más plena y directa de «ley»; de modo que el gentil, tanto como el judío, tiene que ver con la luz, y con la responsabilidad, de un conocimiento de la voluntad de Dios. Aunque la cadena de severas citas que acabamos de manejar pesa más sobre Israel, ata sin embargo al mundo. «Cierra toda boca». Arrastra al HOMBRE culpable delante de Dios.

«Para que toda boca se cierre». ¡Oh silencio solemne, cuando al fin llega! Las voces ásperas o sordas de la defensa propia y de la afirmación de sí mismo se acallan por fin. El hombre, como uno de antaño cuando vio su yo justo a la luz de Dios, «pone su mano sobre su boca» (Job 40.4). Deja el hablar a Dios, y aprende por fin a escuchar. ¿Qué oirá? ¿Un repudio eterno? ¿Una reprensión, y luego un anatema final y exterminador? No, algo muy distinto, y mejor, y más maravilloso. Pero primero debe haber silencio de parte del hombre, si ha de oírse. «Oíd, y vivirá vuestra alma».

Así se detiene el gran argumento, recogido en una sentencia que a la vez concentra lo que ha precedido y nos prepara para una gloriosa continuación. Cierra tu boca, oh hombre, y escucha ahora:

(v. 20) Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento (ἐπίγνωσις) moral del pecado.

27 Μὴ γένοιτο: literalmente, «No sea»; «Que no sea». Quizá nada representa tan bien la energía del griego como el «Dios no lo quiera» de la Versión Autorizada (en la Reina-Valera, «En ninguna manera»).

28 Ἐν τῷ κρίνεσθαί σε: podemos traducir esto (como en 1 Corintios 6.1) «cuando vas a juicio». El hebreo es, literalmente, «cuando juzgas»; y el griego de la Septuaginta, usado aquí por san Pablo, probablemente representa esto, aunque con una ligera paráfrasis.

29 Μὴ ἄδικος, donde lógicamente sería más bien οὐκ ἄδικος. Un poco más arriba explicamos «la justicia de Dios» como «el camino de aceptación de Dios», según es común en la epístola: el que Dios impute su justicia al pecador.

30 Κἀγώ: habla como quien reclama, según los principios del sofista, igual indulgencia para sí.

31 Προεχόμεθα: «¿Nos excusamos?» es una traducción para la cual hay precedentes más claros en el uso del verbo. Pero el contexto nos parece favorecer la traducción de arriba, que es muy posible gramaticalmente.

32 ὑπὸ τὰ χείλη: otra vez el griego (como en el v. 9) da el pensamiento de movimiento hacia una posición debajo. El «áspid» humano se representa subiendo su veneno a la boca, listo allí para el golpe de sus colmillos.

33 Adieux, § 1.

34 Gold Hair, a Legend of Pornic.

Capítulo IX. El único camino de la aceptación divina

Romanos 3.21-31

Así, pues, «hay silencio» en la tierra, para que el hombre pueda oír el «silbo apacible y delicado», «el sonido de la quietud» (1 Reyes 19.12),[35] que viene de los cielos. «La ley» ha hablado, con su trueno que estremece el corazón. Ha hecho entrar en el alma del hombre, por muchos lados, aquel único hecho: la culpa; la eternidad de la exigencia de la justicia, el carácter absoluto de la santa voluntad de Dios y, en contraste, el fracaso del hombre, de la raza, en satisfacer esa exigencia y hacer esa voluntad. Le ha dicho al hombre, en efecto, que está «depravado»,[36] es decir, moralmente torcido. Está «totalmente depravado», es decir, la torcedura ha afectado todo su ser, de modo que no puede aportar por su parte ningún poder de recuperación adecuado que lo devuelva a la armonía con Dios. Y la ley no tiene nada más que decirle, sino que esta condición no solo es deplorable, sino culpable, responsable, condenable; y que su propia conciencia es el testigo concurrente de que así es. Es un pecador. Ser pecador es, ante todo, ser transgresor de la ley. Es también otras cosas. Es estar moralmente enfermo, y necesitar cirugía y medicina. Es ser moralmente desdichado, y objeto de compasión. Pero ante todo es ser moralmente culpable, y tener necesidad urgente de justificación, de una revocación de la sentencia, de un arreglo satisfactorio con la ley de Dios, ofendida y eterna.

Esa ley, habiendo pronunciado sus condiciones inexorables y anunciado la justa sentencia de muerte, está severa y silenciosa al lado del ofensor, ahora callado. No tiene comisión para aliviar sus temores, mitigar su dolor ni pagar sus deudas. Su terrible y misericordiosa tarea es decir: «No pecarás», y «La paga del pecado es muerte». Llama la atención de la conciencia, y le dice a su oído, ahora atento, mucho más de lo que antes había comprendido del horror y la condena del pecado; y luego deja a la conciencia que tome el mensaje y alarme todo el mundo interior con la certeza de la culpa y del juicio. Así yace el hombre sin habla ante la ley terriblemente callada.

¿Es un cuadro meramente abstracto? ¿O dan nuestros corazones, el del que escribe y el del que lee, algún testimonio de su verdad viva? Dios lo sabe: estas cosas no son curiosidades del pasado. No estamos estudiando una fase interesante del pensamiento cristiano primitivo. Estamos leyendo un registro vivo de las experiencias de innumerables vidas que se viven hoy en la tierra. Hay en verdad, en nuestro tiempo, a esta hora, tal cosa como la convicción de pecado. Hay ahora tal cosa como un alma humana enmudecida en medio de sus disculpas, sus dudas y sus negaciones por la palabra, y luego por el silencio, de la ley de Dios. Hay a esta hora tal cosa como un hombre real, fuerte y sano de pensamiento, saludable en todas sus facultades, acostumbrado a mirar de frente los hechos de la vida diaria, y sin embargo quebrantado por la convicción indescriptible de que es un pobre pecador culpable y perdido, y de que su necesidad abrumadora no es ahora —no precisamente ahora— la solución de problemas del ser, sino la seguridad de que su pecado está perdonado. Tiene que ser justificado, o muere. El Dios de la ley tiene que decir de algún modo que no tiene pleito con él, o muere una muerte que ve, como por una intuición propia de la convicción de pecado, que es en su naturaleza una muerte sin esperanza y sin fin.

¿Es posible este «de algún modo»?

Escucha, alma culpable y silenciosa, un sonido que ahora es audible. En el tumulto de la indiferencia secular o de la ciega justificación de ti misma no podías oírlo; a lo sumo oías un murmullo sin sentido. Pero escucha ahora; es articulado, y te habla a ti. El terremoto, el viento y el fuego han pasado; y en verdad estás despierta. Ahora viene, a su vez, «el sonido de la quietud».

(v. 21) Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; pero (δὲ) —aunque testificada por ellos, en las Escrituras que todo el tiempo, en palabra y en figura, prometen cosas mejores por venir, y sobre todo un Bendito que había de venir— (v. 22) (es) la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, preparada para todos y otorgada a todos los que creen en él. Porque no hay diferencia; (v. 23) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, (v. 24) siendo justificados[37] gratuitamente, de balde, por su gracia, mediante la redención, el rescate, que es en Cristo Jesús. Sí, reside siempre en él, el Señor del mérito salvador, y así ha de hallarse solo en él; (v. 25) a quien Dios puso[38], presentó, como propiciación[39] por medio de la fe en su sangre[40], su sangre de muerte, de sacrificio, del altar; para manifestar, para explicar, para aclarar, su justicia, su camino de aceptación y su método. El Padre «puso» al Hijo para mostrar que su gracia no significaba connivencia real alguna, ninguna indulgencia sin una razón legítima. Lo «puso» a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados; porque el hecho pedía explicación: que, mientras proclamaba su ley y todavía no había revelado su evangelio, soportara no obstante a los pecadores, aplazando su castigo, perdonándolos, en la paciencia de Dios, en las edades en que se le vio «contener»[41] su ira, pero sin revelar todavía la razón. (v. 26) Fue con miras, dice otra vez, a esta manifestación (τὴν ἔνδειξιν) de su justicia en el tiempo presente, la sazón, el καιρός, del evangelio manifestado; a fin de que él sea, a nuestra vista tanto como en el hecho divino, a la vez el justo, fiel a su ley eterna, y el que justifica al que es (τὸν ἐκ) de la fe de Jesús.

Esta es la voz del cielo, audible cuando la boca del pecador está cerrada, mientras sus oídos son abiertos por el toque de Dios. Sin esa introducción espiritual a ellas, muy probablemente estas palabras parecerán, o bien un hecho de la historia del pensamiento religioso, interesante en el estudio de su desarrollo, pero nada más; o bien una serie de afirmaciones que corresponden a necesidades irreales y que están llenas en sí mismas de puntos discutibles. Léanlas en la hora de la convicción de pecado; en otras palabras, traigan a ellas todo su ser, agitado desde lo alto hasta sus profundidades morales, y no las tomarán ni con indiferencia ni con oposición. Como la llave encaja en la cerradura, así encajarán ellas en su inmensa necesidad. Cada frase, cada eslabón del razonamiento, cada afirmación de hecho, les será preciosa más allá de toda palabra. Y nunca las entenderán plenamente sino en tales horas, o en la vida que tiene tales horas entre sus recuerdos imborrables.

Escucha otra vez, en este silencio sagrado, roto así por «la voz agradable del Poderoso».

«Pero ahora»: el feliz «ahora» del hecho presente, de la certeza despierta. No es un sueño. Mira y ve; toca y siente. Vuelve otra vez la bendita página: γέγραπται, «escrito está». Hay en verdad una «justicia de Dios», un camino firme de misericordia tan santo como benigno, una aceptación tan válida en la ley eterna como en el amor eterno. Está «testificada por la ley y por los profetas»; innumerables líneas de predicción y de prefiguración convergen en ella, para negar para siempre el temor a la ilusión y al engaño. No hay aquí un concurso fortuito, sino el plan de Dios, trazado desde hace mucho. Contempla su causa procuradora, magnífica, tierna, divina, humana, espiritual, histórica. Es el Hijo amado del Padre; no un poder antagónico venido de una región ajena a la bendita ley y a su Dador. El Dador de la ley es el Dador de Cristo; ÉL «lo ha puesto», ÉL ha provisto en él una expiación que no lo persuade a tener misericordia, porque él es ya amor eterno, sino que da libre curso a su amor por la línea de una santidad maravillosamente satisfecha, y explica esa liberación (a los contritos) de tal modo que gana de manera suprema su adoración y su amor al Padre y al Hijo. He aquí el Cristo de Dios; he aquí la sangre de Cristo. En el evangelio él está en todas partes, ella está en todas partes; pero ¡qué deleite hallarlo a él, y a ella, aquí, en el umbral de tu vida de bendición! Mirando al Crucificado, mientras todavía «pones tu mano sobre tu boca», hasta que te la quitan para que bendigas su nombre, entiendes el gozo con que, siglo tras siglo, los hombres han hablado de una muerte que es su vida, de una cruz que es su corona y su gloria. No estás de humor, aquí y ahora, para menospreciar la doctrina de la sangre expiatoria; para ponerla en el trasfondo de tu cristianismo; para ocultar la cruz detrás aun de los techos de Belén. No puedes pensar bien ahora de ningún evangelio que no diga: «Primeramente, que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15.3). Eres pecador, y lo sabes; «culpable delante de Dios»; y para ti, como tal, la propiciación gobierna toda tu visión del hombre, de Dios, de la vida, del cielo. Para ti, sea como fuere para otros, la «redención» no puede nombrarse ni pensarse aparte de su primer elemento precioso, «el perdón de los pecados», la justificación del culpable. Está empapada de ideas de propiciación; está roja y gloriosa con la sangre del Redentor, sin la cual no habría podido existir. El Dios todo bendito, con todos sus atributos, su carácter, es visto por ti para siempre como «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». Brilla sobre ti por la Palabra, y en la experiencia de tu corazón, bajo muchos otros aspectos asombrosos. Pero todos esos otros quedan calificados para ti por este: que él es el Dios de una justificación santa; que es el Dios que te ha aceptado a ti, el culpable, en Cristo. Todos tus pensamientos acerca de él se forman y se siguen al pie de la cruz. El Gólgota es el observatorio desde el cual cuentas y observas las luces del cielo en movimiento de su ser, su verdad y su amor.

¡Cuán preciosas te son ahora las palabras que una vez, quizá, fueron peor que insípidas: «fe», «justificación», «la justicia de Dios»! En el descubrimiento de tu necesidad, y de Cristo como el todo en todo para satisfacerla, ves sin mucha necesidad de explicación el lugar y el poder de la fe. Significa, lo ves ahora, sencillamente tu recepción de Cristo. Es tu contacto con él, tu abrazo de él. No es virtud; está absolutamente lejos del mérito. Pero es necesaria; tan necesaria como la mano que toma la limosna, o como la boca que come la comida no comprada. El sentido de la justificación ya no es para ti un enigma de las escuelas. Como todas las grandes palabras de la teología bíblica, lleva en las cosas divinas el sentido que tiene en las cosas comunes, solo que para una aplicación nueva y noble; lo ves con gozo, por la percepción de la conciencia despierta. El que te «justifica» hace exactamente lo que la palabra siempre significa. No te educa ni te inspira hasta hacerte aceptable. Te declara aceptable, satisfactorio, en paz con la ley. Y esto lo hace por causa de Otro; a causa del mérito de Otro, que ha hecho y sufrido de tal manera que ha ganado una bienvenida eterna para sí y para todo lo que es suyo, y por tanto para todos los que se hallan en él, y por tanto para ti, que te has refugiado en él creyendo. Así recibes con gozo y asombro «la justicia de Dios», su camino para darte la bienvenida sin temor ante tu Juez a ti, tan profundamente culpable en ti mismo. Eres «justo», es decir, satisfactorio para la ley inexorable. ¿Cómo? ¿Porque has sido transfigurado en una perfección moral tal que pudiera constituir un derecho? No, sino porque Jesucristo murió, y tú, al recibirlo, te hallas en él.

«No hay diferencia». Una vez, quizá, te ofendió esa palabra, si te detuviste a notarla. Ahora la tomas en todo su alcance. Cualquiera que sea por lo demás tu «diferencia» respecto de los más deshonrosos y notorios transgresores de la ley de Dios, sabes ahora que no hay ninguna en este respecto: que estás tan irremediablemente, aunque no tan lejanamente, distante como ellos de «la gloria de Dios». Su «gloria» moral, la perfección inexorable de su carácter, con su exigencia inherente de que le correspondas perfectamente para estar así en paz con él: de esto estás en verdad «destituido». La ramera, el mentiroso, el asesino están destituidos de ella; pero también lo estás tú. Quizá ellos están en el fondo de una mina, y tú en la cresta de los Alpes; pero eres tan incapaz como ellos de tocar las estrellas. Así te entregas con gratitud, al lado de ellos, con tal que ellos también quieran venir, para ser llevado a la altura de la aceptación divina por el don de Dios, «justificado gratuitamente por su gracia».

(v. 27) ¿Dónde, pues, está la (ἡ) jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe, la institución, la ordenanza, que nos impone no merecer, sino confiar. ¿Y quién puede analizar o describir el gozo y el reposo del alma de la cual queda por fin «excluida» la sucia hinchazón de una «jactancia» religiosa? Nos hemos alabado, nos hemos tenido en mucho, por una cosa u otra que suponíamos que nos hacía dignos del Eterno. Quizá tuvimos algunos pretextos especiosos para hacerlo; o quizá nos «jactamos» (no son desconocidas tales jactancias) de nada mejor que de ser un poco menos impíos, o un poco más hombres, que algún otro. Pero esto ha terminado ahora para siempre, en principio; y ponemos su práctica bajo los pies de nuestro Redentor para que sea destruida. Y grande es el reposo y la alegría de sentarse a sus pies, mientras se cierra la puerta y se da vuelta a la llave sobre nuestra autocomplacencia. No hay santidad sin esa «exclusión»; y no hay felicidad donde no hay santidad.

(v. 28) Porque concluimos[42], deducimos, recogemos así nuestros hechos y razones: que el hombre es justificado[43] por fe sin, independientemente de, las obras de la ley. En otras palabras, la causa meritoria está enteramente en Cristo, y enteramente fuera de la conducta del hombre. Hemos visto implícitamente, en el pasaje anterior, vv. 10-18, qué se quiere decir aquí con «obras de ley» o «obras de la ley». El pensamiento no es de prescripción ritual, sino de regla moral. Los transgresores de la ley de los vv. 10-18 son hombres que cometen actos violentos, hablan palabras sucias y dejan de hacer lo bueno. El que guarda la ley es, en consecuencia, el hombre cuya conducta en tales aspectos es recta, negativa y positivamente. Y las «obras de la ley» son, por consiguiente, tales hechos. Así aquí «concluimos» que la justificación del hombre caído se realiza, en cuanto al mérito que la procura, independientemente de su buen obrar. Solo tiene que ver con Cristo en cuanto al mérito; y en cuanto a la recepción personal, solo con la aceptación del Cristo que merece, es decir, con la fe en él.

Luego vienen, como una breve «coda» después de una cadencia musical completa, dos preguntas breves y sus respuestas, dichas casi como si otra vez un rabinista estuviera en la discusión.

(v. 29) ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles; (v. 30) puesto que (εἴπερ) Dios es uno, la misma Persona en ambos casos, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. Toma el hecho, ya comprobado, de que la fe, siempre la fe, es decir, Cristo recibido, es la condición de la justificación para toda la humanidad; y razona hacia atrás al hecho (tan ampliamente «testificado por la ley y por los profetas», desde el Génesis en adelante) de que el Dios verdadero es igualmente Dios de todos. Probablemente se sugiere la profunda conclusión de que la cerca del privilegio trazada durante siglos alrededor de Israel estaba destinada finalmente a la bendición del mundo entero, y no a mantener a Israel en un aislamiento egoísta.

(v. 31) ¿Luego por la fe (διὰ τῆς πίστεως) invalidamos la ley? ¿Abrimos, pues, la puerta al libertinaje moral? ¿Abolimos el código y el precepto cuando no pedimos conducta, sino fe? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley; vamos por el camino mismo que da una nueva santidad a cada uno de sus mandamientos y revela un nuevo poder para cumplirlos todos. Pero cómo es esto, y cómo ha de ser, lo mostrará el argumento posterior.

Nota aparte a Romanos 3

Sería una obra profundamente interesante reunir y exponer juntos ejemplos de la transmisión de grandes bendiciones espirituales, en vidas memorables, por medio de la lectura de la epístola a los Romanos. La crisis final de Agustín (véase más adelante, sobre 13.14) sería uno de esos ejemplos. Como muestras de lo que debe de ser una multitud, citamos dos casos, en cada uno de los cuales un versículo de este tercer capítulo de la epístola resultó el medio del mensaje divino en una vida de interés histórico.

Fray Paolo Sarpi (1552-1623), «consejero y teólogo» de la República de Venecia e historiador del Concilio de Trento, fue uno de los muchos hombres eminentes de su tiempo que nunca rompieron con la Iglesia romana, y sin embargo tuvieron simpatías espirituales genuinas con la Reforma. El relato de sus últimas horas es conmovedor e instructivo, y lo muestra apoyando su esperanza con gran sencillez en el mensaje divino de este capítulo, aunque el informe le hace citarlo de manera inexacta. «Llegada la noche, y aumentando en él la falta de fuerzas, hizo que le leyeran otra vez la Pasión escrita por san Juan. Habló de su propia miseria, y de la confianza y seguridad que tenía en la sangre de Cristo. Repetía muy a menudo aquellas palabras: Quem proposuit Deus Mediatorem per fidem in sanguine suo, "A quien Dios puso como Mediador por medio de la fe en su sangre". En lo cual parecía recibir un consuelo extremo. Repitió (aunque con mucha debilidad) diversos pasajes de san Pablo. Declaró que por su parte no tenía nada que presentar a Dios sino miserias y pecados, pero que, no obstante, deseaba ser sumergido en el abismo de la misericordia divina; con tanta sumisión por un lado, y sin embargo con tanta alegría por el otro, que arrancó lágrimas a todos los presentes».[44]

Fue por medio del tercer capítulo de Romanos como la luz celestial llegó por primera vez al alma terriblemente atribulada de William Cowper, en St Albans, en 1764. Algunos han dicho que la religión de Cowper fue culpable de su melancolía. El caso fue muy distinto. El primer ataque tremendo ocurrió en un tiempo en que, según su propio relato claro, estaba enteramente sin religión seria; no tuvo nada que ver ni con la doctrina cristiana ni con la práctica cristiana. La recuperación vino con su primera visión, en la Escritura, de la misericordia divina en nuestro Señor Jesucristo. Su propio relato de esta crisis es el siguiente:[45]

«Pero había llegado ya el feliz período que había de proporcionarme una clara apertura a la misericordia gratuita de Dios en Cristo Jesús. Me eché en una silla cerca de la ventana y, viendo allí una Biblia, me atreví una vez más a acudir a ella en busca de consuelo e instrucción. El primer versículo que vi fue el 25 del capítulo 3 de Romanos: "A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados".

»Inmediatamente recibí fuerza para creerlo, y los rayos plenos del Sol de justicia brillaron sobre mí. Vi la suficiencia de la expiación que él había hecho, mi perdón sellado en su sangre, y toda la plenitud y perfección de su justificación. Si el brazo todopoderoso no hubiera estado debajo de mí, creo que habría muerto de gratitud y de gozo. Solo podía mirar al cielo con temor silencioso, abrumado de amor y asombro. Pero la obra del Espíritu Santo se describe mejor con sus propias palabras: es "gozo inefable y glorioso"».

35 1 Reyes 19.12.

36 Depravatus: torcido, arrancado de la línea recta.

37 Δικαιούμενοι: el participio presente indica más bien el principio permanente de la justificación que su proceso efectivo, el cual es, en cada caso, una sentencia divina de aceptación, un acto, un suceso, único y aparte. Véase sobre 5.1.

38 Ὃν προέθετο ὁ Θεός: es posible traducir «a quien Dios se propuso», en su consejo eterno de redención. Pero el contexto, un poco más abajo, recalca el pensamiento de la «declaración», la manifestación, la explicación del tesoro escondido. Esto parece decidir a favor de la otra traducción.

39 Ἱλαστήριον: en otros lugares del griego bíblico esta palabra significa el propiciatorio, la tapa de oro del arca, sobre la cual brillaba la Shejiná y sobre la cual se rociaba la sangre de la expiación. Aquí hay en verdad un tipo manifiesto y noble de Cristo. Pero por otra parte la palabra ἱλαστήριον adquiere ese sentido solo indirectamente. Su sentido propio es más bien «un precio de expiación». Y una inserción algo repentina aquí de la imagen del propiciatorio parece improbable, en ausencia de toda otra alusión a la función de sumo sacerdote de nuestro Señor.

40 Podemos puntuar: «por medio de la fe, en su sangre», como si dijera: «Él es propiciación en (en virtud de) su sangre; recibimos el beneficio por medio de la fe». Pero esta traducción nos parece la menos probable, por ser la menos sencilla. La construcción «fe en», πίστις ἐν τινί, está plenamente comprobada por Marcos 1.15: «creed en el evangelio».

41 Ἀνοχή: pensamos que la palabra es aquí una expresión pregnante por «el tiempo en que Dios se contuvo».

42 Leyendo γὰρ y no οὖν.

43 Δικαιοῦσθαι: el infinitivo presente, como en el v. 25, pone ante nosotros la permanencia del principio en que se basa el acto definido.

44 The Life of Father Paul the Venetian, translated out of Italian, Londres, 1676.

45 Memoir of the Early Life of William Cowper, written by Himself.

Capítulo XII. Paz, amor y gozo para los justificados

Romanos 5.1-11

Llegamos a una pausa en el pensamiento del apóstol con el final del último párrafo. Podemos imaginar reverentemente, mientras escuchamos en espíritu su dictado, que llega también una pausa en su trabajo; que guarda silencio, y Tercio deja la pluma, y emplean un rato su corazón en el recuerdo y la comprensión adoradores. El Señor entregado; su pueblo justificado; el Señor resucitado, vivo por los siglos de los siglos: aquí había materia para el amor, el gozo y el asombro.

Pero la carta debe continuar, y el argumento tiene todavía por delante sus desarrollos más plenos y maravillosos. Ya ha expuesto la tremenda necesidad de la misericordia que justifica, para toda alma humana. Ha mostrado cómo la fe, siempre y solamente, es el camino para apropiarse esa misericordia: el camino de la voluntad de Dios, y manifiestamente también, por su propia naturaleza, el camino de la más profunda conveniencia. Se nos ha permitido ver la fe en acción ilustrativa en Abraham, quien por la fe, absolutamente, sin la menor ventaja de privilegio tradicional, recibió la justificación con las vastas bendiciones concurrentes que traía consigo. Por último, hemos oído a san Pablo dictar a Tercio, para los romanos y para nosotros, aquellas palabras de resumen (4.25) en las que tenemos ahora el certificado de Dios mismo sobre la eficacia triunfante de aquella obra expiatoria que sostiene la promesa para que la promesa nos sostenga a nosotros, creyentes.

Hemos de acercarnos ahora al glorioso tema de la vida de los justificados. Esta ha de verse no solo como un estado cuya base es la reconciliación con la ley, y cuya puerta y murallas son la promesa del pacto. Ha de aparecer como un estado entibiado por el amor eterno: una condición iluminada por la perspectiva de la gloria. En él el hombre, unido a Cristo, su Cabeza, su Esposo, su todo, se entrega con gozo al Dios que lo ha recibido. En el poder vivo del Espíritu celestial, que lo libra perpetuamente de sí mismo, obedece, ora, trabaja y sufre, en una libertad que solo le falta para ser la del cielo, y en la cual es sostenido hasta el fin por Aquel que ha planeado su plena salvación personal de eternidad a eternidad.

Ha sido a veces tentación de los cristianos considerar la verdad y la exposición de la justificación como si tuvieran cierta dureza y, por así decirlo, aridez; como si fuera un tema más para las escuelas que para la vida. Si alguna vez se han dado excusas para tal opinión, han de venir de otras partes que no sean la epístola a los Romanos. Maestros cristianos de muchas épocas pueden haber tratado la justificación con tanta frialdad como si escribieran un libro de leyes. O pueden haberla examinado como si fuera una verdad que termina en sí misma, la Omega tanto como el Alfa de la salvación; y entonces, por supuesto, se la ha tergiversado. Porque el apóstol ciertamente no la trata con aridez; pone en verdad muy hondo los cimientos de la ley y de la expiación, pero lo hace a la manera de un hombre que no está dibujando el plano de un refugio, sino llamando a su lector de la tempestad a lo que no es solo un refugio, sino un hogar. Y tampoco la trata aisladamente. Gasta sus exposiciones más plenas, amplias y amorosas en su conexión intensa y vital con verdades concurrentes. Está a punto de llevarnos, a través de un noble vestíbulo, al santuario de la vida de los aceptados, la vida de unión, de entrega, del Espíritu Santo.

(v. 1) Justificados, pues, sobre la base de la fe,[63] tenemos paz[64] para con nuestro (τὸν) Dios, poseemos respecto de él el «reposo y la seguridad» de la aceptación, por medio de nuestro Señor Jesucristo, así entregado y resucitado por nosotros; (v. 2) por quien también (καὶ) hemos obtenido[65] nuestra (τὴν) entrada, nuestra libre admisión, por nuestra (τῇ) fe, a esta gracia, esta aceptación no ganada por causa de Otro, en la cual estamos firmes, en vez de caer arruinados y sentenciados ante el tribunal. Y nos gloriamos, no con la pecaminosa «jactancia»[66] del legalista, sino en la esperanza (literalmente, «sobre la esperanza», ἐπ' ἐλπίδι, como descansando sobre la perspectiva prometida) de la gloria de nuestro (τοῦ) Dios, la luz de la visión y el goce celestiales de nuestro Justificador, y el esplendor de un servicio eterno a él en ese goce. (v. 3) Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, con una fortaleza mejor que la serenidad artificial del estoico, sabiendo que la tribulación produce, desarrolla, una constancia paciente,[67] al dar ocasión a prueba tras prueba del poder de Dios en nuestra debilidad, y engendrar así el hábito de la confianza; y luego (δὲ) la constancia paciente desarrolla la prueba, saca a luz en la experiencia, como hecho comprobado, que por medio de Cristo no somos lo que éramos; y luego la prueba desarrolla la esperanza, expectativa firme y definida de gracia continua y de gloria final, y en particular del regreso del Señor; y la esperanza no avergüenza, no defrauda; es una esperanza segura y firme, porque es la esperanza de los que saben ahora que son objeto de un amor eterno; porque el amor de nuestro (τοῦ) Dios ha sido derramado en nuestros corazones; su amor por nosotros ha sido, por así decirlo, difundido por nuestra conciencia, derramado en una experiencia gozosa como la lluvia de la nube, como las corrientes del manantial que brota,[68] por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Aquí se menciona explícitamente por primera vez, en el argumento del apóstol (no contamos 1.4 como parte del argumento), al bendito Espíritu, el Señor, el Espíritu Santo. Hasta ahora apenas ha surgido la ocasión de mencionarlo. Las consideraciones han sido principalmente sobre la culpa personal del pecador, el hecho objetivo de la expiación y el ejercicio de la fe, de la confianza en Dios, como un acto personal genuino del hombre. Con un propósito definido, podemos pensar reverentemente, la discusión de la fe se ha mantenido hasta aquí libre del pensamiento de algo que esté detrás de la fe, de alguna «gracia» que dé la fe. Porque, sea o no la fe don de Dios, es ciertísimamente acto del hombre; nadie debería afirmarlo con más decisión que quienes sostienen (como nosotros) que Efesios 2.8[69] sí enseña que, donde hay fe salvadora, está allí porque Dios la ha «dado». Pero ¿cómo la «da»? No, seguramente, implantando una facultad nueva, sino abriendo de tal modo el alma a Dios en Cristo que el imán divino atrae eficazmente al hombre a un reposo voluntario en tal Dios. Pero el hombre hace esto, como acto, él mismo. Confía en Dios tan genuina y personalmente, tanto con su propia facultad de confiar, como confía en un hombre a quien ve enteramente digno de confianza y exactamente apto para satisfacer una necesidad imperiosa. Así, es a menudo obra del evangelista y del maestro insistir en el deber más que en la gracia de la fe; pedir a los hombres que más bien den gracias a Dios por la fe cuando ya han creído, que no esperar la sensación de una inspiración antes de creer. ¿Y no es esto lo que hace aquí san Pablo? En este punto de su argumento, y no antes, recuerda al creyente que su posesión de la paz, de la felicidad, de la esperanza, ha sido alcanzada y realizada, en último término, no por sí mismo, sino por la obra del Espíritu eterno. La percepción de la misericordia, de una propiciación provista por el amor divino, y así del santo secreto del amor divino mismo, le ha sido dada por el Espíritu Santo, que ha tomado de las cosas de Cristo y se las ha mostrado, y ha tocado en secreto su «corazón» de modo que el hecho del amor de Dios es por fin parte de su experiencia. Al hombre se le habló de su gran necesidad y del refugio seguro y abierto, y ha cruzado su puerta pacífica en el acto de confiar en el mensaje y en la voluntad de Dios. Ahora se le pide que mire alrededor, que mire atrás, y bendiga la mano que, cuando estaba afuera, en el campo desnudo de la muerte, le abrió los ojos para ver y guió su voluntad para escoger.

¡Qué retrospectiva es esta! Sigámosla otra vez desde las primeras palabras de este párrafo. Primero está el hecho seguro de nuestra aceptación, y su razón, y su método. «Pues»: no se olvide esta palabra. Nuestra justificación no es un asunto arbitrario, cuya falta de causa haga pensar en una ilusión o en una paz precaria. «Pues»: descansa en un antecedente, en la cadena lógica de los hechos divinos. Hemos leído ese antecedente en 4.25: «Jesús Señor nuestro fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación». Asentimos a ese hecho; lo hemos aceptado a él, solamente y por completo, en esta obra suya. Por tanto somos justificados, δικαιωθέντες,[70] colocados por un acto del amor divino, obrando en la línea de la ley divina, entre aquellos a quienes el Juez acepta para abrazarlos como Padre. Luego, en esta posesión de la «paz» de nuestra aceptación, así introducidos (προσαγωγή) por la puerta de la promesa con el paso de la fe, hallamos dentro de nuestro refugio mucho más que mera seguridad. Alzamos la vista desde dentro de los benditos muros, rociados con sangre expiatoria, y vemos por encima de ellos la esperanza de la gloria, invisible desde afuera. Y nos volvemos a nuestra vida presente dentro de ellos (porque toda nuestra vida ha de vivirse ahora dentro de aquel amplio santuario), y hallamos recursos provistos allí para un gozo presente tanto como futuro. Nos aplicamos a la disciplina del lugar, porque tiene su disciplina; el refugio es hogar, pero es también escuela; y hallamos, cuando comenzamos a probarla, que la disciplina está llena de gozo. Saca a una conciencia gozosa el poder que ahora tenemos, en Aquel que nos ha aceptado, en Aquel que es nuestra aceptación, para sufrir y servir en amor. Nuestra vida se ha convertido en una vida no solo de paz, sino de la esperanza que anima la paz y la hace fluir «como un río». De hora en hora gozamos de la esperanza que nunca defrauda de «gracia sobre gracia», gracia nueva para la próxima nueva necesidad; y más allá de ella y por encima de ella, las certezas de la esperanza de la gloria. Para dejar nuestra metáfora del santuario por la de la peregrinación, nos hallamos en un sendero empinado y rocoso, pero que siempre sube hacia un aire más puro y nos muestra panoramas más nobles; y en la cumbre, el sendero continuará, transfigurado, en la calle de oro de la Ciudad: el mismo camino, pero dentro de la puerta del cielo.

A todo esto nos ha conducido el Espíritu Santo. Él ha estado en el corazón de todo el proceso interior. Hizo articulado a nuestra conciencia el trueno de la ley. Nos dio la fe al manifestar a Cristo. Y, en Cristo, «ha derramado en nuestros corazones el amor de Dios».

Porque ahora el apóstol toma esa palabra, «el amor de Dios», y la pone ante nuestra vista, y vemos en su pura gloria no una vaga abstracción, sino el rostro y la obra de Jesucristo. Tal es el contexto en que ahora avanzamos. Sigue razonando: «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles». Ha puesto ante nosotros la justificación en su majestuosa legalidad. Pero ahora tiene que desplegar su poderoso amor, del cual el Espíritu Santo nos ha hecho conscientes en nuestros corazones. Hemos de ver en la expiación no solo una garantía de que tenemos un título válido a una aceptación justa. Hemos de ver en ella el amor del Padre y del Hijo, para que no solo nuestra seguridad, sino nuestra bienaventuranza, sea completa.

(v. 6) Porque Cristo, cuando aún éramos débiles (suave eufemismo por nuestra impotencia total, nuestra culpable incapacidad de satisfacer la exigencia sin pecado de la ley de Dios), a su tiempo, en el cumplimiento del tiempo, cuando las edades del precepto y del fracaso habían hecho su obra y el hombre había aprendido con algún provecho la lección de la desesperación de sí mismo, por los impíos... murió. «Por los impíos», ὑπὲρ ἀσεβῶν, «respecto de ellos», «con referencia a ellos», es decir, en este contexto de misericordia salvadora, «en su interés, para su rescate,[71] como su propiciación». «Los impíos», o más literalmente todavía, sin artículo, «impíos»: designación general e inclusiva de aquellos por quienes murió. Arriba (4.5) vimos la palabra usada con cierta limitación, como de los peores entre los pecadores. Pero aquí, seguramente, con solemne paradoja, cubre todo el campo de la caída. Los impíos aquí no son solo los flagrantes y de mala fama; son todos los que no están en armonía con Dios, los que cometen, potencial o efectivamente, pecado grave. Por ellos «Cristo murió»; no «vivió», recordémoslo, sino «murió». No era cuestión de ejemplo, ni de persuasión, ni siquiera de expresiones de compasión divina. Era cuestión de ley y de culpa; y solo podía resolverse por la sentencia de muerte y el hecho de la muerte; una muerte como la que murió AQUEL de quien, poco tiempo antes, este mismo corresponsal había escrito a los convertidos de Galacia (3.13): «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». Todo el énfasis indecible de la frase, y del pensamiento, recae aquí sobre estas últimas palabras, sobre cada una y todas ellas: «por impíos... murió», ὑπὲρ ἀσεβῶν... ἀπέθανε. La continuación nos lo muestra; prosigue: (v. 7) Porque apenas, con dificultad y en casos raros, morirá alguno por un justo; «apenas», no dirá «nunca»; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno,[72] el hombre que responde en alguna medida al ideal de una bondad bondadosa, y no solo legal. (v. 8) Mas Dios muestra, como por un contraste glorioso (συνίστησι), su amor, «su» amor por encima de todo amor humano corriente, «su propio amor», τὴν Ἑαυτοῦ, para con nosotros, en que siendo aún pecadores, y como tales repulsivos al Santo, Cristo murió por nosotros.

No hemos de leer este pasaje como si fuera una afirmación estadística sobre los hechos del amor humano y sus posibles sacrificios. El argumento moral no quedará afectado si podemos aducir, como podremos, casos en que el hombre no regenerado ha dado aun su vida para salvar la vida de uno, o de muchos, hacia quienes no se siente atraído emocional ni naturalmente. Todo lo que necesita el tierno alegato de san Pablo a favor del amor de Dios es el hecho cierto de que los casos de muerte aun en favor de alguien que merece moralmente un gran sacrificio son relativamente muy, muy pocos. El pensamiento del mérito es el pensamiento que rige en esta conexión. Se esfuerza por destacar la misericordia soberana, que llegó hasta la longitud y la profundidad de la muerte, recordándonos que, fuera lo que fuese lo que la movió, no la movió, ni en el grado más bajo imaginable, mérito alguno, no, ni «congruencia» alguna en nosotros. Y sin embargo fuimos buscados y salvados. El que planeó la salvación y la proveyó fue el eterno Legislador y Juez. El que nos amó es él mismo la eterna Justicia, para quien todo nuestro mal es indeciblemente repugnante. ¿Qué es, pues, como Amor, Aquel que, siendo también Justicia, no se detiene hasta haber dado a su Hijo a la muerte de la expiación?

Así tenemos en verdad fundamento para «creer en el amor que Dios tiene para con nosotros» (1 Juan 4.16). Sí, para creerlo. Miramos dentro de nosotros, y es increíble. Si de veras nos hemos visto a nosotros mismos, hemos visto fundamento para una triste convicción de que Aquel que es la eterna Justicia ha de mirarnos con aversión. Pero si de veras hemos visto a Cristo, hemos visto fundamento —no para sentir, quizá, en este momento, sino— para creer que Dios es amor y que nos ama. ¿Qué es creerle? Es tomarle la palabra; obrar enteramente, no sobre nuestra conciencia interior, sino sobre su garantía. Miramos a la cruz, o más bien miramos al Señor Jesús crucificado en su resurrección; leemos a sus pies estas palabras de su apóstol; y nos vamos tomándole a Dios la palabra de que nosotros, nada amables, somos amados.

«Hija mía —dijo una santa francesa moribunda, al dar un último abrazo a su hija—, yo te he amado por lo que eres; mi Padre celestial, a quien voy, me ha amado malgré moi», a pesar de mí.

¿Y cómo avanza ahora el razonamiento divino? «De gloria en gloria»: de la aceptación por el Santo, que es amor, a la preservación presente y sin fin en su Amado. (v. 9) Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, como «en» su pila de ablución, o también «dentro» de su círculo de aspersión, que marca el recinto de nuestro santuario inviolable, por él seremos guardados, por él que ahora vive para administrar las bendiciones de su muerte, de la ira, la ira de Dios, en su inminencia presente sobre la cabeza de los no reconciliados, y en su caída final «en aquel día». (v. 10) Porque si siendo enemigos, sin amor inicial a Aquel que es amor, más aún, cuando éramos hostiles a sus derechos, y como tales sujetos a la hostilidad de su ley, fuimos reconciliados con nuestro (τῷ) Dios[73] por la muerte de su Hijo (Dios viniendo a paz judicial con nosotros, y nosotros llevados a una paz sumisa con él), mucho más, estando reconciliados, seremos guardados en su vida, en la vida del Resucitado, que ahora vive para nosotros y en nosotros, y nosotros en él. (v. 11) Y no solo esto, sino que seremos guardados gloriándonos también en nuestro (τοῦ) Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido[74] ahora esta (τὴν) reconciliación.

Aquí, por anticipación, indica ya los grandes resultados del acto de la justificación en nuestra vida de unión con el Señor que murió por nosotros y volvió a vivir. En el capítulo sexto esto se desplegará más plenamente; pero no puede reservarlo del todo hasta entonces. Así como ha avanzado del aspecto legal de nuestra aceptación a su aspecto de amor, así ahora, con este último, nos da en seguida el aspecto de vida: nuestra incorporación vital a nuestro Redentor, nuestra parte y suerte en su vida de resurrección. En ninguna parte de toda esta epístola se expone ese tema tan plenamente como en las epístolas posteriores, Colosenses y Efesios; el Inspirador condujo a su siervo por toda aquella región entonces, en su prisión romana, pero no ahora. Pero lo había traído a esa región desde el principio, y la vemos aquí presente en su pensamiento, aunque no en el primer plano de su discurso. «Guardados en su vida»: no «por» su vida, sino «en» su vida. Estamos unidos vitalmente a él, el Viviente. Desde un punto de vista somos hombres acusados, ante el tribunal, maravillosamente transformados, por provisión del Juez, en amigos bienvenidos y honrados de la ley y del Legislador. Desde otro punto de vista somos hombres muertos, en el sepulcro, maravillosamente vivificados y puestos en conexión espiritual con la poderosa vida de nuestro Redentor dador de vida. Los aspectos son perfectamente distintos. Pertenecen a órdenes distintos de pensamiento. Sin embargo, están en la relación más estrecha y genuina. El sacrificio que justifica procura la posibilidad de nuestra regeneración a la vida de Cristo. Nuestra unión por la fe con el Señor que murió y vive nos da parte y suerte efectivas en sus méritos justificadores. Y nuestra parte y suerte en esos méritos, nuestra «aceptación en el Amado», nos asegura a su vez la permanencia del gran amor que nos mantendrá en nuestra parte y suerte «en su vida». Esta es la manera de ver el asunto que tenemos delante aquí.

Así el apóstol satisface nuestra necesidad por todos lados. Nos muestra la santa ley satisfecha por nosotros. Nos muestra el amor eterno derramado sobre nosotros. Nos muestra la vida misma del Señor rodeándonos, impartida a nosotros: «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, Cristo, nuestra vida» (Colosenses 3.3, 4). ¿No nos «gloriaremos en Dios por medio de él»?

Y ahora hemos de aprender algo de aquella gran jefatura del pacto en la cual él y nosotros somos uno.

Notas aparte al capítulo XII

I. Εἰρήνην ἔχομεν, «tenemos paz»; Εἰρήνην ἔχωμεν, «tengamos paz». ¿Cuál escribió san Pablo? En conjunto, después de pensar largamente en la evidencia, nos decidimos por la primera lectura. El testimonio documental es fuerte a favor de la segunda. Para los que dan a los grandes manuscritos unciales el lugar de la decisión práctica, ἔχωμεν tiene un veredicto claro a su favor. Pero la otra clase de copias, los minúsculos, posteriores en conjunto a los unciales, pero que probablemente representan a menudo corrección más que corrupción, favorecen grandemente ἔχομεν. La evidencia de las versiones antiguas, y de las citas de los primeros escritores cristianos, se inclina en conjunto por ἔχωμεν. Pero en el estudio de una lectura el argumento y el contexto reclaman por supuesto atención; porque ciertísimamente la lectura original, cualquiera que fuese, era pertinente. Ahora bien, aquí la cuestión de la pertinencia nos parece llevar a un veredicto decidido a favor de ἔχομεν. El apóstol se ocupa aquí enteramente de afirmar, de instruir; la exhortación vendrá después. A lo largo de todo este párrafo no hace sino afirmar hechos y principios. ¿Hemos de creer que lo comienza con una exhortación inconexa?

En sí misma la exhortación tendría un sentido perfectamente inteligible. «Tengamos paz» significaría «gocemos de la paz». Así, ἔχωμεν χάριν, Hebreos 12.28, significa prácticamente «usemos la gracia». Ninguna de las dos exhortaciones significaría que no poseemos todavía, respecto del don del Señor, «paz» y «gracia» respectivamente. Pero, lo repetimos, el contexto aquí parece decisivo contra la presencia aquí de exhortación alguna. Lógicamente necesitamos afirmación.

El intercambio de ω y ο en los manuscritos es, de hecho, frecuente.

Véase el caso cuidadosamente considerado, y decidido a favor de ἔχομεν, en el Dr. Scrivener, Introduction to the Criticism of the N. T., p. 625.

II. Καταλλάσσειν, Καταλλαγή. Se sostiene a veces que estas palabras denotan «reconciliación» en el sentido de que el hombre depone su desconfianza, su renuencia, su resistencia hacia Dios, no de que Dios depone su santo desagrado contra el hombre; y que para esta última idea, la de persuadir a un superior ofendido a conceder la paz, necesitaríamos las palabras διαλλάσσεσθαι (que tenemos en Mateo 5.24, y en la LXX, por ejemplo, en 1 Samuel 29.4, donde se lee: «¿con qué cosa volvería mejor a la gracia de su señor?») y διαλλαγή (que no aparece en el Nuevo Testamento). Pero καταλλαγή (y su verbo) se usa de hecho en el griego de los apócrifos en conexiones donde el pensamiento es precisamente el de la clemencia de un rey inducido a perdonar. Véase, por ejemplo, 2 Macabeos 5.20, donde se lee que, «reconciliado el gran Señor (ἐν τῇ καταλλαγῇ τοῦ μεγάλου Δεσπότου), [el templo] fue restaurado». Así 2 Macabeos 1.5, donde tenemos la oración: «Dios se reconcilie con vosotros», καταλλαγείη ὑμῖν. Así no puede trazarse con seguridad una distinción elaborada entre los dos grupos de compuestos. Y no hay lugar en el Nuevo Testamento donde el sentido de conciliación de una parte ofendida no convenga bien a καταλλάσσεσθαι, etc. El presente pasaje (Romanos 5.10, 11) carecería prácticamente de sentido de otro modo. Todo el pensamiento es de la misericordia divina que provee un camino para aceptar la gracia. «Recibir τὴν καταλλαγήν» es una frase que, por su misma forma tanto como por su conexión, apunta al pensamiento no de una renuencia vencida, sino de una misericordia hallada.

La palabra inglesa atonement (Versión Autorizada, v. 11) requiere una observación. Parece cierto que su derivación es «at-one-ment», «estar en uno» (véase Skeat, Etymol. Dict., s. v.), aunque se ha sostenido una conexión etimológica con ver-söhnen (holandés ver-zoenen) (véase Hofmeyr, The Blessed Life, p. 25). Pero, como observa Trench (Synonyms of the N. T., s. v. καταλλαγή), el uso inglés ha unido desde hace mucho a la palabra atonement la idea de propiciación (ἱλασμός); por lo cual debería evitarse como traducción de καταλλαγή.

63 Ἐκ πίστεως: «de la fe». La frase nos ha salido al paso a menudo en el griego. Pide diversas traducciones en diversos contextos; la que se da arriba parece la mejor paráfrasis aquí.

64 Véase la nota aparte I para una explicación de la lectura variante aquí, ἔχωμεν εἰρήνην, «tengamos paz».

65 Ἐσχήκαμεν: «hemos tenido», «hemos obtenido».

66 Καυχᾶσθαι, καύχησις: véase arriba 2.23; 3.27; 4.2.

67 Ὑπομονή es más que «paciencia». Por el uso implica «paciencia en acción», «perseverancia».

68 Es muy posible, por supuesto, explicar gramaticalmente ἡ ἀγάπη τοῦ Θεοῦ como «nuestro amor a Dios». Y algunos, más místicamente, lo explican como la facultad de amor de Dios comunicada a nosotros para que, con ella, lo amemos a él. Pero el contexto siguiente, especialmente el v. 8, está claramente en contra de tales exposiciones. Los vv. 6-11 son de hecho una explicación del pensamiento del v. 5.

69 El autor se atreve a remitir a su comentario sobre Efesios en The Cambridge Bible.

70 Obsérvese la forma aoristo del participio.

71 Ὑπέρ es literalmente «sobre», y en sí mismo significa simplemente «ocuparse de», como cuando decimos que un hombre está afanado «sobre» un asunto importante, inclinado por así decirlo sobre él, atendiéndolo. Sus referencias especiales dependen enteramente del contexto y del uso. En sí mismo ni enseña ni niega la doctrina de una obra vicaria y sustitutiva; ἀντί es la preposición que garantiza como verdadero aquel gran aspecto de la muerte del Señor. Pero ὑπέρ admite por supuesto ampliamente tal aplicación de su sentido, donde el contexto sugiere la idea.

72 Nos inclinamos más que antes, aunque todavía con alguna duda, a ver aquí un clímax ascendente, como se indica en la paráfrasis, de δίκαιος a ὁ ἀγαθός.

73 Sobre el sentido de καταλλαγή véase la nota aparte II.

74 Ἐλάβομεν; pero el perfecto representa mejor la idea.

Capítulo XIV. Justificación y santidad

Romanos 6.1-13

En cierto sentido, san Pablo ha terminado ya con la exposición de la justificación. Nos ha llevado, desde su denuncia del pecado humano y su descubrimiento de la inutilidad del mero privilegio, a la propiciación, a la fe, a la aceptación, al amor, al gozo y a la esperanza, y finalmente a nuestra misteriosa pero real conexión, en toda esta bendición, con Aquel que ganó nuestra paz. De aquí en adelante hallaremos muchas menciones de nuestra aceptación y de su causa; llegaremos muy pronto a algunas menciones memorables. Pero ya no oiremos tratar y exponer el santo tema mismo. Estará en el fondo de todas las discusiones siguientes; las rodeará, por así decirlo, como un muro de santuario. Pero ahora pensaremos menos directamente en los cimientos que en el edificio para el cual se pusieron. Nos ocuparemos menos de las fortificaciones de nuestra santa ciudad que de los recursos que contienen, y de la vida que ha de vivirse, con esos recursos, dentro de los muros.

Todo tendrá coherencia. Pero la transición estará marcada, y requerirá nuestro pensamiento más profundo y, añadamos, más reverente y suplicante.

«Entonces no necesitamos ser santos, si tal es tu programa de aceptación». Tal era la objeción, perpleja o deliberada, que san Pablo oía en su alma en esta pausa de su dictado; sin duda la había oído a menudo con sus oídos. Aquí había una provisión maravillosa para la aceptación libre y plena de «los impíos» por el Juez eterno. Se explicaba y se exponía de tal modo que no dejaba lugar a la virtud humana como mérito que recomendara. La fe misma no era virtud que recomendara. No era «una obra», sino la antítesis de las «obras». Su poder no estaba en sí misma, sino en su objeto. No era ella misma sino el vacío que recibía «la obediencia de uno» como única causa meritoria de la paz con Dios. Entonces, ¿no podemos seguir viviendo en el pecado, y sin embargo estar ahora en su favor y después en su cielo?

Recordemos, al pasar adelante, una importante lección de estas objeciones registradas contra el gran primer mensaje de san Pablo. Nos dicen, incidentalmente, cuán explícita y sin reservas había sido su proclamación del mensaje, y cómo la justificación por la fe, solo por la fe, quería decir lo que decía cuando él lo decía. Pensadores cristianos de más de una escuela, y en muchas épocas, han vacilado no poco en este punto. El teólogo medieval mezcló sus pensamientos sobre la justificación con los de la regeneración, y enseñó en consecuencia nuestra aceptación según líneas imposibles de hacer coincidir con las de san Pablo. En días posteriores, el sentido de la fe se ha oscurecido a veces, hasta parecer, a través de la bruma, solo una palabra resumen indistinta para la coherencia cristiana, la conducta ejemplar, las buenas obras. Ahora bien, suponiendo que cualquiera de estas líneas de enseñanza, o algo parecido a ellas, fuera el mensaje de san Pablo, «su evangelio», tal como lo predicaba, puede razonablemente inferirse un resultado: que no tendríamos Romanos 6.1 redactado como está. Cualesquiera objeciones que encontrara un evangelio de aceptación expuesto según tales líneas (y sin duda habría encontrado muchas, si llamaba a la santidad a hombres pecadores), no habría encontrado esta objeción: que pareciera permitir a los hombres ser impíos. Lo que tal evangelio parecería hacer sería acentuar en todas sus partes la urgencia de la obediencia para la aceptación: la importancia vital, por un lado, de un cambio interior en nuestra naturaleza (por obra sacramental, según muchos); y luego, por otro lado, la práctica de las virtudes cristianas, con la esperanza, en consecuencia, de una aceptación más o menos completa en el cielo. Fuera torpe o fuera sutil el que objetaba, el que preguntaba, no se le habría ocurrido decir: «Predicas un evangelio de libertinaje; si tienes razón, puedo vivir como me plazca, sacando solo un poco más del fondo de la aceptación gratuita a medida que avanzo». Pero precisamente este era el animus, y casi estas eran las palabras, de quienes o bien aborrecían el mensaje de san Pablo por heterodoxo, o bien querían una excusa para el pecado que amaban, y la hallaban en citas de san Pablo. Entonces san Pablo tuvo que entender por fe lo que la fe debe significar: simple confianza. Y tuvo que entender por justificación sin obras lo que esas palabras deben significar: aceptación independiente de nuestra conducta meritoria. Tal evangelio estaba sin duda expuesto a ser malentendido y tergiversado, y precisamente de la manera que ahora observamos. Pero era también, y lo es todavía, el único evangelio que es poder de Dios para salvación: para la conciencia plenamente despierta, para el alma que se ve a sí misma y busca a Dios de veras.

Este testimonio no intencionado del sentido de la doctrina paulina de la justificación solo por la fe aparecerá con más fuerza aún cuando lleguemos a la respuesta del apóstol a sus interrogadores. No les sale al encuentro en absoluto con modificaciones de sus afirmaciones. No tiene una palabra que decir sobre condiciones adicionales y correctivas previas a nuestra paz con Dios. No hace ninguna insinuación imposible de que la justificación signifique hacernos buenos, o de que la fe sea un «título abreviado» de la práctica cristiana. No; no hay razón para tales afirmaciones, ni en la naturaleza de las palabras ni en todo el molde del argumento por el cual nos ha conducido. ¿Qué hace? Toma esta gran verdad de nuestra aceptación en Cristo, nuestro mérito, y la pone, sin reservas, sin atenuaciones, sin estropearla, en contacto con otra verdad de grandeza coordinada, más aún, superior, porque es la verdad a la cual nos conduce la justificación, como el camino al fin. Pone nuestra aceptación por medio de Cristo que expía en conexión orgánica con nuestra vida en Cristo resucitado. Indica, como verdad evidente para la conciencia, que así como el pensamiento de nuestra participación en el mérito del Señor es inseparable de la unión con la Persona que merece, así el pensamiento de esta unión es inseparable del de una armonía espiritual, una vida común, en la cual el pecador aceptado halla en su Cabeza a la vez una dirección y un poder. La justificación lo ha liberado en verdad de la exigencia condenatoria del pecado, de la culpa. Está como si él hubiera muerto la muerte del sacrificio, la ofrenda y la satisfacción; como si él hubiera pasado por el Lama sabactani y hubiera «derramado su alma» por el pecado. Así está «muerto al pecado», en el sentido en que su Señor y Representante «murió» a él; la muerte expiatoria ha matado la exigencia del pecado de llevarlo a juicio. Habiendo muerto así, en Cristo, está «justificado del pecado». Pero entonces, porque murió así «en Cristo», está «en Cristo» todavía, también en lo que respecta a la resurrección. Es justificado, no para irse, sino para vivir en su Justificador, con los poderes de aquella vida santa y eterna con que el Justificador resucitó.

Las dos verdades se concentran, por así decirlo, en una sola, por su igual relación con la misma Persona, el Señor. El argumento anterior nos ha hecho intensamente conscientes de que la justificación, aunque es una transacción definida en derecho, no es una mera transacción; vive y resplandece con la verdad de la conexión con una Persona. Esa Persona es para nosotros la portadora de todo mérito. Pero es también, e igualmente, la portadora para nosotros de vida nueva, en la cual participan los que participan de su mérito, porque están en él. De modo que, aunque el camino de la justificación puede aislarse para estudiarlo, como se ha hecho en esta epístola, el hombre justificado no puede ser aislado de Cristo, que es su vida. Y así nunca puede ser considerado en último término aparte de su posesión, en Cristo, de una posibilidad nueva, un poder nuevo, un llamamiento glorioso y nuevo a la santidad viva.

En los términos más sencillos y prácticos, el apóstol nos presenta que nuestra justificación no es un fin en sí misma, sino un medio para un fin. Somos aceptados para ser poseídos, y poseídos no a la manera de un «artículo» mecánico, sino de un miembro orgánico.[84] Hemos «recibido la reconciliación» para andar ahora, no lejos de Dios, como liberados de una prisión, sino con Dios, como hijos suyos en su Hijo. Porque somos justificados, hemos de ser santos, separados del pecado, apartados para Dios; no como mera indicación de que nuestra fe es real y de que, por tanto, estamos legalmente a salvo, sino porque fuimos justificados precisamente con este propósito: que fuéramos santos. Para volver a un símil que ya hemos empleado, las uvas de una vid no son meramente una señal viva de que el árbol es una vid y está vivo; son el producto para el cual existe la vid. Es cosa en que no se debe ni pensar, que el pecador acepte la justificación y viva para sí mismo. Es una contradicción moral de la clase más profunda, y no puede abrigarse sin delatar un error inicial en todo el credo espiritual del hombre.

Y además, no solo hay esta profunda conexión de propósito entre la aceptación y la santidad. Hay una conexión de dotación y capacidad. La justificación ha hecho por el justificado una obra doble, cuyos dos miembros son de suma importancia para el hombre que pregunta: ¿Cómo puedo andar y agradar a Dios? Primero, ha roto decisivamente la exigencia del pecado sobre él como culpa. Queda libre de esa carga agotadora y debilitante. La carga del peregrino ha caído de su espalda, al pie de la cruz del Señor, en el sepulcro del Señor. Tiene paz para con Dios, no en la emoción, sino en el pacto, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Tiene una «entrada» sin reservas a la presencia amorosa y acogedora de un Padre, cada día y cada hora, en el mérito de su Cabeza. Pero además la justificación ha sido para él, por así decirlo, la señal de su unión con Cristo en vida nueva; esto ya lo hemos notado. No solo le da, por tanto, como en verdad le da, ocasión eterna para una gratitud que, tal como la siente, «hace del deber gozo y del trabajo descanso». Le da un poder nuevo con que vivir la vida agradecida; un poder que no reside en la justificación misma, sino en lo que ella abre. Es la puerta por la cual pasa a la fuente; es el muro que defiende la fuente, el techo que lo protege mientras bebe. La fuente es la vida exaltada de su Señor que lo justifica, su vida resucitada, derramada en el ser del hombre por el Espíritu que hace una sola cosa de la Cabeza y del miembro. Y es como justificado como tiene acceso a la fuente, y bebe tan hondo como quiera de su vida, su poder y su pureza. En el pasaje contemporáneo, 1 Corintios 6.17, san Pablo ya había escrito (en una conexión indeciblemente práctica): «El que se une al Señor, un espíritu es con él». Es una frase que podría ponerse como encabezamiento del pasaje que ahora llegamos a traducir.

(v. 1) ¿Qué, pues, diremos? ¿Nos aferraremos (ἐπιμενοῦμεν, ἐπιμένωμεν) al pecado para que la gracia abunde, la gracia de la aceptación de los culpables? (v. 2) ¡En ninguna manera! Nosotros, los mismos que[85] hemos muerto a ese (τῇ) pecado —cuando nuestro Representante, en quien hemos creído, murió por nosotros a él, murió para hacer frente a su exigencia y romperla—, ¿cómo viviremos aún, cómo tendremos ser y acción afines, en él, como en un aire que nos gusta respirar? Es una imposibilidad moral que el hombre así librado de la exigencia tiránica de esta cosa de matarlo desee otra cosa que separarse de ella en todos los aspectos. O (v. 3) ¿no saben que todos los que fuimos bautizados[86] en Cristo Jesús, cuando el agua sagrada nos selló nuestro contacto con él, recibido por la fe, y nuestro interés en él, fuimos bautizados en su muerte, bautizados como entrando en unión con él sobre todo como el Crucificado, el que expía? ¿Olvidan que su Cabeza del pacto, de cuyo pacto de paz su bautismo fue la señal física divina, no es nada para ustedes si no es su Salvador que murió, y que murió a causa de este mismo pecado con el cual su pensamiento ahora parlamenta; murió porque solo así podía romper su lazo legal sobre ustedes, para romper su lazo moral? (v. 4) Fuimos, pues, sepultados juntamente con él por medio de nuestro (τοῦ) bautismo, en cuanto simbolizaba y sellaba la obra de la fe, en su (τὸν) muerte; certificaba nuestro interés en aquella muerte vicaria, aun hasta su clímax en la tumba que, por así decirlo, se tragó a la Víctima; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, cuando aquella muerte desembocó para él en una vida nueva y sin fin, no por accidente, sino porque el carácter de Dios, el esplendor (δόξα) de su amor, su verdad y su poder, aseguraba el resultado, así también nosotros comencemos a andar (περιπατήσωμεν) en vida nueva, salgamos con un poder enteramente nuevo, en nuestra unión todavía con él. Todo el énfasis posible recae sobre esas palabras, «vida nueva». Sacan a luz lo que ya se ha indicado (5.17, 18): la verdad de que el Señor nos ha ganado no solo la remisión de una pena de muerte, ni siquiera solo una prolongación de la existencia en circunstancias más felices y con un espíritu más agradecido y esperanzado, sino un nuevo y maravilloso poder de vida. El pecador ha huido al Crucificado para no morir. Ahora no solo está amnistiado, sino aceptado. No solo está aceptado, sino incorporado a su Señor, como uno con él en interés. No solo está incorporado en cuanto al interés, sino que, porque su Señor, habiendo sido crucificado, ha resucitado también, está incorporado a él como vida. El postrer Adán, como el primero, transmite a su miembro efectos no solo legales, sino vitales. En Cristo el hombre tiene, en un sentido tan perfectamente práctico como inescrutable, vida nueva, poder nuevo, a medida que el Espíritu Santo aplica a su ser más íntimo la presencia y las virtudes de su Cabeza. «En él vive, por él se mueve».

Para hombres innumerables, el descubrimiento de esta antigua verdad, o la comprensión más plena de ella, ha sido en verdad como un comienzo de vida nueva. Quizá habían tenido conciencia larga y dolorosa de que su lucha con el mal era en conjunto un serio fracaso, y su liberación de su poder lamentablemente parcial. Y no siempre podían disponer como querían de las energías emocionales de la gratitud, de la cálida conciencia del afecto. Entonces se vio, o se vio más plenamente, que las Escrituras presentan este gran misterio, este hecho poderoso: nuestra unión con nuestra Cabeza, por el Espíritu, para vida, para victoria y liberación, para dominio sobre el pecado, para servicio voluntario. Y se levantan las manos caídas y se afirman las rodillas, mientras el hombre usa el secreto ahora abierto —Cristo en él, y él en Cristo— para el andar real de la vida. Pero escuchemos otra vez a san Pablo.

(v. 5) Porque si fuimos unidos vitalmente (σύμφυτοι), él con nosotros y nosotros con él, en la semejanza de su muerte, por la inmersión bautismal, símbolo y sello de nuestra unión por la fe con el Sacrificio sepultado, ciertamente (ἀλλὰ) lo seremos unidos vitalmente con él en la semejanza también de su resurrección, por la emersión bautismal, símbolo y sello de nuestra unión por la fe con el Señor resucitado, y así con su poder de resurrección.[87] (v. 6) Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre, nuestro antiguo estado, fuera de Cristo y bajo la jefatura de Adán, bajo culpa y en esclavitud moral, fue crucificado juntamente con Cristo, fue por así decirlo clavado a su cruz expiatoria, donde él nos representaba. En otras palabras, él en la cruz, nuestra Cabeza y sacrificio, trató de tal modo por nosotros con nuestro estado caído, para que el cuerpo del pecado, este nuestro cuerpo considerado como fortaleza, medio y vehículo del pecado, sea anulado, quede en suspenso, abatido, depuesto, de modo que ya no sea la puerta fatal que admite la tentación a un alma impotente adentro.

«Anulado» es una palabra fuerte. Asgámonos de su fuerza, y recordemos que nos da, no un sueño, sino un hecho, que ha de hallarse verdadero en Cristo. No convirtamos su hecho en falacia olvidando que, signifique lo que signifique «anular», no significa que la gracia nos saque del cuerpo; que ya no hemos de «golpear nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre» en el nombre de Jesús. ¡Ay de nosotros si a alguna promesa, a alguna verdad, se le permite «anular» el llamado a velar y orar, y pensar que en ningún sentido hay todavía un enemigo adentro! Pero tanto más asgamos y usemos lo glorioso positivo en su lugar y tiempo, que es todo lugar y todo día. Recordemos, confesemos nuestra fe, de que así es con nosotros, por medio de Aquel que nos amó. Murió por nosotros con este mismo fin: que nuestro «cuerpo del pecado» quedara maravillosamente «en suspenso» en cuanto al poder de la tentación sobre el alma. Sí, como prosigue san Pablo, a fin de que no sirvamos más al pecado; que desde ahora, desde nuestra aceptación en él, desde nuestra comprensión de nuestra unión con él, digamos a la tentación un «no» que lleve consigo el poder de la presencia interior del Señor resucitado. Sí, porque él ha ganado ese poder para nosotros en nuestra justificación por medio de su muerte. Murió por nosotros, y nosotros en él, en cuanto a la exigencia del pecado, en cuanto a nuestra culpa; y murió así, como hemos visto, a propósito para que no solo fuéramos aceptados legalmente, sino unidos vitalmente a él. Tal es la conexión de la cláusula siguiente, extrañamente traducida en la versión inglesa, y por eso a menudo mal aplicada, pero cuya redacción literal es: (v. 7) Porque el que ha muerto ha sido justificado de su (τῆς) pecado; está justificado de él, está libre de su culpa. El pensamiento es el de la muerte expiatoria, en la cual el creyente tiene interés como si fuera suya. Y el pensamiento implícito es que, como esa muerte es «un hecho consumado», como «nuestro viejo hombre» fue tan eficazmente «crucificado con Cristo», por tanto podemos, debemos, reclamar la libertad y el poder espirituales en el Resucitado que el Inmolado nos aseguró cuando llevó nuestra culpa.

Esta posesión es también una perspectiva gloriosa, porque es permanente con la eternidad de su vida. No solo es, sino que será. (v. 8) Y si morimos con Cristo, creemos, descansamos para ello en su palabra y en su obra, que también viviremos con él,[88] que participaremos, no solo ahora sino en todo el futuro, de los poderes de su vida resucitada. ¡Porque ÉL vive para siempre, y nosotros estamos en él! (v. 9) Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; no hay muerte ya en su futuro; la muerte no se enseñorea más de él; su derecho sobre él ha desaparecido para siempre. (v. 10) Porque en cuanto murió (ὃ ἀπέθανε), al pecado (τῇ) murió; murió para tratar con la exigencia de nuestro pecado; y en verdad la ha tratado, de modo que su muerte es «una vez por todas», ἐφάπαξ, una vez para siempre; mas en cuanto vive (ὃ ζῇ), para Dios vive; es en relación con la aceptación de su Padre, es como acogido en el trono de su Padre por nosotros, como el Inmolado resucitado. (v. 11) Así también ustedes considérense, con el «cálculo» seguro de que su obra por ustedes, su vida por ustedes, es infinitamente válida, muertos al (τῇ) pecado, muertos en su muerte expiatoria, muertos a la culpa agotada por esa muerte, pero vivos para su (τῷ) Dios en Cristo Jesús;[89] acogidos por su Padre eterno, en su unión con su Hijo, y en esa unión llenos de una vida nueva y bendita de su Cabeza, para gastarla bajo la sonrisa del Padre, al servicio del Padre.

«Consideremos» también nosotros, como el apóstol y los cristianos romanos, este cálculo maravilloso, contando con estos misterios luminosos como con hechos imperecederos. Todo está ligado, no a las mareas u olas de nuestras emociones, sino a la roca viva de nuestra unión con nuestro Señor. «En Cristo Jesús»: esa gran frase, usada aquí explícitamente por primera vez en esta conexión, lo incluye todo en su abrazo. La unión con el Cristo inmolado y resucitado, por la fe, por el Espíritu: he aquí nuestro secreto inagotable, para la paz con Dios, para la vida para Dios, ahora y en el día eterno.

(v. 12) No reine,[90] pues, el pecado en su cuerpo mortal: mortal, porque todavía no está plenamente emancipado, aunque su Señor ha «anulado» para ustedes su carácter de «cuerpo del pecado», asiento y vehículo de la tentación vencedora. No dejen que el pecado reine allí, de modo que obedezcan a sus concupiscencias,[91] las del cuerpo. Observen la instrucción implícita. El cuerpo, «anulado» como «cuerpo del pecado», tiene todavía sus «concupiscencias», sus deseos; o más bien, por medio de él le vienen todavía al hombre deseos que, potencialmente si no efectivamente, son deseos que se apartan de Dios. Y el hombre, justificado por la muerte del Señor y unido a la vida del Señor, no ha de confundir por ello un dejar hacer con la fe. Ha de usar sus posesiones divinas con una energía real de la voluntad. A él le toca, en un sentido sumamente práctico, procurar que su riqueza se ponga en uso, que su libertad maravillosa se realice en el acto y en el hábito. «Anulado» no significa aniquilado. El cuerpo existe, y el pecado existe, y los «deseos» existen. A ti te toca, oh hombre en Cristo, decir al enemigo, derrotado pero presente: «No reinarás; te pongo el veto en el nombre de mi Rey».

(v. 13) Ni tampoco presenten[92] sus miembros, sus cuerpos en el detalle de sus facultades, al pecado como instrumentos (ὅπλα) de iniquidad, al pecado considerado como el que posee y emplea los instrumentos. Sino preséntense[93] ustedes mismos, todo su ser, centro y circunferencia, a Dios como vivos de entre los muertos, en la vida resucitada de su Hijo, y sus miembros, mano, pie y cabeza, con todas sus facultades, a Dios como instrumentos de justicia.

*

«¡Oh dichosa entrega de sí!». La idea de ella, a veces nublada, a veces radiante, ha flotado ante el alma humana en todas las edades de la historia. El hecho espiritual de que la criatura, como tal, nunca puede hallar su verdadero centro en sí misma, sino solo en el Creador, se ha expresado en muchas formas diversas de aspiración y de esfuerzo, ahora tocando casi la gloriosa verdad del asunto, ahora extraviándose en anhelos de una pérdida vacía de la personalidad, o en todo caso de un coma eterno de absorción en un Infinito prácticamente impersonal; o también afectando una sumisión que termina en sí misma, un islam, una entrega de sí en cuyo vacío no cae bendición alguna del Dios que la recibe. Muy distinta es la «presentación de sí mismo» del evangelio. Se hace en la plenitud de la conciencia personal y de la elección. Se hace con razones reveladas, de verdad y belleza infinitas, que garantizan su rectitud. Y es un poner el yo entregado en manos que a la vez fomentarán su verdadero desarrollo como solo su Hacedor puede hacerlo, llenándolo de su presencia, y lo usarán, en la dicha de una utilidad eterna, para su amada voluntad.

84 No que la imagen del miembro aparezca aquí explícitamente. Pero sí aparece más abajo, 12.5, y en el pasaje contemporáneo 1 Corintios 6.15; y más plenamente en las epístolas de la primera cautividad.

85 Οἵτινες: la paráfrasis es quizá una ligera exageración de la fuerza del pronombre.

86 Ὅσοι ἐβαπτίσθημεν: damos una paráfrasis, no una traducción, para mostrar el sentido de manera práctica.

87 Así parafraseamos una frase difícil. Nos parece que τὸ ὁμοίωμα τοῦ θανάτου αὐτοῦ ha de referirse al rito bautismal. Si es así, nuestra paráfrasis en conjunto quedará justificada. En cuanto a la «inmersión» y la «emersión», diremos solamente, sin entrar más en una cuestión debatida, que nos parece claro que el bautismo fue al principio, en teoría, una inmersión completa, pero que, también desde los primeros tiempos, se permitió modificar la teoría en la práctica, representando en tales casos el derramamiento de agua la inmersión ideal. Ya en la Enseñanza de los Doce Apóstoles, siglo I (cap. VII), hay señales de esto.

88 Más literalmente, quizá, «también volveremos a la vida con él». Si lo leemos bien, apunta a la perspectiva futura en el momento de la muerte expiatoria, cuando idealmente morimos. No significa, por tanto, en la práctica, que no vivamos ahora con él, como ciertamente vivimos (véase un poco más abajo, v. 11). Sino que es como decir: «creemos que nuestra participación en su vida resucitada sigue con seguridad, ahora y siempre, a nuestra participación en su muerte expiatoria».

89 Las palabras τῷ Κυρίῳ ἡμῶν deben omitirse del texto.

90 Μὴ βασιλευέτω: posiblemente el imperativo presente implique «no sigan dejando que reine».

91 Omítase αὐτῇ ἐν del texto.

92 Παριστάνετε: quizá podamos explicar también este imperativo presente como «no sigan haciéndolo».

93 Παραστήσατε: el aoristo implica ciertamente una resolución crítica, una decisión de entrega.

Capítulo XVII. Los justificados: su vida por el Espíritu Santo

Romanos 8.1-11

La sucesión del capítulo octavo de la epístola después del séptimo es un estudio siempre interesante y fructífero. Nadie puede leer los dos capítulos sin sentir la fuerte conexión entre ellos, una conexión a la vez de contraste y de complemento. Grande es en verdad el contraste entre los párrafos 7.7-25 y el capítulo octavo. El severo análisis del primero, sin otro alivio que el fragmento de acción de gracias al final (y aun este va seguido en seguida de una nueva exposición del misterioso dualismo), es a las revelaciones y triunfos del segundo lo que una noche casi sin estrellas, sofocante y cargada de electricidad, es al esplendor de una mañana de pleno verano con un mañana todavía más glorioso por delante. Y hay complemento tanto como contraste. El día se relaciona con la noche que nos ha preparado para él como el hambre prepara para el alimento. Precisamente lo que faltaba en el pasaje anterior se suple abundantemente en el posterior. Allí no se oía el nombre del Espíritu Santo, «el Señor y dador de vida». Aquí el hecho y el poder del Espíritu Santo están presentes en todas partes, tan presentes que no hay otra porción de toda la Escritura, a menos que exceptuemos el discurso pascual del Redentor mismo, que nos presente tan gran riqueza de revelación sobre este preciosísimo tema. Y aquí hallamos el secreto que ha de «poner fin a la lucha» que acabamos de presenciar, y que tan bien conocemos en nuestra propia alma. Aquí está el camino de «cómo conducirnos y agradar a Dios» (1 Tesalonicenses 4.1) en nuestra vida justificada. Aquí está el camino para no ser, por así decirlo, víctimas del «cuerpo» y esclavos de «la carne», sino para «hacer morir las obras de la carne» en un ejercicio continuo de poder interior, y para «andar conforme al Espíritu». Aquí está el recurso con el cual podemos estar pagando para siempre con gozo «la deuda» de tal andar: dando a nuestro Señor redentor lo que se le debe, el valor de su compra, nuestra entrega voluntaria y amorosa, en la fuerza enteramente suficiente del «Espíritu Santo que nos fue dado».

Digna de notarse en verdad es la manera de introducir esta verdad gloriosa. No aparece sin preparación ni aviso; ya hemos oído del Espíritu Santo en la vida del cristiano, 5.5; 7.6. El agua celestial se ha visto y oído correr; como en una región de caliza el viajero puede ver y oír, por las grietas de los campos, las corrientes sepultadas pero vivas. Pero aquí la verdad del Espíritu, como esas corrientes que hallan por fin su salida al pie de algún acantilado áspero, se derrama a la luz y anima toda la escena. En tal orden y manera de tratarla hay una lección espiritual y también práctica. Se nos recuerda seguramente, en cuanto a las experiencias de la vida cristiana, que en cierto sentido poseemos al Espíritu Santo, sí, en su plenitud, desde la primera hora en que poseemos a Cristo. Se nos recuerda también que, por otra parte, es al menos posible que necesitemos comprender y usar de tal manera nuestra posesión del pacto, después de tristes experimentos en otras direcciones, que la vida sea desde entonces una nueva experiencia de libertad y de santo gozo. Se nos recuerda entretanto que tal «nuevo comienzo», cuando ocurre, es nuevo más de nuestro lado que del lado del Señor. El agua corría todo el tiempo bajo las rocas. La percepción y la fe, dadas por su gracia, no la han hecho venir de arriba, sino, por así decirlo, de adentro, liberando lo que estaba allí.

La lección práctica de esto es importante para el maestro y el pastor cristianos. Por un lado, que haga mucho caso, en sus instrucciones públicas y privadas, de la revelación del Espíritu. Que no deje lugar, en cuanto pueda, a la duda o al olvido en la mente de sus amigos acerca de la necesidad absoluta de la plenitud de la presencia y el poder del Santo, si la vida ha de ser verdaderamente cristiana. Que describa con tanta audacia y plenitud como la Palabra lo que la vida puede ser, debe ser, donde habita esa sagrada plenitud: cuán segura, cuán feliz por dentro, cuán servicial alrededor, cuán pura, libre y fuerte, cuán celestial, cuán práctica, cuán humilde. Que inste a los que todavía tienen que aprenderlo a aprender todo esto en su propia experiencia, reclamando de rodillas el poderoso don de Dios. Por otro lado, que cuide de no exagerar su teoría ni prescribir con demasiada rigidez los métodos de la experiencia. No todos los creyentes dejan de comprender y usar, en las primeras horas de su fe, la plenitud de lo que el pacto les da. Y donde esa comprensión llega después de nuestra primera visión de Cristo, como a tantos de nosotros nos llega, no siempre la experiencia y la acción son las mismas. Para uno es una crisis de conciencia memorable, un Pentecostés privado. Otro despierta como de un sueño para hallar el tesoro insospechado al alcance de su mano, oculto hasta entonces por nada más espeso que unas sombras. Y otro advierte que de algún modo, no sabe cómo, ha llegado a usar la presencia y el poder como poco antes no lo hacía; ha cruzado una frontera, pero no sabe cuándo.

En todos estos casos, entretanto, el hombre había poseído todo el tiempo, en un gran sentido, el gran don. En el pacto, en Cristo, era suyo. Al entrar por la fe penitente en el Señor, pisaba un terreno que, cosa maravillosa, era todo suyo. Y debajo de él corría, en aquel momento, el río del agua de la vida. Solo tenía que descubrirlo, sacar de él y aplicarlo.

Además, la relación que acabamos de indicar entre nuestra posesión de Cristo y nuestra posesión del Espíritu Santo es asunto de suma importancia, espiritual y práctica, presentado de manera destacada en este pasaje. A todo lo largo de la lectura del pasaje hallamos unidas inseparablemente las verdades del Espíritu y del Hijo. «La ley del Espíritu de vida» está ligada a «Cristo Jesús». El Hijo de Dios fue enviado a tomar nuestra carne, a morir como nuestra ofrenda por el pecado, para que «anduviéramos conforme al Espíritu». «El Espíritu de Dios» es «el Espíritu de Cristo». La presencia del Espíritu de Cristo es tal que, donde él mora, «Cristo está en ustedes». Aquí leemos a la vez una advertencia y una verdad de la más rica bendición positiva. Se nos advierte que recordemos que no hay un «evangelio del Espíritu» separable. Ni por un momento hemos de avanzar, por así decirlo, del Señor Jesucristo a una región más alta o más profunda gobernada por el Espíritu Santo. Todas las razones, los métodos y los resultados de la obra del Espíritu Santo están eterna y orgánicamente ligados al Hijo de Dios. Lo tenemos en absoluto porque Cristo murió. Tenemos vida porque él nos ha unido a Cristo vivo. Nuestra prueba experimental de su plenitud es que Cristo es todo para nosotros. Y hemos de guardarnos de cualquier exposición de su obra y su gloria que deje fuera, siquiera por un momento, estos hechos. Pero no solo hemos de guardarnos; hemos de regocijarnos en el pensamiento de que la poderosa e interminable obra del Espíritu se hace siempre toda en aquel campo sagrado, Cristo Jesús. Y cada día hemos de acudir al Dador de vida que mora en nosotros para que haga por nosotros su propia obra característica: que nos muestre «al Rey en su hermosura» y «llene de él los manantiales de nuestro pensamiento y nuestra voluntad».

Volvamos a la conexión de los dos grandes capítulos. Hemos visto cuán estrecha y fecunda es: el contraste y el complemento. Pero también es cierto, seguramente, que el capítulo octavo no es mera y solamente la contrapartida del séptimo. Más bien el octavo, aunque el séptimo le aplica un motivo especial, es también un repaso de todo el argumento anterior de la epístola, o más bien la corona de toda la estructura anterior. Comienza con una profunda reafirmación de nuestra justificación, punto no mencionado en 7.7-25. Lo hace usando una partícula de inferencia, «pues», ἄρα, con la cual, seguramente, nada de los versículos inmediatamente anteriores tiene relación. Y luego despliega no solo la aceptación presente y la libertad presente de los santos, sino también su asombroso futuro de gloria, ya indicado, especialmente en 5.2. Y sus acordes finales están llenos de la primera gran maravilla, nuestra aceptación: «A estos también justificó»; «Dios es el que justifica». Así nos abstenemos de tomar el capítulo 8 simplemente como sucesor y contrapartida del capítulo 7. Lo es en algunos grandes aspectos. Pero es más: es el punto de encuentro de todas las grandes verdades de la gracia que hemos estudiado, su encuentro en el mar de la santidad y la gloria.[119]

Al acercarnos al primer párrafo del capítulo, nos preguntamos cuál es en conjunto su mensaje, su verdadero envío. Es nuestra posesión del Espíritu Santo de Dios para fines de santa lealtad y santa libertad. El fundamento de ese hecho se indica una vez más en la breve afirmación de nuestra plena justificación en Cristo y de su sacrificio propiciatorio (v. 3). Luego, a partir de esas palabras, «en Cristo», abre esta amplia revelación de nuestra posesión, en nuestra unión con Cristo, del Espíritu que, habiéndonos unido a él, nos libera ahora en él, no solo de la condenación, sino del dominio del pecado. Si estamos de veras en Cristo, el Espíritu está en nosotros, mora en nosotros, y nosotros estamos en el Espíritu. Y así, poseídos y llenos por el bendito Poder, tenemos en verdad poder para andar y obedecer. Nada es mecánico, automático; seguimos siendo plenamente personas; Aquel que se anexa y posee nuestra personalidad no la viola ni por un momento. Pero sí la posee; y el cristiano, así poseedor y así poseído, no solo está obligado, sino capacitado, en una realidad humilde pero práctica, en una libertad desconocida de otro modo, para «cumplir la justa exigencia de la ley», para «agradar a Dios», en una vida vivida no para sí, sino para él.

Así, como veremos en detalle a medida que avancemos, el apóstol, aunque mantiene todavía firmemente la mano, por así decirlo, sobre la justificación, se ocupa ahora plenamente de su resultado, la santidad. Y explica este resultado no meramente como cuestión de sentimiento agradecido, fruto de la lealtad que se supone natural en el perdonado. Lo presenta como cuestión de poder divino, asegurado a ellos bajo el pacto de su aceptación.

¿No entraremos en nuestro estudio expositivo llenos de santa expectación, y con deseos indecibles despiertos, para recibir todas las cosas que en ese pacto son nuestras? ¿No recordaremos, en cada frase, que en ella Cristo habla por medio de Pablo, y nos habla a nosotros? Para nosotros también, como para nuestros antepasados espirituales, todo esto es verdad. Será verdad también en nosotros, como lo fue en ellos.

Seremos humillados tanto como alegrados; y así nuestra alegría será más sana. Hallaremos que, cualquiera que sea nuestro «andar conforme al Espíritu» y nuestro verdadero dominio sobre el pecado, todavía tendremos que habérnoslas con «las obras del cuerpo»: del cuerpo que todavía está «muerto a causa del pecado», que es «mortal», todavía no «redimido». Se nos recordará en la práctica, aun por las exhortaciones más gozosas, que la posesión y la condición personal son una cosa en el pacto y otra en la realización; que debemos velar, orar, examinarnos y negarnos a nosotros mismos si queremos «ser» lo que «somos». Sin embargo, todo esto no es sino el saludable accesorio del bendito tema principal de cada línea. Somos aceptados en el Señor. En el Señor tenemos al Espíritu eterno por nuestro Poseedor interior. Levantémonos, y «andemos humildemente», pero también con alegría, «con nuestro Dios».

San Pablo habla otra vez, quizá después de un silencio, y Tercio escribe por primera vez las palabras ahora inmortales y amadas. (v. 1) Ahora, pues, ninguna sentencia condenatoria hay, en vista de este gran hecho de nuestra redención, para los que están en Cristo Jesús.[120] «En Cristo Jesús»: unión misteriosa, hecho bendito, obrado por el Espíritu que nos unió, a nosotros pecadores, con el Señor.[121] (v. 2) Porque la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús[122] me libró, a mí, el hombre del conflicto que acaba de describirse, de la ley del pecado y de la muerte. La «ley», la voluntad preceptiva, que establece el pacto de bendición para todos los que están en Cristo, lo ha hecho libre. Por una paradoja extraña y fecunda, así lo entendemos, al evangelio —el mensaje que lleva consigo la aceptación, y también la santidad, por la fe— se le llama aquí una «ley». Porque, aunque es gracia gratuita para nosotros, es también ordenanza inamovible para Dios. La amnistía es su edicto. Es por estatuto celestial como los pecadores que creen poseen al Espíritu Santo al poseer a Cristo. Y aquí, con sublime brusquedad y franqueza, aquel gran don del pacto, el Espíritu, para el cual se dio el don de la justificación, se presenta como la característica y la corona del pacto. Es por el momento como si esto fuera todo: que «en Cristo Jesús» nosotros, yo, estamos bajo el fiat que nos asegura la plenitud del Espíritu. Y esta «ley», a diferencia de la severa «letra» del Sinaí, de hecho «me ha librado». Me ha dotado no solo de lugar, sino de poder, en el cual vivir emancipado de una ley rival, la ley del pecado y de la muerte. ¿Y cuál es esa «ley» rival? Nos atrevemos a decir que es la voluntad preceptiva del Sinaí: «Haz esto, y vivirás». Este es un dicho duro, porque en sí misma esa misma ley acaba de ser vindicada como santa, justa, buena y espiritual. Y solo unas líneas más arriba en la epístola hemos oído de una «ley del pecado» a la cual «sirve la carne». Y sin vacilar explicaríamos esta «ley» como idéntica a aquella de no ser por el versículo siguiente aquí, un contexto todavía más cercano, en el cual «la ley» es inconfundiblemente el código moral divino, considerado sin embargo como impotente. ¿No han de ser lo mismo esta y aquella? Y llamar a aquel código sagrado «la ley del pecado y de la muerte» no es decir que sea pecaminoso y mortífero. Solo necesita significar, y pensamos que significa, que es ocasión del pecado y orden de ejecución de la muerte, por el choque sin alivio de su santidad con la voluntad del hombre caído. Tiene que mandar; él, siendo lo que es, tiene que rebelarse. Él se rebela; ella tiene que condenar. Entonces viene su Señor a morir por él y a resucitar; y viene el Espíritu a unirlo con su Señor. Y ahora, de la ley que provoca a la voluntad impotente y culpable, y que reclama la muerte penal del pecador, he aquí que el hombre queda «libre». (v. 3) Porque —el proceso se explica ahora con amplitud— lo imposible de la ley —lo que no podía hacer, porque no era su función, a saber, capacitarnos a nosotros, pecadores, para guardar su precepto desde el alma—, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, encarnado, en nuestra misma naturaleza, bajo todas aquellas condiciones de la vida terrenal que para nosotros son vehículos y ocasiones del pecado, y como ofrenda por el pecado,[123] expiatoria y reconciliadora, condenó al pecado en la carne; no lo perdonó, nótese, sino que lo condenó. Ordenó su ejecución; mató su derecho y su poder para todos los que están en Cristo. Y esto «en la carne», haciendo de las condiciones terrenales del hombre el escenario de la derrota del pecado, para nuestro eterno aliento en nuestra «vida en la carne». ¿Y cuál fue el propósito y el resultado? (v. 4) Para que la justa exigencia (δικαίωμα) de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu; para que nosotros, aceptados en Cristo y usando el poder del Espíritu en el «andar» diario de las circunstancias y la experiencia, fuéramos liberados de la vida de la voluntad propia y respondiéramos a la voluntad de Dios con sencillez y gozo.

Tal era, y nada menos ni otra cosa, la «justa exigencia» de la ley: una obediencia no solo universal, sino cordial. Porque su primer requisito, «No tendrás dioses ajenos», significaba, en su corazón espiritual, el destronamiento del yo de su lugar central y la entronización allí del Señor. Pero esto nunca podía ser mientras hubiera todavía una cuenta sin saldar entre el hombre y Dios. Tenía que haber fricción mientras la ley de Dios permaneciera no solo violada, sino insatisfecha, sin expiación.[124] Y así permanecía necesariamente, hasta que la única Persona adecuada, una con Dios, una con el hombre, se puso en la brecha: nuestra paz, nuestra justicia, y también, por el Espíritu Santo, nuestra vida. En reposo a causa de su sacrificio, en acción por el poder de su Espíritu, somos libres ahora para amar, y capacitados divinamente para andar en amor. Entretanto, el sueño de una perfección sin pecado que pudiera presentar un derecho meritorio no tanto se niega cuanto se excluye, queda muy fuera de la cuestión. Porque la verdad central de la nueva posición es que EL SEÑOR ha tratado plenamente, por nosotros, con la exigencia de la ley de que el hombre merezca la aceptación. La «jactancia» queda inexorablemente «excluida», hasta el fin, de esta nueva clase de vida que cumple la ley. Porque el «cumplimiento» que significa satisfacción legal ha sido quitado para siempre de nuestras manos por Cristo, y solo es nuestro aquel humilde «cumplimiento» que significa una lealtad práctica tranquila, sin ansiedad, reverente y sin reservas. A esto es llevada ahora nuestra «mente», la inclinación y gravitación de nuestra alma, en la vida de la aceptación y en el poder del Espíritu. (v. 5) Porque los que son conforme a la carne, los hijos no cambiados de la vida del yo, piensan, «se ocupan de», tienen afinidad y trato moral con, las cosas de la carne; pero los que son conforme al Espíritu, piensan en las cosas del Espíritu, su amor, su gozo, su paz y todo aquel santo «fruto». Su vida liberada y portadora del Espíritu va ahora en esa dirección, por su verdadera inclinación. (v. 6) Porque la mente, la afinidad moral, de la carne, de la vida del yo, es muerte; implica la ruina del alma, en la condenación y en la separación de Dios; pero la mente del Espíritu, la afinidad que da al creyente el Santo que mora en él, es vida y paz; implica la unión con Cristo, nuestra vida y nuestra aceptación; es el estado del alma en que él se hace real. (v. 7) Por cuanto —este antagonismo absoluto de las dos «mentes» es tal porque— la «mente» de la carne es hostilidad personal (ἔχθρα) contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede sujetarse a ella; (v. 8) y los[125] que están en la carne, entregados a la vida del yo como a su ley, no pueden agradar a Dios,[126] «no pueden satisfacer el deseo» (ἀρέσαι) de Aquel cuyo derecho amoroso pero absoluto es ser Señor del hombre entero.

«No pueden»: es una imposibilidad moral. «La ley de Dios» es: «Me amarás con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo»; la mente de la carne es: «Amaré primero y más que nada a mi yo y su voluntad». Disfrácese esto como se quiera, aun ante el hombre mismo; siempre es lo mismo en su esencia. Puede significar una elección desafiante del mal abierto. Puede significar una preferencia sutil y casi evanescente de la literatura, o el arte, o el trabajo, o el hogar, a la voluntad de Dios como tal. Es en ambos casos «la mente de la carne», algo que no puede refinarse ni educarse hasta volverse santidad, sino que debe rendirse a discreción, como su enemigo eterno.

(v. 9) Mas ustedes (hay un énfasis gozoso en «ustedes») no viven según la carne, sino según el Espíritu, entregados a la Presencia que mora en ustedes como su ley y su secreto, si es que (εἴπερ: no sugiere recelos fatigosos, sino un verdadero examen) el Espíritu de Dios mora en ustedes; tiene su hogar en sus corazones, acogido humildemente para una residencia continua. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo (que es el Espíritu tanto del Padre como del Hijo, enviado por el Hijo para revelarlo e impartirlo), ese tal no es de él. Puede llevar el nombre de su Señor, puede ser exteriormente cristiano, puede gozar de los divinos sacramentos de la unión; pero no tiene «la cosa». El Espíritu, evidenciado por su santo fruto, no mora allí; y el Espíritu es nuestro lazo vital con Cristo. (v. 10) Pero si Cristo está, así por el Espíritu, en ustedes, morando por la fe en los corazones que el Espíritu ha «fortalecido» para recibir a Cristo (Efesios 3.16, 17), es cierto (μὲν) que el cuerpo está muerto a causa del pecado; la sentencia primitiva sigue su curso allí; el cuerpo sigue siendo mortal, es el cuerpo de la caída; mas el Espíritu[127] es vida; él está en ese cuerpo, su secreto de poder y de paz eternos, a causa de la justicia, a causa del mérito de su Señor, en el cual son aceptados, y que les ha ganado esta maravillosa vida del Espíritu.

Entonces, aun para el cuerpo está asegurado un futuro glorioso, orgánicamente uno con este presente vivo. Escuchemos cómo continúa: (v. 11) Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús, el Hombre inmolado, mora en ustedes, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús, el Hombre así revelado y glorificado como el Salvador ungido, vivificará también sus cuerpos mortales a causa de (διὰ τὸ κτλ[128]) su Espíritu que mora en ustedes. Ese «templo frágil», antes tan profanado y tan profanador, es ahora precioso para el Padre porque es la morada del Espíritu de su Hijo. Y no solo eso; ese mismo Espíritu que, al unirnos a Cristo, hizo efectiva nuestra redención, llevará con toda seguridad, por caminos que no conocemos, el proceso a su gloriosa corona, y será de algún modo la causa eficiente de «la redención de nuestro cuerpo».

Maravilloso es este rasgo profundo de la Escritura: su evangelio para el cuerpo. En Cristo, el cuerpo se ve como algo muy distinto del mero estorbo, o prisión, o crisálida del alma. Es su instrumento destinado, ¿no podemos decir sus poderosas alas en perspectiva, para la vida de gloria? Como invadido por el pecado, tiene que pasar o por la muerte o, en el regreso del Señor, por una transfiguración equivalente. Pero como creado en el plan de Dios para la naturaleza humana, es para siempre afín al alma, más aún, es necesario para la plena acción del alma. Y cualquiera que sea el modo misterioso (nos está absolutamente oculto hasta ahora) del suceso de la resurrección, esto sabemos, aunque no fuera sino por este oráculo: que la gloria del cuerpo inmortal tendrá profundas relaciones con la obra de Dios en el alma santificada. Ninguna mera secuencia material la producirá. Será «a causa del Espíritu»; y «a causa del Espíritu que mora en ustedes», como su poder para la santidad en Cristo.[129]

Así lee el cristiano la relación de su riqueza espiritual presente y de su vida venidera completa, «su perfecta consumación y bienaventuranza en la gloria eterna». Que la tome como suya, con la seguridad más humilde pero enteramente decidida, al mirar otra vez, y creer otra vez, en su Señor redentor. Para él, en su necesidad inexpresable, Dios se ha propuesto proveer «una salvación tan grande». Ha aceptado su persona en su Hijo, que murió por él. No solo lo ha perdonado por medio de aquel gran sacrificio, sino que en él ha «condenado», sentenciado a cadenas y muerte, su pecado, que ahora es cosa condenada, bajo sus pies, en Cristo. Y le ha dado, como habitante personal y perpetuo, para ser reclamado, saludado y usado por la fe humilde, su propio Espíritu eterno, el Espíritu de su Hijo, el Bendito que, morando infinitamente en la Cabeza, viene a morar plenamente en los miembros y hace maravillosamente una cosa a la Cabeza y a los miembros. Ahora, pues, que se entregue con gozo, acción de gracias y expectación al «cumplimiento de la justa exigencia de la ley de Dios», «andando conforme al Espíritu», con pasos que se alejen siempre del yo y vayan hacia la voluntad de Dios. Que haga frente al mundo, al diablo y a aquella misteriosa «carne» (siempre presentes en potencia) con nada menos que el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que se mantenga en pie, no como un combatiente derrotado y desilusionado, mutilado, medio cegado, medio persuadido a sucumbir, sino como quien pisa «toda fuerza del enemigo», en Cristo, por el Espíritu que mora en él. Y que reverencie su cuerpo mortal, aun mientras «lo pone en servidumbre», y mientras lo cansa de buena gana, o lo entrega a sufrir, por su Señor. Porque es templo del Espíritu. Es el cofre de la esperanza de gloria.

119 «En este capítulo incomparable, las diversas corrientes de los argumentos anteriores se encuentran y fluyen en un solo "río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero", hasta que parece perderse en el océano de una eternidad bienaventurada». David Brown, D.D., The Epistle to the Romans, en Handbooks for Bible Classes.

120 No puede haber duda razonable de que las palabras «los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» deben omitirse. Son probablemente una glosa tomada del v. 4, insertada (quizá primero como nota marginal) por copistas que no supieron apreciar la profunda sencillez del dicho del apóstol.

121 Así indicamos el pensamiento que da el «porque», de otro modo difícil, del v. 2. Ese «porque» no puede querer implicar que no hay condenación porque el Espíritu nos ha capacitado para ser santos; esto vendría a contradecir todo el argumento de los capítulos 3-5. Lo que, en ese contexto, debe implicar es el hecho complejo (1) de que estamos en Cristo, donde no hay condenación, y (2) de que estamos allí por el Espíritu Santo, que nos llevó a la fe salvadora. Ahora hemos de aprender (3) lo que ese Espíritu ha hecho también por nosotros al darnos la unión con Cristo.

122 Τοῦ πνεύματος τῆς ζωῆς ἐν Χριστῷ Ἰησοῦ. En el griego del Nuevo Testamento es posible interpretarlo así. El griego clásico requeriría τῆς ζωῆς τῆς ἐν Χ. Ἰ. Sin embargo, la traducción «la ley del Espíritu de vida, en Cristo Jesús» (haciendo que las tres últimas palabras rijan todo el pensamiento anterior) es ampliamente admisible.

123 Περὶ ἁμαρτίας: la frase lleva el sello de una especialidad sacrificial por el griego del Antiguo Testamento. Véase, por ejemplo, Levítico 16.3, 5, 6, 9, 11, 15, 16, 25, 27. Y compárese Hebreos 10.8.

124 «El camino del hombre perverso es torcido y extraño» (Proverbios 21.8; la Versión Revisada inglesa: «El camino del que está cargado de culpa es sumamente torcido»).

125 No traducimos el δέ. Parece representarse mejor uniendo la cláusula con lo anterior solo por su posición.

126 El griego pone un énfasis solemne, por su posición, en Θεῷ.

127 Referimos la palabra πνεῦμα aquí, como en todo el pasaje, al Espíritu Santo. Ninguna otra interpretación parece ni coherente con todo el contexto ni adecuada a su grandeza.

128 Leemos así, y no διὰ τοῦ κτλ («por medio de, por la acción de, su Espíritu»). Las dos lecturas tienen fuerte apoyo cada una, pero pensamos que el peso de la evidencia está a favor del acusativo y no del genitivo. Felizmente la diferencia exegética no es seria. El acusativo da en verdad un sentido que bien puede incluir el que da el genitivo, a la vez que incluye otras ideas.

129 Sabemos que el v. 11 se ha interpretado a veces de bendiciones presentes para el cuerpo; como si la plenitud del Espíritu Santo hubiera de efectuar ahora una cuasi glorificación de la condición del cuerpo, eximiéndolo de la enfermedad y al menos retardando su decadencia. Pero esto parece insostenible. Si las palabras apuntaran en esa dirección, ¿no deberían significar una exención literal de la muerte por completo? Pero esto manifiestamente no estaba en la mente del apóstol, si tomamos sus escritos en conjunto. Que las bendiciones espirituales pueden obrar, y a menudo obran, maravillosamente en la vida del cuerpo, es muy cierto. Pero esa no es la verdad de este versículo.

Capítulo XX. El doloroso problema: la incredulidad judía; la soberanía divina

Romanos 9.1-33

Bien podemos pensar que otra vez hubo silencio por un rato en aquel aposento de Corinto, cuando Tercio hubo escrito debidamente las últimas palabras que hemos estudiado. Un «silencio en el cielo» sigue, en el Apocalipsis (8.1), a la visión de las blancas huestes de los redimidos, reunidas al fin, en su júbilo eterno, delante del trono y del Cordero. Un silencio en el alma es la continuación inmediata más apropiada de una revelación de gracia y de gloria como la que ha pasado aquí ante nosotros. ¿Y no guardaría silencio, cuando hubo terminado, el hombre cuya tarea fue pronunciarla, y cuya experiencia personal fue, por así decirlo, el alma que dio forma a todo el argumento de la epístola desde el principio, y no menos a este último himno sagrado de la fe, acallado y cansado por este «excelente peso» de gracia y de gloria?

Pero tiene mucho más que decir a los romanos, y a su debido tiempo la pluma obedece otra vez a la voz. ¿Cuál será el tema siguiente? Será un contraste conmovedor y significativo con el anterior: un lamento, una discusión, una instrucción, y luego una profecía, no acerca de sí mismo y de sus felices compañeros santos, sino acerca del pobre Israel, cegado por sí mismo e incrédulo.

La aparición de este tema precisamente aquí es fiel a la naturaleza más íntima del evangelio. El apóstol acaba de contar la riqueza de la salvación y de reclamarla toda, como propiedad presente y eterna, para sí y para sus hermanos en el Señor. La justicia que justifica, la libertad del pecado en Cristo, el Espíritu que mora en nosotros, el amor que elige, la gloria venidera y segura: todo ha sido enumerado, afirmado y abrazado. ¿Es egoísta este gran gozo de la posesión y la perspectiva? Que lo digan los que solo ven estas cosas desde afuera. Prueben lo que son en su interior, entren en ellas, aprendan por sí mismos lo que es tener paz con Dios, recibir el Espíritu, esperar la gloria eterna; y hallarán que nada ensancha con tanta seguridad el corazón hacia los demás hombres como la recepción personal en él de la verdad y la vida de Dios en Cristo. Es posible sostener un credo verdadero y ser espiritualmente duro y egoísta. Pero ¿es posible serlo cuando no solo se sostiene el credo, sino que se recibe con asombro y gran gozo a su Señor, su corazón y su vida? El hombre cuyas certezas, cuyas riquezas, cuya libertad, están todas conscientemente en él, no puede menos que amar a su prójimo y anhelar que también él entre en «la comunión íntima de Jehová».

Así san Pablo, precisamente en este punto de la epístola, se vuelve con una intensidad peculiar de dolor y anhelo hacia el Israel al que una vez había dirigido y al que ahora había dejado, porque no quisieron venir con él a Cristo. Sus simpatías naturales y espirituales se dirigen por igual a este pueblo que se aflige a sí mismo, tan privilegiado, tan divinamente amado, y ahora tan ciego. ¡Oh, si pudiera ofrecer algún sacrificio que los trajera reconciliados, humillados y felices a los pies del verdadero Cristo! ¡Oh, si vieran la falacia de su propio camino de salvación y se sometieran al camino de Cristo, tomando su yugo y hallando descanso para sus almas! ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no brilla sobre ellos la luz que lo convenció a él? ¿Por qué no dice todo el Sanedrín: «Señor, ¿qué quieres que hagamos?»? ¿Por qué la hermosura del Hijo de Dios no les hace también a ellos «estimar todas las cosas como pérdida» por él? ¿Por qué las voces de los profetas no les resultan, como ahora a Pablo, absolutamente convincentes de los derechos históricos y espirituales del Hombre del Calvario? ¿Ha fallado la promesa? ¿Ha terminado Dios con la raza a la que garantizó tal perpetuidad de bendición? No, eso no puede ser. Mira otra vez, y ve en todo el pasado una larga advertencia de que, si bien un círculo exterior de beneficios podía alcanzar a la nación, el círculo interior, la luz y la vida de Dios en verdad, abarcaba solo «un remanente»; desde el día mismo en que Isaac, y no Ismael, fue hecho heredero de Abraham. Y luego medita en el misterio impenetrable de la relación de la Voluntad infinita con las voluntades humanas; recuerda cómo, de una manera cuyas razones completas son incognoscibles (pero son buenas, porque están en Dios), la Voluntad infinita tiene que ver con nuestro querer, por genuino y responsable que sea nuestro querer. Y ante aquel velo opaco descansa. Sabe que detrás de él no hay sino justicia y amor; pero sabe que es un velo, y que delante de él el pensamiento del hombre ha de cesar y callar. El pecado es enteramente culpa del hombre. Pero cuando el hombre se aparta del pecado, todo es misericordia de Dios, gratuita, especial, distintiva. Calla y confía en él, oh hombre a quien él ha hecho. Recuerda que él te ha hecho. No es solo que sea mayor que tú, o más fuerte; sino que te ha hecho. Ten la razonable disposición de confiar, sin verlas, en las razones de tu HACEDOR.

Luego se vuelve otra vez, con nuevos pesares y anhelos, al pensamiento de aquel maravilloso evangelio que estaba destinado a Israel y al mundo, pero que Israel rechazó, y que ahora quisiera detener en su camino hacia el mundo. Por último, evoca el futuro, todavía lleno de promesas eternas para la raza escogida, y por medio de ella lleno de bendición para el mundo; hasta que se eleva por fin de la perplejidad y la angustia, y de la ruina de expectativas antes ansiosas, a aquella gran doxología en la que bendice al Soberano eterno por el misterio mismo de sus caminos, y lo adora porque él es su propio fin eterno.

(v. 1) Verdad digo en Cristo, hablando como miembro del Todo Veraz; no miento, y mi conciencia, en el Espíritu Santo, informada y gobernada por él, me da testimonio —el alma, por dentro, afirmándose a sí misma la palabra dicha por fuera a otros— (v. 2) de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón; sí, el corazón en el cual (5.5) el Espíritu ha «derramado» el amor y el gozo de Dios; hay lugar para ambas experiencias en sus profundidades humanas. (v. 3) Porque deseaba yo mismo ser anatema, separado de Cristo, ser entregado a la separación eterna de él: terrible sueño del sacrificio extremo, que solo se hace imposible porque significaría robarse a sí mismo al Señor que lo había comprado, un suicidio espiritual por el pecado; por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; (v. 4) que son (οἵτινές εἰσιν) israelitas, portadores del glorioso nombre teocrático, hijos del «Príncipe con Dios» (Génesis 32.28); de los cuales son la adopción, el llamamiento a ser la raza filial propia de Jehová, «su hijo, su primogénito» (Éxodo 4.22) entre los pueblos; la gloria, la Shejiná de la Presencia eterna, vista sacramentalmente en el tabernáculo y en el templo, extendida espiritualmente sobre la raza; los pactos, con Abraham, e Isaac, y Leví, y Moisés, y Aarón, y Finees, y David; la promulgación de la ley, el santo código moral; el culto, con su simbolismo ordenado divinamente, aquella vasta parábola de Cristo; y las promesas, de «la tierra deseable», del favor perpetuo y del Señor que había de venir; (v. 5) de quienes son los patriarcas, patriarcas, sacerdotes y reyes; y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.[152]

Es en verdad una espléndida lista de honores, recitada sobre esta raza «separada entre las naciones», una raza que hoy, tanto como siempre, sigue siendo el enigma de la historia, que solo la revelación puede resolver. «Los judíos, Majestad», fue la respuesta del viejo cortesano creyente de Federico el Grande, cuando este le pidió con una sonrisa las credenciales de la Biblia; la breve respuesta hizo callar al rey enciclopedista. Es en verdad un acertijo hecho de hechos indisolubles este pueblo disperso por todas partes, y sin embargo en todas partes singular; escribas de un libro que ha influido profundamente en la humanidad, y que las razas más diversas reconocen como augusto y legítimo aspirante a ser divino, y sin embargo ellos mismos, en tantos aspectos, provincianos hasta la médula; historiadores de sus propias glorias, pero al menos igualmente de su propia indignidad y deshonra; transmisores de predicciones que pueden menospreciarse, pero que nunca, en conjunto, pueden explicarse de modo que desaparezcan, y sin embargo obstinados negadores de su majestuoso cumplimiento en el Señor de la cristiandad; humanos en toda falta e imperfección, y sin embargo tan ocupados en traer al hombre el mensaje de lo divino que Jesús mismo dijo de ellos (Juan 4.22): «La salvación viene de los judíos». Sobre esta raza maravillosa fija aquí sus ojos, llenos de lágrimas, este su miembro más ilustre (después de su Señor). Ve pasar ante sí sus glorias, y luego comprende la miseria y la degradación espirituales de su rechazo del Cristo de Dios. Gime, y en verdadera agonía pregunta cómo puede ser. Una sola cosa no puede ser: las promesas no han fallado; no ha habido fallo alguno en el Promitente, en el que promete. Lo que puede parecer tal es más bien una mala lectura de la promesa por parte del hombre.

(v. 6) No que la palabra de Dios haya fallado (ἐκπέπτωκε), aquella «palabra» cuya honra divina le era más querida aún que la de su pueblo. Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas; (v. 7) ni por ser descendientes de Abraham son todos sus hijos, en el sentido de la vida y los derechos de familia; sino: «En Isaac te será llamada descendencia» (Génesis 21.12): Isaac, y no cualquier hijo engendrado de tu cuerpo, es el padre de aquellos a quienes reclamarás como tu raza del pacto. (v. 8) Esto es: no los que son hijos según la (τῆς) carne son los hijos de (τοῦ) Dios; sino que los que son hijos según la promesa, indicados y limitados por sus términos desarrollados, son contados como descendientes. (v. 9) Porque la palabra de la promesa es esta (Génesis 18.10, 14): «Por este tiempo vendré, y Sara, ella y no cualquier esposa tuya, ni Agar ni Cetura, sino Sara, tendrá un hijo». Y la ley de las limitaciones no se detuvo allí, sino que estrechó todavía más la corriente aun de la filiación física: (v. 10) Y no solo esto, sino también cuando Rebeca concibió, concibió gemelos, de uno, sin que aquí se presentara problema alguno de paternidad compleja, como con Abraham, de Isaac nuestro padre, recién nombrado como el heredero escogido; (v. 11) (pues fue no habiendo aún nacido, ni habiendo hecho aún (πραξάντων τι) ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, único y soberano, (v. 12) no por las obras, sino enteramente por el que llama), se le dijo (Génesis 25.23): «El mayor servirá al menor». Como está escrito, en el mensaje del profeta un milenio después: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí»,[153] lo rechacé como heredero.

Así el límite ha corrido siempre junto con la promesa. Ismael es hijo de Abraham, y sin embargo no es su hijo. Esaú es hijo de Isaac, y sin embargo no es su hijo. Y aunque descubrimos en Ismael y en Esaú, a medida que crecen, características que pueden parecer explicar la limitación, esto no basta en realidad. Porque el escogido en cada caso tiene también sus llamativas características desfavorables. Y todo el tono del relato (por no hablar de esta su interpretación apostólica) mira hacia el misterio, no hacia la explicación. La «profanidad» de Esaú fue la ocasión concurrente, no la causa, de la elección de Jacob. La razón de la elección estaba en las profundidades de Dios, aquel mundo «oscuro por exceso de luz». Allí todo está bien, pero no por eso está menos desconocido.

Así somos llevados hasta la puerta cerrada del santuario de la elección de Dios. Tócala: es de diamante, y está firmemente cerrada con llave. Ningún destino ciego ha dado vuelta a la llave y la ha perdido. Ningún tirano inaccesible está sentado adentro, jugando consigo mismo ambos lados de un juego del destino, indiferente al clamor del alma. El portador de la llave, cuyo nombre está grabado en el pórtico, es «el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1.18). Y si escuchas, oirás palabras adentro, como la voz suave y profunda de muchas aguas, pero de un corazón eterno: «Yo soy el que soy; quiero lo que quiero; confía en mí». Pero la puerta está cerrada; y la voz es misterio.

¡Ah, qué agonías se han sentido en almas humanas cuando los hombres han mirado aquella puerta y han meditado en el interior desconocido! El Eterno conoce, con bondad y simpatía infinitas, el dolor indecible que puede asaltar a la criatura cuando lucha con su eternidad y trata de abarcarla con ambas manos y de decir: «¡Eso es todo!». No hallamos en la Escritura, seguramente, nada parecido a un anatema por aquel terrible sentimiento de lo desconocido que puede cernirse sobre el alma atraída —irresistiblemente, según parece a veces— a los problemas de la elección de Dios, y oprimida como «con el peso de todos los mares», por las mismas preguntas que el apóstol plantea aquí en seguida. El Señor conoce, no solo su voluntad, sino nuestro corazón en estos asuntos. Y donde se niega enteramente a explicar (seguramente porque todavía no tenemos edad para entenderlo si lo hiciera), nos muestra sin embargo a JESÚS, y nos pide que hagamos frente al silencio del misterio con el silencio de una confianza personal en el carácter personal revelado en él.

¿Nos acercaremos con algo de esta quietud al párrafo que sigue? ¿Escucharemos, no para explicar de modo que desaparezca, ni siquiera para explicar demasiado, sino para someternos, con una sumisión que no sea resentimiento reprimido, sino confianza total? Hallaremos que todo el asunto, en su aspecto práctico, tiene una voz bastante articulada para el alma que ve a Cristo y cree en él. Dice a esa alma: «¿Quién te distingue? ¿Quién te ha formado para honra? ¿Por qué no estás ahora, como antes, rechazando culpablemente a Cristo, o, lo que es lo mismo, aplazándolo? Da gracias a ÉL, que te ha "forzado a entrar", aunque sin violentarte. Ve en tu elección de él su misericordia para contigo. Y ahora cae a sus pies, para bendecirlo, servirlo y confiar en él. Piensa mal de ti mismo. Piensa con reverencia de los demás. Y recuerda (el Infinito, que te ha escogido, lo dice) que no quiere la muerte del pecador, que amó al mundo, que te pide que le digas que lo ama, que le digas que él es amor».

Ahora escuchamos. Con una mirada que habla de temor reverente, pero no de recelo, que descubre tempestades pasadas de duda, pero ahora un reposo de fe, el apóstol dicta otra vez:

(v. 14) ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en el tribunal de Dios (παρὰ τῷ Θεῷ)? En ninguna manera. La cosa es, en el sentido más profundo, impensable. Dios, el Dios de la revelación, el Dios de Cristo, es un Ser que, si fuera injusto, dejaría de ser, «se negaría a sí mismo». Pero el pensamiento de que sus razones para alguna acción dada sean, al menos para nosotros ahora, un misterio absoluto, siendo él la Personalidad infinita, no es en absoluto impensable. Y en tal caso no es irrazonable, sino la razón más profunda, no pedir más que su garantía articulada, por así decirlo, de que el misterio es un hecho; de que él es consciente de él, sensible a él (hablando humanamente); y de que lo declara como su voluntad. Porque cuando DIOS, el Dios de Cristo, nos pide que «aceptemos su palabra», es cosa distinta de un intento, por poderoso que sea, de asustarnos hasta hacernos callar. Es un recordatorio de QUIÉN es el que habla: el Ser que es afín a nosotros, que está en relación con nosotros, que nos amó, pero que también nos ha hecho absolutamente, y no puede (porque somos puros productos de su voluntad) hacernos tan iguales a él como para decírnoslo todo. Así prosigue el apóstol con un «porque» cuyo alcance ya hemos indicado: (v. 15) Pues a Moisés dice (Éxodo 33.19), en el oscuro santuario del Sinaí: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca»; mi explicación de mi acción salvadora se detendrá ahí. (v. 16) Así que (ἄρα) no depende, la explicación última de la salvación, del (como el efecto depende «de» la causa primera) que quiere, ni del que corre, el que lleva el querer a la obra, sino de Dios que tiene misericordia. (v. 17) Porque la Escritura[154] dice (Éxodo 9.16) a Faraón, aquel gran ejemplo del pecado humano desafiante, real y culpable, pero también, concurrentemente, de la elección soberana que lo sentenció a seguir su propio camino y lo usó como faro al final de él: «Para esto mismo te he levantado, te he hecho estar en pie, aun bajo las plagas, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre, como del Dios justo que abate a los soberbios, sea anunciado (διαγγελῇ) por toda la tierra».

El de Faraón fue un caso de fenómenos concurrentes. Por un lado había allí un hombre que luchaba voluntaria, deliberada y culpabilísimamente contra el bien, y que justamente traía la ruina sobre su propia cabeza, enteramente por sí mismo. Por otro lado estaba allí Dios, haciendo de ese hombre un monumento, no de gracia, sino de juicio. Y ese lado, esa línea, se aísla aquí y se trata como si fuera todo.

(v. 18) De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece, en aquel sentido en que «endureció el corazón de Faraón», «lo hizo obstinado» (חזק), «lo hizo pesado» (כבד), «lo hizo duro» (קשׁה), sentenciándolo a seguir su propio camino. Sí,[155] así «parece». Y más allá de esa deducción no podemos dar paso alguno del pensamiento sino este: que el sujeto de aquella misteriosa «voluntad», AQUEL que así «quiere», y «tiene misericordia», y «endurece», no es otro que el Dios de Jesucristo. A ÉL podemos, no solo someternos, sino confiarnos, en aquella soberanía incognoscible de su voluntad. Pero escuchen la pregunta que expresa el problema de todos los corazones: (v. 19) Pero me dirás: ¿Por qué, pues, después de tal declaración de su soberanía, ablandando este corazón, endureciendo aquel, ¿por qué inculpa todavía? ¡Ah!, ¿por qué? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Más aún: ustedes han resistido su voluntad, y yo también. Ni una palabra del argumento ha contradicho el hecho primario de nuestra voluntad, ni por tanto nuestra responsabilidad. Pero esto no lo introduce aquí). Más bien, en vez de tomar tal actitud de lógica estrecha e impotente, piensa más hondo: (v. 20) Mas antes, oh hombre, oh mero ser humano (ὦ ἄνθρωπε), tú, ¿quién eres para que alterques con tu (τῷ) Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? (v. 21) ¿O no tiene potestad el alfarero sobre su (τοῦ) barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? (v. 22) ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su (τὴν) ira y hacer notorio su poder... ¿qué seguirá diciendo san Pablo? ¿Que el Eterno, «queriéndolo» así, creó seres responsables a propósito para destruirlos, les dio personalidad y luego los obligó a transgredir? No, no dice eso. La ilustración severamente sencilla, en sí misma una de las expresiones menos atenuadas de toda la Escritura —¡aquel temible Alfarero y su barro amasado!—, cede el paso, en su aplicación, a una exposición de la obra de Dios en el hombre llena de significado en su variación. Aquí siguen estando en verdad los «vasos»; y los vasos «para honra» lo son por «misericordia», y su propia mano los ha «preparado para gloria». Y allí están los vasos «para deshonra», y en un sentido de terrible misterio lo son a causa de la «ira». Pero la «ira» del Santo solo puede caer sobre el demérito; de modo que estos «vasos» han merecido su desagrado por sí mismos. Y están «preparados para destrucción»; pero ¿dónde se menciona su mano preparándolos? Y entretanto «los soporta con mucha paciencia». El misterio está ahí, impenetrable como siempre, cuando tratamos de penetrar detrás de «su voluntad». Pero por todos lados está limitado y matizado por hechos que dan testimonio de la compasión del Soberano infinito aun en sus juicios, y nos recuerdan que el pecado procede enteramente «de» la criatura. Así tomamos las palabras donde las dejamos arriba: ¿y qué, si soportó (el tiempo verbal nos lanza hacia la eternidad, para mirar desde allí hacia atrás sus caminos en el tiempo) con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción? Y obró de otro modo con otros, (v. 23) para hacer notorias las riquezas de su gloria, los recursos de su carácter más íntimo, derramados sobre los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, por los procesos de la gracia que justifica y santifica; (v. 24) a los cuales de hecho (καὶ) llamó, eficazmente, en su conversión, esto es, a nosotros, no solo de los judíos, sino también de los gentiles. Porque, aunque aquí está primero a la vista el Israel según el linaje, con su privilegio y su aparente fracaso, detrás de él está el fenómeno del «Israel de Dios», los herederos de los padres nacidos del cielo, una raza no de sangre, sino del Espíritu. La gran promesa, todo el tiempo, había apuntado hacia ese Israel como su meta final; y ahora da pruebas de los profetas de que esta intención estuvo al menos a medio revelar a todo lo largo de la línea de la revelación.

(v. 25) Como también (καὶ) en nuestro (τῷ) Oseas (2.23; en hebreo, 25), en el libro que conocemos con ese nombre, dice: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada.[156] (v. 26) Y (otro oráculo de Oseas,[157] en línea con el primero) en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente». En ambos lugares la primera aplicación de las palabras es a la restauración de las diez tribus a las bendiciones del pacto. Pero el apóstol, en el Espíritu, ve una referencia última y plena a una aplicación más vasta del mismo principio: la incorporación al pacto y a la bendición de los rebeldes y desterrados de toda la humanidad.

Entretanto, los profetas que predicen aquella gran cosecha indican con igual solemnidad el fracaso espiritual de todos los herederos de la promesa según el linaje, salvo una fracción. (v. 27) También Isaías clama tocante a[158] Israel: «Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo; (v. 28) porque como quien completa y abrevia hará el Señor su obra (λόγον, דבר) sobre la tierra».[159] Aquí otra vez hay una primera y una segunda aplicación de la profecía. En cada etapa de la historia del pecado y de la redención, el apóstol, en el Espíritu, ve un embrión del gran desarrollo. Así, en el número tristemente limitado de los desterrados que volvieron del antiguo cautiverio ve una profecía encarnada de cuán pocos de los hijos de Israel volverán del destierro de la incredulidad a su verdadero Mesías. (v. 29) Y como antes dijo (προείρηκεν) Isaías (1.9), así es: «Si el Señor de los ejércitos (Σαβαώθ, צבאות) no nos hubiera dejado descendencia,[160] como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes».

Tal era el misterio de los hechos, tanto en la historia antigua como en la posterior de Israel. Un remanente, siempre un remanente, no las masas, entró en una herencia de tan amplia provisión y tan sinceramente ofrecida. Y detrás de esto estaba la sombra insoluble dentro de la cual se oculta la relación de la Voluntad infinita con las voluntades de los hombres. Pero también, delante del fenómeno, oculto por ninguna sombra salvo la que proyecta el pecado humano, el apóstol ve y registra las razones, tal como residen en la voluntad humana, de esta «salvación de un remanente». Las promesas de Dios, todo el tiempo, y supremamente ahora en Cristo, habían estado condicionadas (estaba en la naturaleza de las cosas espirituales que así fuera) por la sumisión a su manera de cumplirlas. El don de oro estaba allí, en la más generosa de las manos, extendida para dar. Pero solo podía ponerse en una mano receptora, abierta y vacía. Solo podía tomarse por una fe sumisa y olvidada de sí misma. Y el hombre, en su caída, había torcido su voluntad hasta sacarla de su engranaje para tal acción. ¿Era de extrañar que, por su propia culpa, dejara de recibir? (v. 30) ¿Qué, pues, diremos?[161] Que los gentiles, que no (τὰ μὴ) iban tras la justicia, aunque ningún oráculo los había puesto en la pista de una verdadera aceptación y salvación divinas, han alcanzado la justicia, la asieron una vez revelada, es decir,[162] la justicia que es por fe; (v. 31) mas Israel, que iba tras una ley de justicia, apuntando a lo que es, para el hombre caído, la meta imposible, un cumplimiento perfecto del único principio de aceptación de la ley, «Haz esto, y vivirás», no la alcanzó[163]; es decir, en la práctica, al repasar ahora su historia de esfuerzos vanos en la línea del yo, no alcanzaron la aceptación a la cual esa ley había de ser la avenida. El fariseo como tal, el fariseo Saulo de Tarso por ejemplo, ni tenía paz con Dios, ni se atrevía a pensar en lo hondo de su alma que la tenía. Sabía lo bastante del ideal divino para estar desesperadamente inquieto acerca de su realización. Podía decir con bastante rigidez: «Dios, te doy gracias» (Lucas 18.11, 14); pero «descendía a su casa» desdichado, insatisfecho, no justificado. (v. 32) ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras[164]; en el sueño inquieto de que el hombre debía, y podía, acumular mérito hasta tener un derecho válido. Tropezaron[165] en la piedra de (τοῦ) tropiezo, (v. 33) como está escrito (Isaías 8.14; 28.16), en un pasaje donde está a la vista la gran promesa perpetua, y donde se ve al pueblo ciego rechazarla como apoyo, a favor de la política o del formalismo: He aquí pongo en Sion, en el centro mismo de la luz y el privilegio, piedra de tropiezo y roca de caída; y el que[166] creyere en él (o quizá, en ella), el que descansa en ella, en él (ἐπ' αὐτῷ), no será avergonzado.

Al menos un gran rabino, Rashí, del siglo duodécimo, da testimonio del sentir de la iglesia judía sobre el significado de aquella roca mística. «He aquí —así dice su interpretación— he establecido un Rey, el Mesías, que será en Sion una piedra de prueba».

¿Se verificó jamás una profecía más profundamente en los hechos? No solo para el Israel según el linaje, sino para el hombre, el Rey Mesías es, como siempre, la piedra o de tropiezo o de fundamento. Es, como siempre, «señal que será contradicha». Es, como siempre, la Roca de los siglos, donde el pecador creyente se esconde, descansa y edifica,

«debajo de la marca de las tormentas del cielo,
encima de la marca de las crecidas del abismo».

¿Hemos sabido lo que es tropezar en él? «No queremos que este reine sobre nosotros»; «Jamás hemos sido esclavos de nadie; ¿quién es este para hacernos libres?». ¿Y somos ahora levantados por una mano de bondad omnipotente a un lugar hondo en sus hendiduras, seguro en su cumbre, «no sabiendo nada», para la paz de la conciencia, la satisfacción del pensamiento, la liberación de la voluntad, la abolición de la muerte, «sino a Jesucristo, y a este crucificado»? Entonces pensemos con simpatía siempre humilde en los que, por cualquier razón, todavía «abandonan su misericordia» (Jonás 2.8). Y digámosles dónde estamos, y cómo estamos aquí, y que «el terreno es bueno». Y para nosotros mismos, para hacerlo mejor, leamos a menudo otra vez la sencilla y firme seguridad que cierra este capítulo de misterios: «El que creyere en él no será avergonzado»; «no será defraudado»; «no se apresurará», según la vívida frase del hebreo mismo. No, no nos «apresuraremos». De aquel lugar seguro nunca habrá que batirse en retirada apresurada. Aquella fortaleza no puede ser tomada por asalto; no puede ser sorprendida; no puede desmoronarse. Porque «ES ÉL»: el Hijo, el Cordero de Dios; la justicia eterna del pecador, la fuente infalible de paz, pureza y poder del creyente.

Nota aparte a Romanos 9.5

Lo que sigue se transcribe, con algunas modificaciones, del comentario del autor sobre la epístola en The Cambridge Bible:

«[El cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.] El griego puede traducirse, con mayor o menor facilidad: (1) como en la Versión Autorizada; o (2) "el cual es Dios sobre todas las cosas", etc.; o (3) "bendito sea por los siglos el que es Dios sobre todas las cosas" (es decir, el Padre eterno)... Si adoptamos (3), entendemos que el apóstol es llevado, por la mención de la encarnación, a pronunciar una súbita y solemne doxología al Dios que dio esa misericordia suprema. A favor de esto se alega (por algunos comentaristas enteramente ortodoxos, como H. A. W. Meyer) que san Pablo en ninguna otra parte llama al Señor simplemente "Dios", sino más bien "el Hijo de Dios", etc. Con esto no quieren restar nada a la deidad del Señor; pero sostienen que san Pablo siempre expone esa deidad, bajo la guía divina, de modo que marca la "subordinación del Hijo", subordinación que no es diferencia de naturaleza, poder o eternidad, sino de orden; precisamente la que marcan las palabras sencillas pero profundas PADRE e HIJO.

»Pero por otra parte está Tito 2.13, donde el griego es (al menos) perfectamente capaz de la traducción "nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo". [Está Hechos 20.28, donde la evidencia es muy fuerte a favor de la lectura, conservada en el texto de la Versión Revisada, "la iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre". Y si ha de entenderse que san Juan refiere las palabras con exactitud, en su relato de la resurrección, en un incidente cuyo sentido está profundamente ligado a la precisión verbal, tenemos a uno de los primeros apóstoles, dentro de los ocho días de la resurrección, dirigiéndose al Señor resucitado (Juan 20.28) como "Dios mío". (Llamamos la atención sobre esto frente a la afirmación de que solo los desarrollos más tardíos de la inspiración, representados por ejemplo en el prólogo de san Juan a su Evangelio, nos muestran a Cristo llamado explícitamente Dios)].

»Si... es divinamente verdad que "el VERBO ERA DIOS", ciertamente no es de extrañar que aquí y allá, en conexiones peculiares, [san Pablo] hable así de Cristo, aunque fuera guiado a mantener habitualmente a la vista otra fase de la verdad.

»Ahora bien, fuera de toda duda razonable, el griego aquí se traduce con toda naturalidad como en la Versión Autorizada; de no haber sido por la controversia histórica, probablemente no se habría sugerido ninguna otra traducción. Y por último, lo que es importante, el contexto sugiere mucho más un lamento (por la caída de Israel) que una atribución de alabanza. Y lo más significativo de todo: sugiere expresamente *alguna alusión explícita a la naturaleza sobre*humana de Cristo, por las palabras "según la carne". Pero si hay tal alusión, ha de estar en las palabras "sobre todas las cosas, Dios"».

Puede ser interesante añadir la siguiente nota de Franz Delitzsch (Brief an die Römer in das Hebräische übersetzt und aus Talmud und Midrasch erläutert, Leipzig, 1870, p. 89):

«Cristo, según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por la eternidad. Precisamente porque es Dios y hombre en una sola persona. Él es el otro David (דוד אחר), y es Jehová justicia nuestra (יהוה צדקנו, Jeremías 23.6). También el Midrash Mishlé, sobre Proverbios 19.21, enumera ה׳ צדקנו junto a דוד entre los nombres del Mesías, y también en otros lugares el Talmud y el Midrash atestiguan que el Mesías se llama יהוה; porque "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo". Pablo no dice en el fondo otra cosa que Isaías 9.5, donde la traducción bíblica de Zunz, honrando la verdad exegética, traduce: "Se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz". El Mesías es y se llama אל גבור y אבי־עד; así pues, aunque no האלהים, sí אלהים (אל) לעולמים».

Delitzsch traduce así el final de 9.5:

וַאֲשֶׁר מֵהֶם יָצָא הַמָּשִׁיחַ לְפִי בְשָׂרוֹ אֲשֶׁר הוּא אֵל עַל־הַכֹּל מְבֹרָךְ לְעוֹלָמִים אָמֵן

152 Sobre esta traducción, en vez de la alternativa «Bendito por siempre sea el Dios que está sobre todas las cosas», véanse las razones dadas en la nota aparte a 9.5, al final de este capítulo.

153 Malaquías 1.2, 3. Es claro que «aborrecer» en tal conexión (compárese Mateo 6.24; Lucas 14.26) no necesita significar más que un rechazo relativo. No se trata de animosidad personal alguna, sino de un rechazo decisivo de un derecho rival. Véase Grimm, N. T. Lexicon (Thayer), s. v. μισεῖν.

154 Obsérvese la vital personalidad de la frase: «la Escritura dice». Compárese Gálatas 3.8, quizá el ejemplo más fuerte de esta clase.

155 Compárese Salmo 81.12, y arriba, 1.24, 26.

156 En el hebreo, literalmente, «tendré misericordia de la que no obtuvo misericordia» (femenino, del pueblo o iglesia idealizados; así en el griego aquí, ἠγαπημένην). La «misericordia» divina es más que «pariente» del «amor» divino.

157 1.10 (en hebreo, 2.1).

158 Ὑπέρ: con el pensamiento de un lamento sobre los arruinados. La preposición aparece aquí en su sentido original y literal.

159 Isaías 10.22, 23; quizá con una inserción de la frase «el número de», tomada de Oseas 1.10. En cuanto a la redacción, cita libremente del hebreo, más de cerca de la LXX. Pero la sustancia es idéntica comparada con ambos. Siguiendo una considerable evidencia documental, omitimos aquí las palabras griegas representadas por «con justicia; porque una obra abreviada».

160 El equivalente de la LXX para el «remanente muy pequeño» (שׂריד) del hebreo.

161 Por séptima y última vez usa esta frase característica.

162 Δέ: en contraste ligeramente sugerido con el ideal del judío, una aceptación merecida.

163 Omítase aquí la palabra δικαιοσύνης.

164 Omítase τοῦ νόμου.

165 Omítase γάρ.

166 Omítase πᾶς.

Capítulo XXIV. La restauración de Israel, predicha directamente: todo es de Dios y para Dios

Romanos 11.25-36

Hasta aquí san Pablo ha razonado más que predicho. Ha mostrado a sus amigos gentiles lo natural, por así decirlo, de una restauración de Israel a Cristo, y la certeza manifiesta de que tal restauración traerá bendición al mundo. Ahora avanza a la afirmación directa, hecha con la plena autoridad de un profeta, de que así será. «¿Cuánto más estos serán injertados en su propio olivo?». La pregunta implica la afirmación; no queda sino desplegarla por completo.

(v. 25) Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, este hecho de los propósitos de Dios, imposible de conocer sin revelación,[198] pero luminoso una vez revelado (para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos, valorándoos por una percepción que todo el tiempo no es sino una visión parcial): que ha acontecido a Israel endurecimiento (πώρωσις) en parte, en el caso de muchos, no de todos, de la nación, y continuará hasta que haya entrado la plenitud[199] de los gentiles, hasta que la conversión de los gentiles sea en algún sentido una marea creciente. (v. 26) Y luego todo Israel, Israel como masa, ya no por unidades dispersas, será salvo, viniendo a los pies de Aquel en quien solo está la salvación del hombre del juicio y del pecado; como está escrito (Salmo 14.7; Isaías 59.20, con Isaías 27.9): «Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad (ἀσεβείας). (v. 27) Y este hallarán que es el pacto que les habré concedido,[200] tal resultará ser mi promesa y mi provisión, "ordenada y segura", cuando yo quite sus pecados», en el día de mi regreso a ellos para perdonar y restaurar.

Este es un pasaje memorable. Es, en primer lugar, una de las más definidamente predictivas de todas las expresiones proféticas de las epístolas. Aparte de todos los problemas de explicación en detalle, nos da este mensaje en conjunto: que hay escondido en el futuro, para la raza de Israel, un período decisivo de bendición abrumadora. Si algo se revela como fijo en el plan eterno —el cual, sin violar nunca la voluntad de la criatura, no está sin embargo sujeto a ella—, es esto. Hemos oído al apóstol hablar plenamente, y sin transigir, del pecado de Israel: la percepción espiritual endurecida o paralizada, la negativa a someterse a la gracia pura, la búsqueda inquieta de una justicia propia válida, la profunda arrogancia exclusiva. Y así la promesa de una misericordia venidera, tal que sorprenderá al mundo, suena tanto más soberana y magnífica. Vendrá; así lo dice Pablo, el profeta de Cristo. No a causa de antecedentes históricos, ni a la luz de principios generales, sino a causa de la revelación del Espíritu, habla de aquel futuro maravilloso como si estuviera plenamente a la vista desde el presente: «Todo Israel será salvo».

No leemos «ninguna fecha fijada». En lo que toca a este capítulo, los años y los días son como si no existieran. En conjunto, seguramente, tiene a la vista un amplio proceso; no puede esperar ver cumplidos dentro de un plazo estrecho todos los preliminares del gran suceso. Pero nada dice de esto. Todo lo que deducimos es que ve en el futuro un gran progreso del cristianismo gentil; una gran impresión que este ha de causar en la mente de Israel; un despertar vasto y relativamente repentino de Israel, por la gracia de Dios, como quiera que se aplique; la salvación de Israel en Cristo en escala nacional; «su admisión»; y «vida de entre los muertos» como resultado: vida de entre los muertos para el mundo en general. Tarde o temprano, con cualesquiera sucesos concomitantes, divinos o humanos, así será. «El endurecimiento espiritual en parte» se desvanecerá. «El Libertador apartará de Jacob la impiedad». «Todo Israel será salvo».

«¿Crees a los profetas?». La pregunta, hecha por san Pablo a Agripa, nos llega desde esta predicción suya. «Señor, creemos». Nuestro Maestro sabe que para nosotros, en nuestros días, no es fácil. El aire viciado del materialismo, y el profundo y obtuso fatalismo que implica, es espeso a nuestro alrededor. Y un síntoma de su influencia maligna es la creciente tendencia en la Iglesia a limitar, a minimizar, a explicar si es posible de modo que desaparezca de las Escrituras, lo propia y distintivamente sobrehumano, sea en obra o en palabra. Hombres que llevan el nombre cristiano, y lo llevan a menudo con intención leal y reverente, parecen pensar muy de otro modo que su Señor acerca de este mismo elemento de predicción en el santo Libro, y quisieran hacernos creer que no es gran cosa que asir ni por la cual luchar. Pero en cuanto a nosotros, deseamos ser en todo de la opinión de Aquel que es la verdad y la luz eternas, y que tomó nuestra naturaleza expresamente, en cuanto a un gran propósito, para desplegarnos articuladamente su opinión. Vivió y murió en la luz y el poder de la Escritura predictiva. Predijo. Resucitó para encargar a sus apóstoles que, según el Espíritu les enseñara, vieran «las cosas que habrán de venir» (Juan 16.13). Para nosotros, este oráculo de su «instrumento escogido» nos da artículos de fe y de esperanza. No entendemos, pero creemos, porque aquí está escrito que, después de estos días del predominio de la incredulidad, después de todas estas preguntas, fuertes o a medio articular, airadas o agónicas: «¿Dónde está la promesa?», el mundo verá un milagro espiritual en una escala desconocida hasta entonces. «Todo Israel será salvo». Así sea, Señor Jesucristo, Libertador. Llénanos de la paciencia de esta esperanza, por tu raza escogida y por el mundo.

Casi es doloroso pasar de esta visión de conjunto del pasaje a una discusión de algunos de sus detalles. Pero es necesario; y para nuestro propósito basta que sea breve. Cualquiera que sea el resultado, dejará intacta la grandeza de la promesa central.

1. «Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles». ¿Significa esto que la corriente de las conversiones gentiles habrá corrido y cesado antes de que la gran bendición llegue a Israel? Ciertamente el griego puede llevar este sentido; quizá, tomado enteramente aparte, lo lleva con más facilidad que ningún otro. Pero tiene esta dificultad: que no asignaría a la «salvación» de Israel influencia alguna de bendición sobre el mundo gentil. Ahora bien, el v. 12 ha implicado que «la plenitud» de Israel ha de ser más que riqueza para «el mundo», para «los gentiles». Y el v. 15 ha implicado, si lo hemos leído bien, que ha de ser para «el mundo» como «vida de entre los muertos». Esto nos lleva a explicar la frase aquí como referida, no al cierre de la cosecha de los hijos gentiles de Dios, sino a un tiempo en que ese proceso estará, por así decirlo, en plena crecida.[201] Ese tiempo de gracia grande y manifiesta será para Israel la ocasión del impacto, por así decirlo, de la bendición; y desde la bendición de Israel datará un acceso inconmensurable de bien divino para el mundo.

De paso, observemos la luz que estas frases arrojan sobre el deber de la Iglesia de evangelizar a los gentiles por amor de los judíos, así como a los judíos por amor de los gentiles. Ambas santas empresas tienen un efecto destinado fuera de sí mismas. El evangelista de África, la India o China trabaja para la hora de la «salvación de todo Israel». El evangelista de la dispersión hebrea prepara a Israel para aquella hora de bendición final en que la nación «salvada», en la mano de Dios, encenderá al mundo con vida santa.

2. «Todo Israel será salvo». Algunos intérpretes han sostenido que esto apunta al Israel de Dios, los hijos espirituales de Abraham. Si es así, se parafrasearía justamente como una promesa de que, cuando estén completas las conversiones gentiles y haya desaparecido del corazón judío «el endurecimiento espiritual», la familia de la fe estará completa. Pero ciertamente es violentar las palabras, y el pensamiento, explicar místicamente «Israel» en todo este pasaje. La interpretación se vuelve una obra arbitraria si podemos hacerlo de repente aquí, donde la antítesis entre Israel y «los gentiles» es el tema mismo del mensaje. No; tenemos aquí a la nación, escogida una vez para una singularidad misteriosa en la historia espiritual del hombre, escogida con una elección nunca cancelada, por suspendida que esté. Se tiene a la vista una bendición para la nación; una bendición espiritual, divina, toda de gracia, enteramente individual en su acción sobre cada miembro de la nación, pero nacional en la escala de sus resultados. No estamos obligados a forzar la palabra «todo» hasta una literalidad rígida. Ni estamos obligados a limitar la crisis de la bendición a algo así como un momento del tiempo. Pero seguramente podemos deducir que los bendecidos serán por lo menos la vasta mayoría, y que la obra no será crónica, sino decisiva. Una transición relativamente rápida y maravillosa mostrará al mundo una nación penitente, fiel, santa, entregada a Dios.

3. Las citas de los Salmos y los Profetas (vv. 26, 27) ofrecen más de una pregunta. Están estrechamente entrelazadas, y no son citas literales. «De Sion» toma el lugar de «a Sion». «Apartará de Jacob la impiedad» toma el lugar de «a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob». «Este es el pacto» toma el lugar de «Esta es su bendición». Y hay otros puntos menudos de variación. Sin embargo, rastreamos reverentemente, en los originales y en las citas, que son todos igualmente obra de órganos proféticos del Espíritu, el gran pensamiento rector, idéntico en ambos: que «el Libertador» pertenece primariamente a «Sion» y tiene reservada primariamente una bendición para su pueblo.

¿Hemos de explicar, con algunos intérpretes piadosos, las palabras «Vendrá de Sion el Libertador» como predicción de un regreso personal y visible de Jesús ascendido a la Sion literal, para la salvación de Israel, y de una salida suya desde allí a la dispersión, o al mundo, en gloria milenaria? Nos abstenemos deliberadamente, en esta exposición, de discutir en detalle la gran controversia así indicada. Dejamos aquí a un lado algunas preguntas que se hacen con afán y seriedad. ¿Volverá Israel a la tierra como cristiano o como anticristiano? ¿Será el poder inmediato de su conversión el regreso visible del Señor, o será un derramamiento de su Espíritu, por el cual, espiritualmente, los visitará y bendecirá? ¿Cuáles serán las obras y maravillas que acompañarán aquel tiempo? Todo lo que hacemos ahora es expresar la convicción de que no puede sostenerse que las citas proféticas aquí predigan inequívocamente un regreso visible y local. Si las leemos bien, su sentido queda satisfecho con una paráfrasis más o menos así: «Está predicho que a Sion, es decir, a Israel, pertenece el Libertador del hombre, y que para Israel ha de hacer su obra, cuandoquiera que finalmente se haga, con una singularidad de gracia y de gloria». Así explicado, el «vendrá» del v. 26 es el futuro abstracto del propósito divino. En el plan eterno, el Redentor, cuando vino por primera vez a la tierra, había de venir a Sion, para Sion y desde Sion. Y su obra salvadora había de seguir líneas, y tener resultados, caracterizados para siempre por ese hecho.

Ciertamente el Señor Jesucristo viene otra vez, personal, literal y visiblemente, para gozo eterno de su pueblo: «este mismo Jesús, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1.11). Y a medida que se despliegan los siglos, ciertamente crece la percepción que la Iglesia creyente tiene de la plenitud y, si podemos decirlo así, de la multiplicidad de aquella gran perspectiva. Pero todavía nos parece que se requiere una prudencia profunda y reverente antes de intentar tratar cualquier detalle de esa perspectiva, en cuanto a tiempo, sazón y modo, como si lo supiéramos del todo. A través de todas las líneas de interpretación de la profecía no cumplida —por nombrar un solo problema— está como enigma no resuelto cómo todos los santos de todas las edades reciben igualmente el mandato de velar, como quienes «no saben a qué hora ha de venir su Señor».

Pero, por mucho que difiramos en el detalle, recitémonos unos a otros cada vez más a menudo la gloriosa esencia de nuestra esperanza: «Aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan»; «Recibiremos al Señor en el aire»; «Y así estaremos siempre con el Señor» (Hebreos 9.28; 1 Tesalonicenses 4.17).

Nunca entenderemos del todo la cronología y el proceso de la profecía no cumplida hasta entonces.

Ahora, breve y sumariamente, el apóstol concluye esta «epístola dentro de la epístola», este oráculo acerca de Israel. (v. 28) Así que en cuanto al evangelio, desde el punto de vista de la evangelización del mundo aparte del judaísmo, aquel «evangelizar» que fue, por así decirlo, precipitado por la rebelión de Israel, son enemigos por causa de vosotros, se les permite, por amor de ustedes, en cierto sentido, tomar una actitud hostil hacia el Señor y su Cristo, y ser tratados en consecuencia; pero en cuanto a la elección, desde el punto de vista de la elección divina, son amados por causa de los padres. (v. 29) Porque irrevocables[202] son los dones y el llamamiento de nuestro (τοῦ) Dios. Los «dones» de la elección no merecida, de un amor no causado por la bondad de su objeto, sino que viene de la profundidad del Eterno; el «llamamiento» que no solo invita a la criatura, sino que efectúa el fin de la invitación[203]: estas son cosas que por su naturaleza no varían con las variaciones del hombre y del tiempo. La nación así dotada y llamada, «no conforme a sus obras», es para siempre el objeto inalterable del afecto eterno.

¿No podemos extender la referencia de una sentencia tan absoluta en su brevedad oracular, y tomarla como expresión del secreto de una misericordia indefectible, no solo para la nación, sino para el individuo? Aquí como en otras partes necesitaremos recordar la regla que nos pide, en las alturas y profundidades de toda verdad, «ir a ambos extremos». Aquí como en otras partes debemos cuidar reverentemente cómo aplicamos el oráculo, y a quién. Pero ¿no dice el oráculo esto: que donde el amor eterno, sin mérito, con singularidad divina, se ha posado sobre una persona, allí, no arbitrariamente sino por una ley que no podemos explicar pero sí creer, permanece para siempre? Con todo, esta es una reflexión que solo debe hacerse aquí de paso. El asunto inmediato es un pueblo escogido, no un alma escogida; y así prosigue: (v. 30) Pues como vosotros también en otro tiempo erais desobedientes a nuestro (τῷ) Dios, pero ahora, en el estado efectivo de las cosas, en su gracia, habéis alcanzado misericordia con ocasión de la desobediencia de ellos, (v. 31) así también estos ahora han sido desobedientes, con ocasión de la misericordia concedida a vosotros, en misteriosa conexión con la compasión que, en sus tinieblas paganas, les reveló a ustedes la salvación,[204] para que ellos también alcancen misericordia. Sí, aun su «desobediencia», en el misterio de la gracia, fue permitida con miras a su bendición final; había de ser encaminada a aquel descubrimiento de sí mismo que está en el fondo de todo verdadero arrepentimiento y que brota hacia la vida eterna en la salvadora «confianza de la desesperación de sí mismo». El pagano (capítulo 1) fue llevado al descubrimiento de sí mismo como rebelde contra el Dios indicado en la naturaleza; el judío (capítulo 2), como rebelde contra el Dios revelado en Cristo. Esta última fue, si cabe tal comparación, la obra más difícil y, por así decirlo, más avanzada del plan divino. Tuvo lugar, o más bien está teniendo y tendrá lugar, más tarde en el orden, y más cerca del triunfo final y universal de la redención. (v. 32) Porque Dios sujetó a todos (τοὺς πάντας) en desobediencia, para tener misericordia de todos. Con un fiat de permisión judicial dejó que el gentil desarrollara su resistencia al bien hasta el ultraje antinatural. Dejó que el judío desarrollara la suya hasta el rechazo desesperado de su propio glorioso Mesías. Pero dio el fiat no como un Dios a quien no le importara, una mera ley suprema, un poder sentado sin interés por encima de la escena del pecado. Dejó que la enfermedad estallara en la llaga de la peste para que la víctima culpable pidiera al fin su remedio, y lo recibiera como pura y asombrosísima misericordia.

No abusemos del pasaje leyendo en él una vana esperanza de una salvación efectiva e indiscriminada, al final, de todos los individuos de la raza; una esperanza predestinaria para la cual la Escritura no solo no da evidencia válida, sino contra la cual pronuncia lo que al menos parecen las más apremiantes e inequívocas de sus advertencias. El contexto aquí, como vimos hace un momento en otra conexión, tiene que ver más con masas que con personas; con gentiles y judíos en sus características comunes más que tomados como individuos. Sin embargo, saquemos de las palabras, con reverente audacia, una garantía para que nuestra fe confíe enteramente en que el Eterno será, aun en el más insondable de sus tratos, fiel a sí mismo, fiel al amor eterno, cualquiera que sea la acción que tome.

Aquí la voz del apóstol, tal como nos parece oírla, se detiene un momento, al pasar a pensamientos no expresados de temor reverente y de fe. Ha dado ya su mensaje profético, diciéndonos a los gentiles cuán grande ha sido el pecado de Israel, pero cuán grande es también el privilegio de Israel, y cuán segura su misericordia venidera. Y detrás de esta gran revelación especial se alzan todavía en su alma aquellas formas aún más majestuosas de la verdad que nos ha llevado a contemplar antes: la justicia de Dios, la gracia que justifica, el dominio del alma creyente sobre el pecado, la plenitud del Espíritu, la gloria venidera de los santos, el universo emancipado, el amor eterno. ¿Qué queda, después de este gran proceso de descubrimientos espirituales, sino adorar? Escuchen cómo habla otra vez, y otra vez la pluma se mueve sobre el papel:

(v. 33) ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y también de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (v. 34) «Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?»[205] (v. 35) ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado (αὐτῷ)? (v. 36) Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas[206]. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

Así sea, amén. También nosotros postramos nuestro ser, con el apóstol, con los santos romanos, con toda la Iglesia, con toda la compañía del cielo, y nos entregamos a aquella acción de adoración pura en la cual la criatura, hundiéndose a lo más bajo a sus propios ojos, más aún, perdiéndose enteramente de su propia vista, se eleva a lo más alto en la luz de su Hacedor. ¡Qué momento es este, qué ocasión, para tal acercamiento a Aquel que es la fuente infinita y personal del ser y de la redención! Hemos sido llevados de razón en razón, de doctrina en doctrina, de un eslabón a otro en una cadena de oro de misericordias redentoras. Hemos visto el sueño del mérito humano expulsado del corazón con flechas de luz; y la pura gloria de una gracia absolutísima, misericordiosísima, ha entrado en nosotros en su lugar. A todo lo largo se nos ha recordado, por así decirlo en fragmentos y destellos radiantes, que estas doctrinas, estas verdades, no son meros principios en abstracto, sino expresiones de la voluntad y del amor de una Persona; hecho lleno de vida eterna, pero demasiado fácilmente olvidado por la mente humana cuando su estudio de la religión se aparta, aunque sea por una hora, del pie de la cruz y del trono. Pero ahora todas estas líneas convergen hacia arriba, hacia su origen. Por la cruz llegan al trono. Por medio de la obra del HIJO —uno con el PADRE, porque también del Hijo está escrito (Colosenses 1.16) que «todo fue creado por medio de él y para él»—, por medio de su obra, y en ella, llegamos a la sabiduría y a la ciencia del Padre, que trazó el plan de bendición y, por así decirlo, calculó y proveyó todos sus medios. Tocamos aquel punto donde la criatura gravita hacia su reposo final, la visión de la gloria de Dios. Reposamos, en un silencio profundo y gozoso, ante el hecho de misterios demasiado brillantes para nuestra vista. Después de todas las revelaciones del apóstol, reconocemos con él en la fe, con una aquiescencia tan honda como nuestro ser, el hecho de que no hay manera de sondear, de rastrear, los secretos finales de los caminos de Dios. Nos resulta maravillosamente suficiente, a la luz de Cristo, saber que «Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso y piadoso», es también soberano, último, su propia satisfacción eterna; que es infinitamente apropiado y bendito que, así como su voluntad es la verdadera causa eficiente de todas las cosas y su presencia el secreto de su permanencia, así él mismo sea su causa final, su fin, su meta; cumplen su idea, hallan su dicha, en ser enteramente suyas: «todas las cosas son PARA ÉL».

«A él sea la gloria por los siglos. Amén». Los «siglos» que avanzan, αἰῶνες, los desarrollos infinitos de la vida eterna, ¿qué sabemos de ellos? Casi nada, salvo el hecho más grande de todos: que en ellos la criatura redimida glorificará para siempre, no a sí misma, sino al Creador; hallando una juventud sin fin y cada vez más plena, un motivo inagotable, un reposo imposible de romper, una vida en la cual en verdad «no pueden ya más morir», al entregar siempre toda su dichosa riqueza de ser a la voluntad y al uso del BENDITO.

En estos «siglos» ya estamos, en Cristo. Creceremos en verdad para siempre con su crecimiento eterno, en él, para alabanza de la gloria de la gracia de Dios. Pero no olvidemos que ya estamos en su curso, en lo que toca a aquella vida nuestra que está escondida con Cristo en Dios. Con ese recuerdo, entreguémonos a menudo, y como por la «segunda naturaleza» de la gracia, a la adoración. No necesariamente a frecuentes y largas sustracciones de nuestro tiempo a los servicios activos de la vida; no tenemos más que seguir leyendo los pasajes siguientes de la epístola para que se nos recuerde que estamos santificados, en nuestro Señor, para una vida de contacto desinteresado con todas las necesidades que nos rodean. Pero que esa vida tenga por interior, por animación, el espíritu de adoración. Tomando por la fe nuestro todo de Dios, devolvámoselo siempre interiormente, como quienes no solo reconocen con la gratitud más sencilla que él nos ha redimido de la condenación y del pecado, sino que han visto con una intuición adoradora que nosotros y nuestro todo somos parte de «todas las cosas» que, siendo «de él» y «por él», son también enteramente «para él», por un derecho absoluto, por la ley última de nuestro ser, como criaturas que somos del amor eterno.

198 Tal es el sentido normal de μυστήριον en el Nuevo Testamento. Es una cosa que en sí misma puede ser o no lo que entendemos por «misterioso». Pero es una cosa a la cual la mera observación y el razonamiento no pueden llegar a priori; Dios tiene que revelarla.

199 Πλήρωμα es la realización práctica de un ideal.

200 Así parafraseamos αὕτη αὐτοῖς ἡ παρ' ἐμοῦ διαθήκη.

201 El aoristo εἰσέλθῃ puede más bien recoger la gran cosecha en un solo pensamiento que señalar una crisis estrecha dentro de ella.

202 Ἀμεταμέλητα: literalmente, «de los que no hay arrepentimiento», y así, «que no admiten arrepentimiento», μεταμέλεια, «cambio de parecer». Esto queda bien representado por «irrevocables».

203 Véase arriba, sobre el llamamiento eficaz.

204 Es posible traducir aquí: «no obedecieron a vuestra misericordia», es decir, rehusaron someterse a aquel evangelio en el cual ustedes hallaron encarnada la misericordia de Dios. Pero el equilibrio de los pensamientos y las frases favorece la traducción de arriba.

205 Cita casi literalmente Isaías 40.13. Compárese Jeremías 23.18.

206 Τὰ πάντα: el griego nos da a la vez los elementos y la suma del «todo».

Capítulo XXV. La conducta cristiana, resultado de la verdad cristiana

Romanos 12.1-8

Otra vez podemos conjeturar una pausa, una pausa larga y deliberada, en el trabajo de Pablo y Tercio. Hemos llegado al final, hablando en general, del contenido dogmático y, por así decirlo, oracular de la epístola. Hemos escuchado el gran argumento de la justificación, la santificación y la redención final. Hemos seguido la exposición de la misteriosa incredulidad y de la restauración destinada de la nación escogida; un tema que podemos ver, al mirar atrás la perspectiva de toda la epístola, que tiene una conexión profunda y sugestiva con lo que lo precedió; porque la experiencia de Israel, en relación con la voluntad soberana y la gracia de Dios, está llena de luz arrojada sobre la experiencia del alma. Ahora viene, en su orden, la luminosa continuación de este poderoso antecedente, de esta masa compleja pero armoniosa de hechos espirituales y de ilustraciones históricas de la voluntad y los caminos del Eterno. Se oye otra vez la voz de san Pablo; y llega de lleno al mensaje del Señor sobre el deber, la conducta y el carácter.

Así como de alguna hendidura en la cara de las colinas rocosas sale el arroyo pleno y puro nacido en sus profundidades, y corre bajo el sol y el cielo por verdes praderas y junto a las sedientas moradas de los hombres, así aquí, de los misterios más íntimos de la gracia, viene el mensaje del santo deber que todo lo abarca. Al cristiano, lleno del conocimiento de un amor eterno, se le dice cómo no soñar, sino servir, con todas las misericordias de Dios por motivo.

Esta es en verdad la manera del Nuevo Testamento: esta secuencia vital del deber y la doctrina; primero las verdades divinas, y luego, y por tanto, la vida bendita. Para tomar solo los escritos de san Pablo, las epístolas a los Efesios y a los Colosenses están cada una, en la práctica, divididas en dos por una línea que tiene delante de sí hechos eternos y, después de sí, deberes presentes, cumplidos a la luz y en el poder de aquellos hechos. Pero todo el Libro de Dios, en toda su textura, muestra el mismo fenómeno. Alguien ha observado con sencilla fuerza que en la Biblia, en todas partes, con tal que caven lo bastante hondo, hallarán en el fondo «Haz el bien». Y podemos añadir que en todas partes también no tenemos más que cavar un grado más hondo para hallar que el precepto está arraigado en hechos eternos y subyacentes de la verdad y el amor divinos.

La Escritura, es decir, su Señor y Autor, no nos hace el terrible regalo de un precepto aislado y en el vacío. Apoya sus mandamientos en una base de motivos convincentes; y llena al hombre que ha de guardarlos con el poder de una Presencia viva en él; esto lo hemos visto ampliamente en las páginas de la epístola ya recorridas. Pero, por otra parte, el Señor de la Escritura no deja el motivo y la Presencia sin el precepto articulado. Más bien, porque se suministran y aseguran al creyente, despliega tanto más amplia y minuciosamente ante sus ojos una guía moral. Le dice, como a un hombre que ahora descansa en Dios y lo ama, y en quien Dios mora, no solo en general que ha de «conducirse y agradar a Dios», sino en particular «cómo» hacerlo (1 Tesalonicenses 4.1). Toma su vida en detalle y le aplica la voluntad del Señor. Le habla en términos explícitos de la pureza moral, en el nombre del Santo; de la paciencia y la bondad, en el nombre del Amor redentor; de los deberes familiares, en el nombre del Padre y del Hijo; de los deberes cívicos, en el nombre del Rey eterno. Y todo el bosquejo y todos los detalles se vuelven así para el creyente cosas no solo de deber, sino de posibilidad, de esperanza, del fuerte interés que da el pensamiento de que así y así quisiera el amado Maestro que usáramos su don divino de la vida. Nada es más maravillosamente libre, desde un punto de vista, que el amor y el poder espiritual. Pero si el amor es en verdad dado por Dios y dirigido hacia él en Cristo, el hombre que ama no puede en modo alguno desear ser su propia ley y gastar el poder de su alma en sus propias ideas o preferencias. Su gozo y su propósito consciente han de ser hacer, en detalle, la voluntad del Señor que ahora le es tan querido; y por tanto conocerla en detalle.

Tomemos profunda nota de esta característica de la Escritura, su minuciosidad en el precepto, en conexión con su revelación de la bendición espiritual. Si en algún sentido somos llamados a ser maestros de otros, sigamos el ejemplo. Richard Cecil, sabio y sustancioso consejero en Cristo, dice que si tuviera que escoger entre predicar preceptos y predicar privilegios, predicaría privilegios; porque los privilegios del verdadero evangelio tienden por su naturaleza a sugerir y estimular la acción recta, mientras que los preceptos solos no revelan la riqueza de la vida y el poder divinos. Pero Cecil, como sus grandes contemporáneos del Avivamiento Evangélico, predicó de hecho, constante y diligentemente, tanto el privilegio como el precepto; abriendo con manos enérgicas la plenitud revelada de Cristo, y luego, y por tanto, enseñando a «los que por la gracia habían creído» no solo la idea del deber, sino sus detalles. Thomas Scott, en Olney, dedicaba su «conferencia» de entre semana en la iglesia parroquial casi exclusivamente a instrucciones sobre la vida cristiana diaria. Dando por supuesto que sus oyentes «conocían a Cristo» en realidad personal, les decía cómo ser cristianos en el hogar, en la tienda, en la granja; cómo ser consecuentes con su vida regenerada como padres, hijos, siervos, amos, vecinos, súbditos. Quizá ha habido tiempos en que tal predicación didáctica se ha usado demasiado poco en la Iglesia. Pero los hombres que, bajo Dios, en el siglo pasado y en los primeros años de este, avivaron el mensaje de Cristo crucificado y resucitado como el todo en todo de nuestra salvación, fueron eminentemente diligentes en enseñar la moral cristiana. En nuestros días, en muchos sectores de nuestra cristiandad, hay un notable avivamiento del deseo de aplicar la verdad salvadora a la vida común, y de mantener al cristiano siempre consciente de que no solo tiene el cielo en perspectiva, sino que ha de viajar hacia él, a cada paso, por el sendero de una santidad práctica y vigilante. Esta es una señal de la misericordia divina en la Iglesia. Esto es profundamente bíblico.

Entretanto, Dios no permita que tal «enseñanza de cómo vivir» la dé jamás un padre, un pastor, un maestro de escuela o un amigo, sin que pase primero por el alma del maestro a su propia vida. ¡Ay de nosotros si mostramos de la manera más convincente, y aun más atractiva, el lazo entre la salvación y la santidad, y no «andamos cuidadosamente» (Efesios 5.15) nosotros mismos, en los detalles de nuestro andar!

Al acercarnos ahora de hecho a las reglas de santidad que tenemos delante, recordemos una vez más lo que hemos visto a todo lo largo de la epístola: que la santidad es el propósito y el resultado de todo el evangelio. Es en verdad una «evidencia de vida», de peso infinito en la cuestión de si un hombre conoce de veras a Dios y va en camino a su cielo. Pero es mucho más: es la expresión de la vida; es la forma y la acción en que la vida está destinada a manifestarse. En nuestros huertos (para usar otra vez una parábola que ya hemos usado) las manzanas doradas son evidencia de la especie del árbol y de su vida. Pero una etiqueta de madera podría decirnos la especie, y las hojas pueden decirnos la vida. El fruto es más que la etiqueta o la hoja; es aquello para lo cual el árbol está allí. Los que creemos somos «elegidos» y «puestos» para «llevar fruto» (Juan 15.16), fruto abundante y permanente. El Maestro eterno se pasea por su huerto precisamente para ver si los árboles dan fruto. Y el fruto que busca no es cosa ilusoria; es una vida de santa utilidad para él y para nuestros semejantes, en su nombre.

Pero ahora nos acercamos otra vez y escuchamos:

(v. 1) Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios; usando como mi lógica y mi punto de apoyo esta «profundidad de las riquezas» que hemos explorado; esta maravillosa redención, con su soberanía, su misericordia, su aceptación, su santidad, su gloria; este encaminar aun el pecado y la rebelión, en el gentil y en el judío, a ocasiones de salvación; estas indicaciones compasivas, en el futuro cercano y en el eterno, de días de oro que han de venir; os ruego, pues, que presentéis, que entreguéis, vuestros cuerpos en sacrificio, ofrenda de altar, vivo, santo, agradable a Dios, que es (ἥτις) vuestro culto racional (λατρεία). Es decir, es el «culto», el servicio de adoración, que hacen la razón, la mente, el pensamiento y la voluntad del hombre que ha hallado a Dios en Cristo. El término griego, latreía, está teñido de asociaciones de rito y de templo; pero se toma aquí, y se califica con su adjetivo, a propósito para ser elevado, como en paradoja, a la región del alma. Las vestiduras y el incienso del santuario visible están aquí fuera de la vista; el creyente individual es a la vez sacerdote, sacrificio y altar; se inmola a sí mismo al Señor, vivo, pero ya no para sí mismo.

Pero observen la fecunda colocación aquí de «el cuerpo» junto con «la razón». «Entreguen sus cuerpos»: no ahora su espíritu, su inteligencia, sus sentimientos, sus aspiraciones, sino «sus cuerpos», a su Señor. ¿Es esto un anticlímax? ¿Hemos retrocedido de lo más alto a lo más bajo al pasar de la contemplación de la gracia soberana y la gloria eterna a la del cuerpo físico del hombre? No más que el Señor Jesús cuando bajó del monte de la Transfiguración a la multitud de abajo, y a los pecados y miserias que esta presentaba. Vino de la escena de gloria para servir a los hombres en su luz interior permanente. Y aun él, en los días de su carne, sirvió a los hombres, ordinariamente, solo por medio de su sagrado cuerpo: yendo a ellos con sus pies; tocándolos con sus manos; encontrando sus ojos con los suyos; hablando con sus labios las palabras que eran espíritu y vida. Como con él, así con nosotros. Solo por medio del cuerpo, en la práctica, podemos «servir a nuestra generación según la voluntad de Dios». No sin el cuerpo, sino por medio de él, el espíritu ha de influir en los espíritus encarnados que nos rodean. Miramos, hablamos, oímos, escribimos, cuidamos enfermos, viajamos, por medio de estos siervos materiales de la voluntad, nuestros miembros vivos. Sin el cuerpo, ¿dónde estaríamos respecto de los demás hombres? Y por tanto, sin la entrega del cuerpo, ¿dónde estamos respecto de los demás hombres, desde el punto de vista de la voluntad de Dios?

Así hay un sentido verdadero en el cual, mientras la entrega de la voluntad es lo más importante y primario desde un punto de vista, la entrega del cuerpo, el «entregar» el cuerpo para que sea el instrumento de la voluntad de Dios en nosotros, es lo más importante, es crucial, desde otro. Para muchas vidas cristianas, recordar esto es lo más necesario de todo; es el olvido de esto, o el recuerdo a medias, lo que mantiene a esa vida como algo casi neutral en cuanto al testimonio y al servicio del Señor.

(v. 2) Y no os vayáis conformando[207] a este siglo, a este eón (αἰών), el curso y el estado de las cosas en este escenario de pecado y de muerte; no hagan el papel de «mundanos», adoptando una apariencia (σχῆμα) que en sí misma es pasajera, y que para ustedes, miembros de Cristo, ha de ser también hueca; sino id transformándoos, viviendo un cambio duradero y genuino de tono y de conducta, en el cual la forma (μορφή) no es sino la expresión afín de la esencia,[208] por medio de la renovación de vuestro entendimiento, usando como instrumento en el santo proceso aquella luz divina que ha despejado su inteligencia de las nieblas del amor propio y les ha enseñado a ver como con ojos nuevos «el esplendor de la voluntad de Dios»; para que comprobéis, discerniendo como con una piedra de toque espiritual, cuál sea la voluntad de Dios, la buena, la agradable y la perfecta.

Tal había de ser el método, y tal el resultado, en este desarrollo de la vida entregada. Todo es divino en su origen y en su secreto. Las eternas «misericordias» y la obra soberana del Espíritu que renueva e ilumina se suponen antes de que el creyente pueda dar un solo paso. Por otra parte el creyente, en la plena acción consciente de su «entendimiento» renovado, ha de meditar en el llamado a buscar la «transformación» en una vida de amor no mundano, y a alcanzarla en el detalle usando la nueva percepción de un corazón regenerado. Ha de mirar, con los ojos del alma, derecho a través de toda niebla de la voluntad propia, hacia la voluntad de Dios, ahora amada, como su elección deliberada, vista como bienvenida, vista como perfecta, no porque todo se entienda, sino porque el hombre está gozosamente entregado al Señor en quien lo confía todo. Así ha de avanzar por el sendero de una transformación cada vez más luminosa; a la vez con los ojos abiertos y en la oscuridad; viendo al Señor, y así gravitando con instinto seguro hacia su voluntad, pero contento de dejar que las nieblas de lo desconocido cuelguen siempre sobre el paso que sigue al próximo.

Es un proceso, no una crisis: «id transformándoos». El origen del proceso, la liberación del movimiento, es, al menos en idea, tan crítico como es posible: «Entreguen sus cuerpos». Ese precepto se expresa, en su forma griega (παραστῆσαι, aoristo), de modo que sugiere precisamente el pensamiento de una entrega crítica. El cristiano romano, y su hermano menor de hoy, son llamados aquí, como lo fueron arriba (6.13, 19), a un trato con el Señor enteramente definido, haya ocurrido o no antes algo semejante, o haya de hacerse otra vez. Son llamados, como de una vez para siempre, a mirar a su Señor a la cara, a tomar sus dones en las manos, y luego a ponerse ellos mismos y sus dones enteramente en sus manos, para uso y servicio perpetuos. Así, desde el lado de su experiencia consciente, el cristiano es llamado a una «santificación de sí mismo» decisiva, crucial, instantánea. Pero su resultado ha de ser una progresión perpetua, un crecimiento, no tanto «hacia» la gracia como «en» ella (2 Pedro 3.18), en el cual la entrega en propósito se convierte en una larga serie de entregas cada vez más profundas en el hábito y en la acción, y un descubrimiento más amplio de sí mismo, y del Señor, y de su voluntad, se hace efectivo en el «brillo» de la vida transformada, que «va en aumento hasta que el día es perfecto» (Proverbios 4.18).

No distorsionemos esta verdad de la progresión, ni su verdad correlativa de la imperfección permanente del cristiano. No la profanemos convirtiéndola en excusa de una vida que en el mejor de los casos está estancada, y casi con seguridad ha de ser retrógrada, porque no busca un avance genuino. No neguemos «nuestros cuerpos» a la sagrada entrega que aquí se nos ordena, esperando sin embargo realizar de algún modo, en alguna fecha vaga, una «transformación por la renovación de nuestro entendimiento». Quedaremos en verdad defraudados en esa esperanza. Pero dejemos que los hechos espirituales nos estimulen y nos den sobriedad a la vez. En la medida en que nos «entregamos al Señor», en sobria realidad, somos en su misericordia «liberados para crecer». Pero el crecimiento ha de venir, entre otros modos, por la diligente aplicación de «la renovación de nuestro entendimiento» a los detalles de su bendita voluntad.

Y vendrá, en su verdadero desarrollo, solo en la línea de una santa humildad. Exaltarse a sí mismo, aun en la vida espiritual, no es crecer; es marchitarse. Así prosigue el apóstol:

(v. 3) Digo, pues, por la gracia que me es dada, la «gracia» del poder para la amonestación apostólica, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Es decir, que el individuo nunca olvide, en sí mismo, a sus hermanos, y la relación mutua de cada uno con todos en Cristo. Que nunca se haga el centro, ni piense en su salvación personal como si realmente pudiera tomarse aparte. El Señor, el Dador soberano de la fe, el Todopoderoso que trae las almas a la aceptación y a la unión con Cristo por la fe, te ha dado tu fe a ti, y la fe de tu hermano a él; ¿y para qué? Para que los dones individuales, la generosidad del único Dador, unieran a los individuos no solo con el Dador, sino unos con otros, como receptores de riquezas muchas y sin embargo una sola, que han de gastarse en un servicio uno y sin embargo múltiple. El único Señor distribuye el único poder de la fe en muchos corazones, «midiéndolo» a cada uno, para que los muchos, creyendo individualmente en el Uno, no choquen ni contiendan, sino que cooperen amorosamente en un servicio múltiple, resultado de su «fe igualmente preciosa» (2 Pedro 1.1), condicionado por la variedad de sus vidas. Así entra aquella fecunda parábola del cuerpo, que se halla solo en los escritos de san Pablo, y solo en cuatro de sus epístolas, pero expuesta allí de tal modo que ocupa para siempre un lugar en el primer plano de la verdad cristiana. La tenemos aquí en Romanos, y con más detalle en la contemporánea 1 Corintios (12.12-27). La tenemos final y plenamente en el grupo de epístolas posterior, el de la primera cautividad romana: en Efesios y Colosenses. Allí el punto supremo de todo el cuadro, la gloriosa CABEZA, y su relación con el miembro y con el cuerpo, sale a luz en toda su grandeza, mientras que en estos pasajes anteriores aparece solo incidentalmente.[209] Pero cada presentación, la anterior y la posterior, es igualmente fiel a su propósito. Cuando san Pablo escribió a los asiáticos, estaba frente a errores que nublaban el esplendor vivo de la Cabeza. Cuando escribió a los romanos, se ocupaba más bien de la interdependencia de los miembros en la práctica de la vida social cristiana.

Hemos hablado de «la parábola del cuerpo». Pero ¿es adecuada la palabra «parábola»? «¿Y si la tierra no fuera sino la sombra del cielo?». ¿Y si nuestro cuerpo físico, casa y vehículo del alma, no fuera sino la contrapartida más débil de aquel gran organismo en el cual el Cristo exaltado une y anima a sus santos? Esa unión no es mera agregación, mera alianza de tantos hombres bajo la presidencia de un jefe invisible. Es cosa de vida. Cada uno a la Cabeza viva, y así cada uno a todos sus miembros, estamos unidos en aquella maravillosa conexión con una tenacidad, y con una relación, tan genuina, fuerte y estrecha como puede hacerla la vida eterna. El hombre vivo que respira, múltiple y sin embargo uno, no es sino el reflejo, por así decirlo, del «Cristo místico», el verdadero cuerpo con su Cabeza celestial.

(v. 4) Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, (v. 5) así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, en nuestra unión personal con él, y en el detalle (τὸ δὲ καθ' εἷς), todos miembros los unos de los otros, coherentes y relacionados no como meros vecinos, sino como partes complementarias del todo. (v. 6) De manera que, teniendo diferentes dones (χαρίσματα), según la gracia que nos es dada, si el de profecía, la expresión inspirada, un poder de lo alto, aunque misteriosamente condicionado (1 Corintios 14.32) por el juicio y la voluntad del que habla, úsese conforme a la medida de la fe del hombre; sea fiel a su entera dependencia del Cristo revelado, no abandonado a merced de sus meras emociones, ni, por así decirlo, tañido por poderes ajenos invisibles; (v. 7) o si de servicio (διακονία), esté el hombre en servir, entregado enteramente a ello, sin desviarse a codiciar el don más místico de su hermano; o el que enseña, esté igualmente en la enseñanza, de todo corazón en la obra que le ha tocado, libre de miras ambiciosas fuera de ella; (v. 8) el que exhorta, en la exhortación; el que reparte sus bienes, para Dios, con liberalidad; el que preside, en la iglesia o en el hogar, con solicitud; el que hace misericordia (¡designación amplia y no oficial!), con alegría, duplicando sus dones y obras de misericordia con el brillo santificado de un corazón liberado de los fines del yo, y por tanto enteramente al servicio de los necesitados.

Este párrafo de ocho versículos está aquí delante de nosotros, lleno a todo lo largo de aquella profunda característica de la vida del evangelio: la entrega para el servicio. El llamado es a una actitud interior profundamente pasiva, con miras expresas a una utilidad exterior ricamente activa. Poseído, y sabiéndolo, de las misericordias de Dios, se pide al hombre que se entregue al amor eterno para fines de un empleo no mundano y no ambicioso en el sendero escogido para él, cualquiera que sea. En este respecto, por encima de todos los demás, ha de «no conformarse a este siglo»; es decir, ha de hacer de su Señor, y no de sí mismo, su placer y su ambición. «Por la renovación de su entendimiento» ha de ver la voluntad de Dios desde un punto inaccesible al no regenerado, al no justificado, al hombre no emancipado en Cristo de la tiranía del pecado. Ha de ver en ella su interés inagotable, su línea de búsqueda y esperanza, su meta última y satisfactoria; a causa de la identidad práctica entre la voluntad y Aquel, infinitamente bueno y bendito, que la tiene. Y esta entrega, más que entrega, de sus facultades, esta consagración feliz y reposada de ellas, ha de mostrar su realidad de un modo, por encima de todos los demás, primero: en una estimación humilde de sí mismo en comparación con sus hermanos cristianos, y en una disposición vigilante a hacer, no la obra de otro, sino el deber más inmediato.

Este aspecto relativo de la vida de entrega personal es el tema de este gran párrafo del deber. En el pasaje siguiente hallaremos preceptos más detallados; pero aquí tenemos lo que ha de gobernar a todo lo largo la corriente entera de la vida obediente. El hombre rico en Cristo ha de recordar reverentemente a los demás, y la voluntad de Dios en ellos y para ellos. Ha de evitar la sutil tentación de meterse más allá de la obra que el Maestro le ha asignado a él. Ha de ser lento para pensar: «Yo estoy ricamente capacitado, y podría hacer esto, y aquello, y lo otro, mejor que el hombre que ahora lo hace». Su instinto espiritual disciplinado se inclinará más bien a criticarse a sí mismo, a vigilar la menor deficiencia en su propio cumplimiento de la tarea que, al menos hoy, es la suya. «Se entregará enteramente a esto», le resulte más o menos atractivo en sí mismo. Porque trabaja como quien no tiene que inventar una vida tan llena de éxito e influencia como pueda imaginar, sino aceptar una vida asignada por el Señor que primero se le ha dado a sí mismo.

El pasaje mismo implica ampliamente que ha de usar activa y honradamente su entendimiento renovado. Ha de mirar de frente las circunstancias y las condiciones, recordando que de un modo u otro la voluntad de Dios se expresa en ellas. Ha de procurar entender no solo sus deberes, sino su equipamiento personal para ellos, natural y espiritual. Pero ha de hacerlo como alguien cuyo «entendimiento» está «renovado» por su contacto vivo y su unión con su Rey redentor, y que ha puesto realmente sus facultades a los pies de un Señor absoluto, que es Señor del orden tanto como del poder.

¡Qué paz, qué energía y qué dignidad entran en una vida así entregada consciente y deliberadamente! El rango más alto de deberes, según cuentan los hombres lo más alto, queda así descargado a la vez de sus pesadas ansiedades y de sus tentaciones a una ruinosa importancia propia. Y el rango más bajo, según cuentan los hombres lo más bajo, se llena de la grandeza callada nacida de la presencia y la voluntad de Dios. En las memorias de Madame de la Mothe Guyon se dice mucho de su fiel criada, que fue encarcelada junto con ella (en un cuarto aparte) en la Bastilla, y allí murió, hacia el año 1700. Esta mujer piadosa, profundamente enseñada en las cosas del Espíritu y dotada de un entendimiento muy por encima de lo común, parece no haber codiciado ni por una hora un campo más ambicioso que el que Dios le asignó en su obediencia. «Deseaba ser lo que Dios quería que fuera, y no ser nada más ni nada menos. Incluía en ello el tiempo y el lugar, así como la disposición y la acción. No tenía ninguna duda de que Dios, que había dado facultades notables a Madame Guyon, la había llamado a la gran obra en que estaba ocupada. Pero sabiendo que su amada señora no podía ir sola, sino que debía tener constantemente alguna acompañante, tenía la convicción, igualmente clara, de que ella estaba llamada a ser su criada».[210]

Gran parte de la superficie de la sociedad cristiana quedaría «transformada» si su profundidad estuviera más plenamente penetrada de ese espíritu. Y es a ese espíritu al que el apóstol nos llama aquí definidamente, a todos y a cada uno, no como a un «consejo de perfección» para unos pocos, sino como la voluntad de Dios para todos los que han descubierto lo que significan sus «misericordias» y han vislumbrado siquiera su voluntad como «buena, agradable y perfecta».

«No quisiera la voluntad inquieta
que corre de acá para allá,
buscando alguna gran cosa que hacer
o algún secreto que saber;
quisiera ser tratado como niño,
y ser guiado adonde voy».

207 El imperativo griego está en presente e indica un proceso.

208 Véase Trench, N. T. Synonyms, s. v. μορφή, sobre la fecunda diferencia entre los dos sustantivos que son los elementos distintivos de los dos verbos aquí.

209 Véase 1 Corintios 12.21: «Ni tampoco la cabeza a los pies...».

210 Upham, Life, etc., of Mme de la M. Guyon, cap. I.

Capítulo XXIX. El deber cristiano: ternura y tolerancia mutuas; lo sagrado del ejemplo

Romanos 14.1-23

(v. 1) Pero al débil, casi podríamos traducir al que padece debilidad (τὸν ἀσθενοῦντα), en la (τῇ) fe (en el sentido aquí, no de credo, sentido de πίστις raro en san Pablo, sino de confianza en su Señor; confianza no solo para la justificación, sino, en este caso, para la santa libertad), recibidlo en la comunión, pero no para contender sobre sus escrúpulos, sus διαλογισμοί, los ansiosos debates internos de la conciencia. (v. 2) Uno cree, tiene fe, que desemboca en una convicción de libertad, de tal modo y en tal grado que come de todo; otro, que es débil, come legumbres solamente; un caso extremo, pero sin duda no raro, en que un convertido, cansado de sus propios escrúpulos entre un alimento y otro, cortaba el nudo rechazando la carne del todo. (v. 3) El que come, no menosprecie al que no come[231]; y el que no come, no juzgue al que come; porque nuestro (ὁ) Dios le ha recibido en la comunión, cuando vino a los pies de su Hijo para ser aceptado. (v. 4) Tú, ¿quién eres, que juzgas al criado (οἰκέτην) de Otro? Para su propio Señor, su propio amo, está en pie, aprobado, o, si así ha de ser, cae, bajo desagrado; pero estará firme, aprobado; porque poderoso es el (ὁ) Señor[232] para hacerle estar firme, para mandarle «estar en pie» bajo su sonrisa de aprobación. (v. 5) Uno hace diferencia (κρίνει) entre día y día; otro juzga iguales todos los días; frase paradójica pero inteligible: describe el pensamiento del hombre que, menos ansioso que su vecino acerca de los «días santos» establecidos, procura sin embargo no «nivelar hacia abajo», sino «nivelar hacia arriba» su uso del tiempo; tener cada día por «santo», igualmente dedicado a la voluntad y la obra de Dios. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente; usando la facultad de pensar (νοῦς) que su Señor le ha dado, que trabaje reverentemente la cuestión y luego viva conforme a sus convicciones comprobadas, mientras (esto lo insinúa el enfático «su propia mente») respeta las convicciones de su vecino. (v. 6) El que hace caso (ὁ φρονῶν) del día, del «día santo» en cuestión, en un caso dado, lo hace para el Señor; [y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace][233]; ambas partes, como cristianos, en sus convicciones y en su práctica, están relacionadas y son responsables, directa y primariamente, ante el Señor; ese hecho ha de gobernar y matizar siempre sus juicios mutuos. Y[234] el que come, el que toma los alimentos indiferentemente, sin escrúpulo, para el Señor come, porque da gracias en su comida a Dios; y el que no come, el alimento que le causa escrúpulo, para el Señor no come, y da gracias a Dios por aquello de que su conciencia le permite participar.

*

La conexión del párrafo que acabamos de recorrer con lo que lo precedió es sugestiva e instructiva. Hay una estrecha conexión entre ambos; la marca expresamente el «pero» (δέ) del v. 1, un eslabón que extrañamente se perdió en la Versión Autorizada. El «pero» indica una diferencia de pensamiento, por ligera que sea, entre los dos pasajes. Y la diferencia, tal como la leemos, es esta. El final del capítulo trece ha ido todo en dirección a la vigilancia cristiana, a la decisión, y al campo de batalla de la fe vencedora. El convertido romano, despertado por su toque de trompeta, estará ansioso de levantarse y actuar, contra el enemigo y por su Señor, armado de pies a cabeza con Cristo. Pondrá todo su propósito en una vida de santidad abierta y activa. Estará lleno de un nuevo sentido a la vez de la seriedad y de la libertad del evangelio. Pero entonces, algún «hermano débil» se cruzará en su camino. Será algún convertido reciente, quizá del judaísmo mismo, quizá un ex pagano, pero influido por las ideas judías tan extendidas en aquel tiempo en muchos círculos romanos. Este cristiano, que no desconfía, al menos en teoría, de que solo el Señor da el perdón y la aceptación, está sin embargo lleno de escrúpulos que, para el hombre plenamente «armado de Cristo», pueden parecer, y parecen, lamentablemente morbosos, verdaderos errores y estorbos graves. El «hermano débil» pasa mucho tiempo estudiando las reglas tradicionales de ayunos y fiestas, y el código de los alimentos permitidos. Está seguro de que el Dios que lo ha aceptado le ocultará su rostro si deja pasar la luna nueva como un día común, o si el sábado no se guarda según la regla, no de la Escritura, sino de los rabinos. Cada comida en sociedad le da ocasión dolorosa y frecuente de afligirse a sí mismo y a otros; se refugia quizá en un vegetarianismo ansioso, desesperando de mantenerse sin contaminación de otro modo. E inevitablemente tales escrúpulos no terminan en sí mismos. Infectan todo el tono del pensamiento y la acción del hombre. Lo cuestiona y lo discute todo, consigo mismo, si no con otros. Está en camino de dejar que su visión de la aceptación en Cristo se vuelva más débil y confusa. Anda, vive; pero se mueve como un hombre encadenado, y en una prisión.

Un caso así sería una dura tentación para el cristiano «fuerte». Estaría muy inclinado, por sí mismo, primero a hacer una protesta vigorosa, y luego, si la dificultad resultara obstinada, a pensar duramente de su amigo de mente estrecha; a dudar de su derecho al nombre cristiano; a reprocharle, o (lo peor de todo) a satirizarlo. Entretanto el cristiano «débil» tendría también sus pensamientos duros. No mostraría, de ningún modo con seguridad, tanta mansedumbre como «debilidad». Dejaría ver a su vecino, de una u otra manera, que lo tenía por poco mejor que un mundano que hacía de Cristo una excusa para su complacencia personal.

¿Cómo hace frente el apóstol a este caso difícil, que debió de cruzarse en su propio camino tantas veces, y a veces en forma de amarga oposición de parte de los que «padecían debilidad en su fe»? Es muy claro que sus propias convicciones estaban con «los fuertes», en lo que toca al principio. «Sabía que nada es inmundo» (v. 14). Sabía que el Señor no se entristecía, sino que se agradaba, con el uso templado y agradecido de sus dones naturales, no turbado por temores morbosos. Sabía que el sistema de fiestas judío había hallado su meta y su fin en el perpetuo «celebremos la fiesta» (1 Corintios 5.8) de la vida feliz y santificada del verdadero creyente.[235] Y en consecuencia sí reprende, de paso, a «los débiles» por sus duras críticas (κρίνειν) de «los fuertes». Pero luego pone tanto más peso, el peso principal, en sus reprensiones y advertencias a «los fuertes». Su principio podía ser correcto en este gran detalle. Pero esto dejaba intacto el principio todavía más riguroso y superior de «andar en amor»; de tomar partido contra sí mismos; de vivir en este asunto, como en todo lo demás, para los demás. No habían de avergonzarse en absoluto de sus principios particulares. Pero habían de avergonzarse profundamente de una sola hora de conducta sin amor. Habían de estar serenamente convencidos en cuanto al juicio privado. Habían de ser más que tolerantes —habían de ser amorosos— en cuanto a la vida común en el Señor.

Su «fuerza» en Cristo nunca había de ser áspera; nunca había de «usarse como un gigante». Había de mostrarse, ante todo, por la paciencia. Había de tomar la forma de la serena y fuerte disposición a entender el punto de vista de otro. Había de aparecer como reverencia por la conciencia ajena, aun cuando la conciencia se extraviara por falta de mejor luz.

Llevemos este principio apostólico a la vida religiosa moderna. Hay ocasiones, desde luego, en que estaremos especialmente obligados a ponerlo cuidadosamente en relación con otros principios. Cuando san Pablo, algunos meses antes, escribió a Galacia, y tuvo que tratar con un error que oscurecía toda la verdad del camino del pecador a Dios, el cual pasa directamente por Cristo, no dijo: «Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente». Dijo (1.8): «Si un ángel del cielo os anunciare otro evangelio, que no es otro, sea anatema». La cuestión allí era: ¿Es Cristo todo, o no lo es? ¿Es la fe todo, o no lo es, para asirnos de él? Aun en Galacia advirtió a los convertidos del error miserable y fatal de «morderse y comerse unos a otros» (5.15). Pero les rogó con solemnidad que no hicieran naufragar su paz con Dios en un error fundamental. Aquí, en Roma, la cuestión era distinta; era secundaria. Concernía a ciertos detalles de la práctica cristiana. ¿Era un ceremonialismo caduco y exagerado parte de la voluntad de Dios en la vida del creyente justificado? No lo era, de hecho. Sin embargo, era un asunto en que el Señor, por medio de su apóstol, más bien aconsejaba que mandaba. No era del fundamento. Y la ley que siempre debía gobernar la discusión era la tolerancia nacida del amor. Recordémoslo en nuestros días, estén nuestras simpatías más íntimas con «los fuertes» o con «los débiles». En Jesucristo es posible realizar el ideal de este párrafo aun en nuestra cristiandad dividida. Es posible estar convencido y, sin embargo, ser comprensivo. Es posible ver al Señor por nosotros mismos con gloriosa claridad y, sin embargo, entender las dificultades prácticas que sienten otros, y amar, y respetar, donde hay aun grandes divergencias. Nadie trabaja más por un consenso espiritual final que el que, en Cristo, vive así.

Incidentalmente, entretanto, el apóstol, en este pasaje que tanto refrena a «los fuertes», deja caer máximas que protegen para siempre todo lo bueno y verdadero de aquella frase tan gastada y a menudo mal usada: «el derecho al juicio privado». Ningún déspota espiritual, ningún pretendiente a ser el director autocrático de una conciencia, habría podido escribir aquellas palabras: «Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente»; «¿Quién eres tú que juzgas al criado de Otro?». Tales frases afirman no tanto el derecho como el deber, para el cristiano individual, de un reverente «pensar por sí mismo». Sostienen un individualismo verdadero y noble. Y hay ahora en la Iglesia una necesidad especial de recordar, en su lugar, el valor del individualismo cristiano. La idea de la comunidad, de la sociedad, prevalece ahora tan ampliamente (sin duda no sin la providencia de Dios) en la vida humana, y también en la Iglesia, que una afirmación del individuo, que una vez fue desproporcionada, es ahora a menudo necesaria, no sea que la idea social a su vez se exagere hasta volverse un error peligroso. La cohesión, la mutualidad, la verdad del cuerpo y de los miembros: todo esto, en su lugar, no solo es importante, sino divino. El individuo ha de perder inevitablemente donde el individualismo es toda su idea. Pero es malo para la comunidad, sobre todo para la Iglesia, donde en el conjunto el individuo tiende realmente a quedar absorbido y perdido. ¡Ay de la Iglesia donde la Iglesia trata de ocupar el lugar del individuo en el conocimiento de Dios, en el amor de Cristo, en el poder del Espíritu! La comunidad religiosa ha de perder inevitablemente donde el comunismo religioso es toda su idea. Solo puede ser perfectamente fuerte donde las conciencias individuales son tiernas e iluminadas; donde las almas individuales conocen personalmente a Dios en Cristo; donde las voluntades individuales están dispuestas, si el Señor llama, a quedarse solas por la verdad conocida aun frente a la sociedad religiosa; con tal que también allí el individualismo no sea voluntad propia, sino responsabilidad personal cristiana; con tal que el hombre «piense por sí mismo» de rodillas; con tal que reverencie el individualismo de los demás y las relaciones de cada uno con todos.

El individualismo de Romanos 14, afirmado en un argumento lleno de los más profundos secretos de la cohesión, es la cosa santa y saludable que es porque es cristiano. Se desarrolla no por la afirmación del yo, sino por la comunión individual con Cristo.

Ahora pasa a afirmaciones ulteriores y todavía más plenas en la misma dirección:

(v. 7) Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. ¿Cómo, y por qué? ¿Es meramente que «nosotros» vivimos vidas siempre, necesariamente, relacionadas unas con otras? Esto lo tiene en verdad en el corazón. Pero llega a ello por medio de la verdad mayor, más profunda y anterior, de nuestra relación con el Señor. El cristiano está relacionado con su hermano cristiano por medio de Cristo, no con Cristo por medio de su hermano, ni por medio del organismo común en el cual los hermanos son «miembros los unos de los otros». «Para el Señor», con franqueza absoluta, con una inmediatez perfecta y maravillosa, se relaciona primero cada cristiano individual. Su vida y su muerte son «para otros», pero por medio de él. El derecho de EL SEÑOR, el Amo, es eternamente el primero; porque se basa directamente en la obra redentora en la cual nos compró para sí.

(v. 8) Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos (ἀποθνήσκωμεν), para el Señor morimos; en el estado de los difuntos, como antes, «la relación permanece». Así pues, sea que (ἐάν τε οὖν) muramos, o que vivamos, del Señor somos; propiedad suya, obligados primero y en todo a su posesión. (v. 9) Porque Cristo para esto murió y volvió a vivir,[236] para ser Señor (κυριεύσῃ, no κυριεύῃ) así de nosotros los muertos como de los que viven.

He aquí la profunda verdad ya vista en pasajes anteriores de la epístola. La hemos visto razonada, sobre todo en el capítulo sexto, en su revelación del camino de la santidad: que nuestras únicas relaciones rectas posibles con el Señor están abrazadas y gobernadas por el hecho de que le pertenecemos justa y eternamente. Allí, sin embargo, el pensamiento era más de nuestra entrega bajo sus derechos. Aquí es del poderoso hecho anterior, bajo el cual nuestra entrega más absoluta no es más que el reconocimiento de su derecho irrenunciable. Lo que el apóstol dice aquí, en este maravilloso pasaje de doctrina y deber mezclados, es que, reconozcamos o no nuestro vasallaje a Cristo, no somos nada si no somos de jure sus vasallos. No solo nos ha rescatado, sino que nos ha rescatado de tal modo que nos ha comprado para sí. Podemos ser fieles al hecho en nuestra actitud interior; podemos olvidarlo; pero no podemos escapar de él. Nos mira a la cara a cada hora, respondamos o no. Seguirá mirándonos a la cara a través de la vida sin fin venidera.

Porque manifiestamente es este aspecto objetivo de nuestro «pertenecer» el que viene aquí al caso. San Pablo no razona con «los débiles» y «los fuertes» desde su experiencia, desde su lealtad consciente al Señor. Más bien los llama a una nueva comprensión de lo que esa lealtad debería ser. Con este fin les recuerda el derecho eterno del Señor, hecho válido en su muerte y resurrección: su derecho a ser de tal modo su Señor, individualmente y en conjunto, que todo pensamiento de unos acerca de otros había de estar gobernado por ese derecho suyo sobre todos ellos. «El Señor» ha de interponerse siempre, con un derecho inalienable. Cada cristiano está anexado, por todas las leyes del cielo, a él. Así cada uno ha de, no hacer, sino comprender esa anexión, en todo pensamiento acerca del prójimo y del hermano.

El pasaje nos invita entretanto a una observación ulterior, en otra dirección. Es una de esas expresiones que, luminosas con la luz que les da su contexto, brillan también con luz propia, dándonos revelaciones independientes de la materia que las rodea. Aquí aparece una de esas revelaciones; atañe a nuestro conocimiento del estado intermedio.

El apóstol,[237] cuatro veces en este breve párrafo, menciona la muerte y a los muertos. «Ninguno de nosotros muere para sí»; «si morimos, para el Señor morimos»; «sea que muramos, del Señor somos»; «para ser Señor de los muertos». Y esta última frase, con su mención no de los que mueren, sino de los muertos, nos recuerda que la referencia en todas ellas es a la relación del cristiano con su Señor, no solo en la hora de la muerte, sino en el estado después de la muerte. No es solo que Jesucristo, como el Inmolado resucitado, disponga absolutamente del tiempo y el modo de nuestra muerte. No es solo que, cuando venga nuestra muerte, hemos de aceptarla como oportunidad para «glorificar a Dios» (Juan 21.19; Filipenses 1.20) ante la vista y en la memoria de los que la conozcan. Es que, cuando hayamos «pasado por la muerte» y salido al otro lado,

«cuando entremos en aquellas regiones,
cuando toquemos la orilla sagrada»,

nuestra relación con el Inmolado resucitado, con Aquel que, como tal, «tiene las llaves del Hades y de la muerte» (Apocalipsis 1.18), es perfectamente continua y la misma. Él es nuestro Señor absoluto, allí tanto como aquí. Y nosotros, en consecuencia y correlación, somos vasallos, siervos, esclavos suyos, allí tanto como aquí.

He aquí una verdad que, no podemos menos que pensarlo, recompensa ricamente el recuerdo y la reflexión repetidos del cristiano; y no solo como afirmación de los derechos eternos de nuestro bendito Redentor sobre nosotros, sino como luz, paz y sentido de realidad y expectación derramados tanto sobre la perspectiva de nuestro propio paso a la eternidad como sobre los pensamientos que abrigamos acerca de la vida presente de nuestros santos seres amados que han entrado en ella antes que nosotros.

Es precioso todo lo que realmente ayuda al alma en tales pensamientos y, al mismo tiempo, la mantiene plena y prácticamente viva a las realidades de la fe, la paciencia y la obediencia aquí abajo, aquí en la hora presente. Mientras que la complacencia en una imaginación no autorizada en esa dirección es casi siempre debilitante y perturbadora para la acción presente de la fe bíblica, la menor ayuda para una comprensión y una anticipación sólidas, suministrada por la Palabra que no puede mentir, es por su naturaleza a la vez santificadora y fortalecedora. Tal ayuda tenemos ciertamente aquí.

El que murió y resucitó es a esta hora, con santo poder y derecho, «el Señor» de los muertos bienaventurados. Luego los muertos bienaventurados son vasallos y siervos de Aquel que murió y resucitó. Y todo nuestro pensamiento acerca de ellos, tal como están ahora, a esta hora, «en aquellas moradas celestiales donde las almas de los que duermen en el Señor Jesús gozan de perpetuo reposo y felicidad»,[238] gana indefinidamente en vida, en realidad, en fuerza y en gloria, cuando los vemos, a través de esta estrecha pero luminosa «puerta abierta en el cielo» (Apocalipsis 4.1), no solo descansando, sino también sirviendo delante de su Señor, que los ha comprado para su uso, y que los tiene en su uso tan verdaderamente ahora como cuando teníamos el gozo de su presencia con nosotros y lo veíamos a él viviendo y obrando en ellos y por medio de ellos aquí.

Es verdad que el carácter principal y esencial de su estado presente es el reposo, como el de su estado de resurrección será la acción. Pero los dos estados se desbordan el uno en el otro. En un pasaje glorioso el apóstol describe la bienaventuranza de la resurrección también como «reposo» (2 Tesalonicenses 1.7). Y aquí se nos indica que el reposo celestial intermedio es también servicio. Cuál sea la naturaleza precisa de ese servicio no podemos decirlo. «Nuestro conocimiento de aquella vida es pequeño». Con toda certeza, «en vano se esfuerza nuestra fantasía por pintar» su bienaventuranza, tanto de reposo como de ocupación. Esto es parte de nuestra suerte normal y escogida por Dios aquí, que es «andar por fe, no por vista» (2 Corintios 5.7), οὐ διὰ εἴδους, «no por el Objeto visto», no por objetos vistos. Pero bendita es la ayuda espiritual en tal andar cuando recordamos, paso a paso, al acercarnos a aquella feliz asamblea de arriba, que, cualesquiera que sean el modo y el ejercicio de su santa vida, es vida de veras: poder, no debilidad; servicio, no inacción. El que murió y revivió es Señor, no solo de nosotros, sino de ellos.

Pero de esta excursión al sagrado mundo invisible hemos de volver. San Pablo está atento ahora al andar del creyente en una generosidad amorosa en esta vida, no en la venidera. (v. 10) Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? (toma el verbo κρίνειν, usado en su primer llamado a los «débiles», v. 3). O tú también (se vuelve a los «fuertes»; véase otra vez el v. 3), ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos nosotros compareceremos, en un mismo nivel, cualesquiera que hayan sido nuestros sentimientos mutuos en la tierra, cualquier derecho que hayamos pretendido aquí a sentarnos como jueces de nuestros hermanos, ante el tribunal (βῆμα) de nuestro (τοῦ) Dios.[239] (v. 11) Porque escrito está (Isaías 45.23): «Vivo yo, dice el Señor, tan cierto como mi ser eterno, que ante mí, no ante otro, se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará, atribuirá toda soberanía, a Dios», no a la criatura. (v. 12) De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí, no de las faltas o errores de su hermano.

Tenemos aquí, como en 2 Corintios 5.10, y otra vez, bajo otras imágenes, en 1 Corintios 3.11-15, un atisbo de aquella perspectiva que escudriña el corazón del cristiano: su citación futura, como cristiano, ante el tribunal de su Señor. En los tres pasajes, y ahora particularmente en este, el lenguaje, aunque se presta libremente al juicio universal, está limitado por el contexto, en cuanto a su sentido directo, al examen que el Señor hace de sus propios siervos como tales. La cuestión que ha de juzgarse y decidirse (hablando a la manera humana) en su «tribunal», en esta referencia, no es la de la gloria o la perdición; las personas de los examinados están aceptadas; la indagación es, por así decirlo, en el tribunal doméstico del palacio; atañe al fallo del Rey sobre los resultados y el valor del trabajo y la conducta de sus siervos aceptados, como sus representantes, en su vida mortal. «Vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos» (Mateo 25.19). Han sido justificados por la fe. Han sido unidos a su gloriosa Cabeza. «Serán salvos» (1 Corintios 3.15), cualquiera que sea la suerte de su «obra». Pero ¿qué dirá su Señor de su obra? ¿Qué han hecho por él, en trabajo, en testimonio y sobre todo en carácter? Les dirá lo que piensa. Será infinitamente bondadoso; pero no adulará. Y de algún modo, seguramente —«aún no se ha manifestado» cómo, pero de algún modo—, la eternidad, aun la eternidad de la salvación, llevará la impronta de ese fallo, la impronta del pasado del servicio, estimado por el Rey. «¿Cuál será la cosecha?».

Y todo esto tendrá lugar (este es el énfasis especial de la perspectiva aquí) con una solemne individualidad de indagación. «Cada uno de nosotros, de sí mismo, dará cuenta». Reflexionamos un poco más arriba sobre el verdadero lugar del «individualismo» en la vida de la gracia. Vemos aquí que habrá en verdad lugar para él en las experiencias de la eternidad. El examen del «tribunal» no concernirá a la sociedad, al organismo, al conjunto, sino al miembro, al hombre. Cada uno estará allí en una solemne soledad ante su divino Examinador. Lo que él fue, como miembro del Señor, esa será la cuestión. Lo que él será, como tal, en las funciones del estado sin fin, ese será el resultado.

No nos turbemos ante esa perspectiva con la turbación del mundano, como si no conociéramos a Aquel que nos examinará, ni lo amáramos. En torno al pensamiento de su «tribunal», en ese aspecto, no se proyecta ningún terror exterminador. Pero es una perspectiva apta para hacer grave y llena de propósito la vida que, sin embargo, «está escondida con Cristo en Dios», y que es vida de veras por la gracia. Es un profundo recordatorio de que el amado Salvador es también, y no en figura retórica, sino con eterna seriedad, EL SEÑOR, el Amo. No quisiéramos que no lo fuera. No sería todo lo que es para nosotros como Salvador si no fuera también esto, y para siempre.

San Pablo se apresura a nuevos llamados después de esta solemne previsión. Y ahora pone todo su énfasis en el deber de los «fuertes» de usar su «fuerza», no para afirmarse a sí mismos, ni siquiera para un egoísmo espiritual, sino toda para Cristo, toda para los demás, toda en amor.

(v. 13) Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid, resolved, esto: no poner tropiezo u ocasión de caer a nuestro (τῷ) hermano. (v. 14) Yo sé —aduce su propia experiencia y su propio principio— y confío en el Señor Jesús, como quien está en unión y comunión con él, viendo la verdad y la vida desde ese punto de vista, que nada, nada de la clase en cuestión, ningún alimento, ningún tiempo, es «inmundo» en sí mismo; literalmente, «por medio de sí mismo», por ningún mal inherente; mas para el que piensa que algo es «inmundo», para él lo es. Y por tanto tú, porque no eres su conciencia, no debes manipular su conciencia. Está, en este caso, equivocada; equivocada para su propia pérdida y para pérdida de la Iglesia. Sí, pero lo que necesita no es tu coacción, sino la luz del Señor. Si puedes, aplica esa luz, en un testimonio hecho impresionante por el santo amor y la consideración desinteresada. Pero no te atrevas, por amor de Cristo, a forzar una conciencia. Porque la conciencia significa la mejor visión efectiva que el hombre tiene de la ley del bien y del mal. Puede ser una visión oscura y distorsionada; pero es la mejor que tiene en este momento. No puede violarla sin pecado, ni puedes tú ordenarle que lo haga sin pecar tú mismo. La conciencia no siempre ve bien. Pero transgredir la conciencia siempre es malo.

(v. 15) Porque[240] —la palabra retoma el argumento en general más que su último detalle— si por causa de la comida tu hermano es contristado, con el dolor de una lucha moral entre sus convicciones presentes y tu ejemplo imperioso, ya no andas (οὐκέτι περιπατεῖς) conforme al amor. No hagas que por tu comida (hay una aguda punta en el «tu», que toca en lo vivo el profundo egoísmo de la acción) se pierda aquel por quien Cristo murió.

Tales frases son demasiado intensa y tiernamente serias para llamarlas sarcásticas; de otro modo, ¡qué filo tan fino y agudo tienen! «¡Por causa de la comida!». «¡Por tu comida!». Al hombre se le sacude del sueño de lo que parecía una afirmación de libertad, pero era después de todo mucho más bien una torpe complacencia de, es decir, una mera esclavitud a, sí mismo. «Me gusta esta carne; me gusta esta bebida; no me gusta la molestia de estos escrúpulos; me interrumpen, me fastidian». ¡Desdichado! Es mejor ser esclavo de los escrúpulos que del yo. Para permitirte otro platillo, despreciarías la conciencia de un amigo ansioso y, en lo que toca a tu conducta, lo empujarías a violarla. Pero eso significa un empujón en la pendiente que se inclina hacia la ruina espiritual. El camino a la perdición está empedrado de conciencias violadas. El Señor puede contrarrestar tu acción y salvar a tu hermano agraviado de sí mismo, y de ti. Pero tu acción está, no obstante, calculada para su perdición. Y todo el tiempo esta alma, por la cual, en comparación con tu torpe y estrecha «libertad», te preocupas tan poco, fue tan amada por el Señor que él murió por ella.

¡Oh pensamiento consagrador, unido ahora para siempre, para el cristiano, a toda alma humana en la que puede influir: «Por quien Cristo murió»!

(v. 16) No sea, pues, vituperado vuestro bien, su glorioso credo de santa libertad en Cristo, como si fuera solo, después de todo, una complacencia propia apenas disfrazada; (v. 17) porque el reino de nuestro (τοῦ) Dios no es comida (βρῶσις) ni bebida; él no reclama un trono en su alma, y en su comunidad, meramente para ampliar su menú, para hacer de su sagrado privilegio, como fin en sí mismo, tomar lo que les plazca en la mesa; sino justicia, seguramente aquí, en la epístola a los Romanos, la «justicia» de nuestra aceptación divina, paz, la paz de relaciones perfectas con él en Cristo, y gozo en el Espíritu Santo, la alegría pura y fuerte de los justificados cuando, en su santuario de salvación, beben el «agua viva» y «se regocijan en el Señor siempre». (v. 18) Porque el que en esto[241] sirve como esclavo a Cristo, gastando sus talentos espirituales no para sí, sino para su Señor, agrada a su (τῷ) Dios, y es aprobado por los hombres (τοῖς ἀνθρώποις). Sí, resiste la prueba (δόκιμος) de su agudo escrutinio. Pronto pueden descubrir la falsificación bajo afirmaciones espirituales que realmente afirman el yo. Pero su conciencia afirma la autenticidad de una vida de santidad desinteresada y feliz; esa vida «no resuena a hueco».

(v. 19) Así que sigamos los intereses de la paz, y los intereses de la edificación mutua; el «edificar» (οἰκοδομή) que mira más allá del hombre a su hermano, a sus hermanos, y que templa con esa mirada aun sus planes para su propia vida espiritual.

Otra vez vuelve a lo triste y grotesco de preferir las comodidades personales, y aun la afirmación del principio de la libertad personal, al bien de los demás. (v. 20) No destruyas (κατάλυε) la obra de nuestro Dios por causa de la comida. «Todas las cosas a la verdad son limpias»; cita sin duda una consigna oída a menudo; y era la verdad misma en abstracto, pero capaz de volverse una falacia fatal en la práctica; pero cualquier cosa es mala para el hombre que, por tropiezo, la come.[242] Sí, esto es malo (κακόν). ¿Qué es bueno (καλόν), por contraste?

(v. 21) Bueno es no comer carne, ni beber vino (palabra para nuestro tiempo y sus condiciones), ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite. Sí, esta es la libertad cristiana: una liberación de la fuerte y sutil ley del yo; una libertad para vivir para los demás, independiente de su mal, pero sierva de sus almas.

(v. 22) ¿Tienes tú fe?[243] Tenla para contigo delante de tu Dios. Has creído; estás, por tanto, en Cristo; en Cristo eres, por tanto, libre, por la fe, de las restricciones preparatorias del pasado. Sí; pero todo esto no se te da para exhibición personal, sino para comunión divina. Su resultado recto está en una santa intimidad con tu Dios, cuando, en la confianza de tu aceptación, lo conoces como tu Padre, «sin nada de por medio». Pero en cuanto al trato humano, estás emancipado no para perturbar a los vecinos con gritos de libertad y actos de libertinaje, sino para estar desocupado y servirlos en amor. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo, el que no decide, en efecto, contra su propia alma, en lo que aprueba, δοκιμάζει, lo que declara satisfactorio para la conciencia. Desdichado el que se dice: «Esto es lícito», cuando el veredicto está todo el tiempo comprado por el amor propio, o de otro modo por el temor a los hombres, y el alma sabe en sus profundidades que la cosa no es como debería ser. (v. 23) Pero el que duda, cuya conciencia no está realmente satisfecha entre el bien y el mal del asunto, si come, es condenado, en el tribunal de su propio corazón y en la opinión de su Señor ofendido, porque no lo hace por fe; la acción no tenía por base la santa convicción de la libertad de los justificados. Y todo lo que no proviene de fe, es pecado; es decir, manifiestamente, «todo» en un caso como este; toda complacencia, toda obediencia al ejemplo, por la que el hombre, en un estado de ambigüedad interior, se decide según un principio distinto del de su unión con Cristo por la fe.

Así el apóstol de la justificación, y del Espíritu Santo, es también el apóstol de la conciencia. Es tan apremiante acerca de la terrible santidad de nuestro sentido del bien y del mal como acerca de la oferta y la seguridad, en Cristo, de la paz con Dios, de la santa morada interior y de la esperanza de gloria. Sigan nuestros pasos reverentemente los suyos, al andar con Dios y con los hombres. «Gloriémonos en Cristo Jesús», con un «gozo» que es «en el Espíritu Santo». Reverenciemos el deber, reverenciemos la conciencia, en nuestra propia vida y también en las vidas que nos rodean.

231 Τὸν μὴ (no οὐκ) ἐσθίοντα: el μή presenta el «no comer» no meramente como un hecho, sino como una condición del hombre.

232 Léase δυνατεῖ γὰρ ὁ Κύριος.

233 Probablemente el miembro negativo del v. 6 es solo una glosa explicativa, no palabras del apóstol.

234 Léase καί.

235 Parece haber una diferencia amplia e inteligible entre el guardar el sábado de la ley judía y el guardar el sábado del hombre: el disfrute y el uso santo del reposo primitivo para el hombre y la bestia. Entendemos que ese deber y privilegio no está aquí en cuestión en absoluto. El cristiano «débil» era el ansioso discípulo de los rabinos, no el hombre sencillamente leal al Decálogo.

236 Léase ἀπέθανε καὶ ἀνέζησε.

237 Transcribimos aquí algunos párrafos de las páginas finales de nuestro libro Life in Christ and for Christ.

238 Oficio de la Visitación de los Enfermos (oración por un niño enfermo).

239 Así se lee, y no τοῦ Χριστοῦ. Es significativo entretanto, como testimonio del concepto que el apóstol tenía de la naturaleza de su Señor, que en 2 Corintios 5.10, pasaje perfectamente paralelo, escribe: «es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo».

240 Probablemente léase γάρ y no δέ.

241 Léase τούτῳ y no τούτοις. Posiblemente el pronombre se refiere al «Espíritu Santo» (Πνεῦμα) recién mencionado.

242 Literalmente, «que come por medio de un tropiezo»; el ejemplo, con su peso de «opinión pública», es el medio de pasar por encima de su conciencia.

243 Probablemente léase πίστιν ἣν ἔχεις, κατὰ κτλ.